La pintura de Luis Gordillo responde a un lenguaje particularísimo que lo hace único en el contexto general de la pintura española. Sus dimensiones estéticas, la personal interpretación de una escenografía redundante, el acopio sistemático de fórmulas en continuo proceso de depuración formal, el cuestionamiento de un estilo que día a día se queda antiguo para hacerse, también día a día, nuevo, la soberbia capacidad de síntesis y la evolución, lógica a todas luces, desde las parcelas informalistas con algunos resabios de un pop muy particular, así como ciertos postulados de improvisación automática y, hasta esa manera, que podíamos llamar de filiación gordillista, hacen del artista sevillano uno de los intérpretes más lúcidos del panorama artístico español de los últimos tiempos. Luis Gordillo ejecuta una pintura en la que una especie de húmedo microcosmos se expande través de los soportes como si un universo multicelular ejerciera su vital proceso de multiplicación: los gérmenes, la pintura meándrica, las piscinas, la multiplicación festiva de las series donde las tensiones se yuxtaponen hasta encontrar un arbitrario equilibrio de exultante plasticidad y la explosión constructiva que surge cuando el pintor rebasa los límites de las telas y busca argumentaciones expansivas más allá de las meras superficies materiales —sus cuadros se articulan, crecen, se superponen, buscan el equilibrio o huyen de él— para componer una realidad abierta, expansible y llena de vida. La obra del pintor sevillano parece representar un organismo biológico, de celularios que se extienden, de órganos que se multiplican, de seres microscópicos positivados y aumentados que nos invaden con su multiforme naturaleza. Luis Gordillo, que supo romper los esquemas preestablecidos en la pintura de su ciudad, fue el argumento válido para que la plástica sevillana de los años sesenta tuviese un apoyo desde donde dar el impulso definitivo.
Bernardo Palomo |