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ANEXOS |
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- La toma de Granada

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Frente a los balcones de esa casa, en la plaza del Carmen, está situado el palacio del Ayuntamiento, donde cada año se celebraba el día 2 de enero, la toma de la ciudad por Fernando e Isabel con un simulacro de la proclamación de su nuevo poder. El encargado de llevar a cabo la ceremonia daba los gritos solemnes: «¡Granada, Granada, por los ínclitos Reyes don Fernando y doña Isabel!...», tremolando el pendón sobre las cabezas de la multitud curiosa y festiva; y año tras año, al escucharlos, se me apretaba el corazón. No sé por qué, esa ceremonia, a la que nos llevaban como a una alegre diversión, me inundaba de tanta tristeza. ¿Sería bastante para ese efecto el sentimentalismo, en gran medida literario, las nostalgias arábigas derramadas sobre mi imaginación infantil por los cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, cuya traducción teníamos en casa, o por El Alcázar de las Perlas, de Villaespesa, que mi madre nos leyó una vez en voz alta, o por mi contemplación admirada de los moros viajeros que visitaban el palacio y se demoraban mirando desde su altura la extensión de la ciudad antaño perdida? ¿Bastarían esas cosas para hacerme amarga la conmemoración de la toma de Granada por los Reyes Católicos –una amargura, por lo demás, nunca confesada a nadie–? Más tarde se me ha ocurrido reflexionar que, sea como quiera, Granada es una ciudad muy triste, impregnada de singular melancolía; una ciudad frustrada –no en vano es llamada la «tierra de la mala follá»–, como si el testimonio magnífico de su pasada grandeza se mantuviera en pie tan sólo para hacerle rumiar sin tregua la humillación de haber venido a menos. Yo, por mi parte, también me sentía venido a menos, y no podía reconciliarme con el contraste entre un pasado familiar espléndido del que tantos testimonios me llegaban, del que había tocado con mis manos las reliquias, y un presente de estrecheces, sofocos y joyas empeñadas. Cuando, apenas restablecida en mí la antigua posición social de mi casa, alto funcionario del Estado y catedrático universitario ya, me vi –tal el rey granadino– camino del exilio, quizá no tuve como él ganas de llorar (no era tanto pena como ira lo que agitaba mi pecho), pero –eso sí– me cuidé muy mucho de no hallarme presente en la investidura de los nuevos poderes adornados con el yugo y las fechas de Ysabel y Ferdinando, pues ahora no sería un simulacro, una simple ceremonia sólo penosa para la fantasía literaria de un niño, sino la atroz realidad a que sucumbieron, entre tantísimos millares de víctimas, García Labella, Lorca, y varios miembros de mi propia familia. Aunque sólo he pasado en Granada los primeros dieciséis años de mi vida siento que soy muy radicalmente granadino en la rara mezcla de despego y nostalgia que compone mi actitud hacia la ciudad
Francisco Ayala De Recuerdos y olvidos 1. Del Paraíso al Destierro. |
- Plazas

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De la Constitución. Se encuentra situada en la parte llana de la población y con ella se comunica el Zacatín, la Placeta de las Pasiegas, la Pescadería, la calle de Mesones por las Puertas de los Pesos o de las Orejas, y de las Cucharas, y la nueva Placeta del Carmen. Es bastante extensa, y sería de las mejores de España, si le acompañara los edificios y los costados del cuadrilongo fuesen rectos, guardando iguales proporciones entre sí; se halla en ella la casa llamada Miradores, edificio bastante antiguo, y cuya fachada es de muy mal gusto. Esta plaza es punto de mucha concurrencia por hallarse en ella parte del comercio y estar próxima al Zacatín, y a la Lonja, donde están situadas las Escribanías de los juzgados de primera instancia. Plaza-Nueva. Es de figura irregular, y en ella se halla la audiencia territorial. Confluyen en ella la Carrera de Darro, la de Gomeres, los Tintes, el Zacatín, calle de S. Gil, del Pan, de la Carcel alta y del Aire. De Capuchinas. Es el local que ocupaba el convento de monjas Capuchinas, destinado hoy para mercado público. Su situación céntrica es proporcionada a los barrios de la ciudad; pero ni su extensión ni la perspectiva de sus puestos, ni su policía corresponden a la categoría de Granada. De S. Agustín. Es así mismo el local del convento de S. Agustín, destinado igualmente al mercado; sus puestos no tienen orden ni simetría; los vendedores se hallan a la intemperie, así como los generos de abastos; lo cual favorece muy poco a la corporacion municipal, a cuyo cargo está este ramo. Plaza Larga. Es la plaza de abasto público del barrio del Albaicín, situada en la cima del cerro de su nombre. El Campillo. Es el paraje más concurrido, por las circunstancias de su proximidad a la Carrera de las Angustias, y hallarse en el teatro cómico y los principales cafés de la población. En su centro hay una magnífica fuente, cuyas aguas corren de continuo, formando una vistosa perspectiva. La de Bailén. Inmediata a la del Campillo; es punto de mucho tránsito y en ella se halla aún sin concluir el monumento de doña Mariana Pineda, de quien hablamos en la parte histórica de esta obra. Sus calles confluentes más principales son la de S. Matias, del Darro y de la Concepcion. El Triunfo. Esta plaza es la mas extensa de Granada, situada en las inmediaciones del barrio de S. Lázaro. Hay en ella un magnífico paseo con alamedas y variados jardines, siendo muy concurrido en el invierno por su buena posición, y en las tarde del estío por la frescura que se disfruta. Desde él, parten los principales caminos que comunican a granada con las demás provincias; tales son el de Levante, Madrid y Málaga. También tienen en él su principio las calles de S. Juan de Dios y de Elvira, que son de las principales de la ciudad. (-> Véase Triunfo de la Concepción.) Placeta de los Lobos. Llamóse así porque en una de sus casas se presentaban los lobos que se mataban en el término de Granada, por los cuales se abonaban cuatro ducados por cada uno, como animales nocivos. Está situada en las inmediaciones de la calle de la Duquesa; es cuadrada y de bastante extensión. Tiene alamedas y jardines; y sirve de paseo en el verano. Campo del Príncipe. Se halla en el barrio de S. Cecilio; su figura es irregular, y en el centro existe una cruz de piedra con un simulacro de J. C. que la rodea una balaustrada de hierro. Tiene buenas alamedas y suele ser concurrido en algunas épocas del año. Hay tradición de que en el sitio en que se halla aquel crucifijo, murió un joven principe, lanzado por un caballo, de cuyo acontecimiento tomó nombre aquella plaza.
José Francisco de Luque De Granada y sus contornos. |
- Granada y su Universidad

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Hay a lo largo y ancho de Europa muchas ciudades medias, Heidelberg, Lovaina, Padua..., y en España Santiago y Salamanca, caracterizadas sobre todo por albergar una Universidad con muchos siglos de existencia, que es no sólo parte relevante de la actividad económica, sino el elemento que define y ambienta a la ciudad, por encima de su atractivo turístico o religioso. A ese sector pertenece sin duda Granada, que alberga Universidad desde 1526 –en la práctica, 1532–, con sus precedentes además en la larga etapa árabe. Aquella Universidad ha estado siempre entre las más destacadas de España, en alguna coyuntura ha llegado a ser la tercera en alumnado, y hoy alberga al cabo del año, entre alumnos, profesores y personal complementario, las 80.000 personas. Esa Universidad renacentista, que comenzaba con facultades de Medicina, Leyes, Artes y Teología, y que ya desde su inicios incluyó varios colegios mayores –Santa Cruz, Santa Catalina, San Miguel–, dispuso de un buen edificio inicial, la actual Curia Eclesiástica, frente a la Catedral, acaso un símbolo del importante control que la Iglesia –y especialmente los jesuitas, que controlarán también colegios como el de San Bartolomé– ejercería desde esos años en ella. Ha conocido en esos casi cinco siglos de vida etapas fértiles y etapas oscuras, pero nunca ha dejado de ser parte esencial de la vida granadina y siempre ha conseguido superar los momentos difíciles. Uno de ellos, bien temprano, fue la Guerra de las Alpujarras y la definitiva expulsión de los moriscos, y el posterior auge de ese rígido control de la institución por la iglesia de la contrarreforma, que hizo que durante tres cuartos de siglo, tras esa guerra, apenas se publicasen libros científicos en Granada. Felipe II y sucesores no sintieron por la Universidad granadina el entusiasmo de su padre, Carlos I, pero sí ciudadanos como Juan Crespo Marmolejo, cuya donación, en 1626, de 6.500 ducados supone un respiro para una Universidad amenazada de muerte. Mediado el siglo XVII, el español sustituye al latín en las enseñanzas y la universidad comienza a recobrar relevancia. La Ilustración será en ese camino un definitivo paso adelante, con el plan de estudios de 1776 en tiempos de Carlos III, que introduce la enseñanza de las Ciencias Naturales, Botánica o impulsa la Medicina y la Anatomía, además de las lenguas clásicas. Por esos años la Universidad de Granada se traslada al entonces colegio de San Pablo, propiedad de los jesuitas, tras la expulsión de la Compañía del país. Ese colegio, que luego será Facultad de Derecho, será pronto insuficiente y obligará a sucesivas obras de ampliación en el entorno. De esas ampliaciones se salva el Jardín Botánico anexo, buen ejemplo de proyecto ilustrado, aunque en realidad su configuración data de mediado el XIX. No faltarán en esos y en posteriores años problemas con la administración militar por el uso de determinados edificios, y que por ejemplo obligarán en 1871 a la que Escuela Normal, creada tres décadas antes, abandone su edificio en el Campo del Príncipe para ser destinado a hospital militar. Mediado ese siglo, con la incorporación de la Facultad de Farmacia (1850), la Universidad granadina llega a una primera consolidación, y esa estructura va a mantenerse hasta prácticamente mediado el siglo siguiente. En tanto en sus aulas enseñan personas de la talla de Juan Creus Mansó, Manuel Gómez Moreno, Eduardo García Solá, Pascual Nácher, Andrés Manjón, Fernando de los Ríos, Federico Oloriz, Alejandro Otero o Bernabé Dorronsoro. Y junto a la Universidad, que renueva sus estatutos en 1918, brotan instituciones como la Escuela de Estudios Árabes. De la postración a la expansión. La larga posguerra es una etapa dura, en la que los profesores sueñan con emigrar a Madrid. Pocos avances, aunque en 1943 se abre el Colegio Mayor Isabel; en 1944 se concluyen las obras –iniciadas en 1931 y paralizadas con la Guerra Civil– de la nueva Facultad de Medicina, que había alcanzado notable prestigio desde finales del XIX; hacia 1950 Filosofía y Letras se traslada al palacio de las Columnas de la calle Puentezuelas, hoy sede de la Escuela de Traductores; Farmacia inaugura en 1960 la sede de la calle Rector López Argüeta, y en la década siguiente se amplía la Facultad de Ciencias. Los años sesenta asisten a un verdadero renacimiento de la Universidad granadina, impulsado por el fuerte crecimiento de la matriculación, que no decae pese a la creación de la Universidad de Málaga a principios de los años setenta. Y que incluye un estimable núcleo de estudiantes extranjeros, sobre todo latinoamericanos y norteafricanos. Los 2.500 alumnos de 1945 son 10.000 veinte años despues. La universidad inicia entonces una clara política de extensión por toda la ciudad. Se crea el campus de Fuentenueva, donde se ubica la facultad de Ciencias, modelo de crecimiento paulatino: primero Química, luego se van añadiendo Geología, Matemáticas, Biología y, en 1973, Física, en un edificio de notable funcionalidad. En ese campus se instala también la Escuela de Arquitectura Técnica, los únicos estudios técnicos en la ciudad en esos años de finales del franquismo. En 1971 otro paso decisivo: la adquisición a la Compañía de Jesús del futuro y amplio Campus de Cartuja, donde se ubicaban desde las postrimerías del XIX la Facultad de Teología, el Colegio Máximo de los Jesuitas y el prestigioso Observatorio. Poco a poco el recinto se llenará de nuevos centros: Facultad de Ciencias de la Educación, Facultad de Odontología, Ciencias Económicas y Empresariales, o las nuevas facultades de Filosofía y Letras y de Farmacia. Se inician los primeros estudios sobre el impacto de la Universidad en la ciudad y prospectivos y el rectorado y la biblioteca general pasan a ubicarse en el Hospital Real, recuperando un notable edificio renacentista –y no será el único-. El ritmo de crecimiento en todos los sentidos se acelera. Son los años también en el que el Servicio de Publicaciones, luego Editorial Universidad de Granada, inicia una meritoria expansión tanto en libros como en revistas. Entre éstas, muchos títulos de larga trayectoria que se mantienen, como los Anales de la Cátedra Francisco Suárez, la Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos, los Cuadernos Geográficos o Dynamis, por citar algunas de las más veteranas. En esos años, además, la Universidad granadina es el vivero de la oposición al régimen y germen de una futura generación de políticos. Con la democracia llegan muchas nuevas facultades. A las clásicas se van añadiendo las de Bellas Artes, Ciencias Políticas y Sociología... y sobre todo llegan los estudios técnicos, que llegan a ofrecer un abanico estimable: Arquitectura, Ingenierías en Caminos, Telecomunicaciones, Informática, Química... El crecimiento en todos los órdenes de la Universidad de Granada no se ve interrumpido por la creación en 1992 de las universidades de Jaén y Almería, con la consiguiente reducción del distrito universitario (hoy la provincia granadina y las ciudades de Ceuta y Melilla). Esas nuevas universidades, que han sido precedidas por la creación de colegios universitarios en ambas capitales, se nutren de profesorado formado en Granada. El presente. Iniciado el siglo XXI, el panorama de la Universidad de Granada permite afirmar que vive una de sus mejores etapas dentro de esa larga trayectoria. Como otras universidades andaluzas, ha iniciado un nítido cambio de rumbo orientándose decididamente hacia la calidad aprovechando la menor presión de la masificación, por la estabilización del alumnado. A través de 24 centros propios, más 4 adscritos, imparte 75 titulaciones a 60.000 alumnos, entre los de primer y segundo ciclo y los de doctorado, sin contar enseñanzas de idiomas y otras paralelas, como los cursos de verano. En total, cada curso pasan por sus aulas, de una u otra forma, por encima de los 80.000 alumnos, lo que explica que se mantenga el fuerte impacto de la universidad en una ciudad de 260.000 habitantes. Por otro lado, los 3.500 profesores y las casi 2.000 integrantes del personal administrativo y de servicios contribuyen a que mantenga ese viejo rango de primera industria de la provincia. La investigación cobra impulso y se diversifica, y a ello ayudan los numerosos institutos que se han ido creando –Ciencias de la Tierra, Geofísica y Prevención de Desastres Sísmicos, Criminología, Biotecnología, Instituto del Agua, Física Teórica y Computacional, Neurociencias...–, que se unen a los antiguos como Parasitología o Nutrición, actividades que tienen su complemento en los numerosos convenios suscritos en los últimos años, que dan más dimensión internacional a la Universidad granadina.
Antonio Checa |
- Granada en versos

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Se anuncia el amanecer en Granada con una tenue raya de luz sobre la cresta de Sierra Nevada, mientras el vaho brumoso de la vega intenta reptar hasta Puerta Real por sus calles principales. Todavía la ciudad sigue “dormida y acariciada por la música de sus románticos ríos”, en palabras de su poeta más querido y popular, Federico García Lorca. De pronto, por encima de la Alhambra se produce una gran oscilación de luz dorada, los árboles del bosque se paran, suenan unas guitarras desgarradas, las flores de los balcones se abren poco a poco y los gallos hablan unos con otros. La Granada lorquiana es, como se ve, todo “un sueño de sonidos y colores”, no en vano el más universal de los artistas en ella surgidos supo captar e interpretar como nadie los secretos y misterios de una ciudad que había ya encandilado, por su esplendor y belleza sin par, a los más famosos escritores de la época arábigo-andalusí. “Granada es el Damasco de al-Ándalus, pasto de los ojos, elevación de las almas. Todo en ella es bello y peregrino”, escribió en el siglo XIII el cordobés Al-Saqundí. Dos siglos y medio más tarde, el egipcio Al-Basit abundaba en la comparación: “Granada se parece a Damasco, es una de las mayores y más bellas ciudades de Occidente”. El visir granadino Ibn-Zamrak, conocido como ‘el poeta de la Alhambra’, dejaría por su parte grabado el siguiente verso en el interior de los propios palacios nazaríes: “La ciudad es una dama cuyo marido es el monte”. Ibn Al-Jatib, desterrado a Marruecos, afirmaba que el paisaje granadino “es tan rico en accidentes y detalles que sólo podrá abarcarlo y comprenderlo bien quien esté acostumbrado a trazar las emociones”. Lorca, bebiendo a su vez en los textos clásicos y las raíces populares, ha sabido trazar y transmitir las emociones como pocos otros lo hayan hecho antes que él: “Solamente por oír / la campana de la Vela / desgarré mi jardín de Cartagena. / Granada era una corza / rosa por las veletas. / Solamente por oír / la campana de la Vela / me abrasaba en tu cuerpo / sin saber de quién era”. La Granada lorquiana es una ciudad que “ama lo diminuto y construye la inverosímil torrecilla de Santa Ana, más para palomas que para campanas”; una ciudad “quieta y fina, ceñida por sus sierras y definitivamente anclada, que busca en sí misma los horizontes y se recrea en sus pequeñas joyas”. Haciéndose eco de Lorca, la almeriense Celia Viñes resume en sólo tres versos tan evidente anhelo marino: “Granada, lejos del mar... / ¡Qué cielo azul, mi Granada, / si quisieras navegar!” Granada por el mar. Como el hispanista y biógrafo de Federico, Ian Gibson, se ha encargado de subrayar, la carencia y añoranza granadina del mar es una constante en la vida y la obra lorquianas: “Granada, la que suspira por el mar”, reza un verso del ‘Gráfico de la petenera’. Y en sus propios comentarios al Romancero gitano, el poeta señala que los versos del ‘Romance sonámbulo’ –“Verde que te quiero verde. / Verde viento, verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña”– expresan “el ansia de Granada por el mar, la angustia de una ciudad que no oye las olas y las busca en sus juegos de agua subterránea y en las nieblas onduladas con que cubre sus montes”. Una ciudad que busca las olas en sus juegos de agua, he ahí la auténtica Granada. Porque si hay un elemento que pueda definir a esta ciudad con precisión, ése es precisamente el agua. “Si un día un gran poeta quiere definir la ciudad en cuatro palabras”, en opinión ahora del arabista Emilio García Gómez, “Granada no será las frágiles torrecillas moras ni las soberbias moles cristianas, ni siquiera los jardines, sino esa blanca sangre que por encendidas venillas lo va vivificando todo”. O en palabras esta vez de Azorín: “El agua, el agua clara, el agua cristalina, el agua que calla y murmura, el agua de los anchos estanques o de los hondos azarbes, el agua que en Granada llega a su más alta expresión de delgadez y de limpidez”. Como el mayor de los hermanos Machado, don Manuel, acertó a resumir mejor que nadie, Granada será ya para siempre el “agua oculta que llora” de su conciso y atinado verso. Pero un agua que, en Lorca, con su característica sensibilidad poética, hace brotar en todo momento melancólicos versos junto a las burbujas que incansablemente afloran desde el interior de la tierra a la superficie: “Para los barcos de vela, / Sevilla tiene un camino; / por el agua de Granada / sólo reman los suspiros”. Todos los poetas y viajeros románticos del XIX se encargaron de ensalzar con mayor o menor acierto las bellezas de esta ciudad, como antes lo habían hecho las plumas más afamadas de nuestro Siglo de Oro y como luego lo harían los modernistas y todos los que tras ellos vinieron. “Lugar por el que se pueden olvidar todos los del mundo”, dijo Agustín de Rojas en el siglo XVI. “Joya como no ha visto otra igual Roma en su edad victoriosa”, en palabras de Lope de Vega. “Bellísima ciudad de tantos rayos coronada”, en versión de Calderón de la Barca. “Ciudad (a pesar del tiempo) / tan populosa y tan grande, / que de tus ruinas solas / se honraran otras ciudades”, según principia Luis de Góngora el larguísimo y bello romance que le dedicó. La ciudad cuyo cielo y cuyo aire “llevan al alma una secreta languidez de la que cuesta trabajo desprenderse”, en vivencia del francés Chateaubriand. La ciudad, en fin, que su compatriota Víctor Hugo erige, en sus populares Orientales, en protagonista indiscutible de la España que conoció: “Sea próxima o lejana, / española o sarracena, / no hay ciudad tan sólo / que disputarse se atreva / con Granada la bonita / el premio de la belleza, / ni ninguna que despliegue, / con más gracia y más risueña, / más orientales destellos / bajo esfera más serena”. “Canción de agua”. Pero donde indiscutiblemente Granada se hace más bonita y risueña es en el Albaicín y, dentro de éste, mucho más aún en sus recoletos y serenos cármenes. El carmen, cuyo nombre procede de la palabra árabe karm, que significa “viñedo”, es sin duda la casa granadina porantonomasia, con su jardín interior rodeado de altas tapias que lo protegen de las miradas ajenas. Y, como afirma Ian Gibson, si se quiere apreciar la Granada lorquiana “es imprescindible pasar por lo menos un par de horas en el jardín de un carmen”. Éste es, además, otro de los símbolos de Granada, que por algo fue bautizada en el siglo XIX como “la ciudad de los cármenes”. Se trata del célebre “paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos” del poeta Pedro Soto de Rojas, tan amigo de Góngora en su día y tan admirado por Lorca siglos después. Un paraíso, en efecto, del que desde la calle no se ve nada, pero en el que dentro todo son jardines, árboles, macetas, flores y juegos de luz, agua y sombra, sin que falten miradores desde donde admirar el paisaje, siempre presidido desde el barrio albaicinero por la majestuosa colina de la Alhambra y el Generalife, en primer término, y la lejana pero no menos impresionante silueta de Sierra Nevada, al fondo. Porque como apuntó el propio García Lorca, aunque el granadino está “rodeado de la Naturaleza más espléndida”, en lugar de ir a ella, prefiere mirar sus extraordinarios paisajes desde la ventana. Unos paisajes en los que, ya lo advirtió Teófilo Gautier refiriéndose al bosque de la Alhambra, brota el agua por todas partes, bajo los troncos de los árboles y a través de las hendiduras de los viejos muros: “Cuanto más calor hace, más abundan los manantiales, pues es la nieve la que los alimenta. Esta mezcla de fuego, de nieve y de agua hacen que el clima de Granada no tenga igual en el mundo, un verdadero paraíso terrenal”. Paraíso de la tierra le pareció igualmente a Zorrilla, uno de los escritores que más versos ha dedicado a Granada en todos los tiempos, ganándose así a pulso el honor de ser coronado aquí “gran poeta nacional”: “Sultana de la alegre Andalucía, / alcázar de la luz y de las flores”. Un paraíso, en fin, del que tampoco pudo escapar Juan Ramón Jiménez cuando visitó la ciudad, en 1924, junto a su esposa Zenobia y de la mano de su joven amigo Federico: “Granada me ha cojido [sic] el corazón. Estoy como herido, como convaleciente. La luz y el agua forman en mi fondo los laberintos más prodigiosos –cielos bajos, delirantes, generalifes–. El sol me tiñe de una pena prodigiosa, y el agua me suena como si fuera mi propia sangre. A veces el ruido de esta agua-sangre de ensueño es tal que me despierta acongojado, con el corazón hecho una torre. Sí, la impresión de tu maravillosa Granada es en mí triste, tristísima, pero de una tristeza tan atraedora que me trae y me lleva como una aguja en ella... Tengo que llenarme de Granada hasta la boca”. No cabe duda, al hilo de estas impresiones, de que el futuro premio Nobel de Literatura había sabido escoger, como nosotros, al mejor guía de la ciudad. Y siempre por doquier, en Granada, la “canción del agua, que es una cosa eterna”, como diría Federico. Eterna y, al parecer, triste para no pocos poetas que en ella se inspiran. Así la interpreta, al menos, el almeriense Francisco Villaespesa: “Las fuentes de Granada... / ¿Habéis sentido, / en la noche de estrellas perfumada, / algo más doloroso que su triste gemido?” Un gemido que resulta mucho más triste aún desde la trágica desaparición de su poeta más grande, aquél que había escrito: “A la vera del agua, / sin que nadie la viera, / se murió mi esperanza”. Sería precisamente a la vera del agua, junto al manantial que brota del corazón de la Alfaguara por la Fuente de las Lágrimas, donde Federico encontraría su trágica muerte. “Mi corazón reposa junto a la fuente fría”, había escrito premonitoriamente en un precioso poema. Y allí, junto a la Fuente Grande de Alfacar, reposan para siempre los restos del poeta desde una fatal madrugada de agosto de 1936. “Que fue en Granada el crimen / sabed –¡pobre Granada!–, en su Granada”, gritaría con incrédula desesperación Antonio Machado al enterarse de su muerte. Y hasta allí llegaría Dámaso Alonso, cuatro años más tarde, en busca del recuerdo en sombra del amigo: “Llorad, llorad conmigo. / Llora tú, fuente grande, / ay, fuente de las lágrimas. / Y sed ya para siempre mar salobre, / ¡oh campos de Alfacar, tierras de Víznar!” Tendrían que pasar todavía más de cuatro décadas, sin embargo, para que pudiera hacerse realidad en lo fundamental la petición del gran don Antonio: “Labrad, amigos, / de piedra y sueño, en el Alhambra, / un túmulo al poeta, / sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!” “Ciudad del gozo”. Pero se nos acaba ya el día y llega la hora de la despedida, por mucho que la luz se resista. Y una vez más, será Lorca quien con mayor lirismo lo exprese, en esta ocasión en boca de su Mariana Pineda: “¡Con qué trabajo más grande / deja la luz a Granada! / Se enreda entre los cipreses / o se esconde bajo el agua”. Y, aunque remolona como en ningún otro sitio, debido a la reverberación del ocaso en las nieves de la sierra, la purpúrea bruma del atardecer se cierne poco a poco sobre la ciudad y la Alhambra, como en el momento de su partida definitiva la viera por última vez Washington Irving: “Todo era ameno y deleitoso, pero también tierno y triste a mi mirada de despedida. Me alejaré de este paisaje –pensé– antes de que el sol se ponga. Me llevaré su imagen revestida de toda su belleza. Luego de este pensamiento, proseguí mi ruta entre montañas. Un poco más y Granada, la vega y la Alhambra desaparecieron de mi vista. Así terminó uno de los más deliciosos sueños de mi vida”. Que no sea el nuestro, sin embargo, un adiós definitivo como el del autor de los fantásticos Cuentos de la Alhambra, sino un “hasta la vista” como el de Alejandro Dumas, quien proclamó sin empacho al despedirse que “un placer todavía mayor que el de ver Granada, es el de volverla a ver”. Y es que, como asegura el verso de Javier Egea, “existe una razón para volver a la ciudad del gozo”. La ciudad que, no en vano, inspiró al mejicano Francisco de Icaza la célebre cuarteta reproducida al pie de la Torre de la Vela: “Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada”. Pero dejemos que sea nuestro guía Federico quien, con la caída de la tarde y la llegada de la noche, eche el telón a este paseo literario por la ciudad que le dio la vida y luego se la arrebató: “Cuando el sol se oculta tras las sierras de bruma y rosa, y hay en el ambiente una colosal sinfonía de religioso recogimiento, Granada se baña de oro y tules rosa y morados... La vega se duerme en un sopor plateado, mientras los cielos de las lejanías tienen hogueras de púrpura apasionada y ocre dulzón... La sierra es color violeta y azul fuerte por su falda, y rosadamente blanca por los picachos. Aún quedan manchas de nieve que resisten briosas al fuego del sol... En el cielo que hay sobre la sierra, asoma el beso hierático de la luna... En los árboles queda aún un resol extraño... Luego, la luna besa a todas las cosas, cubre de suavidad los encajes de las ramas, hace luz al agua, borra lo odioso, agranda las distancias y convierte los fondos de la vega en un mar...”.
Eduardo Castro |
- Historia del nuevo urbanismo de Granada

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En el siglo XVII se produce la expansión de los barrios de las Angustias, San Antón y la Magdalena, rebasando las antiguas murallas, y se consolida el barrio de San Jerónimo, iniciado en operaciones anteriores, como las del banquero Felipe de Alborgo allí, la de los Bazanes alrededor del monasterio del Santo Spiritu, generando los espacios en que se levantarán la casa de los Córdova, o los dos conventos de Carmelitas, uno de ellos sobre la casa del Gran Capitán. Junto con otros conventos como el de Carmelitas de Santa María de la Cabeza, el de la Magdalena, el de San Agustín, etc. Y el eje urbano hacia la iglesia San Justo y Pastor, en plena contrarreforma, en el complejo religioso jesuítico. Será el siglo XIX el que asuma unas transformaciones apenas iniciadas en la Ilustración, con el nuevo Teatro del Campillo o el Paseo del Salón, ejecutados en la invasión napoleónica. Se cubre el río Darro formando la actual calle de Reyes Católicos; desde 1850, comienza la actividad de regularización de nuevas alineaciones, que evidencian un dominio del trazado urbano muestra de la evolución desde el ilustrado plano de Francisco de Dalmau, en 1796, al liberal de José de Contreras, en 1853. Tres representaciones de la ciudad, desde la inicial de Ambrosio de Vico en la contrarreforma, que plasman momentos ideológicos determinantes para la ciudad y su definición. Como emblemáticas del poder y su ideología, destacarán las plazas al demolerse edificios en la desamortización, dentro del progresismo liberal. La apertura de la Gran Vía al finalizar el siglo XIX –en su trazado sobre el antiguo barrio de la Medina y en dirección a la nueva estación de ferrocarriles– y el soterrado del río Darro en Puerta Real determinan un eje de vías principales condicionante, con expansiones limitadas, como la del barrio de Fígares. Los años treinta del siglo XX inciden en la necesidad de un camino de Ronda, primera circunvalación, y el continuar el embovedado del río Darro tras la iglesia de las Angustias, proyectos de la República que ejecutará la dictadura franquista. En los años cuarenta surge la idea de reformar interiormente el barrio de la Manigua, creando la calle Ángel Ganivet. Desde entonces serán los planes de urbanismo los que marquen las actuaciones, desde el de Alineaciones de 1949 hasta el General de Ordenación urbana de la comarca de Granada de 1971, y las nuevas barriadas construidas, al Sur el Zaidín y hacia el Norte La Chana y el polígono de Cartuja, que se completarán con los barrios del Camino de Ronda, con sus paralelas Pedro Antonio de Alarcón y Arabial, en un proceso especulativo muy voraz y en que los bloques determinan la norma en altura de todo lo nuevo, con atención prioritaria a los intereses edificatorios que culminan en los años sesenta y setenta con los planes parciales, como los denominado Sur, Oeste, etc. Ejemplos de una actuación generalizada de masificación, falta de equipamientos, trazado urbano mezquino y destrucción del patrimonio arquitectónico lo constituyen episodios señeros como el denominado edificio del Banco de Santander en la plaza de Isabel la Católica, los márgenes del río Genil, el entorno de monumentos como San Sebastián, la urbanización Los Alminares, etc. Las elecciones democráticas en el municipio en 1979, tras un periodo de luchas ciudadanas donde destacan el movimiento vecinal en los barrios, y los estudiantiles y profesionales con la oposición a destrucciones como las del Carmen de los Mártires, de la avenida denominada entonces de Calvo Sotelo como boulevard, del proyecto de continuación de la Gran Vía prolongándola sobre el barrio histórico de San Matías, suponen un intento radical y decidido de revisión del modelo de ciudad, reformando el planeamiento, defendiendo la arquitectura y primando los intereses públicos y colectivos en equipamientos, nuevos accesos y la circunvalación, ésta para absorver el tráfico perimetral y marcar un límite al crecimiento hacia la Vega. Parques como el Federico García Lorca, la avenida ajardinada en la carretera de Dílar en el Zaidín, y actuaciones repartidas en toda la ciudad y sus barrios constituyen un decidido intento de dar respuesta a mejoras de las condiciones de vida en toda la ciudad. La adquisición del Palacio de los Córdova, la restauración del Carmen de los Mártires, los palacios de Congresos y Deportes... son hitos que sólo tienen equivalencia en el periodo anterior en el Auditorio Manuel de Falla, quizás la obra señera de la arquitectura del siglo XX en Granada, entre las numerosas que nos legó el gran arquitecto José María García de Paredes. Frente a la anterior destrucción del Teatro Cervantes, la adquisición y restauración del Teatro Isabel la Católica lo evidencian, lo que se involucionará después con la venta del solar del cine Regio, adquirido para el municipio y vendido después a un particular para viviendas, como lo será el edificio Bernina, en la Plaza del Carmen... La especulación. Así, desde 1991 no se continúa esta política decidida, que determinó el periodo democrático desde 1974, y basándose en convenios urbanísticos son recalificadas especulativamente zonas que en el Plan General de 1983 corresponden a espacios de uso comunitario o equipamientos. Respecto a las previsiones de esta revisión, se incrementará en forma considerable el número de viviendas construidas, en un proceso que no responde al número decreciente de habitantes, sino a segundas residencias y especulación. La periferia y comarca de Granada está sometida a un proceso similar, con promociones generalizadas de bloques o de viviendas adosadas, que conllevan una edificación en la que fue pionera en los años setenta Armilla, y en los ochenta Cenes de la Vega, propiciando el desarrollo sin calidad urbanística ni arquitectónica, y en el que ha continuado Albolote, alrededor de una urbanización antes modélica del Cortijo del Aire. Los resultados, que tienden en poco tiempo al deterioro, son evidentes, como muestra la costa, con implicaciones incluso sociales preocupantes, como en Cenes de la Vega. En las actuaciones actuales es exigible la referencia a un modelo de ciudad más ambicioso y utópico, tanto en su trazado urbano y en el diseño de elementos, como en una arquitectura de mayor calidad. Lo contrario y en pocos años producirá una degradación, de la que es evidencia la costa, sometida a estos procesos recalificadores. Son ejemplos Torrenueva o Torremolinos, y lo será en un periodo corto Marbella. Granada plantea las necesidades perentorias de las comunicaciones internas y externas, como señalaba el Profesor Bosque Maurell en 1962, en su Geografía Urbana de Granada, sugiriendo la nece sidad de “(...) la creación de una red viaria interna más acorde con las necesidades actuales de la circulación urbana, y que ponga en fácil contacto las diversas partes de Granada, es el otro gran problema granadino”. Destacando ya entonces que “(...) los problemas circulatorios son dos: los accesos exteriores y la red viaria interna(...)”, ambos acusados por el incremento espectacular del tráfico y del parque de vehículos, y las carencias en el trazado viario, que tienden a una congestión, imponen restricciones inevitables y exigen construcciones de aparcamientos. Éstos sólo se exigieron para las viviendas desde 1979 y fue después cuando se inició la construcción de los primeros públicos en Puerta Real y Avenida de la Constitución, pero que han propiciado con posterioridad ventas preocupantes del subsuelo a particulares. Entre las políticas positivas y decididas frente a la especulación, como las del estadio de Granada en la zona sur del Polígono, Granada 74, está la de exigir control para la edificación de solares en la actualidad. Pero entre las negativas se encuentra la autorización de elevar el Hotel Meliá en la calle Ganivet y en su parte posterior, similar o peor al macizado de la planta libre del edificio del Banco de Santander... Recalificaciones como las de la prolongación de la calle Recogidas, a ambos lados y hasta la glorieta de la Circunvalación, o las de las antiguas estaciones de autobuses del Camino de Ronda, del Cuartel de las Palmas y otra similar en el Serrallo, lo ejemplifican de forma preocupante. Sólo ejemplos singurales de arquitectura de calidad, moderna, como los iniciados por García de Paredes, o el edificio en Puerta Real de Álvaro Siza, o entre algunos institucionales la sede de la Caja General de Granada, suponen intentos de mejora, aislados pero esperanzadores con otros muy determinados, en el diseño urbano y arquitectónico en Granada, sometido a intereses especulativos de particulares con la complicidad de técnicos y administraciones. La casi total carencia de arbolado y zonas verdes implica actuaciones generalizadas parecidas con episodios aislados positivos, pero con la necesidad perentoria de una plantación masiva de grandes árboles, que contribuya a mejorar el ambiente urbano en toda la ciudad y sus zonas verdes de uso público, incluso en avenidas ya consolidadas históricamente, como podía ser entre otras muchas la actual calle de Alhamar, que revalorizarián en numerosas vías de la ciudad su ambiente y habitabilidad, hoy casi reducido a situar maceteros.
José Miguel Castillo Higueras |
- La música Ãntima

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La relación de Granada con la música es mucho más íntima que la que de una película con su banda sonora; incluso más estrecha que la que une una letra con su melodía. Granada es una ciudad que suena, que tiene una armonía inconfundible. Es una caja de música, como casi todas las ciudades, pero con muchos compartimentos y ciertas particularidades. ¿Cuál es su melodía, qué instrumentos prevalecen? No hay orden. Ni concierto. Más bien es una música desconcertante: hipnótica como una salmodia, irritante como un quejido y plural como el propio sonido. Campanas, timbres, guitarras, voces, esquilas, gritos, pianos, violines, sirenas, silbidos, murmullos acuáticos más todo el universo de ruidos que son capaces de producir los objetos cuando son percutidos han de formar parte de la orquesta que trate de recrear con fidelidad su música. La mejor interpretación, sin embargo, de esa música no sonó en un auditorio ni la administró un director ni la transcribió un compositor en una partitura. La describió un poeta, Federico García Lorca, en una conferencia famosa: “Cómo canta una ciudad de noviembre en noviembre”. Esta prosa es la mejor versión jamás grabada del rumor intrínseco de Granada. Lorca va por orden. Primero describe la orquesta (“Granada tiene dos ríos, ochenta campanarios, cuatro mil acequias, cincuenta fuentes, mil y un surtidores y cien mil habitantes. Tiene una fábrica de hacer guitarras y bandurrias, una tienda donde venden pianos y acordeones y armónicas y sobre todo tambores”) y luego va recreando la música a través del tiempo, mes a mes, con sus fortíssimos, sus pianos, los crescendos, los maestosos, el bajo continuo del verano (casi una cigarra) o las disonancias. Es un texto muy hermoso. En el tiempo transcurrido (la conferencia fue dictada en 1933) la orquesta ha aumentado; también ha crecido el ritmo y posiblemente la melodía pero no el vínculo inseparable, casi ontológico, que Granada tiene con sus sonidos. El progreso, o el espejismo del progreso, incrementa cada día el número de componentes –deliberados o accidentales– de ese coro unánime que mantiene vivo y constante el concierto. Pero hay un fluido inalterable que recorre cíclicamente las estaciones, el mismo que describió Lorca el siglo pasado. Todas las músicas que suenan en Granada acaban formando parte de esa sinfonía única: la que dejan escapar los motores de los automóviles y las de las secciones de cuerda de las orquestas. Unas intentan predominar sobre las otras pero acaban reunidas. El Festival Internacional de Música y Danza es la prueba principal de ese sonido único. Más que la calidad incuestionable de las orquestas invitadas importa la totalidad musical, abstracta y variable; más que el programa, los lugares. Es curioso: posiblemente no haya lugar más incómodo para escuchar un aria de Mozart o un cuarteto que el Patio de los Arrayanes de la Alhambra. Pero tampoco existe uno más sugestivo y proclive al ensueño. Es eso, la sugestión, el embeleso del lugar (más que la música) lo que incita a los aficionados a agotar las entradas de los recitales de los Arrayanes. También el sonido del Palacio de Carlos V es un sonido beodo, retumbante, lleno de ecos falsos, pero no importa: es la mejor caja de música que puede acoger a una sinfónica. ¿Suenan las orquestas o son los monumentos los que suenan? ¿Se pueden escuchar independientes unos de otros, aislarlos de los crujidos de las articulaciones de la ciudad? Posiblemente no. Manuel de Falla, que era un tipo raro, escribió en los años veinte al alcalde desde su casa en la Antequeruela quejándose de que los sonidos de los carruseles y los tiovivos de la feria del Corpus le impedían concentrarse. Muchos músicos han buscando inspiración en Granada. Unos en su melodía secreta, otros en su leyenda y hasta en una nostalgia imaginaria, impostada. Hay más de 3.000 canciones registradas en las que aparece el nombre de la ciudad. Canciones de todo género. Junto a ellas también suenan las decenas de grupos rock, de hip-hop, de jazz o de copla. La música de Granada es la de Carlos Cano, José Ignacio Lapido, 091, Enrique Morente, Juan Habichuela, Mauricio Ohana, Juan Alfonso García, Manifiesto Canción del Sur, Los Planetas, José García Román, Lagartija Nick y la de tantos otros. ¿Hay una melodía que, en cierto modo, resuma esa música total e inefable? Hace años los rectores de la ciudad acordaron poner como fondo, para amenizar las esperas en la centralita telefónica del Ayuntamiento, la que consideraron más afín, ‘Vuelvo a Granada’ de Miguel Ríos, pero cuando fueron sustituidos por los de otro color, a los recién llegados les faltó tiempo para cambiar el rock por la ‘Granada’ de Agustín Lara. Hay una definición implícita en ambos temas. El que vuelve a una ciudad arrastra un sentido práctico y activo de la existencia; el que sueña con ella en la distancia ha renunciado a todo contacto salvo el que promete la añoranza. Vida frente a nostalgia, nervio frente a inercia. Y entre ambas siempre Carlos, Carlos Cano: “Granada vive en sí misma tan prisionera, que sólo tiene salida por las estrellas”.
Alejandro V. García |
- Los cármenes de Granada

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Oh habitantes de al-Ándalus, qué felicidad la vuestra al tener aguas, sombras, ríos y árboles! El Jardín de la Eterna Felicidad no está fuera de vosotros, sino en vuestra tierra; si yo pudiera elegir, es este lugar el que elegiría”. Con estas palabras, escritas en siglo XI por Ibn Jafaya, puede comprenderse la belleza que encierra cada uno de los cármenes repartidos por la ciudad de Granada, especialmente los que pueblan el Albayzín, el Realejo y los cármenes reales de la Alhambra. Proveniente del término árabe karm (jardín), el carmen granadino es una expresión arquitectónica de lo que el pueblo árabe concibe como belleza y felicidad: “Jardín eterno, muestra y vestigios, que aún nos quedan, del paraíso, en muy pocos lugares privilegiados sobre la tierra”, como escribió, siglos más tarde, el poeta francés Chateaubriand. Esta “vivienda con huerto”, típicamente granadina, comienza a proliferar tras la expulsión de los moriscos. Debido a su enclave en las escarpadas y sinuosas calles del Albayzín, ocupa un reducido espacio habitable rodeado por un conjunto de terrazas arboladas que mitigan el calor seco del verano. Una mezcla de huerto y jardín, con acequias, fuentes y albercas rumorosas, en el que conviven hortalizas, árboles frondosos, setos de arbustos olorosos y macizos de claveles, jazmines, nardos, granados, ciruelos, alhelíes, madreselvas y azucenas, enclavados en parterres escalonados que permiten disfrutar de diferentes perspectivas desde las que se avista el horizonte nevado de la Sierra, el azul intenso del cielo y los rojizos muros de la Alhambra. Los cármenes granadinos, como afirma Santiago Rusiñol, tienen “su tradición propia y su propio estilo”: una mezcla de elementos primitivos, modernos, barrocos, románticos, impregnados por la esencia andalusí. Federico García Lorca provoca con su obra “Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos”, un renovado interés por esta construcción tras un periodo largo de abandono y dejadez. Actualmente se recuperan y dignifican, de manera incesante, cármenes que se avistan claramente por los altos tapiales blancos, coronados de enredaderas y yedra, que ocultan su interior a los paseantes de las estrechas calles albaicineras, aunque en el silencio de la solana se oye el rumor del agua que brota de pilarillos, se alza en surtidores o desciende en pequeñas cascadas, y se percibe la silueta austera de los altos cipreses. Muchos cármenes granadinos conservan restos arqueológicos bajo sus jardines, monumentos y obras de arte con que sus propietarios ampliaron la belleza natural del recinto. Famosos, por acontecimientos históricos o por quiénes los habitaron, son el Carmen de las Minas, que se asienta sobre un adarve zirí, el Carmen de la Concepción o el Carmen de San Antonio, cercano a la hermosa Puerta de Monaita. Pedro Soto de Rojas vivió en el Carmen de los Mascarones, habitado después por el magnífico imaginero granadino José de Mora. El Carmen de las Tres Estrellas fue destacado cenáculo literario gracias a la tertulia de Antonio Joaquín Afán de Ribera. El Carmen del Chapiz, actual sede de la Escuela de Estudios Árabes, conserva en perfecto estado un edificio morisco separado por una alberca central de otro edificio de arquitectura árabe. Morada del historiador Antolínez fue el Carmen de Pascasio, hoy totalmente destruido. Tan hermosos como los cármenes del Albayzín son los que se alzan en las faldas de la Colina Roja y del Mauror: el Gran Capitán tuvo como propio el Carmen de los Chapiteles. Junto a las Torres Bermejas se asienta el Carmen de la Fundación Rodríguez Acosta, con bellísimos jardines que deslumbran al atardecer con los últimos rayos del poniente granadino. Cercano a éste, el Carmen de los Catalanes conserva las mazmorras de los cautivos cristianos durante el reinado de la dinastía nazarí. Inigualable, por su extensión, belleza y dimensión histórico-artística, es el Carmen de los Mártires, antiguo Corral de los Cautivos. En su recinto, Isabel la Católica mandó erigir una ermita y el Conde de Tendilla fundó un convento en el que vivió San Juan de la Cruz: el monje-poeta plantó un cedro al que alude en su poema ‘Noche oscura’. Desde cualquier rincón del Carmen de los Mártires, muy reformado –no siempre con acierto–, con el paso del tiempo, se puede divisar un espléndido panorama de la ciudad. El Carmen de la Antequeruela fue morada de Manuel de Falla; en el Carmen del Cuarto Real se conserva un magnífico palacio árabe. Antonio de Nebrija tuvo su carmen en la Calle Real, cercano al Carmen de los Peces, utilizado para recibir a las autoridades. Poetas, escultores, humanistas, escritores, artistas y músicos de todos los tiempos han pasado por Granada, o vivido en ella, quedando prendidos y prendados de la belleza que estas casas o palacios con jardines, arrayanes, albercas, austeros cipreses y olorosos arbustos, transmiten. Andrea Navaggiero, Antonio de Nebrija, San Juan de la Cruz, Góngora, Soto de Rojas, Chateaubriand, Rodolfo Gil, Manuel de Falla, Ángel Ganivet, Santiago Rusiñol, Ramón Pérez de Ayala, Carlos Cano… Todos ellos coinciden en que son “una necesidad del alma” y un “retazo de poesía”. Como escribió René de Chateaubriand, “no hay pluma ni pincel que pueda retratar al vivo la belleza tan variada y tan natural que ofrecen los jardines del Darro, a los cuales llaman cármenes… Cuando se lee lo que cuentan de ellos las historias del país se piensa que son fábulas; mas en llegando a ellos causa admiración encontrar una realidad superior a todos los colores del paisaje”.
Cristina Mellado Morales |
- Textos árabes sobre Granada

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Ibn Sâra de Santarem (?-m. 1123)
Los ojos de la gente se vuelven hacia Granada porque es un jardín que despliega sus flores sobre el manto de la Vega. El mes de octubre es allí como el de abril porque viste las colinas de rosas y junquillos. Sus riachuelos recuerdan al pecho de una mujer hermosa a la que unos dedos hubieran abierto la blusa.
Ibn al-Jatib de Loja (1313-1375)
De sus montañas descienden corrientes de agua, hielo fundido que se esparce sobre la arena. Ante ella se extiende una fértil vega acariciada por el céfiro y cruzada por brazos de río, que asemejan perlas en medio del manto de la vegetación. Por su verdor siente envidia el jardín celeste, como envidia una mujer a la segunda esposa del marido. Un poeta dijo:
Como los peregrinos que bajan del Monte Arafat se desbordan impetuosos los riachuelos de la Alhambra. Luego, cuando recorren la llanura, van abriendo los pliegues de su manto. Si su caudal se estrecha es una espada brillante, si se ensancha y reposa el agua, una reluciente [coraza.
Ibn Zamrak (1333-1393).
Detente en la Sabika y mira a tu alrededor: Granada es una mujer que tiene a este monte por marido. Rodeada por el río las flores le sonríen como joyas en su garganta. Mira las arboledas, rodeadas de riachuelos como invitados a una fiesta a los que sirven las acequias. La Sabika es una corona en la frente de Granada: en ella querrían posarse todos los astros del cielo Y la Alhambra, ¡que Dios la guarde!, es un rubí en lo alto de la corona.
(Selección de Rafael Valencia) |
- Situación del Reino de Granada

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El reino de Granada, que entre los antiguos se llama Hispania Bética, se extiende a manera de semicírculo, cuyo diámetro hacia el mediodía es el mar. Está rodeado por todas partes por altísimos montes, y su interior es asimismo montañoso. Su anchura, desde el norte al mediodía, es de tres jornadas, y su longitud tal vez de siete u ocho. Las ciudades marítimas más ilustres que tiene, empezando por el norte, son Almería, de la cual escribí más arriba; Almuñécar (Almonikar), famosa por el azúcar, en donde crecen cañas de seis y siete codos de longitud, y gruesas como el brazo en el arranque de la mano; Vélez-Málaga (Velismalica), ciudad opulenta, con un magnífico castillo; Málaga (Malica), ínclito puerto de mar. Las ciudades mediterráneas más famosas son Baza (Bassa), Guadix, Granada, Loja, Alhama, Ronda y Marbella (Morbella). Hay un sinnúmero de castillos y lugares. No está cultivada sino donde se puede regar. Creo que la ciudad de Granada está situada en la parte más alta del reino, porque en aquella época no vimos nieve en ninguna montaña, sino en la que se llama la Sierra, sobre la ciudad de Granada. Hay también allí ríos de agua dulce y salubre, que tienen truchas y otros peces que requieren agua fresca y de fuente. Las ciudades del reino están emplazadas por lo general en los montes o en sus laderas, tan fuertes, con las torres, defensas, barbacanas, almenas y fosos, como no hay nada más. Es un reino muy rico. Abunda en seda como no la hay mejor en el mundo; tiene también mucho azafrán, principalmente en la parte baja. Los higos tiran al sabor del azúcar, y no son muy grandes. Produce también aceite, almendras, esparto, cochinilla de los tintoreros, de la cual se venden dos libras por ducado y medio, y otras muchas cosas. Todos los ríos provienen de fuentes de agua excelente y dulcísima. En el estío, a causa del deshielo de la nieve, el agua nunca o rara vez falta. Ni en ninguna región de España es tan frecuente la lluvia –debido a la elevación de las montañas, que son la causa de ella y de la elevación de los vapores– como sucede en Metz y en Saltzburgo.
Jerónimo Münzer De Viaje por España y Portugal. |
- Granada y Palmira

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La Alhambra... en la mente de los ingleses constituye el resumen y la sustancia de Granada. Para ellos es el primer objeto, el imán, la perla preciosa; es la Acrópolis, el castillo de Windsor de esa ciudad. Pocos granadinos van nunca a visitarla ni comprenden siquiera el interés total, la devoción concentrada que despierta en el forastero. La familiaridad en ellos ha dado lugar al menosprecio con que el beduíno contempla las ruinas de Palmira, insensible a su presente belleza tanto como a su pasada poesía y aventura. Es triste esta falta de aprecio hacia la Alhambra por parte de los naturales; completa en cierto modo la decandencia de la estructura, al quitar incluso a las ruinas su prestigio abstracto. Así son los orientales, a quienes les basta “su hoy para el día”; no se preocupan ni por el pasado ni por el futuro.
Richard Ford De Granada y Palmira (1845) |
- Granada contemporánea

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El inicio de la edad contemporánea está marcado por la invasión de las tropas napoleónicas de la Península Ibérica y por el comienzo de la Guerra de la Independencia. Dos acontecimientos trascendentales que pusieron fin, al mismo tiempo, al Antiguo Régimen. Granada vivió el levantamiento del pueblo de Madrid del 2 de mayo de 1808 con gran confusión. Alejada de la vida de la Corte, en un principio vio aquella manifestación como un motín popular. Pero muy pronto, tras la llegada a los pocos días de noticias ciertas de la capital del país, Granada y los granadinos se sumaron al clamor que ya se había extendido por el resto de la geografía española: la guerra contra el invasor francés, y la vuelta del monarca, Fernando VII, al que se consideraba cautivo de Napoleón. El día 1 de junio quedó constituida la Junta Suprema de Gobierno de Granada, al frente de la cual se situó el capitán general de la provincia, Ventura Escalante. En unos pocos meses, la Junta logró movilizar a 33.000 hombres para hacer frente al ejército francés. Sin embargo, el patriotismo de los granadinos quedó rápidamente sometido por el 4º Cuerpo del Ejército francés mandado por Horacio Sebastiani. Desde entonces y hasta el 16 de septiembre de 1812, momento en el que tuvo lugar la entrada en la ciudad de las tropas del general Ballesteros, la provincia granadina quedó bajo el control de las autoridades galas. En aquellos años de dominación la máxima autoridad provincial fue el propio Horacio Sebastiani, militar del que se tiene un triste recuerdo en la provincia. Desde su entrada en Granada protagonizó una severa represión contra la población para evitar posibles movimientos insurgentes. Asimismo, sometió al conjunto de los granadinos a una dura política de tributos con la que pretendía sufragar parte de los gastos ocasionados por la guerra, y la política urbanística que emprendió en la ciudad capitalina. En efecto, a Sebastiani le cabe el honor de haber sido el primero en decretar las primeras disposiciones encaminadas a conseguir, en la etapa contemporánea, la modernización de la ciudad de Granada. De un lado mejoró sus comunicaciones con la puesta en marcha de un plan de obras pública (a este plan corresponde el Puente de los Vados, en el camino de Santa Fe, y el Puente Verde o de los Franceses), y de otro, marcó sus vías de expansión con la ampliación y el ensanche de calles y plazas. Su afán por modernizar la ciudad le llevó también a finalizar las obras del Teatro principal de Granada que se habían comenzado en 1802. El 15 de noviembre de 1810 quedaba inaugurado con el nombre de Teatro Napoleón (tras la expulsión de los franceses fue rebautizado con el nombre de Teatro Cervantes). Bajo su autoridad también se procedió a la urbanización del Paseo del Salón y de la Bomba, y también al dictado de ordenanzas dirigidas a la limpieza y adecentamiento del callejero de la ciudad. Fernando VII. Las penalidades sufridas por los granadinos durante el dominio francés no terminaron, sin embargo, con la marcha de Horacio Sebastiani. Como en otras provincias y ciudades españolas, la firma del Tratado de Valençay, que daba fin a la Guerra de la Independencia, fue recibida jubilosamente en Granada. La alegría del regreso del “Deseado” pronto se desvaneció cuando el monarca anunció, a través de la publicación del Real Decreto de 4 de mayo de 1814, su pretensión de restablecer la monarquía absoluta y suspender el régimen constitucional. De nuevo la represión y la persecución, esta vez de aquéllos que se mostraron leales a los principios liberales y a la Constitución gaditana de 1812, hicieron acto de presencia en la provincia de Granada. Muchos granadinos fueron privados de libertad. Entre ellos, Francisco Martínez de la Rosa, el artífice años más tarde del Estatuto Real (1834). Otros fueron condenados a la última pena, como ocurrió más adelante, en 1831, con la heroína de la ciudad, Mariana Pineda. En la construcción del Estado liberal español, salpicado de múltiples dificultades, Granada estuvo muy presente. No hay que olvidar que granadinos como Javier de Burgos, el propio Francisco Martínez de la Rosa, o el general Ramón María Narváez, que ocuparon puestos de primer orden en los Gobiernos de la nación de la primera mitad del siglo XIX, fueron artífices y diseñadores del mismo. En el plano provincial, la división del liberalismo español entre moderados y progresistas se percibió con nitidez en Granada. Hasta prácticamente el final del reinado de Isabel II, comenzó en esta provincia un “desfile” de nombres y personalidades, afines a una u otra opción, que vino a demostrar la inestabilidad política de aquella época. Ahora bien, ni moderados ni progresistas parecieron estar dispuestos a dar respuesta a los problemas que Granada tenía planteados. Y es que desde el punto de vista económico y social, la ciudad y la provincia granadina fueron languideciendo con el paso del siglo entrando en un estado de postración del que no lograron salir hasta prácticamente el último tercio del siglo XIX. En efecto, en el terreno económico, Granada quedó relegada a un segundo plano, apegada a su pasado esplendor y a una economía tradicional, siendo la agricultura su principal actividad. En el siglo de la revolución industrial, la provincia mantuvo el carácter manufacturero y artesanal de su industria, destacando únicamente los pequeños establecimientos dedicados a la fabricación de tejidos, jabones, y aceites, actividades que contaban con un mercado muy reducido fruto de su pésima red de comunicaciones. En 1864, la única carretera terminada de la que disponía la provincia era la de Madrid-Bailén-Granada. Además, el sueño del ferrocarril se alejó progresivamente. Los proyectos de ferrocarril para Granada fueron pospuestos por los políticos liberales. Sólo en 1864 pudo inaugurarse un primer tramo ferroviario, el que unió a Granada con el municipio granadino de Loja. El aislamiento de Granada llevó a Azorín a escribir con el cambio de siglo: “Granada estaba como apartada de todo el mundo, como un rincón, como un remanso del tiempo pretérito. La diligencia y el apartamiento de Granada, hacen que tengamos la sensación de que hemos visitado esta ciudad en 1830”. El panorama social conectaba con la estampa económica descrita. Granada despertó al siglo XIX sumida en una grave crisis demográfica motivada por la Guerra de la Independencia que no superó hasta casi 20 años más tarde. No obstante, a pesar de conseguir recuperar entonces el volumen de población prebélico, la provincia presentó, hasta prácticamente el final de la centuria, un régimen demográfico antiguo caracterizado por unas elevadas tasas de natalidad y mortalidad. Las continuas crisis de subsistencias (como las de 1813, 1817, 1823-1825, y 1827-1828), y las epidemias periódicas que azotaron a Granada (de nefastas consecuencias fueron las de 1812, 1829 y 1833), explican las dificultades de esta provincia para conseguir un crecimiento sostenido de su población. Incluso cuando el siglo atravesó su ecuador, la provincia volvió a ser golpeada por nuevas crisis de subsistencia y epidemias que tuvieron consecuencias dramáticas. Así ocurrió en 1855, cuando la insuficiencia de alimentos provocada por las malas cosechas, unida a la epidemia de cólera que registró el país ese año, hicieron ascender la mortalidad en Granada a niveles catastróficos. En cuanto a su estructura social, era la propia de una provincia que contaba con una economía como la mencionada. La transformación social de Granada, en consecuencia, tardó en llegar. Sociedad de clases. Aún así, durante el reinado de Isabel II se conformó la nueva sociedad de clases característica de la revolución liberal-burguesa y que acabó con la estructura estamental propia del Antiguo Régimen. De esta forma, a mediados del siglo XIX Granada disponía de una clase dirigente, la élite política de la ciudad y la provincia, constituida por una reducida burguesía comercial y terrateniente que poco a poco fue acrecentando y consolidando su patrimonio bien por la compra de los bienes desamortizados a la Iglesia, bien por el diseño de una concienzuda alianza de matrimonios para evitar la diseminación de sus propiedades. Asimismo, contaba con una clase media, o mediana y pequeña burguesía, de cierta relevancia, compuesta por grupos sociales muy heterogéneos (comerciantes, militares, funcionarios de la administración, representantes de las profesiones liberales). Y finalmente, completaba su estructura social una amplia masa de campesinos, jornaleros, artesanos, trabajadores del sector terciario, y obreros de su menguada industria, marginados políticamente por el Estado liberal. Precisamente estos colectivos sociales fueron los más perjudicados por las pandemias y crisis de subsistencia a las que hemos aludido. Espoleados en un primer momento por la falta de alimentos, por el hambre, y por las subidas de los precios, y más adelante por las nuevas ideas políticas (republicanismo, socialismo, y anarquismo) que exigían una apertura y modificación sustancial del sistema político cuando no la liquidación del mismo, protagonizaron levantamientos e insurrecciones, algunas de ellas de gran envergadura. A esa época corresponde la sublevación de Loja de 1861. Aunque inspirada por el veterinario republicano, Rafael Pérez del Álamo, lo cierto es que esta insurrección, protagonizada por los campesinos lojeños, respondía al rechazo de éstos a la Reforma Agraria Liberal. Una reforma que consagró la propiedad privada y la enajenación de los bienes de Propios, con lo que se hace cada vez más difícil que el grueso de la población campesina accediera a la explotación agrícola de la tierra. Cambios urbanísticos. La pobre imagen social y económica que se deduce de la Granada de la primera mitad del XIX contrasta, sin embargo, con la intensa transformación urbanística que experimentó la ciudad justamente en esos años. En líneas generales podemos decir que fue en la época isabelina cuando nació la Granada contemporánea. El origen de los cambios urbanísticos lo encontramos en las medidas desamortizadoras que se aprobaron de forma sucesiva por los gobiernos liberales. La hasta entonces sacralizada ciudad de Granada, dominada por multitud de edificios religiosos, y con cruces y capillas repartidas por toda la ciudad, vio a lo largo de aquellos años cómo la totalidad de sus conventos y monasterios quedaban vacíos. Muchos edificios conventuales fueron enajenados y fueron reconvertidos en función de las nuevas demandas que exigía la revolución liberal. Por ejemplo, en 1836 se derribó la torre del convento de la Trinidad y el edificio se convirtió en la sede de la delegación de Hacienda. El convento del Carmen fue también derribado, aunque sólo en parte, dando lugar a la plaza actual, en tanto que en la parte conservada se instaló el Ayuntamiento de la ciudad. En los solares dejados por los conventos de las Capuchinas y Agustinos se establecieron los mercados públicos para poner fin a la dispersión de los mismos. También se reconvirtieron los conventos de San Jerónimo, La Merced, y la Victoria, a los que se le dio un uso militar como acuartelamientos del ejército. Pero el gran cambio para el urbanismo de la ciudad fue, sin lugar a duda, el embovedado del río Darro a su paso por la calle Reyes Católicos en el centro de la ciudad, que permitió acabar con los problemas seculares de la ciudad, el de los desbordamientos del río, y el de la insalubridad y los malos olores causados por las basuras y aguas fecales que arrojaban y desembocaban en él. Su cubrimiento permitió la apertura de nuevas calles, avenidas y plazas en Granada, lo que redundó en su propia transformación urbanística. La proximidad del cambio de siglo presagiaba para la provincia una época de cambios y desarrollo económico. Comenzaron a mejorarse las carreteras que la cruzaba, y después de una larga espera, llegaba el ferrocarril. Toda el área oriental de Andalucía salía de su secular aislamiento con la apertura de las líneas férreas Murcia a Granada, y Linares a Almería. También la introducción de la remolacha azucarera, por el farmacéutico y empresario Juan López-Rubio, revolucionó la economía granadina. Localizado su cultivo en las vegas de Granada y Guadix, trajo aparejado la actividad industrial para la extracción de azúcar de la planta. Tal circunstancia propició la construcción en 1882 de la primera fábrica de azúcar, el Ingenio de San Juan, próximo a Santa Fe. A esta primera fábrica le siguieron otras muchas repartidas por Guadix, Caniles y Benalúa de Guadix. Fueron también los años en que se inició la explotación minera con técnicas modernas, alcanzando esta actividad unas cotas de desarrollo hasta entonces desconocidas. La minería de Alquife y la del resto del Marquesado fueron las grandes beneficiadas. En su desarrollo tuvo mucho que ver la entrada de capital británico, así como la construcción de la línea férrea Linares a Almería que propició la posterior construcción del ramal entre Alquife y La Calahorra. Estos cambios económicos favorecieron la mejora de la actividad comercial y el trasiego de capitales. En 1886 se fundó la Cámara de Comercio e Industria de Granada, y en 1891 la Caja General de Ahorros. Del mismo modo, el incremento de la riqueza en la provincia propició un nuevo cambio en la fisonomía de la ciudad. Siguiendo las pautas de higiene y salubridad públicas, se concluyó el embovedado del río Darro desde Puerta Real hasta la plaza del Campillo. Igualmente se construyó el encauzamiento del río Genil, se abrieron nuevas calles en el centro y se trazó el recorrido de la avenida que conducía a la estación de ferrocarril. La Restauración. Esta reactivación de la economía granadina coincidió con una etapa política caracterizada por un denominador común, la corrupción. El sistema político de la Restauración ideado por el malagueño Antonio Canovas del Castillo y sustentando en el bipartidismo y en la alternancia en el poder de los dos partidos políticos dinásticos, tuvo una plena plasmación y funcionamiento en la provincia de Granada. La presidencia provincial del Partido Conservador la ostentó Eduardo Rodríguez Bolívar y más tarde el banquero Manuel Rodríguez-Acosta y Palacios. Por su parte el Partido Liberal estuvo encabezado, entre otros, por Juan Ramón La Chica, Fernando Pérez del Pulgar y Blake, y Francisco González. Como era de esperar, los métodos de corrupción empleados por unos y otros para hacer efectivo el turno fueron muy variados. Desde el cierre de colegios electorales, a la manipulación de las actas, las amenazas a los votantes o la rotura de urnas. No en vano, Granada alcanzó en aquel entonces el dudoso privilegio de encabezar la lista nacional del fraude y el amaño caciquil. Y es que una parte de los distritos de la provincia estaban en manos de los caciques comarcales, quienes salían elegidos sin problemas. Era el caso de los liberales Natalio Rivas Santiago y de José Morote y Creus, que controlaban, respectivamente, los distritos de Órgiva y Albuñol, y el de Huéscar; y de los conservadores Joaquín Montes Jovellar, diputado por el distrito de Alhama de Granada, y Gonzalo Fernández de Córdoba, elegido por el de Loja. Pero además de estos dos partidos políticos, en la provincia de Granada convergieron, con el cambio de siglo, nuevas opciones políticas situadas al margen del sistema canovista que reclamaban la apertura y democratización del mismo. Las candidaturas republicanas poco a poco se fueron afianzando entre el electorado granadino. En 1903, el candidato republicano, Leopoldo Ortega, obtuvo el acta de diputado, y en 1910 de nuevo la candidatura republicana logró un importante número de votos con una clara mayoría en todos los distritos urbanos. Unos años más tarde se constituyeron en Granada el Partido Republicano Autónomo con el catedrático de Medicina José Pareja Yévenes a la cabeza, y Acción Republicana dirigida por el catedrático de Historia, José Palanco Romero. En cuanto a las organizaciones ligadas al mundo obrero, en 1909 se refundó en la provincia la agrupación socialista con el nombre de “Carlos Marx. Agrupación Socialista Obrera de Granada”. A pesar de su escasa significación inicial, a partir de 1917 comenzó a aumentar sus efectivos gracias a la labor desarrollada por el catedrático de Derecho Fernando de los Ríos Urruti, quien consiguió un importante triunfo en las elecciones de Diputados a Cortes en 1919. Lo mismo ocurrió con el movimiento anarcosindicalista, que adquirió un destacado protagonismo en Granada, especialmente tras la conclusión de la Primera Guerra Mundial. Hasta el punto de convertirse en la primera fuerza sindical en la capital, controlando, incluso, la Casa del Pueblo. Con una pretensión bien distinta, la nueva derecha granadina también procedió a reorganizarse en aquellos años. En 1919 nació la Unión Social Granadina, presidida por Manuel López Sáez. La integraban los distintos grupos conservadores –mauristas, católicos, ultraconservadores– marginados por el sistema del turno, y su objetivo básico se reducía a la defensa contra las fuerzas progresistas en general y el movimiento obrero en particular, el cual, había dado muestra de su fuerza durante el llamado “trienio bolchevista” (1918-1920). Su proclama electoral (defensa del orden como valor supremo y de la propiedad privada, concepción orgánica y armónica de la sociedad, denuncia de la lucha de clases como factor desintegrador) anticipó buena parte de los presupuestos de la derecha española agrupada años más tarde en torno a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Especial relevancia adquirió también la Unión Patronal de Artes e Industrias, que aglutinó a parte de la patronal granadina. Su intención no fue otra que frenar la creciente fuerza de los sindicatos obreros, especialmente de los anarcosindicalistas que habían desencadenado una ofensiva huelguística en la capital y en la provincia para arrancar importantes concesiones en materia de salarios, y de reducción de la jornada laboral. Al mismo tiempo se fomentó, por parte de la patronal, la creación de sindicatos católicos para sustraer el mayor número posible de obreros, pequeños propietarios y arrendatarios de la influencia de las ideologías revolucionarias. Cada vez de forma más notoria el turno canovista se vio reducido a un burdo y torpe tinglado de corrupción y violencia política, que perseguía la inmutabilidad de un sistema político de corte oligárquico en un contexto social y económico, marcado por la paulatina pérdida de sus tradicionales apoyos y sustentos sociales. Sucesos como el acaecido en Granada en 1919, en torno a la figura de los hermanos Juan Ramón y Felipe La Chica, saldado con la muerte de un estudiante que se manifestaba y con un estallido de protestas caciquiles que llegaron incluso a ser objeto de tratamiento específico en el Parlamento de Madrid, mostraban el grado de descrédito de lo que ya comenzaba a etiquetarse con el calificativo de vieja y viejos políticos. La salida al canovismo que se propugnó por parte de la oligarquía no fue, sin embargo, en la línea de abrir los estrechos márgenes del sistema parlamentario restauracionista. Lejos de impulsar reformas sensibles al fomento de la participación ciudadana, terminaron por escudarse en propuestas que propugnaban precisamente todo lo contrario, esto es, la obstaculación real de aquélla. En esta línea hay que ubicar la salida de corte autoritaria o militarista que protagonizó en 1923 el general Miguel Primo de Rivera. El recambio del personal político que anunció la dictadura primoriverista pronto quedó reducido a un simple espejismo. La administración local y provincial volvió a recaer en manos de hombres que formaban parte de la élite del poder económico, y del entorno social y familiar de los representantes de la vieja política granadina. Apellidos como Rodríguez-Acosta, La Chica, Pérez del Pulgar, volvieron a resonar en los oídos de los granadinos. La República. El auténtico revulsivo político no llegó hasta las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, que dieron paso a la proclamación dos días más tarde de la Segunda República Española. Por primera vez la vida política se abrió al conjunto de los ciudadanos y ciudadanas, y tuvo lugar un auténtico recambio de personas y partidos en la política nacional y provincial. En Granada la alcaldía de la ciudad recayó en el republicano José Pareja Yévenes, mientras que la Diputación Provincial pasó a ser presidida por el socialista Virgilio Castilla Carmona. En el conjunto de la provincia, la Conjunción Republicano-Socialista venció en buena parte de los municipios. Las nuevas autoridades provinciales se dispusieron a resolver los problemas que Granada seguía arrastrando a pesar de los cambios socioeconómicos acontecidos desde principios del siglo XX. El fomento de la instrucción de la población, mayoritariamente analfabeta, mediante la construcción de escuelas, la laicización de la sociedad, y la dignificación del trabajo obrero y campesino para la obtención de un salario justo, fueron la base de algunas medidas reformistas adoptadas por los órganos de gobierno granadinos. Un problema en el que se tuvo una especial esperanza de resolver, sobre todo tras la aprobación de la Ley de Bases de la Reforma Agraria (1932), fue el de la tierra. En Granada el 78% de la población ocupada en las tareas agrícolas dependía del trabajo asalariado, porque no disponía de tierra o porque sus pequeñas propiedades apenas les daba para comer todo el año. Tal circunstancia no era sino el reflejo de una propiedad desigualmente repartida. En la provincia existían más de 87.000 propietarios agrícolas, pero sólo el 1,5% (unos 1.300) concentraban el 42% de la riqueza rústica catastrada. Eso significaba que además de concentrarse en pocas manos un porcentaje muy considerable de la propiedad, estas fincas estaban en las mejores tierras de labor, en las de mayor calidad para su cultivo. Algo más de mil propietarios –entre los que se encontraban el duque de San Pedro Galatino, y familias como los Álvarez de Bohórquez, Fernández de Córdoba, Pérez de Herrasti, Atienza, Dávila Ponce de León, Ibarra y Céspedes, Pérez de Guzmán El Bueno, Ruiz de Aranda, Urrutia Sánchez, etc.– casi concentraban la mitad de toda la provincia productiva. La oposición ejercida por la CEDA, Acción Popular y los Partidos Monárquicos a ésta y otras reformas emprendidas por la República, degeneró en aquellos años en una espiral de conflictividad y de enfrentamiento entre los representantes de las distintas opciones políticas. En la provincia de Granada los sucesos más graves en este sentido se derivaron del intento de Golpe de Estado de José Sanjurjo en el verano de 1932, y de la Huelga General de Jornaleros de junio de 1934 convocada por la Federación Española de Trabajadores de la Tierra ligada a la UGT. Enfrentamientos callejeros, asaltos a periódicos y a las sedes políticas de las derechas por parte de los grupos de izquierda, manifestaciones de anticlericalismo –con la quema de iglesias, como la de San Nicolás en el Albaicín, y destrozos de conventos, como los de Santo Tomás de Villanueva o el de Santa Paula–, ocupación de fincas, fueron sólo algunas de las consecuencias que se registraron en la capital y la provincia a raíz de aquellos sucesos. Pero el punto álgido de la violencia y la tensión política que se había instalado en Granada se alcanzó con motivo de las elecciones de febrero de 1936. Las derechas decidieron no perder en esta provincia las elecciones, costara lo que costara. Para ello compraron votos, manipularon resultados, destruyeron documentación, secuestraron urnas, armaron a cuadrillas para amedrentar a apoderados e interventores de los partidos de izquierda o al personal de las mesas electorales, incluso en algunos casos propiciaron palizas. En casi 50 pueblos de la provincia, de los 201 municipios, las izquierdas obtuvieron menos del 51% de los votos. Y en algunas localidades (Alamedilla, Caparacena, Cónchar, Esfiliana, Ferreirola, Gabia Chica, Güéjar Sierra, Láchar, Mecina Alfahar, Mecina Bombarón, Molvízar, Monachil, Padul, Restábal, Saleres, etc.), la candidatura socialista no obtuvo ningún voto, cuando en las elecciones anteriores, las de 1931 o las de 1933, rondaron entre el 60 y el 40%. Ante la evidencia del fraude, las Cortes anularon los resultados y mandaron repetir las elecciones. Las derechas, aunque presentaron una candidatura que unía a conservadores con fascistas, decidieron la abstención. Esta decisión favoreció a la izquierda, que ganó por una abrumadora mayoría. La violencia no tardó en desatarse nuevamente en Granada. Los episodios más graves fueron los protagonizados por los militantes de Falange Española (formación fundada en octubre de 1933 por José Antonio Primo de Rivera) y por los extremistas de izquierda. Entre el 8 y 10 de marzo tuvieron lugar incendios de sedes políticas (como la de la propia Falange) y de periódicos católicos (caso de Ideal), agresiones contra las propiedades de conocidas personalidades conservadoras granadinas, y manifestaciones anticlericales. Varios incendios se localizaron en el convento de Carmelitas Descalzas, en el de San Gregorio Alto y en la casa de los Padres Agustinos, mientras que en el Albaicín fueron pasto de las llamas la Colegiata de El Salvador, y las iglesias de San Cristóbal y San Gregorio Bajo. Manifestaciones de violencia que no eran sino premonitorias de la tragedia de la Guerra Civil (1936-1939). Dictadura. En la ciudad de Granada, los oficiales rebeldes lograron el 20 de julio de 1936 del general Miguel Campins Aura, pese a su resistencia a sumarse al alzamiento antigubernamental, la firma de un bando proclamando el estado de guerra. Desde ese mismo instante, fuerzas de la Guardia de Asalto y de la Guardia Civil, a las que se unieron algunos grupos de falangistas, pasaron a controlar los centros de poder y las más importantes instituciones de la ciudad. Dos semanas después de iniciarse el golpe de Estado, la provincia de Granada había quedado dividida. Los sublevados contaban con un territorio no superior a 50 poblaciones situadas en la Vega, las correspondientes a los partidos judiciales de Granada, Santa Fe y Órgiva. Aproximadamente en el 70% de los municipios de la provincia, el pronunciamiento no tuvo éxito. En poder de las autoridades gubernativas se encontraban los partidos judiciales de Loja, Alhama, Iznalloz, Motril, Albuñol, Guadix, Baza, Huéscar, Ugíjar y Montefrío. La violencia se cebó en ambas retaguardias. En la Granada “leal” a la República, en los primeros meses de la guerra, se sucedieron las persecuciones y ajusticiamientos de los elementos considerados “facciosos”, y el estallido de un anticlericalismo visceral que trajo consigo el asesinato de sacerdotes y religiosos, entre ellos, el del obispo de Guadix-Baza, Manuel Medina Olmos. En la retaguardia “nacional”, la justicia ‘al revés’ franquista, terminó con la vida, encarceló, o persiguió a cuantos granadinos, hombres o mujeres, socialistas o comunistas, anarquistas o republicanos, liberales o intelectuales, se mantuvieron fieles a la legalidad republicana y a las instituciones legítimas. El comandante militar Campins, el presidente de la Diputación, Virgilio Castilla, los diputados a Cortes (José Palanco, Juan José Santa Cruz, Evaristo Fernández Jiménez, Antonio Martín García, Ricardo Corro Mocho, Miguel Rodríguez Molina, Francisco Menoyo Baños), todos los concejales socialistas del Ayuntamiento de Granada incluido el Alcalde, Manuel Fernández Montesinos, y casi la totalidad del grupo municipal republicano, y algunos profesores universitarios, como el rector de la Universidad de Granada, Salvador Vila, fueron fusilados por los rebeldes. El asesinato del poeta granadino Federico García Lorca quizás sea el que mejor pueda resumir el odio y la intolerancia que vivió Granada en aquellos años. Pero lo peor para Granada estaba por venir. El baño de sangre se extendió más allá de la contienda civil. Entre 1936 y 1960 la cuantificación estrictamente oficial de víctimas fusiladas o asesinadas por la dictadura ascendió a 5.048. Al margen de estos represaliados sabemos que, al menos, otros 16.000 granadinos fueron procesados por la Auditoria de Guerra de la IX Región Militar de Granada para depurar exclusivamente actuaciones del período de guerra. Por otro lado, la posguerra alteró notoriamente la vida cotidiana de los granadinos. Un amplio porcentaje de ellos vivió en esos años sumido en la carestía, el racionamiento y los bajos salarios. Desde el punto de vista económico, la dictadura franquista tuvo unas nefastas consecuencias para la provincia. Todas sus actividades económicas sufrieron, a partir de la década de los cuarenta, un estrepitoso retroceso inaugurándose desde ese momento una etapa de estancamiento, marginación y emigración que se prolongó durante más de tres décadas. La Nueva Granada. Como hecho destacable de esos años hemos de citar la nueva transformación urbanística que experimentó la ciudad. En el periodo comprendido entre 1940-1970, asistimos al nacimiento de la Nueva Granada. Primero con el Plan de Urbanismo de principios de los cuarenta, y más tarde con el Plan de Ordenación Urbana de 1951, la alcaldía granadina de Antonio Gallego Burín trató de resolver la presión demográfica que soportaba la ciudad de Granada y el gran problema de la circulación interior. Esta expansión urbana de la ciudad estuvo acompañada, a partir de los sesenta, de importantes cambios sociales. Tal y como muestran los censos de población de 1950 y 1970, en Granada, poco a poco, la población activa rural fue disminuyendo su presencia (pasó del 66 al 49%), adquiriendo desde entonces una mayor complejidad y diversificación el tejido social de la provincia. La nueva evolución social dio lugar al crecimiento de nuevos estratos sociales compuestos básicamente por unas clases trabajadoras, especializadas, y unas nuevas clases medias administrativas, profesionales y técnicas. De unas y otras, como de los estudiantes y del interior de la propia Iglesia, hubieron de surgir los primeros conflictos con los que los granadinos contestaron a la autoridad de la dictadura. Por su violencia y por su crudeza, el ejemplo de conflictividad que se antepone a todos los registrados en la provincia en aquellos años fue el derivado de la Huelga Provincial de la Construcción de julio de 1970, que concluyó con un balance trágico. La carga policial contra los manifestantes provocó la muerte de tres obreros frente a la llamada ‘casa del pueblo’: el marmolista Cristóbal Ibáñez Encinas, y los peones de albañil Manuel Sánchez Mesa y Antonio Huertas Remigio. Paralelamente, con el cambio de signo de los años sesenta, asistimos al resurgir de la oposición política antifranquista. Si bien, sólo en los últimos días del franquismo, y coincidiendo con el inicio de la Transición política, se hizo efectiva la presencia en la provincia de las distintas organizaciones políticas y sindicales que prepararon el camino a la democracia. La conquista por la ciudadanía de las libertades democráticas abrió para la provincia una nueva senda a la esperanza, pero también nuevos retos, para superar su secular atraso económico y social.
Francisco Cobo Romero / Teresa Ortega López |
- Las otras Granadas

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El mismo año en que los Reyes Católicos entran en Granada llega Cristóbal Colón a América. La presencia de granadinos en todo el proceso de colonización del nuevo continente será cualitativa y cuantitativamente importante, y eso explica la existencia de diversas “Granadas”. En 1717 se crea el virreinato de Nueva Granada, que incluye los actuales estados de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá y se mantiene, con diversas alternativas, hasta 1819, cuando esos territorios se independizan y pasan a ser la Gran Colombia. A su vez, el proceso de desmembramiento de ese amplio territorio en varios estados implica que uno de ellos, Cundinamarca, se mantenga como Nueva Granada y conserve esa denominación hasta 1863, cuando definitivamente el territorio, que entonces incluye Panamá, se denomine Colombia. Todavía hoy una isla-estado lleva el nombre de Granada –en inglés, Grenade–. Una pequeña isla caribeña que se hizo internacionalmente conocida porque en octubre de 1983, con Ronald Reagan de presidente, EE UU decidió invadirla con 6.000 “marines” y acabar con un régimen de izquierdas en ella. El actual estado, con aproximadamente 130.000 habitantes, lo forman la isla de Granada, de 334 km2, y las islas meridionales del pequeño archipiélago de las islas Granadinas –las otras pertenecen a San Vicente– en las Pequeñas Antillas. Descubierta por los españoles, fue luego francesa y posteriormente inglesa. En 1974 se independizó. Vive de la agricultura, la pesca y la explotación de sus bosques. Granada es una de las más hermosas ciudades de Nicaragua, con alrededor de las 60.000 personas. Se sitúa junto al lago Nicaragua y cuenta con blanca catedral y hermosas iglesias. Fundada en fecha temprana, 1524, por Francisco Hernández y poblada por granadinos, la ciudad mantiene su estructura colonial, grato parque central, palacios y casonas, fortalezas como La Pólvora y puerto fluvial, pese a que sufrió numerosos saqueos e incendios por parte de piratas, ingleses en especial. Fue la primera capital de Nicaragua, y mantuvo ese rango hasta 1855, cuando tras los conflictos con la vecina y rival León, se decidió crear una capital neutral, Managua. Hoy es también capital de un departamento con 120.000 habitantes y 1.400 km2, en el que dominan cultivos como el café , la caña de azúcar y el cacao y algunas industrias madereras y agroalimentarias.
Antonio Checa |
- Florentia Iliberritana

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El inicio del hábitat en la ciudad de Granada se remonta, al menos, a finales de la Edad del Bronce, en torno al siglo IX a.C., tal como lo demuestran una serie de restos de cabañas localizadas en las excavaciones recientes realizadas en el barrio del Albaicín. Con posterioridad, y en esa misma zona, se erigió lo que en su momento fue conocido como Iliberri, un poblado ibérico de unas seis o siete hectáreas que ocupó la cumbre y se distribuía sinuosamente en diversas plataformas, debido a la orografía de la colina. La arqueología ha recuperado de época ibérica un repertorio de edificaciones de carácter doméstico en general, como las localizadas en los solares de calle María La Miel, calle Espaldas de San Nicolás –Centro de Salud–, plaza de San Nicolás, placeta de San José, a los que se podrían añadir los de San Miguel Bajo, Aljibe del Trillo, Santa Isabel La Real, etc., restos a los que se deben sumarse una cisterna de la Casa del Almirante datada en torno a los siglos IV y III a.C. Este enclave estuvo fortificado, como evidencian la serie de lienzos de su muralla identificados hasta la fecha, como el del solar de la calle Espaldas de San Nicolás –actual mezquita–, el de la casa del Almirante –a espaldas de la iglesia de San José–, en el lado sur de la colina, o el del Carmen de la Muralla. Como parte de esa muralla se ha interpretado también un muro localizado en la excavación de un solar del Callejón del Gallo. De entre ellos destaca el ubicado junto a la iglesia de San Nicolás –ocupando parte del solar de la actual mezquita–, del que restan 30 m. longitudinales, con una anchura entre 5 y 7 m. y una altura de unos 4 m., cuya construcción ha sido datada en la segunda mitad del siglo VII a.C. Las necrópolis asociadas a este enclave se hallaban en sus alrededores, según un patrón característico de los asentamientos contemporáneos. Entre ellas, cabe mencionar dos: una conocida desde el siglo XIX, ubicada en la colina del Mauror; y la del mirador de Rolando. De los ajuares de esta última destacan las piezas de armament –como falcatas, puntas de lanza, soliferrum, etc.–, restos de ruedas de carro, un oinochoe de bronce, un braserillo del mismo material y una tapadera cerámica del ámbito fenicio, vasijas típicas de los complejos funerarios ibéricos y un kylix ático del siglo V o inicios del IV a.C. Otra zona de necrópolis se localizaría en el actual barrio del Realejo. En la calle del Zacatín se recuperó un impresionante depósito de cerámica griega, posiblemente parte de lo que fue un depósito ritual de los que suelen encontrarse relacionados con tumbas ibéricas, fechado en torno al siglo IV a.C. Todos estos hallazgos y la envergadura y complejidad constructiva de la edificación defensiva mencionada demuestran la importancia de este asentamiento ibérico Iliberri desde muy temprana época. No es extraño, por tanto, que se le concediese el calificativo de oppidum por parte de los autores clásicos. Época romana. La intervención en la Península Ibérica de las tropas romanas dentro de la II Guerra Púnica tuvo como consecuencia directa que parte de sus territorios pasaran a ser controlados por la República Romana, y así ocurrió con la zona de la actual provincia de Granada a inicios del siglo II a.C. Las fuentes literarias hacen mención a la rebelión del año 197 a.C., ahogada duramente por Catón como la causante de ese paso decisivo y definitivo de la anexión de las actuales tierras granadinas a la órbita romana a manos de Sempronio Graco, que culminará la obra empezada por Marco Fluvio. Se ampliaba así el dominio romano desde el Guadalquivir hasta Sierra Nevada, quedando incluida esta zona en la provincia Ulterior, dentro de la Regio Bastetania. A partir de esos momentos se fue produciendo sobre el poblado ibérico una paulatina transformación tanto en su organización urbanística como sobre las gentes que lo habitaban, en el marco del proceso de lo que viene llamándose romanización. Este proceso es visible ya en el siglo II a.C. con la acuñación de monedas con grafía ibérica transcrita como Ilturir, pero con métrica romana, o con algo más decisivo como la latinización de su topónimo, constatado a partir del siglo I a.C. al aparecer sobre sus monedas el término Iliberri. A éstas siguieron, ya a fines de ese siglo, las acuñadas con la palabra Florentia, sobrenombre asociado al momento en que a este establecimiento se le otorgaron los privilegios administrativos y jurídicos ligados a la categoría de municipium romano, pasando a denominarse Florentia Iliberritana, tal como aparece en inscripciones o en la cita de Plinio, “Iliberri quod Florentinum” (Naturalis Historia, III, 10), y que debió ocurrir bajo el mandato de César, o más bien del de Augusto. Los restos arqueológicos, las fuentes escritas, las evidencias epigráficas y otros documentos, como hallazgos sueltos –capiteles, monedas, columnas, etc.– recopilados por Manuel Gómez-Moreno en sus publicaciones, prueban, desde hace ya centurias, la ocupación romana del Albaicín y permiten hoy poder afirmar que esta ciudad contó con toda una serie de infraestructuras típicas de los enclaves romanos, tales como la canalización del agua localizada en el solar de la actual mezquita del Albaicín, que salta en ese punto la muralla ibérica reforzada en época romana, o el tramo de conducción de agua identificado en la parte oeste de la colina en la calle Álamo del Marqués. Dado el entramado administrativo romano, se dotó a esta ciudad de una plaza pública o foro, descubierto mediante excavación en el siglo XVIII y situado hoy en el subsuelo del Carmen de la Concepción, y basílica, edificio éste en donde se realizaban transacciones comerciales y se tomaban decisiones judiciales. De ambos rezan sendas inscripciones en las que se hace explícita mención a las mismas: ”fori et basilicae / baeclis et postibus”, y más concretamente ”Perseus, liberto de [...], de la tribu Sergia, con motivo de haber sido elegido seviro, costeó de su dinero las exedras del foro y de la basílica, adornadas con verjas, balaústres y jambas”. Esta plaza estaba formada por varias terrazas, tal como se aprecia en dibujos del momento en que se intervino en ella en el siglo XVIII, enlosada, y con elementos arquitectónicos decorativos en los muros contenedores de sus desniveles. Otras inscripciones halladas en su entorno permiten resaltar la figura de determinados personajes o de lugares como la curia, donde se reunía el ordo municipal, o de carácter religioso dedicados ya sea a la propia divinidad local o Genio, ya sea al culto imperial, con su flamines. La administración estuvo en manos de la élite, a la que pertenecieron miembros de las familias de los Cornelii, Valeri Vegetii o los Papiri, reiteradamente citados en las inscripciones encontradas en la antigua Granada. Del hábitat se han recuperado restos de casas, como los de la calle de San Cecilio o del callejón de los Negros, ahí con una estructura doméstica organizada en diversos niveles, en torno a un impluvium con su depósito y las columnas que sostenían el tejado del pasillo que lo envolvía. La actividad artesanal queda constatada básicamente por la actividad alfarera, ya sea junto a su muralla en el actual Carmen de la Muralla, junto al Arco de las Pesas, como en la lejanía, en un complejo cercano al monasterio de la Cartuja, a 1,5 km. de distancia del enclave urbano. Otras actividades debieron llevarse a cabo en otras instalaciones, como las relacionadas con un depósito en Santa Isabel La Real o en el Callejón del Gallo. La muerte, siempre presente, se documenta por la serie de enterramientos ubicados en los caminos de acceso a la ciudad. Varias son las zonas que testimonian ese hecho en Iliberri, ya sean por la localización de simples tumbas, como por las inscripciones que las señalaban, o por algún sarcófago, véase el hallado en el siglo XIX en las inmediaciones de la actual calle de La Colcha, decorado con unas curiosas representaciones de cabezas de bueyes en sus esquinas y unas guirnaldas en tres de sus frontales. Otros cementerios deberían localizarse en el camino del Sacromonte, en la zona de San Juan de los Reyes, etc. Como en toda ciudad romana, sus alrededores fueron ocupados por explotaciones agrarias, y más en ésta con su fértil vega. En ese sentido, deben catalogarse los restos hallados en la calle Primavera, en la plaza de la Mariana, etc., a los que se pueden sumar otras evidencias, como la necrópolis de La Presentación, correspondiente a otro de estos enclaves rurales. Las fuentes escritas constatan una continuidad en el hábitat hasta conectar con el desarrollo urbanístico islámico producido en el siglo XI. Son muchas las evidencias que hablan de este lugar, desde el famoso Concilio de Elvira –el primero documentado en el ámbito cristiano, a inicios del siglo IV d.C.–, la inscripción del siglo VII hallada en la calle del Agua, o lo que representó la comunidad judía en la baja romanidad o inicios de la época medieval, hecho constatado ya a mediados del siglo IV al ser referida la comunidad hebrea en las homilías de Gregorio de Iliberri y sus preocupaciones por el avance del proselitismo judío, o cómo se les implica en el éxito de la conquista islámica en esta zona de Andalucía ya en el siglo VIII, pues es conocida la práctica de encomendar a los judíos la guarda de las ciudades oficialmente conquistadas, y Granada, capital de la Cora de Ilbira, fue una de ellas. Se sugiere que, una vez tomada la ciudad, los musulmanes prefirieron en esas fechas tempranas establecerse en la colina de Sierra Elvira, donde ya existía un asentamiento romano tardío que fue renombrado como Ilbira, ubicando su capital allí, y quedando la antigua Iliberri bajo control casi exclusivo de los judíos, la a partir de entonces llamada madina al-Yahud.
Margarita Orfila Pons |
- GenealogÃas

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Queremos recordar aquí un recuadro de la Enciclopedia de Andalucía, dirigida por Javierre a finales de los setenta, escrito por Francisco Izquierdo, granadino polifacético (periodista, pintor, autor de varios libros, dibujante, guionista de Cine…), que en tono irónico comenta la “manía genealógica” del granadino. Aunque podríamos añadir que del andaluz en general, propenso a buscar sus raíces en el Norte, quizás por una inercia secular de antepasados que necesitaban probar su pureza de sangre. Decía Izquierdo: Después que le presentan a uno, “Este es Paco Izquierdo”, le someterán a un tercer grado la mar de estúpido. “Tú eres de los Hurtado Izquierdo y Gutiérrez de Gamarra, ¿no?.” No.“Entonces, ¿de los Izquierdo Argüeta y Valdivieso?” Y continuaba relatando apellidos con más o menos prosapia, cuya negación producía en el interlocutor un creciente desprecio, sobre todo cuando el interpelado se decía nieto de un aparcero de la Vega. Abunda Izquierdo en la cuestión cuando escribe: “Cómo será esta historia de la Buena Sangre que… salió al público en 1638, impreso en Granada, el lugar idóneo, un librito intitulado Discurso a favor del Santo y Loable Estatuto de la Limpieza, de la sangre naturalmente… con este arranque: “De cuatro años a esta parte parece que algunos descendientes de Moros, y de Judíos, y de Luteranos, y de otras sectas, nuevamente convertidos, han aspirado a pretender, y aun atrevídose a intentar que les reciban en las comunidades de Colegios, Religiones, Iglesias y familias, que por leyes de los Reyes Católicos de España, y Bulas de Sumos Pontífices Romanos les está prohibido” ¡Habrase visto “su atrevimiento, por no dezir su desvergüenza”! Ese formidable esplendor de la sangre, y no siempre esplendor de la mente, continuaba Izquierdo, ha dado lugar a que los “reales” sean más abundantes que las pesetas. Y desde lugares como Real de Cartuja, Real de la Alhambra, Real de Santo Domingo, Cuarto Real, Realejo, Puerta Real, etc., a cielo abierto, se salte al techo y selección de la Real Sociedad de Tenis, de la Real Sociedad Hípica, del Real Aeroclub, de la Real Maestranza, etc., incluso de la Real Gana del “Chivas”, de “la Pataleta” y de la Cueva del Curro. En un tono así pueden sugerirse mucha cosas; y un cuarto de siglo después (cuando hay más información y libertad de expresión ante ciertos planteamientos historiográficos) es posible decir que en Granada, y Andalucía en general, la población morisca pervivió parcialmente con dificultades y camuflajes, teniendo que demostrar en más de una ocasión su condición de cristianos viejos del Norte, según acreditaban sus apellidos; en algunos casos adoptados convenientemente.
Gabriel Cano |
- Silla del Moro

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Salíamos ya bastante atardecido de Villa Paulina [...]. A dos pasos de Villa Paulina, donde el Paseo del Generalife confluye con la Cuesta de los Chinos, que sube jadeante, y con el Camino del Cementerio, al lado de las huertas que fueron un tiempo de los Granada Venegas, hay una encrucijada que, de un sauce llorón, recibe el nombre de la Mimbre. Allí está el quiosco de bebidas del Maolico, lleno a estas horas de parroquia. Todo resulta pálido a los ojos: el verde, desteñido en el quiosco y polvoriento en los bambúes; el amarillo, de malvavisco en el vino y pajizo en las sillas de anea sin pintar; el gris perla, casi goyesco, en blusas, guayaberas y gorrillas... Llegábamos a la pequeña plataforma de la Silla del Moro y nos sentábamos en las ruinas casi informes del torreón árabe, cuyo muro exterior toca el borde mismo del precipicio. Aunque marcaba el fin de nuestro corto viaje de veinte minutos, no era más que un descansillo en la monumental escalera que lleva a los blancos alcázares de la nieve [...]. Admirable espectáculo terrestre se divisa desde este avanzado observatorio. Detrás ondula un panorama de cabezos sobre el fondo de la Sierra desnuda. A la izquierda teníamos la enorme masa oscura del bosque y de los jardines, estrangulada por el barranco en cuyo fondo serpea, buscando el Darro, la romántica Cuesta de los Chinos: primero a nuestros pies, el Generalife y, al otro lado del barranco, mucho más baja que nosotros, la Alhambra, frondosa salvo en el Secano, agarrada a lo alto de la colina mediante la fila de sus torres engarzadas por la muralla, que gira siempre hacia la izquierda, de puntillas sobre el precipicio, como una gigantesca barquillera verde cuya rueda fuera el patio de Carlos V. A la derecha, la mole de la Abadía del Sacro Monte, el barrio de chumberas y cuevas de los gitanos, el melancólico jardín del Chapiz, y, salvada la cuesta del mismo nombre, el enorme flanco en desnivel del Albaicín. [...] En los intervalos de silencio se percibía ese rumor continuo que sube siempre de Granada, y que está tejido de risas lejanísimas y de llamadas infantiles... El caserío pálido, enmarcado por la verdura ya negra, estaba envuelto en la neblina y subían de él los humos de los hogares. Si; los gases tienden a lo alto. Y nosotros allí, en la Silla del Moro, respirábamos todo aquel vaho informe que venía de la vieja ciudad: tristezas, locuras, manías, pecados, ensueños; las fantasías de la lectura solitaria, la podrida poesía de las vidas, el terror de los fantasmas, la respiración de los tesoros ocultos, la ventilación vesperal de la corte de Boabdil viviente bajo tierra. Se nos metía por los poros todo el veneno de Granada.
Emilio García Gómez De Silla del Moro, 1954. |
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