| (granada, 1914-barcelona, 1991). Pintor. Es uno de los más trascendentes pintores granadinos de la segunda mitad del siglo XX, aquel que, por primera vez después de los acontecimientos de la Guerra Civil, abandona los registros de la impuesta figuración para adentrarse por unos territorios que en España, prácticamente, eran desconocidos y cuya consecución cuesta años de duras pruebas. Aunque tiene la oportunidad de conocer los últimos tiempos de aquel panorama deslumbrante de la Granada prebélica, sufre los descorazonadores episodios que se viven en la ciudad tras los conflictos bélicos y que impulsan al artista a decidirse, muy pronto, por buscar la salida hacia ofertas menos constreñidas. Tras finalizar sus estudios de Bellas Artes en la Academia de San Fernando de Madrid y realizar un periplo itinerante por diversos países europeos, decide marcharse a los Estados Unidos, instalándose primero en Filadelfia, en casa de sus suegros, y más tarde, en 1950, en Nueva York, donde entabla amistad con Rothko, Motherwell, Kline y Steinberg, artistas en plena efervescencia creativa que marcan abiertamente las expectativas del pintor español. De su abierta figuración, donde el expresionismo de la imagen poco a poco va diluyendo los contornos de la concreción, se pasa, sin solución de continuidad, a una abstracción orgánica, llena de gestos, admitiendo claramente los desarrollos estéticos que tanta fortuna generan los llamados pintores de la Escuela de Nueva York. José Guerrero, que vive estrechamente la espacialidad y la emoción colorista de la pintura americana, dota a su obra de una espiritualidad y de unos planteamientos que van más allá de los que imponen los límites cromáticos de sus ilustres colegas americanos. La ruptura en los gestos de color, esos típicos rasgones en los campos visuales, encierra una pasión, un dramatismo, una energía, unas circunstancias, en definitiva, llenas de vehemencia formal y emocional que hacen su obra única en el contexto general de la pintura abstracta.
La obra de José Guerrero plantea los registros más sugestivos que caracterizan el lenguaje no figurativo: el patrimonio de la marca cromática, la esencia material disponiendo sus claves evocadoras, la emoción sin par ante esa ilimitada y poderosa expansión colorista. Su pintura es desbordante hacia dentro y hacia fuera; sus espacios están inundados de energía, de espiritualidad, de síntesis. Es la gramática del color que promueve la más clarificadora sintaxis visual y que deja abiertas las compuertas para que se desarrolle todo un compendio significativo perfectamente clarificador de intenciones. Sin embargo, la exuberancia visual de la pintura de Guerrero impone, al mismo tiempo, los testimonios inquietantes de una poética contenida, fiel reflejo de la espiritualidad que caracteriza los diáfanos horizontes de su tierra natal y que supo llevar siempre consigo. Las frías posiciones cromáticas, la contención expresiva que animó a sus compañeros abstractos americanos se truecan muchas veces, en el pintor granadino, en una poderosa exaltación de imágenes evocadas, llenas de contrastes, que desencadenan las más inesperadas circunstancias significativas.
La figura de José Guerrero es, sin lugar a dudas, la base sustentante donde se asientan las experiencias importantes de la modernidad no sólo de Granada, sino de una España que, a partir de él, sabe reconquistar unos tiempos que nunca debieron perderse. En noviembre de 1991, llega a Barcelona procedente de Nueva York para visitar a su hija Lisa. Allí moriría el día 23. Sus cenizas son enterradas bajo un olivo de su Andalucía natal. [Bernardo Palomo ].
Para más información, visite Wikanda: http://www.wikanda.es/wiki/Jos%C3%A9_Guerrero
|