Las militares constituyen una tipología de hermandades, probablemente de origen castellano-leonés, cuya presencia en Andalucía se circunscribe al área de las comarcas norteñas de las provincias de Córdoba y Jaén. Por su número y la riqueza de sus rituales (vestimentas, música, juegos de banderas, sistemas organizativos, comensalismo) hay que destacar las quince que se conservan en el Valle de los Pedroches, pero también las encontramos en las comarcas vecinas del Valle del Guadiato (Fuente Obejuna, Villanueva del Rey) y, ya en Jaén, en las de la Campiña (Lopera, Arjona, Arjonilla), Sierra Sur (Los Villares) y en el Alto Guadalquivir (Huesa). Pueden ser hermandades penitenciales (Jesús Nazareno, Cristo de la Salvación y Vera-Cruz de Belalcázar, y cofradía de los Sayones de Pozoblanco), si bien lo general es que sean de gloria, generalmente vinculadas a devociones patronales o a algunos de los cultos más significativos de los sistemas devocionales de estas localidades. Las más antiguas de ellas se remontan a los siglos XVI y XVII, aunque es en el transcurso del XVIII cuando se afianza y extiende el modelo que hoy conocemos. El rasgo más característico, y prácticamente el único común a todas ellas, va a ser la denominación y simbología de los mandos que las dirigen. La hermandad, a la que suele denominarse soldadesca, va a estar dirigida por tres mandos o cargos, con un notable protagonismo ritual: el capitán (también denominado hermano de junco), que llevará como distintivo un bastón de mando (en ocasiones floreado, como en Santa Eufemia, Belalcázar, El Viso y Pedroche); el alférez o abanderado, identificado por ser quien porta la vistosa bandera que se revoloteará (jugará) a lo largo del ritual, y el sargento, que también puede ser conocido como alabarda por llevar, generalmente, como distintivo una reproducción de esta antigua arma. En ocasiones, aunque siempre el protagonismo estará en estos tres cargos considerados de rango simbólico superior, pueden existir otros mandos secundarios, como son tenientes, cabos, etc. Y acompañándoles, aparecerá el tamborilero, cuyos toques y redobles marcarán los rituales de recogida de los mandos, revoloteo de la bandera, etc. Salvo contadas excepciones (Virgen de Luna, en Pozoblanco), los tres mandos son rotativos, de duración anual, elegidos por turno de inscripción, edad o sorteo, corriendo a su cargo los gastos de los convites de la hermandad, o al menos parte de los mismos. Otro de los rasgos que las ha caracterizado, teniendo siempre en cuenta la dificultad para establecer patrones extensibles a la totalidad de estas hermandades, dada la diversidad de contextos históricos, territoriales y rituales en los que se han desenvuelto, ha sido la sobriedad en los convites (garbanzos tostados, altramuces, vino), desarrollados en el transcursos de rituales que pueden durar varios días, con sucesivos recorridos por las casas de los mandos entrantes y salientes, con los consiguientes agasajos. Una costumbre que se conserva en las hermandades más fieles a las tradiciones heredadas (Virgen de Guía de Alcaracejos, Santa Lucía en Villanueva del Duque), pero que se ha ido perdiendo en las demás al haber asumido el conjunto de la hermandad los gastos de unos convites cada vez más cuantiosos. Asimismo, también es frecuente que los hermanos porten escopetas con las que realizarán diferentes salvas en el transcurso de los rituales. Por último, otra de las normas que caracterizó a muchas de estas hermandades fue el haber sido asociaciones cerradas, agrupaciones de varones con un número limitado de hermanos; tradición que aún se conserva en las hermandades de Santa Eufemia y de San Blas en Santa Eufemia, en la Virgen de Guía de Alcaracejos, y en la Virgen de Luna de Pozoblanco.
Juan Agudo Torrico |