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HERMANDADES ANDALUZAS

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 Aunque sólo fuera por su alto número, unas 2.500, y por el número de quienes están en ellas asociados, más de 600.000, tendríamos que considerar a las hermandades o cofradías como uno de los fenómenos sociales y culturales de mayor importancia de Andalucía. Y aún más si, como se hace necesario, se consideran sus funciones y significaciones no sólo en el estricto ámbito de lo religioso al cual jurídicamente pertenecen.

Desde un punto de vista formal, respecto a sus fines explícitos, las hermandades andaluzas, como en el resto del mundo católico y como hace siglos, son asociaciones dirigi­das principalmente a dar culto y honrar, tanto en los templos como procesionalmente en las calles, al Santísimo Sacramento (hermandades sacramentales), a Cristo en alguna escena o momento de su Pasión y a su madre dolorosa (hermandades de penitencia), a la Cruz como símbolo central del cristianismo, a María como madre gloriosa o a algún santo o santa (hermandades de gloria). Además de esta finalidad cultual, y con una importancia desigual según las épocas históricas, otros fines explícitos de estas asociaciones son, o han sido, la ayuda material a los hermanos que lo necesiten, el enterramiento de estos y la caridad asisten­cial.

Las hermandades o cofradías de nazarenos (penitenciales) que procesionan sus imá­genes durante la Semana Santa son hoy, sin duda, las más numerosas (casi 2.000 en el conjunto de Andalucía) y, junto con las del Patrón o Patrona de algunos lugares, las más importantes. Como regla general, estas cofra­días se centran en una imagen concreta de Cristo bajo advocaciones que hacen referencia a un momento de su Pasión (Cristo de la Entrada en Jesusalén, de la Cena, del Pren­dimiento, Cautivo, de la Columna, del Ecce-Homo, de la Sentencia, de las Caídas, de la Vera-Cruz, de la Expiración, de la Buena Muerte, del Descendimiento, del Santo Sepulcro), a algún atributo divino (Gran Poder, Misericordia, Perdón, Amor, Humil­dad, Salud), e incluso, a veces, a algún lugar o cir­cunstancia (de la Fundación, de la Yedra, de la Vereda, de las Aguas, de los Viñeros, de la Viga). Casi sin excepción "y esta es una de las características más significativas de las cofradías de nazarenos andaluzas" tienen también como titular a la Virgen María en títulos aún más diversos, que pueden ser explícitamente dolorosos (de las Penas, de la Amargura, de la Piedad, de la Aflicción, de las Angustias, de los Dolores, de las Lágri­mas, de la Soledad) o no referir directamente a la pasión del hijo (de la Esperanza, de la O, de los Ángeles, del Amparo, de la Paz, de Gracia, de Consolación, del Patrocinio, del Rosario, de la Estrella, de la Concepción, del Valle, y muchos otros). En este último caso, por su sola advocación no podrá saberse si una ima­gen es dolorosa o "de gloria". Incluso, históricamente, no pocas hermandades poseían (y algunas aún poseen) una imagen dolorosa y otra de gloria con la misma advocación. De cualquier forma, a lo largo y ancho de Andalucía existe una extraordinaria riqueza de denomi­naciones marianas no pasionistas, que dan también nombre a muchas mujeres andaluzas, especialmente de pueblos o ciudades muy concretos: además de los anteriores, podrían citarse va­rias decenas más, algunas tan conocidas o pintorescas como Rocío, Macarena (estas dos, muy extendidas hoy como nombres de pila por la fama de las imágenes respectivas), Cabeza, Sierra, Be­lén, Maravillas, Peña, Oliva, Bella, Ojos Grandes, Aguas, Aguas Santas, Fuensanta o Caño Santo.

El ciclo anual de cultos de las hermandades responde a un modelo general, aunque con importantes variaciones en cuanto a abundancia y época de las celebraciones. La salida procesional o la ro­mería, en su caso, son siempre el clímax ce­remonial de cada hermandad, y el no poder realizarla reflejará una situación de fuerte decadencia, salvo que ello se deba a factores externos (sobre todo climatológicos). La salida tiene lugar una tarde o noche con­creta de la Semana Santa (cofradías de naza­renos) o fuera de ella (en el mes de mayo para las hermandades de la Cruz y un sábado, domingo o festividad de cualquier época del año, aunque con predominio de la primavera y el verano, para las hermandades de gloria).

Además de este culto público, habrá una Novena o Quinario al Señor durante o poco antes de la cuaresma, y/o un Septenario o Triduo a la Virgen, preferentemente alrede­dor de su fiesta litúrgica, aunque las cofradías de muchos pueblos puedan celebrar sólo una Función. El último día de uno de estos cultos habrá misa solemne con carácter de Función Principal dentro de la cual, tras el sermón correspondiente, se reali­zará la anual "protestación de fe": juramento de defender los dogmas establecidos por la Igle­sia y otras creencias tradicionales ligadas, generalmente, a la figura de María. Al igual que la salida procesional tiene lugar colocando a las imágenes en pasos * o tronos * , que son a manera de verdaderas capillas que recorren las calles, los cultos solemnes internos se reali­zan generalmente en un altar especial, con profusión de velas, flores y colgaduras, den­tro del barroquismo que impregna una gran parte de la religiosidad popular andaluza. Además de lo anterior, también es muy general el besamano o besapié anual de cada imagen (el besamano pionero de la Virgen de la Esperanza Macarena, de Sevilla, se realiza en la década de los años veinte del pasado siglo), la misa de difuntos por los hermanos fallecidos en noviembre y otros cultos de menor relevancia, mensuales, semanales o incluso diarios en el altar de la hermandad.

Un rasgo muy caracterís­tico de la religiosidad popular expresada en las hermandades es la humanización del culto, es decir, el tratamiento a nivel humano de las imágenes concretas de Cristo y, sobre todo, de María; en la puesta a nivel de coti­dianidad de las fuerzas y seres sobrenatura­les, lo que está en el polo opuesto del distan­ciamiento o el éxtasis visionario. Esto se re­fleja, además de en el rito ya señalado de los besamanos y besapiés, en las varias vestimentas de las imágenes marianas (las Vírgenes de muchas hermandades pueden tener hasta ocho o diez juegos de sayas, mantos y otros adornos, incluida ropa interior, cada uno de ellos propios para una época u ocasión concreta); en las frases, vivas y exclamaciones que, a gritos o en saetas, puede dirigírseles en las procesiones, no pocas de las cuales, desde una óptica religiosa purista, podrían ser calificados como irreverentes; o en el esfuerzo por conseguir que en su desfile por las calles el Cristo y la Virgen "parezcan que van andando", o incluso literalmente bailen o "se mezan", lo que se logra mediante el caminar de los costaleros * , hombres de trono *  o cargadores que conducen rítmicamente los pasos o tronos consiguiendo de las imá­genes movimientos casi humanos, imposibles de obtener si las andas fueran conducidas por medios mecánicos.  

Cuando muere algún hermano importante, ese año, en la procesión, las imágenes, en especial de Vírgenes, "llevan luto" (lazos negros en algún lugar bien visible del paso o trono), y es frecuente que estas sean vueltas hacia casas donde hay enfermos para que puedan mejor verlas, o hacia capillas u otras iglesias a cuya puerta haya salido a saludarlas una representación de otra hermandad que tenga en ellas su sede. Hay un hiperrealismo, un ponerlo todo a nivel humano, que no reduce la solemnidad ni las significaciones del rito sino que enriquece, prestando características singulares, propias de la cultura andaluza, a las procesiones tanto de Semana Santa como de fuera de ésta y a los cultos internos de las hermandades. Y aún existen ceremonias que amplían, a la vez, el repertorio ritual y la emocionalidad humanizada: en los besamanos de Vírgenes importantes, ésta se presenta en el suelo, con su gran manto y sus vestiduras más ri­cas y, tras ella, una gran escalinata que parte del camarín del retablo escenifica que, efecti­vamente, la Virgen baja por ella para recibir a sus devotos.

En otros casos (la Asunción de Cantillana, la Inmaculada de Castilleja de la Cuesta, la Virgen del Valle en Sevilla, o el famoso Señor del Gran Poder, en la misma ciudad, cuando residía en la parroquia de San Lorenzo, entre otros varios) se realiza un verdadero descenso, con las luces del templo apagadas y un gran silencio que se rompe en vivas cuando se trata de imágenes de María. Y también, a veces, se utilizan las imágenes para realizar escenificaciones: así, el desclavamiento de la cruz, el viernes santo, como era general y continúa sucediendo hoy en un buen número de lugares, antes de la procesión del entierro; o el apresamiento de Jesús, las caídas de este camino del calvario y el encuentro con la mujer verónica o la madre acompañada por San Juan, como sucede en algunos pueblos; o, incluso, su papel en las "jornaditas", durante los días anteriores a la Navidad, cuando, a pesar de que la imagen de María sea una dolorosa, es convertida en figura del portal de Belén o de la huida a Egipto. Nada más lejos del barroquis­mo hierático, distanciado y dramático castellano que el barroquis­mo vivo, humanizado, de las hermandades andaluzas.

Obra asistencial.  Tras el fin fundamental de promover el culto, en las reglas o estatutos de las hermandades figuran siempre varios artículos en relación con la ayuda mutua, con la atención espiritual y material a los asociados, así como con la realización de obras asistenciales. Estas funciones fueron muy importantes en otro tiempo: muchas hermandades tuvieron en los siglos XVI, XVII y XVIII sus propios hospitales y enterramientos, que fueron perdiendo importancia por el paso a instituciones pú­blicas de dichas funciones (aparición de la beneficencia estatal, por ejemplo) y por la desaparición de los gremios.

Los fines explícitamente religiosos señalados hasta aquí, traducidos y moldeados por la riqueza cultural de Andalucía, no agotan, ni con mucho, el significado y funciones de las hermandades. Constituyen sólo su vertiente más manifiesta, más directamente percepti­ble, pero son sólo una parte: de ahí la impo­sibilidad de entenderlas, o de entender la Semana Santa andaluza, o la rica diversidad de procesiones y romerías durante el resto del año en todo su territorio, desde una óptica exclusivamente (y aún menos excluyentemente) religiosa. Sobre todo, si se trata de una óptica de purismo ortodoxo católico. Las finalidades latentes, los significados no expresados, im­plícitos, las funciones sociológicas profundas de las hermandades, son parte fundamental de éstas y las que explican su actual auge, especialmente de las cofradías de nazarenos.

Por la importancia social de determinadas hermandades, tener un cargo directivo impor­tante en ellas es, y continúa siendo, algo socialmente tan relevante como ocupar cargos políticos. De aquí, tam­bién, las frecuentes pugnas por conseguir ser elegidos hermanos mayores de las Juntas de Gobier­no de las cofradías más populares, como medio de expresar, y ratificar, el estatus social. Y también es la influencia social de las hermandades, y, sobre todo, el carácter de celebración de masas de los rituales públicos y de las fiestas que organizan lo que explica los intentos conti­nuos de oficialización por parte de las instituciones políticas y eclesiásticas para garantizar el protagonismo en ellos de las autoridades respectivas.

También es importante señalar que las hermandades han cum­plido, durante siglos y hasta hace pocos años, la función de verdaderos "clubs de hombres". Los papeles desempeñados en ellas por las mujeres han sido claramente secundarios, ya que les es­taba vedado pertenecer a las directivas, asistir a los cabildos y vestir la túnica de nazareno (aunque siempre haya habido algunas transgresiones a esta prohibición). Tanto por lo estipulado en sus reglas como, aún más, por su práctica social, las hermandades han sido ver­daderas asociaciones de hombres (y muchas de ellas siguen siéndolo, a pesar de los cambios en el Código de Derecho Canónico y en sus propios estatutos). Así, el comen­salismo tras las celebraciones rituales o litúrgicas más importantes o en otros mo­mentos cotidianos (comidas de hermandad, peroles, pescao frito, etc.), en las casa-hermandad, cuartel, almacén o un estableci­miento público, era, hasta hace pocas décadas, algo restringido a los hombres y aún hoy lo sigue siendo, de hecho, en ciertos casos. No obstante, el avance de la mujer en las hermandades ha sido muy importante en los últimos treinta años: salvo en una decena de cofradías de Sevilla, en prácticamente todas las demás, las mujeres pueden ya salir de nazarenas, pertenecer a las juntas de gobierno (aunque siguen siendo minoría en estas y todavía el número de Hermanas Mayores sea muy escaso) y participar en los demás actos y contextos. La igualdad de derechos ha sido lograda no sin fuertes resistencias, tanto activas como pasivas, que están lejos de desaparecer: baste con señalar la polémica desencadenada en Málaga por la incorporación de la primera "mujer de trono" o el tabú que en muchos lugares continúa sobre la posibilidad de mujeres costaleras, a pesar de que, desde hace años, en Córdoba, Granada y otros lugares existen cuadrillas formadas por mujeres que llevan perfectamente algunos pasos.

Las hermandades son, asimismo, campos de sociabilidad generalizada, aunque esto se li­mite, en la práctica, al núcleo activo perma­nente, generalmente de edad y posición so­cial más elevada que el conjunto de los aso­ciados, salvo en los crecientes casos en los que existe un grupo joven de más o menos constante presencia. De todos modos, la par­ticipación activa de la mayoría de los hermanos se reduce, casi siempre, al pago de la cuota y a vestirse de nazareno en el caso de las cofradías de Semana Santa: un rito solemne y profundamente religioso para unos, festivo y lúdico para otros, o incluso ambas cosas a la vez, que se realiza muchas veces desde niño y, sobre todo, durante la juventud, especialmente en los barrios populares tradicionales y en familias de adscripción cofradiera.

Identidad, pertenencia e integración.  Lo anterior se halla relacionado con la significación antropológica más importante de las hermandades andaluzas (fundamentalmente de las de Semana Santa) en la actualidad: encarnar ellas mismas, o sus imágenes titulares, identidades e identificaciones colectivas de grupos sociales específicos o incluso de pueblos o ciudades. A este respecto, es posible defi­nir varios tipos de hermandades, e incluso de sistemas de hermandades, pese a que los fines explícitos y el modelo organizativo interno sean, en lo esencial, comunes a todas ellas. Existen tres criterios fundamentales para detectar los tipos de her­mandades existentes: el nivel de identificación social que representa simbólicamente cada hermandad, la forma de pertenencia a ella y el carácter de la integración de sus componentes.

La identificación simbólica que representa cada hermandad es expresada a través de un icono religioso (Cristo, Virgen o Santo que procesiona anualmente), pero cuya significación desborda el carácter explícitamente religioso del mismo. Esto hace posible que en el sentimiento de pertenencia al grupo, barrio, pueblo o ciudad que se encarna en la correspondiente hermandad puedan participar (perteneciendo o no formalmente a ella) quienes estén fuera de la ortodoxia religiosa, e incluso quienes sean no creyentes, o indiferentes respecto a la religión institucional. Así, la identificación de un constructo social que sea pensado como "comunidad" por el imaginario de sus componentes (un gremio, clase, etnia, barrio, sociedad local, nacionalidad) puede producirse a través de símbolos culturales (imágenes, hermandades, procesiones) cuyo carácter expresamente religioso se haya perdido, o sea poco significativo, para muchas perso­nas y grupos, manteniéndose entonces esos símbolos, expresiones e instituciones como referentes identificadores en los que su carácter explí­citamente religioso se encuentre en segundo plano pero cuya potencialidad cultural se haya potenciado. Ello es posible, princi­palmente, porque las hermandades, contrariamente a otras asociaciones o instituciones de la Iglesia Católica, perte­necen siempre al ámbito social inmediato de los individuos, existen únicamente a nivel local, o cuanto más comarcal, y no son simples secciones o sucursales de organiza­ciones de rango estatal o internacional. En contraste con estas otras asociaciones, las hermandades responden al contexto de cada sociedad local y de sus grupos sociales concretos, y sólo pueden ser explicadas en dicho contexto. De ahí que posean vida propia y casi nunca sean dóciles respecto a los clérigos y las jerarquías eclesiásticas. La aspiración de estos a utilizarlas como meros instrumentos de intervención en la sociedad choca con su aspiración de independencia, lo que suele provocar tensiones. Sin entender las diversas funciones sociales, simbólicas e identitarias de las hermandades andaluzas se hace imposible entender este y otros muchos aspectos de las mismas, no presentes en las hermandades de otros lugares.

Según el nivel de identificación que repre­sente, una hermandad será grupal (por en­carnar en ella la identificación colectiva de un determi­nado grupo social, que puede venir definido en virtud de la ocupación, la clase social, la etnia o el ámbito de residencia), semicomunal (por constituir el sím­bolo de media comunidad local), comunal (hermandades patronales o a través de la que se identifique el conjunto de un pueblo o ciu­dad) o supracomunal (cuando su significación desborde el ámbito de una sociedad local).

La forma de pertenencia a la hermandad es el segundo criterio definitorio de la tipología. Actualmente, la mayoría de las hermanda­des son abiertas, ya que pueden pertenecer a ellas quienes voluntariamente lo soliciten (siempre que cumplan determinados requisitos religiosos que, en los últimos tiempos, han sido subrayados más que anteriormente por las autoridades eclesiásticas), pero también las hubo ce­rradas, con un número limitado de herma­nos y con forma muy reglamentada de cu­brirse las bajas, y de adscripción automática, que son aquellas a las que una persona pertenece en virtud de su filiación, o por nacer en un determinado lugar, o por desempeñar un oficio concreto, o por cualquier otra ca­racterística socialmente considerada como relevante para adjudicar un estatus adscrito al individuo.

Fueron hermandades cerradas, las gremiales, las de nobles (que requerían limpieza de sangre) y las étnicas de negros, mulatos y gitanos. Y son, incluso hoy, de adscripción automá­tica las que en diversos pueblos de diferentes comarcas de Andalucía, como el Aljarafe y parte de la Vega del Guadalquivir, en Sevi­lla, el Condado, en Huelva, los montes de Málaga, la Campiña, y algunas otras, constituyen en las respectivas sociedades locales verdaderas mitades. Entonces, la práctica totalidad de la sociedad local se encuentra repartida entre las dos hermandades existentes (o principales), con arreglo a una norma no escrita que adscribe a una u otra desde su nacimiento a todos los nacidos en el pueblo. Así, en un buen número de lugares todos los hijos e hijas pertenecerán a la hermandad de la madre (sistema matrilineal), pero existen también todas las combinaciones posibles: todos los hijos se adscriben a la hermandad del padre (sistema patrilineal), los varones a la del pa­dre y las hembras a la materna (sistema por la línea del sexo), y los varones a la materna y las hembras a la paterna (sistema cruzado).

En diversos pueblos de la provincia de Sevilla (entre ellos Cantillana, Albaida, Carrión, Castilleja de la Cuesta, Aznalcázar, Huévar, Olivares o Alcalá del Río), de la provincia de Huelva (como La Palma del Condado, Almonaster o Berrocal), de Córdoba (Baena), de Cádiz  (Setenil), de Málaga (Alhaurín el Grande, Alhaurín de la Torre o Arriate), por no citar sino algunos lugares donde existen mitades, cada una de las dos hermandades que componen este sistema dual y agrupan aproximadamente a la mitad del pueblo se halla enfrentada a la otra y tiende a ser endógama, es decir, a que los casamientos se realicen dentro de cada hermandad. Cada una de ellas suele tener su color y otros distintivos propios, y la rivalidad res­pecto a la contraria se expresa en multitud de aspectos, casi siempre de forma ritualiza­da y, sobre todo, en las fiestas y salidas pro­cesionales, pero en ocasiones incluso puede traducirse en hostilidad directa, en enemis­tades personales e incluso en crisis de noviazgos o matri­moniales. El "pique" entre las dos mitades, el esfuerzo por superar a la contraria en todos los aspectos y no dejarse superar por aquella, se traduce en muy importantes gastos en las fiestas, procesiones, romerías y otros actos, a veces repartidos durante todo el año. La estructura social se halla, en estos casos, fuertemente condicionada por el sistema dual de hermandades, y no sólo en los as­pectos religiosos o ceremoniales sino en múltiples campos de la vida social. Y aunque todo lo anterior se esté debilitando en algunos lugares, continúa con gran fuerza en otros, ya que el propio dualismo se ha convertido en el principal símbolo de identificación de no pocas sociedades locales.

El carácter de la integración de los compo­nentes de la hermandad es el tercer criterio. Una hermandad puede agrupar a personas de una misma clase o estrato social o de va­rios. Si ocurre lo primero, se da una integra­ción horizontal; si lo segundo, una integra­ción vertical. Las hermandades horizontales están reflejando, de un modo directo, la es­tructura social desigualitaria existente en la sociedad. Las hermandades verticales, por el contrario, representan una negación simbólica de dicha estructura, al integrar a miembros de clases y sectores sociales objetivamente enfrentados en la estructura.

Una mirada atenta a las rivalidades, pleitos y conflictos que se dan históricamente entre las diversas hermandades horizontales de una misma localidad nos reflejará que son una expresión simbólica, generalmente no consciente para sus actores, de tensiones entre clases y estratos sociales. Por el contrario, los conflictos entre dos her­mandades verticales "y lo son siempre las que representan mitades" obstaculizan la per­cepción de la realidad social y de los antagonismos sociales, ya que dividen en campos opuestos a quienes pertenecen a un mismo estrato, agrupando simbólica y emocionalmente a personas y familias que tienen diferentes e incluso enfrentados intereses en la estructura.

Cada hermandad concreta deberá, pues, ser analizada con arreglo a los tres criterios defi­nidos, y será entonces cuando podrá enten­derse el porqué de su grado de importancia o popularidad, de su auge o decadencia en las distintas etapas de su proceso histórico. Y podremos también determinar no sólo tipos de hermandades sino sistemas de hermanda­des, tomando como base no ya cada herman­dad sino el conjunto de ellas en cada sociedad local. Porque, en definitiva, es en la estructura social de cada pueblo o ciudad, en un momento histórico concreto, donde está la clave de la respuesta sobre por qué exis­ten o por qué razones no, hermandades de uno u otro tipo, y por qué algunas tienen un grado de importancia e influencia evidentemente ma­yor que otras. Y, recíprocamente, podremos entender más fácilmente las diversas sociedades locales existentes en Andalucía, y muchas características de la sociedad y la cultura andaluzas, si conocemos el sistema de hermandades y la significación y funciones de éstas en cada lugar específico.

De aquí que, sin rebajar la importancia de sus dimensiones religiosa y ceremonial, las hermandades desbordan en Andalucía los estrictos límites de aquéllas y constituyen instituciones sociales que afectan, en mayor o menor medida, al conjunto de la realidad social y cultural. [ Isidoro Moreno Navarro ].

 

 
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