En la segunda mitad del siglo XVIII, el tribunal de la Inquisición ya muestra signos evidentes de desfallecimiento. No obstante, aún tiene fuerza para dar recios coletazos como el ajusticiamiento en Sevilla, en 1781, de la infeliz beata Dolores o el sonado proceso contra el repoblador de Sierra Morena, Pablo de Olavide*. En la sentencia contra Olavide, la Inquisición intenta, ya a la desesperada, condenar el volterianismo que está instalado en la Corte y que, a la larga, aliado con las ideas liberales que inspiran la Constitución de 1812, conseguirán suprimir el santo tribunal. Olavide nace en Perú, en 1725, y tras ser oidor de la Audiencia de Lima, el ministro de Carlos III, Aranda, le nombra asistente de Sevilla. Aunque de su conducta como asistente ya se desprende su vivo enciclopedismo, los problemas de Olavide con la ortodoxia tienen origen en su actuación como superintendente de las poblaciones con que el ministro Campomanes quiere colonizar los páramos de Sierra Morena. A tal fin, el Gobierno firma en 1767 una concesión que autoriza a 6.000 alemanes católicos a establecerse allí. Olavide funda entonces una decena de colonias, que son atendidas espiritualmente por capuchinos suizos, a cuya cabeza viene fray Romualdo de Friburgo. A partir de 1769, los colonos, apoyados por el obispo de Jaén, empiezan a formular quejas sobre el superintendente, a quien acusan de descuidar los servicios religiosos de las poblaciones. La verdad es que el superintendente censura el culto supersticioso a las imágenes y aplica criterios higiénicos en el enterramiento de los cadáveres, como prohibir las sepulturas en las iglesias. Y disposiciones de este estilo son las que lo enemistan con la masa de los colonos. La cosa culmina en 1775, que es cuando fray Romualdo delata a Olavide a la Inquisición por más de sesenta cargos, que van desde ateo y materialista, lector de Voltaire y Rousseau, hasta la acusación de defender el movimiento de la tierra u oponerse al toque de las campanas en los días de tormenta. La Inquisición dicta en 1778 una terrible sentencia contra Olavide, que resulta convicto de herejía, y condenado a reclusión en un convento durante ocho años, además de otras penas infamantes. Huye a Francia con la connivencia de la Corte y al calor de la Revolución de 1789 se declara ciudadano adoptivo de la República. Sin embargo, en 1794, es preso por orden de la Junta de Seguridad General. La cárcel y los crímenes revolucionarios operan en el ánimo de Olavide una notable transformación, que lo hace pasar de valedor del enciclopedismo a convertirse en uno de sus más notables impugnadores en lengua española. El libro donde declara su arrepentimiento lleva por título El Evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado. En 1798 regresa a España y se retira a Baeza, ciudad donde muere en 1804.
Alberto Guallart |