| (Del griego hetero , diferente, y doxa , opinión). Toda heterodoxia existe siempre en función de una ortodoxia, es decir, de un pensamiento recto, canónico e institucional. Cualquier heterodoxia es, en sentido estricto, un extravío del camino oficial y colectivo, un descarrilamiento de la vereda trillada por la costumbre y la tradición. Hay un tipo de heterodoxia organizada, con fundamentos dogmáticos, compartida por varios o muchos individuos, tal es el caso de los luteranos de Valladolid y Sevilla en la España del siglo XVI, y otro tipo de heterodoxia más espontánea, ilusa, menos cauta y más personal, al que pertenecen las monjas visionarias que tanto ruido hacen en el Siglo de Oro. La heterodoxia se da, obviamente, en las épocas y sociedades que presentan una unidad de pensamiento sin contemplaciones ni tolerancia para con los disidentes. Un heterodoxo es más que un incomprendido, un inconformista o un escritor de ideas peregrinas; un heterodoxo es aquél que, por su vida o por su doctrina, padece el juicio colectivo de su época y es considerado digno de odio, porque la sociedad percibe que le puede acarrear su ruina.
Hay heterodoxos instruidos tanto en las disciplinas en las que creen como en las que discrepan, y hay otros a los que mejor les cuadran el calificativo de "fanáticos", "embaucadores" o "crédulos". Unos argumentan sus críticas a la ortodoxia y los otros no sólo no cuestionan el dogma ortodoxo, sino que incluso lo enriquecen con aportaciones absurdas que dicen les son reveladas en el curso de embelesos místicos.
La herejía más antigua en la Península Ibérica es, sin duda, la que funda Prisciliano en el norte de España a mediados del siglo IV. A Prisciliano también le toca el triste honor de ser el primer heterodoxo que paga con la vida sus desviaciones de la doctrina católica. Tras la condena del priscilianismo en el concilio de Burdeos de 384, el emperador Máximo ordena decapitar al mismo Prisciliano, acusado de artes mágicas.
La entrada de los visigodos en España entre 414 y 415 trajo el arrianismo, que es la religión oficial y la que profesa la Corte, mientras la masa de la población hispanorromana se mantiene fiel al catolicismo. Los reyes visigodos aspiran a unificar religiosamente la Península, y así Teodorico II (453-465) y Eurico (465-484) promueven persecuciones anticatólicas. Leovigildo (569-586) también intenta, por su parte, reunir a toda la Península bajo el dogma arriano, pero fracasa. Al fin, Recaredo abjura del arrianismo en el concilio III de Toledo, de 589, y unifica a España en el catolicismo.
A finales del siglo VIII, con gran parte de la Península dominada por los musulmanes, la heterodoxia que alcanza más renombre es el adopcionismo de Elipando de Toledo y Félix de Urgel. Durante el siglo IX encontramos a los antropomorfitas, cuyo principal mentor es Hostegesis * de Málaga, mientras que en plena Edad Media vemos que las herejías cátaras y albigenses se introducen principalmente en la Tarraconensis. La persistencia de estas herejías en el reino de Aragón todavía en el siglo XIII mueve al papa Gregorio IX a organizar el tribunal de la Inquisición medieval. A instancias de san Raimundo de Peñafort y del rey Jaime I el Conquistador se establece en Tarragona (1232) aquel tribunal. Los últimos años de la Edad Media son testigos de numerosos movimientos heréticos, como los begardos y los fraticelos, que pululan por Cataluña y Mallorca.
Los siglos XIV y XV muestran un perfil especialmente conflictivo en materia religiosa a causa, fundamentalmente, de las masivas conversiones de judíos que tienen lugar tras las persecuciones de que son objetos. De estas apresuradas conversiones resulta una impostura cristiana entre los conversos "o tornadizos", que induce a los Reyes Católicos a establecer la Inquisición española.
Herejías en Andalucía. Rastrear heterodoxos a lo largo y ancho de la historia de Andalucía es un trabajo inabarcable, y abiertamente imposible componer una nómina exhaustiva de cuantos heresiarcas existen. No obstante lo cual, es fácil hallar a cada paso notables heterodoxos en casi todas las épocas de la historia andaluza. Sin extendernos hasta la antigüedad romana "donde hallamos a Osio * de Córdoba, heterodoxo frente a Diocleciano, por cristiano, y después mano derecha de Constantino", ya encontramos herejes en Andalucía entre los visigodos, y nuevamente volvemos a descubrirlos en medio de la dominación musulmana, como es el caso del obispo herético Hostegesis. Pero la heterodoxia en Andalucía llega a su punto culminante en el siglo XVI, que es el siglo de Casiodoro de Reina * y Cipriano de Valera * , y cobra protagonismo otra vez en el XIX, que es el siglo José María Blanco White * . En medio de tales siglos, la heterodoxia que campea es principalmente la de religiosos de corto entendimiento, a los que las historias de santos, los vehementes sermones y la profusa iconografía barroca les hace perder el juicio "igual que a don Quijote los libros de caballería". El falso misticismo da pie en el Seiscientos al fenómeno de los alumbrados en sus diversos focos, principalmente en Toledo y Llerena (Badajoz), aunque también existen ramificaciones andaluzas.
Los luteranos de Sevilla. En los años comprendidos entre 1558 y 1562, Sevilla vive convulsionada por el descubrimiento de un foco luterano en el están involucrados monjes jerónimos, aristócratas, canónigos de la catedral, monjas y señoras de la alta burguesía. El movimiento protestante de Sevilla, aparte de ser el más destacado de cuantos grupos heterodoxos hay en la España del XVI, es además el que mayor influencia tiene en el resto del mundo, gracias a la traducción de la Biblia de Cipriano de Valera. El hecho arranca de más atrás, de la primera mitad del siglo XVI, de cuando el caballero Rodrigo de Valer, natural de Lebrija, y el doctor Egidio, natural de Olvera y magistral de la catedral de Sevilla, se conocen y empiezan los dos a predicar "con elocuente oratoria" un Evangelio más puro, menos centrado en el culto a las imágenes que en la justificación de los salvados por la fe. Rodrigo de Valer es encarcelado dos veces por la Inquisición, la última en 1545, y gracias a que lo toman por loco logra salvar la vida. El doctor Egidio, por su parte, es encarcelado en 1552 y condenado a retractarse públicamente de sus ideas luteranas. En el fondo permanece tan luterano como antes de la retractación, y hasta viaja a Valladolid para comunicarse con los discípulos del doctor Cazalla. Fallece en Sevilla en 1556.
En 1533 llega a Sevilla el licenciado manchego Constantino Ponce de la Fuente, y dos años después se ordena sacerdote. Tal es el prestigio que llega a tener como orador y teólogo, que Carlos V le nombra predicador y capellán suyo. Constantino acompaña al emperador y a su hijo, el príncipe Felipe, en diversos viajes por Alemania y los Países Bajos. En 1553 está de nuevo de vuelta en Sevilla procedente de la Corte, donde ha predicado notables sermones. Su fama de orador le gana en 1556 la plaza de canónigo magistral en la catedral hispalense, que la muerte Egidio deja vacante. Asimismo, se le da una cátedra de Sagrada Escritura en el colegio de Niños de la Doctrina. En 1557 los dominicos empiezan a estudiar los sermones del magistral para ver si son heréticos o no. Como resultado del escrutinio que la Inquisición hace en casa de la viuda Isabel Martínez, presa por luterana, se descubren manuscritos comprometedores del doctor Constantino, y a resultas de ello, en el verano de 1558, su autor es detenido y confinado en el castillo de Triana hasta su muerte en 1560. A partir de ese momento, los sucesos se precipitan y sale a la luz el movimiento luterano que existe subrepticiamente en la capital andaluza. La lista de prosélitos es larga, pues ronda las 800 personas, y asombra a los inquisidores y a la ciudad. En la cabeza de la lista figuran Juan Ponce de León "primogénito del conde de Bailén", el médico Cristóbal de Losada, el director del colegio de la Doctrina Fernando de San Juan y cuatro señoras de la alta sociedad sevillana "Isabel de Baena, María Virvés, María Coronel y María Bohórquez". También en ese mismo año de 1558, un grupo de jerónimos del monasterio de San Isidoro del Campo se adelanta a los acontecimientos y huye a Ginebra "Reinaldo González de Montes * , Francisco de Frías, Antonio del Corro, Peregrino de Paz, Juan de Molina, Casiodoro de Reina, Alonso Baptista, Fray Miguel, Cipriano de Valera, Lope Cortés, Hernando de León y Francisco de la Puerta". Otros monjes, sin embargo, como el prior Garci Arias o el filósofo Francisco Fox Morcillo * , son ejecutados en uno de los dos autos de fe que se celebran en 1559 y 1560. En el auto de fe de 1560 incluso se desentierran los huesos del doctor Egidio y de Constantino para quemarlos junto a sus estatuas y obras. La heterodoxia sevillana, después de que sean quemados más de cincuenta herejes luteranos, queda desarticulada al final de la década de los años cincuenta del siglo XVI.
Sor Magdalena de la Cruz. En la primera mitad del siglo XVI acontece en Córdoba un episodio de santidad fingida, que, por la notoriedad que llega a tener su protagonista, hace intervenir a la Santa Inquisición. Es el caso que Magdalena de la Cruz, natural de Aguilar de la Frontera y monja clarisa de Santa Isabel de los Ángeles en la ciudad de Córdoba, llevada de la vanidad y por hacerse famosa, apaña milagros con los que se acredita de santa a los ojos de toda España. Dicha reputación alcanza incluso el extremo que desde la Corte envían al convento las mantillas de los infantes para que ella las bendiga. Sor Magdalena es abadesa del monasterio durante nueve años, pero sus extravagancias acaban siendo públicas y entonces interviene la Inquisición. Asegura que tiene revelaciones de Dios, de los santos y hasta del demonio, que la sagrada comunión vuela desde el altar hasta su boca "lo cual es un embuste que ella arma metiéndose antes de la misa una hostia en la boca", y que las almas de los difuntos la visitan para rogarle sufragios. Los disparates vienen a ser mayores, y es entonces cuando la heterodoxia de Magdalena de la Cruz interesa a los inquisidores, quienes advierten que sus afirmaciones entran ya en colisión con el dogma. Declara la monja que se siente preñada del Espíritu Santo, y que en una noche de Navidad parió a un niño al que tuvo que envolverlo en sus cabellos negros, tornándoseles luego rubios. Magdalena de la Cruz es sentenciada en 1546 a encierro perpetuo e incomunicación con el exterior en un monasterio de la orden de Santa Clara, condena que cumple en la ciudad de Andújar.
Los plomos del Sacromonte. En febrero de 1595 un grupo de trabajadores encuentra a las afueras de Granada, en un monte, unos plomos escritos en latín y en árabe, fechados en el segundo año del reinado del emperador Nerón. Las láminas plúmbeas aseguran que en dicho lugar sufren martirio San Hiscio, discípulo del apóstol Santiago, y varios compañeros suyos. Hasta fines de 1597 siguen apareciendo libros de plomo, escritos en árabe, con la vida y obra de varones apostólicos del siglo I que supuestamente pasan por la antigua Ilíberis. A pesar de las sospechas de autenticidad que los plomos despiertan desde el principio, el obispo de Granada, Pedro de Castro, sostiene siempre su autenticidad, aun en contra de la opinión de humanistas de la talla de Pedro de Valencia. Finalmente, la Santa Sede reclama los plomos, que son entregados en Roma en 1641 y condenados cuarenta años después, por "resabios de mahometismo y reminiscencias del Alcorán".
La autoría de los apócrifos libros del Sacromonte se atribuye a dos moriscos, Miguel de Luna y Alonso del Castillo. Dado que los plomos están repletos de numerosos elogios a los árabes "y que las consecuencias de la rebelión y derrota de los moriscos (1568) deben permanecer todavía muy vivas en Granada a finales del siglo XVI", el objetivo de los falsarios puede ser, según Menéndez Pelayo, "buscar una transacción entre cristianos y moriscos y hacer entrar a éstos en la ley común". De todo aquello, al menos, le queda al sotillo donde aparecieron los plomos el nombre de Sacro Monte.
Las profecías del padre Méndez. El sacerdote Francisco González de Méndez es portugués, pero su crédito de santo y sus profecías lo gana y ocurren en Sevilla. El dicho sacerdote reúne en la capital hispalense un grupo de devotas a su alrededor, a las que les celebra misas de veinte horas de duración, en que no faltan éxtasis ni aparatosos arrobos. En 1616 profetiza que su muerte acaecerá el día 20 de julio, y desde que la pronostica hasta el día en que ha de ocurrirle semejante trance mantiene a la ciudad sobresaltada. Para prepararse mejor, se retira al convento de Nuestra Señora del Valle, entonces de frailes franciscanos, hasta donde llega multitud de gente en demanda de una reliquia suya. La víspera del día señalado "según narra un testigo, el obispo de Bona, Juan de la Sal, en carta al duque de Medinasidonia" "púsose en el altar a las cuatro de la mañana del sábado, entreteniéndose en la misa tan despacio que vino a alzar después de anochecido, y acabó el domingo a más de la tres de la mañana". Dura la misa, pues, casi veinticuatro horas. El tiempo se echa encima y no pasa nada. Entonces, tanto discípulos como curiosos, "cuando vieron que era pasada la hora y no se moría, todos, uno en pos de otro, se fueron cabizbajos a sus casas, dejándolo en el altar, donde acabada la misa, se halló solo en su cabo". El padre Méndez muere en octubre de ese mismo año, y algunos después sale en efigie en un auto de fe.
La beata Catalina de Jesús. La herejía de los alumbrados tiene en el siglo XVII tres focos importantes en España, uno en la localidad pacense de Llerena, otro en Toledo y un tercero en Sevilla. Consiste esta heterodoxia en juzgar innecesarias para la santidad, las oraciones vocales, el culto a las imágenes, los sermones, la mortificación y aun las obras de caridad. Sus seguidores consideran el matrimonio como un "cenagal de puercos", que impide la vía unitiva con Dios. Se trata de una especie de quietismo místico que confía, inerme, en que "Dios obrase y revelase al alma sus secretos". En Sevilla sobresale en el siglo XVII una pareja de alumbrados, la beata Catalina de Jesús, natural de Linares, y el sacerdote tinerfeño Juan de Villalpando. La beata Catalina pretende emular a Santa Teresa de Jesús en la reforma de los clérigos seculares, al tiempo que se preocupa de extender su fama de santidad por toda la ciudad refiriendo visiones, declarando que hacía milagros y repartiendo reliquias de ella misma. El padre Villalpando, por su parte, persuade a las mujeres devotas que le tienen por director espiritual a que no obedezcan a sus padres ni maridos. Villalpando, junto a sus discípulas y a la beata Catalina, organiza conventículos que enseguida están en boca de las gentes, y que duran hasta que, en 1627, la Inquisición condena a ambos alumbrados a varios años de reclusión.
El abate Marchena. José Marchena Ruiz de Cueto, generalmente conocido por el abate Marchena, nace en Utrera (Sevilla), en 1768, y muere en Madrid, en 1821. Comienza en Sevilla los estudios eclesiásticos, recibe la tonsura, pero no pasa de las órdenes menores. Desde joven se destaca como polemista, y antes de cumplir los veinte años yase confiesa pensador materialista e incrédulo en materia de religión. A esta época pertenece también su primer escrito, una carta contra el celibato eclesiástico. Sus ideas imbuidas del volterianismo y una tentativa de conspiración republicana contra el despotismo borbónico hacen que tenga que buscar refugio en Gibraltar, desde donde parte hacia Francia.
Llega a Francia en 1791, en plena revolución, y entabla en relaciones con Marat, que lo asocia a la redacción del periódico L"ami du peuple . Sin embargo, abandona pronto las filas del partido jacobino e ingresa en las de los girondinos, lo que desencadena una persecución de Marat y Robespierre contra él. Es preso en Burdeos y encarcelado en París hasta la caída y muerte de Robespierre, en 1794. Tras salir de los calabozos de la Conserjería, el partido thermidoriano le da un puesto en el Comité de Salvación Pública y colabora, asimismo, en la redacción del periódico El amigo de las Leyes . Cuando el partido thermidoriano se divide, Marchena opta por la facción que resulta vencida y se lanza a criticar duramente al Directorio. Todo esto motiva la pérdida del empleo y su expulsión de Francia en 1797. Desde Suiza reclama ante el Consejo de los Quinientos sus derechos de ciudadano francés y logra no sólo lo que pide, sino un nombramiento además de oficial del Estado Mayor en el ejército del Rhin.
En 1808 su adhesión política está en el bonapartismo, y ese mismo año regresa a España en calidad de secretario de Murat. A poco de llegar a Madrid, la Inquisición lo prende por ateo, pero una compañía de granaderos franceses lo saca por la fuerza de las cárceles del Santo Oficio. El rey José hace a Marchena director de La Gaceta y archivero del Ministerio del Interior, y le encarga también la traducción del teatro de Molière. En 1810 acompaña al rey José en su viaje a Andalucía.
La retirada del ejército francés lo conduce, primero, a Valencia en 1813, y, después, otra vez a Francia, estableciéndose allí en Nimes, Montpellier y Burdeos. Atraviesa penurias económicas que intenta remediar traduciendo para editoriales francesas libros prohibidos en España. Para el mercado clandestino español traduce a Montesquieu, Voltaire, Rousseau y al abate Morellet entre otros.
Cuando, en España, la revolución de 1820 consiente el regreso de los afrancesados, Marchena vuelve a Sevilla. Allí se afilia a la Sociedad Patriótica, de donde es expulsado por su radicalismo. Viaja entonces a Madrid, donde muere a principios de 1821.
Obra de Marchena. La obra literaria del abate Marchena es tan atrabiliaria como su vida. Al lado de traducciones de clásicos latinos como Lucrecio o Plutarco, dramaturgos como Molière, enciclopedistas franceses como Voltaire o Rousseau, su producción incluye también folletines satíricos, libelos políticos envenenados y hasta falsificaciones de Petronio y Catulo. Alguien que lo conoce en París, Chateaubriand, en sus Memorias lo describe con rasgos que retratan a las claras el carácter contradictorio de este abate andaluz: "Sabio inmundo, y aborto lleno de talento".
En 1791, a la edad de 23 años, traduce y edita por primera vez en España el largo poema de Lucrecio De rerum natura . La traducción de dicho poema no es únicamente el trabajo de un consumado latinista, sino una verdadera profesión de fe del traductor en la filosofía materialista y epicúrea. Como poeta, no obstante sus constantes protestas de ateísmo, compone una estimable oda "A Cristo crucificado", que no es de lo peor que se escribe en la desfalleciente poesía de inicios del XIX. También es de mérito la historia de la literatura española que publica con el título de Lecciones de filosofía moral y elocuencia , una obra en la que "en coherencia con su natural exaltado" entrevera juicios filológicos con puyas anticlericales subidas de tono.
La fama del abate Marchena no le viene, sin embargo, de ninguna de estas obras. Su renombre se debe, en buena parte, a las falsificaciones literarias que publica del Satiricón de Petronio, y a cuarenta hexámetros, a nombre de Catulo, que saca a la luz como un fragmento perdido del canto de las Parcas en el Epitalamio de Tetis y Peleo . En ambos casos, la erudición se alía con la desvergüenza característica de los dos poetas latinos. El resultado es que los versos apócrifos de Marchena engañan a los más expertos polígrafos europeos, e incluso dan ocasión a que se practiquen investigaciones en el monasterio en que el abate asegura que está el códice de Petronio. Así pues, la personalidad eminentemente heterodoxa de este afrancesado ateo, anticlerical, ilustrado, materialista y liberal, tiene también unos visos bromistas que colocan a semejante hijo de Utrera a un punto de la genialidad y a otro de la chifladura. [ Alberto Guallart ].
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