Cuando Antonia Mercé se decide a montar El amor brujo en París, lleva ya cuatro años estudiando la obra. Desde un principio le pide a Falla su asesoramiento. Hace rápidos viajes de incógnito a Granada, entre un contrato y otro, para precisar detalles y poner al maestro en antecedentes de sus proyectos coreográficos. Estudia los antiguos ritos gitanos granadinos y va a buscarlos a sus fuentes, como suele hacer con los bailes folklóricos, regionales y locales. Así un día, tiene noticia de que, en Salamanca, un viejo conoce los pasos de un baile charro, y allí se traslada para aprender aquellos “vestigios> en trance de desaparición. Otro día es un trenzado de una jota aragonesa, de pasos cortos y menudos, pasos olvidados que ella rescata y reactualiza, para nuestro folclore e incluye en seguida en su repertorio. La Argentina valoraba mucho los bailes populares. Un día declara solemnemente a un periodista: <El baile popular español no es una diversión, sino un arte>.
Manuel de Falla, desde Granada, le escribe a La Argentina el 5 de mayo de 1925: <Distinguida amiga: ¡Cuánto le he agradecido sus gratísimas líneas y cuanta es mi alegría porque sea usted quien dé alma y vida al Amor brujo en París! Espero llegar a ésa el sábado. En seguida iré a verla…>
El 22 de mayo tenía lugar el estreno. El programa estaba compuesto por La carroza del Santo Sacramento, de Gosseurs, inspirada en la obra de Merimée; La historia del soldado, de Stravinski, y El amor brujo. Precedió al ballet de Falla, el de Stravinski, que fue acogido con vivas protestas. Falla, que asistía a la función, acompañado por su hermana María del Carmen, la señora del músico Debussy, Eduardo Marquina, el guitarrista Andrés Segovia, el poeta Díez Canedo, el pintor Miguel del Pino y Juan Gisbert, fueron testigos del sufrimiento del músico gaditano ante la repulsa del público a la obra de su compañero Stravinski. Eduardo Marquina dijo: <¿Qué nos pasará ahora a nosotros?> <Nosotros> era El amor brujo. La incógnita se despejó pronto: “Desde los primeros acordes –ha contado Juan Gisbert–, el público estaba ya fascinado. Los aplausos se repitieron en toda la obra y cuando al fin llegó la ‘Danza del fuego’, y cayó el telón, el entusiasmo fue delirante y hubo de bisarse la parte. Antonia Mercé y Vicente Escudero, de la mano de Falla, fueron paseados en triunfo por el escenario”. La Argentina quedó aquella noche unánimemente consagrada por la crítica francesa. Jaime Pahissa escribió: <Hasta aquel momento La Argentina no era lo que fue después de haber presentado El amor brujo. Pero tampoco, dice Falla, El amor brujo, como ballet hubiera sido lo que es una vez que lo hubo creado La Argentina, en París>.
El estreno de El amor brujo señala una fecha definitiva para la coreografía española. El éxito en París se repetirá luego por toda Europa y América. Tras el estreno, Manuel de Falla vuelve a Granada, a su carmen de la Antequeruela, plenamente satisfecho de la versión coreográfica de su obra. Poco después le escribe a La Argentina: "Mi querida amiga: Ya habrá supuesto usted la causa de mi silencio. Aún sufro las consecuencias del tremendo cansancio del viaje, agravado en Madrid con un comienzo de gripe y aquí en Granada con trabajos urgentes de edición. Cuando terminaba mi labor diaria no me quedaban fuerzas ni para hablar. Pero cuantísimo le he agradecido su carta, y con qué emoción he leído cuanto me dice en la última de El amor brujo, que tanto debe a su arte espléndido. ¡Yo no me lo imagino ya sin la colaboración de usted! ¡Se lo aseguro! Y así tendrá que ser.
>Espero con impaciencia las fotos. Si no le he mandado la partitura, ha sido por la razón única de no haber aún recibido los ejemplares que he pedido para usted. En cuanto llegue se la enviaré a usted y en doble alegría, puesto que de mi envío depende el suyo, según esa ley de toma y daca, que respeto tanto como lamento en esta ocasión.
“¿Sigue usted pensando en venir a Granada por el otoño? Una vez más toda mi gratitud y admiración con el saludo efusivo de su muy devoto amigo. Manuel de Falla”.
Antonina Rodrigo
De Mujeres silenciadas.