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ANEXOS |
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- Rocío Jurado y el pueblo llano

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Rocío Jurado excede los límites de su propio personaje, es decir, es más que Rocío Jurado. Más allá de su estricta carrera profesional, consagrada en el concurso de Jerez de 1962 y revalidada, a partir de entonces, en numerosos certámenes y escenarios. Es de creer que no se engolosinara con el flamenco tan sólo por motivos económicos, sino que, probablemente, su voz excepcional tuviera mucho más eco en el ámbito de la copla que en el del jondo, aunque siempre le guiñara el rabillo del ojo a este viejo arte en donde echó a andar. La Jurado, a partir de entonces, lo mismo era capaz de interpretar un gospell a la manera de Manolo Sanlúcar, como fue aquel Ven y sígueme, que de interpretar un repertorio mudable en el que no sólo caben nuevos éxitos de Manuel Alejandro, de José Luis Perales o de ella misma, sino recreaciones de viejos standards de Quintero, León y Quiroga, aunque nadie puede explicarse por qué interpretaba su versión censurada cuando ya había finalizado la dictadura y seguía diciendo “apoyada en el quicio de la celosía”, en vez de “en el quicio de la mancebía”. Musa política de la Transición española, sus pechos insinuantes en un programa de José María Íñigo apostaron por la apertura, lo mismo que su gestualidad política la convirtió en el icono favorito de la Andalucía del cambio con José Rodríguez de la Borbolla. Si su vida íntima –su separación del boxeador Pedro Carrasco, su enlace con el torero Ortega Cano, su hija Rociíto, sus hijos adoptivos, su lucha contra el cáncer– la ha convertido en uno de los abonos favoritos de la prensa del corazón, siempre mantiene una coherencia religiosa a favor de la Virgen de Regla, en su Chipiona natal, y un impulso verdiblanco que le lleva a interpretar el Himno de Andalucía cuando interpreta La Lola se va a los puertos, en una remozada versión cinematográfica de Josefina Molina. Rocío Jurado es, sobre todo, una diva de andar por casa. Por eso la quiere el pueblo llano, que, por cierto, es donde reside la soberanía popular.
Juan José Téllez |
- Alberti canta a Rocío Jurado

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Tú eres el sueño del alba, la sábana de la aurora, desnuda a la madrugada.
Canta, Rocío del mar, Rocío primero de mañana. Ansias de los lentos barcos, viento que llega y no pasa.
Canta, quédate en el sueño, quédate para siempre y no te vayas...
Rocío del mar de Cádiz, faro que nunca se apaga.
Canta siempre, amor Rocío...
Canta... Canta... Canta... Canta...
Rafael Alberti |
- Rocío en la memoria

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[Los siguientes textos se publicaron en los periódicos del viernes 2 de junio de 2006, al día siguiente de la muerte de Rocío Jurado]
Hay seres, acaso más humanos que los demás, cuyo nombre es incompatible con la palabra muerte. Para ellos es sólo una forma de acendrarse más en el corazón de los otros. Rocío Jurado es uno de esos seres. Como cada año, estuviese donde estuviese, me seguirá cantando en las nochebuenas, por teléfono, el ‘Adeste, fideles’ con su peculiar latín. Y por mi santo me mandará una caja de galeras de Sanlúcar. Y siempre me alegrará su voz de cantaora que hace alegre el dolor; su voz de espíritu negro, como si su cuerpo, desde los centros, lo hubiesen blanqueado. Con su voz omnipotente y milagrosa seguirá arropándome, dispuesta a ayudarme a andar y a resistir... La he abrazado siempre tan fuerte que, sin hacerle daño, la entré en mí. Desde ahora vivirá tranquila. Sé que, cuando me nuble la tristeza, la escucharé cantar por lo bajini. Y sonreiré.
Antonio Gala. El Mundo.
Eras, eres, seguirás siempre siendo la paloma que abrazaba mundos enteros con los vientos de tus alas. Eras, eres, seguirás siempre como una ola de gracia y de entrega a tu gente, que eran todos tus públicos como de la familia. Eras, eres, seguirás siempre siendo un clavel tan encendido que hasta el fuego lo quemabas con tu condición generosa y desprendida:
Cuando te oigo cantar, sale sólo el juramento, y no me gusta jurar. Juro por lo más sagrado, yo juro que la Jurado le presta la voz al viento que canta en el olivar.
Olivar de España, niña, aceitunita comía de la pena, huesecito fuera de la alegría: qué ejemplo de lucha nos diste, le diste a todos los que tienen el cuerpo atenazado por el mismo zaratán que te arrebujó y dicen que te lo ha llevado. Aunque no le eches cuenta a la lengua de la gente, niña, tú sigues con nosotros, tu voz de fé permanecerá en el tiempo.
Antonio Burgos. Abc.
Antes que cantante de registro universal, Rocío Jurado fue cantaora. Nieta del Pililla y ahijada del cantaor Caena. Su padre, Fernando Mohedano, zapatero artesano, fue un gran aficionado a quien llamaban “padre de los gitanos de Chipiona”, y organizaba fiestas flamencas en las que su niña cantaba. Su abuela tenía una tienda de comestibles, y ella, en cuanto veía a más de cuatro clientes, le faltaba tiempo para subirse al mostrador, en el que se ponía a cantar y a bailar. Fallecido el padre cuando Rocío tenía 12 años, fue su madre quien le animó a seguir cantando y a participar en concursos radiofónicos, a los que siempre le acompañaba ella. Y a los 16 años ganó en la vecina Jerez de la Frontera el primer premio por cantes de Cádiz y Huelva, en un Concurso Nacional de Cantes (...) Rocío Jurado se mostraba como una cantaora madura y preparada para afrontar con más garantías que éxito cualquier empresa que decidiera abordar en el cante, por problemática que fuera. Lástima que el triunfo grandioso le llevara por el lado de la canción, frustándose así la posibilidad de que el cante jondo contara en adelante con una voz femenina tan valiosa como la suya. Pese a ello, posteiormente, Rocío Jurado volvió ocasionalmente a la grabación de cante flamenco: el disco titulado Ven y sígueme, junto a Manolo Sanlúcar y Juan Peña El Lebrijano, y un disco de villancicos para la Caja de Ahorros de Jerez. También en su última película, La Lola se va a los puertos, hacía cantes junto a canciones.
Ángel Álvarez Caballero. El País.
Rocío Jurado cumplía en su biografía los requisitos exigibles a una estrella de la canción popular como prueba de arraigo en una realidad que después dará a su arte una autenticidad que ninguna academia puede enseñar. Si Edith Piaf cantó en las calles antes de ser descubierta, Alamilia Rodríguez fue vendedora de frutas hasta a darse a conocer en el Retiro da Severa y Ella Fitzgerald huyó de un hospicio para abrise camino en el Apollo Theatre de Harlem, Rocío –huérfana de padre– recogía fruta o trabajaba de zapatera mientras se presentaba a todos los concursos hasta ganar en 1958 un modesto primer premio en Radio Sevilla y darse a conocer en un tablao de Madrid gracias a la ayuda de Pastora Imperio. Pastora dando la alternativa a Rocío: no cabe mejor duda del alfa y omega de la copla.
Carlos Colón. Diario de Cádiz. |
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