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TÉRMINO
- LIéBANA, GINéS
  ANEXOS
 
  • Los ángeles de Liébana  Expandir
  • inés Liébana no ha dejado de jugar desde que era niño y, junto a Pablo García Baena, quiso huir de sus terribles traumas de guerra montando miniaturas de Semana Santa, trazando modelos de plateros, bordadores y marroquineros, elaborando pequeños cuadernos de poesía y dibujando ligeros arcángeles que se bajaban de los triunfos de las plazas, del triunfo de San Rafael de la Mezquita, para cobrar vida en el papel. En Ginés Liébana se confirma más que en ningún otro artista el carácter lúdico de la creación. Casi todo en su arte se remite a aquellos días húmedos y lentos de la primera posguerra, cuando él y Pablo bajaban a visitar a la Virgen de la Fuensanta y a los padres carmelitas de San Cayetano y, de camino, soñaban que el arcángel protector de la ciudad se paseaba ligero como un soplo por los adarves de las murallas. Todo comenzó como un juego, y todo continúa como tal. Por entretenimiento dedicaron a Carlos López de Rozas, animador de la tertulia musical en la que Ginés entabló amistad con Juan Bernier, Ricardo Molina y Julio Aumente, un libro artesanal de poesía y dibujo con el que agradecían al anfitrión su hospitalidad de sonatas, allegros y sinfonías. En este Libro de don Carlos, ilustrado íntegramente por Ginés Liébana, el joven ya esboza los primeros ángeles de Cántico y marca las líneas estéticas, de conjunción entre poesía y dibujo, que seguirá la revista en su primera etapa. Cuando en 1947 Cántico sea una realidad, el otro pintor del grupo, Miguel del Moral, se unirá con el ángel de la portada del número uno al particular homenaje que este grupo de amigos dedica al viril y alado arcángel.
        ¿Y por qué tanto revuelo de celestes figuras? ¿Por qué no eligieron las arcadas bicolores de la Mezquita, el cervatillo de Medina Azahara o las aceñas del Guadalquivir como símbolo del proyecto literario? Pues porque San Rafael encarna mejor que nada la tradición artística y espiritual de Córdoba, la tradición por la que el arcángel corona el crucero cristiano de la Mezquita y el puente romano, aparece majestuoso en los cuadros del maestro barroco Antonio del Castillo y en la portada de la iglesia de San Basilio, y sale de la ciudad para posarse sobre los caseríos de la provincia, en Montoro, Castro del Río o Cañete de las Torres, todos con sus ángeles custodios, unos pétreos y otros etéreos. Pero no es sólo cuestión de cristiandad, los ángeles de Liébana tienen una cerril condición politeísta y pagana. García Lorca ya dijo que San Rafael es un “arcángel peregrino que vive en la Biblia y el Corán, quizás más amigo de musulmanes que de cristianos, que pesca en el río de Córdoba”, y tal vez fuera por eso que el poeta de Fuente Vaqueros también lo dibujó de forma tan personal e infantil, como jugando. Los ángeles de Liébana, lejos de ser una iconografía o prurito personal, soportan en sus alas el peso de la historia. Son un privilegio que no adquirió en academias o museos, sino que le fue inoculado en su corazón de niño de la judería. Ginés ha triunfado en Europa y aún vive décadas de éxito en Madrid, pero su arte se torna realmente sagrado cuando vuelve a jugar, como en la calle Horno del Cristo, con sus ejércitos de ángeles, protectores de la memoria en la “Córdoba celeste y enjuta”.

    Pablo Santiago Chiquero
  • Tu hermano  Expandir
  • (...) ¿Es ésta aquella Córdoba que amamos?
    ¿Es ésta aquella Córdoba de melifluas voces
    cuyo acento de vísperas llegaba hasta nosotros,
    cuando Bernier lo mismo que a escolares ingenuos
    nos llevaba a admirar el patio de un convento?

    ¿Es ésta aquella Córdoba de la “solera pálida”
    en las viejas tabernas patriarcales
    cuando con voz un poco temblorosa leía
    Pablo García Baena la Egloga de Belisa?

    Y cuando ni yo mismo sabría responderme
    y como a ti, oh amigo, me embriaga la tristeza
    y todo me parece irreal y fantástico,
    y dudo que yo sea el que creía hasta ahora,
    pienso en ti y eso llena de fe mi corazón
    y mis angustias se calma y su cielo confuso
    se serena y mi vida se llena de promesas
    y sonrío a las flores y contemplo las nubes
    y me digo que soy desgraciado y poeta,
    y me siento tu hermano y eso me basta, Liébana.

    Ricardo Molina
    De Eligías de Sandua.
 
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