Nos llamó en el ocaso; pero nadie pudo escuchar su voz, teñida de vuelo de palomas, que sería como la última luz en los cipreses.
Iría y vendría en silencio por el pueblo custodiando tertulias campesinas, sueños de niños y fuegos en los hogares...
Nadie le vio; pero en cambio todos percibíamos el aire de su pulso, latiendo azul –maravillosamente– por la inefable paz de la Campiña.
Y estuvimos tan cerca de él que acaso le rozamos un ala cuando alguien reparó en el incendio de las torres que parecían fugarse de la tierra abriendo el cielo como veletas...
Mario López Publicado en el segundo número de Cántico (1947). |