Al hablar de la diversidad de la arquitectura popular andaluza, no podemos olvidar la existencia de una serie de rasgos diferenciadores que van a caracterizar a unas comarcas de otras, determinados por el empleo de unos materiales específicos, técnicas constructivas, condiciones orográficas, o planimetría. De este modo, la consabida y reiterada excepcionalidad (¿respecto a qué modelos?) de las viviendas trogloditas que se extienden preferentemente por las comarcas centro-septentrionales de Granada y Almería (Guadix, Baza, Huescar, Cuenca del Almanzora) y de la viviendas alpujarreñas (muros de pizarra, cubierta de launa, solanas, desplazamiento de la vivienda a la segunda planta dejando la primera para guardar los animales, aperos de labranza y demás servicios de la casa), hay que unir otras muchas comarcas como serían: la referida comarca de Los Filabres, con muros y cubiertas de pizarra, distribución de las dependencias de personas y animales en la planta baja, acceso a la cocina-sala de estar directamente desde la calle); comarca del Valle de Los Pedroches al norte de la provincia de Córdoba, con el em del granito en el enmarque de puertas y ventanas, techos de bóvedas vaídas generalmente en la segunda y tercera crujía, cocina de grandes campanas de escayola y soleras del hogar de granito ubicadas en la segunda crujía; pueblos del centro de la comarca de la Sierra de Aracena (en torno a Alájar, Valdelarco, Galaroza) con una muy peculiar distribución planimétrica en tres plantas: semisótano, al que se accede por una fuerte pendiente para acoger las cuadras y otras dependencias auxiliares, una primera planta a nivel de calle y que cuenta con un gran zaguán con tres puertas de acceso al interior, un gran salón central flanqueados de pequeñas habitaciones, y una solana o gran corredor elevado al fondo al que también se suele abrir la cocina, y una segunda planta o cámara para el almacenaje y secado de productos agrícolas pero con la peculiaridad de albergar también el cuarto del horno; Montes de Málaga con una organización planimétrica igualmente peculiar, caracterizada por el desplazamiento del cuerpo de casa que acoge a la cocina (con grandes y vistosas campanas muy decoradas) y sala de estar a la primera crujía; comarca granadina del marquesado del Zenete, donde también encontraremos la costumbre castellana de dedicar la primera planta, a veces ligeramente rehundida, a almacenaje y dependencias de los animales y la segunda a vivienda, y todo ello organizado en torno a un pequeño patio central; comarca del Almanzora almeriense en la que sobresale la costumbre de techar en las grandes casas los patios centrales, en torno a los cuales se distribuyen las dependencias, en dos o tres plantas cuya simetría de fachada no siempre se corresponde con una similar regularidad interior. En definitiva, una arquitectura de notable diversidad de la que aún desconocemos muchas de sus peculiaridades.
Es necesario también señalar la arquitectura diseminada por los campos andaluces. Su situación no es diferente de lo que ocurre con el hábitat urbano: se trata de una arquitectura igualmente diversa, compleja y rica; testimonio de la diversidad de sistemas productivos y procesos de transformación que se dio en el campo andaluz, sistema de propiedad de la tierra, condiciones de trabajo de los jornaleros andaluces y del uso emblemático que hicieron los grandes propietarios de los cortijos y haciendas como testimonio de su posición económica y social privilegiada, etc. Dentro de este mundo arquitectónico hay que citar los cortijos y haciendas, de muy diferentes concepciones planimétricas y significados socioeconómicos, lagares y almazaras, molinos (hidráulicos, mareales, de viento); así como las diversas viviendas destinadas a jornaleros y pastores, tan características como los ya desaparecidos chozos de Sierra Morena o las peculiares tribunas y torrucas de la Sierra Norte de Sevilla, caracolas de la comarca de La Loma en Jaén, etc. O las diversas edificaciones destinadas a albergar a los animales y que no necesariamente tienen que formar parte de los caseríos centrales, sino que se localizan en lugares alejados, como son majadas y zahúrdas, algunas de muy notable calidad arquitectónica, como son las zahúrdas y parieras construidas en la Sierra Norte de Sevilla. Y también hay que citar, como elementos no menos significativos de nuestros paisajes culturales, obras tan significativas como las eras, algunas de ellas formando conjuntos de un gran valor etnográfico por la calidad y formas decorativas de sus empedrados (Hueneja), las cercas de piedra que caracterizan el paisaje de la mitad oriental del Valle de Los Pedroches, sistemas de bancales y paratas de la Alpujarra y comarcas montañosas almerienses, o los sistemas hidráulicos de norias, pozos, fuentes, canales y aljibes, algunos de ellos tan interesantes como los sistemas de captación de agua a base de norias y aljibes que hicieron posible la vida en lugares como los Campos de Níjar y de Gata.
Juan Agudo Torrico