Caballos toreros, zahones, espuelas, garrochas de majagua, olor a cuero recién engrasado, a campo... No son muchas las ganaderías que conservan la bella tradición de tentar a los machos a campo abierto, pero algunas quedan para que no caiga en el olvido una práctica antigua, escuela de caballistas y de hombres valientes que, montados sobre caballos veloces y templados a un tiempo, prueban la bravura de erales a los que nadie ha tocado hasta ese día. Miura, Domecq, González, Campos Peña, Molina, Murube, Buendía, son apellidos ganaderos ligados aún a esa práctica. Ellos mantienen viva una prueba controvertida, cuyo valor defienden los ganaderos que la practican y censuran los toreros por los posibles resabios que pueda adquirir el toro. Uno de sus defensores, porque en ella sabe ver el estilo de los novillos, es Álvaro Domecq y Díez, caballero que en su libro El toro bravo añora ese “ir despacio de la gente del campo” que él conoció en su juventud, cuando “todos los jinetes de la ganadería eran garrochistas” y se curaban con “un chorro de vino amontillado” las manos desgarradas por el palo, después de cumplir bien el refrán “dámelo bien acosado y te lo daré bien derribado”. Añora también el viejo ganadero a los toreros de principio de siglo que fueron garrochistas de categoría, como Belmonte y Joselito El Gallo. Hoy algunos matadores tienen el veneno del acoso metido en el cuerpo: Rivera Ordóñez, Canales Rivera, Paco Ojeda y El Juli, entre otros, disfrutan de este arte de la garrocha, un arma que se empezó a utilizar en fiestas taurinas en el siglo XVII. Y todo a campo abierto: solos toro, caballo y hombre. Una escuela de toreo, una escuela de vida.
JOSÉ ENRIQUE MORENO |