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TÉRMINO
- AHMAR, IBN AL
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  • Fundación del reino de Granada  Expandir
  • Reinaba aún en Castilla San Fernando cuando, del seno de las turbulencias que agitaron a los árabes después de la ruina del imperio almohade, surgió un joven que logró detener con la prudencia y con las armas la marcha vencedora de los ejércitos cristianos. Levantóse en Arjona el año 629 de la Egira (1231), se apoderó al siguiente de Jaén, tomó a poco Guadix y Baza, y a principios del 633 era ya señor de Loja y de cuantos pueblos ocupaban la sierra de Alhama. Fue abriéndose paso más con la política que con el alfanje hasta en las mismas villas y ciudades que obedecían a Ben-Hud. Favorecido por su parcial Khaled, cautivó el ánimo de los moros de Granada; y en el mes de Ramadhán del 635 entró y fundó en esta ciudad un trono que duró por espacio de tres siglos. Apoderado de la antigua capital de los Zeiritas, no tardó en adquirir todo lo que más tarde constituyó su reino: recibió en el mismo año el homenaje de la ciudad de Málaga, y en 638 el de todo el waliato de Almería, que le entregó Abdelrhamán después de haber asesinado a Ben-Hud tras los brindis de un banquete.
    Ganó con palabras generosas muchos pueblos, conquistó comarcas enteras con sus primeros actos y el recuerdo de sus hazañas; y apenas habían pasado diez años después de su levantamiento en Arjona, cuando dictaba la ley a todo el territorio comprendido entre Sierra Morena, los montes de Córdoba, los de Murcia y el mar que va desde orce hasta el Estrecho. Llamábase este joven Mohamed-Ben-Yusuf-Ben-Mohamed- Ben-Ahmed-Ben-Kamiis-Ben-Nasr-Ben-Kays-Al-Khazreji- Al-Ansari, por sobrenombre el Ahmar, el Rojo, y también Al- Ghaleb-Bilá, vencedor por la gracia de Dios. Era, según los cronistas cristianos, de origen oscuro; pero no según los árabes,
    que lo suponen hijo de padres esclarecidos, y le hacen descender por línea recta de Sad-Ben-Obadah, señor de la tribu de Khazrej y uno de los compañeros del Profeta. Reunía, al decir de todos los historiadores musulmanes, prendas eminentes: en guerra era tan esforzado y fiero con los combatientes como generoso con los vencidos, en paz, un rey para sus enemigos y un padre para su pueblo. Verdadero creyente del Profeta, no olvidaba sus deberes religiosos ni aun en la embriaguez de la victoria; verdadero genio político de su época, sabía sacrificar su orgullo en aras de la conveniencia pública hasta el extremo de ir a pelear personalmente en favor de un rey cristiano. Conocía los tiempos en que debía guardar y desnudar la espada, el modo de excitar y acallar las pasiones, los medios más eficaces para templar y halagar el carácter de sus súbditos, la difícil manera de presentar humilde al monarca y magnífica y llena de mágico esplendor la monarquía. Más noble aún de
    corazón que de linaje, no reconocía necesidad a que no atendiese ni sufrimientos que no aliviase: levantó a poco de haber entrado en Granada almarrestanes para los enfermos y casas de socorro para los pobres y los ancianos desvalidos; procuró mejorar constantemente el bienestar de sus vasallos; y ni aun cuando vio inundado el reino por avenidas de árabes proscritos que huían de las ciudades conquistadas por los cristianos, pudo dejar abandonado a ningún creyente al rigor de su destino. Si manifestó esplendidez, fue para el mayor prestigio de
    su trono, no para sí, que se presentó siempre parco no sólo en el traje y en la mesa, sino también en su harem, donde más solían ostentar su lujo todos los reyes musulmanes. Sentía gravar con tributos a sus pueblos; y no creyendo digno de un monarca exigirlos para sus placeres, no los aumentó sino para embellecer con fuentes, baños, colegios y un palacio grandioso esa hermosa ciudad que eligió por silla de su imperio
    e hizo en breve rival de Bagdad y de Damasco. Quería ser más el servidor que el tirano del pueblo. Le daba audiencia dos días por semana en uno de los salones de su alcázar; llamaba a sí “jeques” y “cadíes” para la resolución de los negocios del Estado, y visitaba a los pobres de los almarrestanes hasta en su lecho de muerte.
    Con tan brillantes dotes, realzadas a los ojos de la muchedumbre por la gravedad de su rostro, la gallardía de su figura, lo cortés de su trato y los rasgos caballerescos de su carácter, no sólo logró el Ahmar librar a sus nuevos estados de la ruina que les amenazaba, sino que también darles unidad, robustecerlos y elevarlos a la cumbre de la mayor grandeza. Empezó acreditando a su valor en frente de los muros de Martos
    y en dos batallas sangrientas, en que rompió y desbarató dos ejércitos cristianos; y ya que se consideró bastante temible, pasó a la frontera, la aseguró, reparó las fortalezas que la defendían, volvió a Granada, y se entregó desahogadamente a la organización interior de su casa y de su reino. Levantó y fortificó el alcázar de la Alhambra, fijó en ella su residencia, nombró jueces y katebes, reunió en torno suyo un senado de nobles y de ancianos, confirió el mando de los waliatos y cadiatos a los que más se habían distinguido por su lealtad y por sus proezas, fundó casas de asilo para la pobreza, dispuesta siempre a la rebelión cuando no ve término a sus privaciones y sufrimientos, surtió de agua y de víveres las ciudades, labró en el campo acequias, fundó numerosas escuelas, abrió las puertas de su palacio a la ciencia y a la poesía, protegió con mano generosa la industria y la agricultura, no perdonó, al fin, medio para mejorar el estado de su reino. Conociendo que las costumbres son la base de las leyes, procuró reformarlas, y recurrió para ello menos al mandato que al ejemplo, administró por sí su patrimonio, dirigió la construcción de su alcázar, cultivó con sus propias manos jardines que crecían al pie de sus salones, enriqueció sin cesar su espíritu, obedeció en público la voz del muezín cuando le llamaba a la plegaria, visitó humildemente, economizó las mujeres de su harem, desterró lejos de sí la afeminación y el ocio, no perdonó sacrificio alguno ni por su Dios ni por su patria. Deseoso de alejar del corazón de sus pueblos los temores de un porvenir incierto y asegurar el triunfo de su dinastía, confió sus hijos a sabios y virtuosos alfaquíes, los instruyó en sus horas de descanso, y apenas vio desarrollada el alma del que escogió por heredero de su corona, le llamó junto a sí para acostumbrarle a los negocios del gobierno, comunicarle los secretos de su política, inspirarle sus sentimientos y hacerle aceptable para su reino, presentándole como el espíritu que había de sobrevivir a su muerte.

    Francisco Pi Margall
    De España, sus monumentos y artes, su naturaleza: Granada, Jaén, Málaga y Almería.
 
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