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TÉRMINO
- ALARCÓN, PEDRO ANTONIO DE
  ANEXOS
 
  • CRONOLOGÍA  Expandir
  • 1883    10 de marzo nace en Guadix en el número 4 del callejón del Hospital Viejo. A los tres años y medio empieza a asistir a la escuela, a los once concluye y aprueba los cursos de Gramática Latina y con catorce obtiene en Granada el grado de Bachiller.

    1847    Inicia los estudios de Leyes y Teología. Co­mien­za en Granada la ca­rrera de Leyes. La si­tuación económica familiar le impide seguir los estudios y regresa a Gua­dix, donde ingresa en el seminario para es­tudiar Teología.

    1853    En enero abandona Gua­dix y se dirige a Cádiz para dirigir el periódico El Eco de Occidente.

    1854    Dirige en Granada El Eco de Occidente, segunda etapa, y forma parte del grupo de intelectuales granadinos llamado La Cuerda.

    1854    En noviembre se traslada nuevamente a Madrid, aban­dona su etapa radical y comienza su verdadera carrera como escritor.

    1859    Viaja a Marrueco con el encargo del periódico El Museo Universal de es­cribir las crónicas de la guerra, reuniendo ma­terial para su libro Dia­rio de un testigo de la Guerra de África. Con la publicación de sus relatos africanos Alar­cón obtendrá fama y dinero.

    1860    Viaja a Italia y escribe De Madrid a Nápoles.

    1863    Se presenta por primera vez como diputado a Cortes. Es diputado por Guadix en las legislaturas de 1864-65, 1865-66, 1869-71 y 1871-72. Asimismo es senador en cuatro ocasiones, dos por Granada en 1864 y 1877, y dos por la provincia de Pinar del Río (Cuba) en 1884 y 1886.

    1865 
       El 24 de diciembre se casa en la capital granadina con Paulina Con­tre­ras y Reyes, con la que tiene tres hijos.

    1866-1867   Sufre exilio en París y, más tarde, confinación en Granada.

    1868    Se suma a la revolución de septiembre.

    1872    Viaje por la Alpujarra.

    1874    Escribe El Sombrero de tres picos.

    1875
        Nombrado consejero de Estado. Escribe El Escán­dalo y es nombrado miem­bro de la Real Aca­demia.

    1879-1884
      Escribe El niño de la bola, El Capitán Vene-no, La Pródiga y Recopi-lación de Viajes por España.

    1888
        Sufre su primer ataque de hemiplejia y queda recluido en casa.

    1891    Muere el 19 de julio en su casa de Valdemoro, Madrid.
  • De Guadix a Granada  Expandir
  • Los tres primeros viajes de mi vida fueron en burro, esto es, a la morisca pobre… ¡Mi buen padre, que santa gloria haya, tenia demasiados hijos para tener también muchos caballos!. El burro…de regalo (llamémosle así) que su merced nos había cedido a los muchachos más pequeños, y en el que solíamos ir, por turnos de dos y hasta de tres jinetes simultáneos, a comernos, al pie de fábrica, las uvas de ojo de liebre a que debía su celebridad nuestra inolvidable viña de las Angosturas de Paulenca, llamábase Lucero, y fue el que me sirvió de cabalgadura para los mencionados tres viajes.
    Principiaron éstos por una excursión de dos días, que hice en calidad de escudero de mi propio padre, al Marquesado del Cenete, o sea a varios pueblecillos enclavados en las faldas septentrionales de Sierra Nevada ¡Catorce años tenía yo entonces, y aún me parece estar viviendo los amenísimos barrancos de Jerez y de Aldeire y las inmensas moles de hielo del Mulhacén!… ¡Tal impresión dejaron en mi ánimo! También recuerdo vivísimamente el soberbio Castillo de La Calahorra, alzado sobre el pueblo del mismo nombre… Data el Castillo de los días de la Reconquista; pertenece a los Duques del infantado, y habitábalo entonces su deudo y administrador…
    Mohosas armaduras de los últimos tiempos de la espada y gruesísimos cañones de los primeros tiempos de la pólvora hablaban allí todavía de antiguas y santas guerras, y realizaron, por tanto, a mis ojos de poeta incipiente, todos los cuadros bélicos que ya había yo imaginado y soñado, leyendo, a escondidas de mis juiciosos padres y maestros, las novelas de Walter Scott, una detestable traducción en verso castellano de La Jerusalén libertada y la Historia de la Rebelión y Castigo de los Moriscos, escrita por Mármol; libros que me prestaba en secreto una señora casi mayor, medio casada y medio viuda, que habría sido totalmente guapa, y que aún cuidaba mucho sus manos, sus dientes y su calzado; la cual se complació largo tiempo, no sé por qué, en aumentar mi afición a lo heroico y maravilloso, para acabar luego por darme a leer ciertos librejos menos ideales y cristianos…que constituían el fondo reservado de su biblioteca.
    Mi segundo viaje en burro fue a los Baños de Alicún, distantes seis o siete leguas de mi ciudad natal, y a donde no fui a bañarme, aunque Alicún, en árabe (según Nebrija), quiere decir “la Salud”, sino escapado del hogar paterno (primera salida mía a lo Don Quijote), a fin de admirar, en unión de otros zagalones imberbes, caballeros también en sendos jumentos, las grutas de estalactitas y estalagmitas donde nace el agua bicarbonatada cálcica que hace allí milagrosas curas desde la dominación de los Moros… inclusive. Perfectísimamente recuerdo la emoción poética que me causó esta romería…¡ Si Sierra Nevada, pocos días antes, me había parecido la Amaltea andaluza, depositaria de la abundancia y la fecundidad, las grutas de Alicún, situadas al opuesto confín de la diócesis en que vine al mundo, me parecieron los Reinos de la Muerte, quiero decir, los Infiernos de Plutón (de que ya me había hablado Virgilio durante el segundo curso de latín), o más bien nuestro propio Infierno católico, que por entonces era mi única y constante pesadilla.
    Tercero y último viaje en burro: A Granada, el otoño de aquel mismo año (1847), a graduarme de bachiller en Filosofía. ¡Granada!… En muchos libros he hablado de su hermosura, superiormente descrita además en prosa y verso por grandes literatos de todas las naciones… Me limitaré, pues, aquí a declarar, lisa y llanamente, que nada he visto en España, ni en Francia, ni en Suiza, ni en la hechicera Italia, que se comparable con aquella vega siempre verde, con aquellos cármenes siempre floridos, con aquellas nobilísimas torres de color de oro, con aquel Palacio soñado por los genios de Oriente y con aquel cielo de amor que todo lo cobija; y, dicho esto acerca de la antigua corte de los Alhamares, pasó a hablar del camino, nada más que del camino, de Guadix a Granada.
    Setenta y nueve veces lo he recorrido, la mayor parte de ellas a caballo, y ni una sola han dejado de maravillarme los singularísimos y variados cuadros que ofrece a la vista aquel trayecto de diez leguas escasas.(...) ¡Granada! ¡la Alhambra! ¡el Generalife!…¡qué nombres para mí, que ya había leído, gracias a la susodicha señora casi mayor, la Historia de los bandos de Zegríes y Abencerrajes, por Pérez de Hita, y la novela de Martínez de la Rosa, Doña Isabel de Solís, y millares de versos antiguos y modernos acerca de la Cruzada de Occidente!…¡Para mí, que en materias políticas (léase históricas o historiales) era entonces mucho más moro que cristiano!
    Llegó, por último, el ansiado momento…Llegó el momento de descubrir a Granada, y su vega, y la Alhambra, y el Generalife, y Santafe, y la Zubia, y cien otros pueblos y caseríos, primero desde las alturas de El Fargue, y después desde las de Fajalauza… y fue tal allí mi emoción, que, para hacérosla comprender enteramente, creo lo mejor no deciros nada, sino remitiros a la admirable pintura que de aquel panorama hizo Chateaubriand en su romántica novela, de venta en todas las librerías, titulada El último Abencerraje.
    Porque habéis de saber que el Moro denominado “el último abencerraje” llegaba también por el camino de Guadix cuando descubrió la Ciudad de las mil torres.


    Pedro Antonio de Alarcón
    De Viajes por España.
  • La lectura azoriniana de P. A. de Alarcón  Expandir
  • Hay que introducirse en el ámbito de las valoraciones literarias. Y de ahí este amparo de patronazgo de Azorín por su larga obra y su dilatada vida, casi centenaria y toda ella hecha de literatura, el gran escritor de Monovár puede servirnos para mostrar, no su atención (que ya sería mucho) por un personaje del siglo anterior, sino la continuidad del tejido de la historia literaria, con sus actores y sus públicos en su devenir incesante, dentro de unos parámetros de máxima proximidad. Evocación de un autor por otro con toda la modulación humana, y, al mismo tiempo, crítica estimativa que, más que medir, sopesa.

    De Azorín conviene ahora subrayar, para nuestro propósito, algunos rasgos. El más importante señala su autoridad y justifica el haber acudido a su lectura alarconiana. Se trata de su altísima sensibilidad literaria. Es el más literario de todo su grupo. Pero, junto a esto, sobresale, además, su conciencia noventayochista, “la generación que nacía al arte puro”, según sus propias palabras. Piedra de toque, por tanto para las creaciones verbales y exponente de ese momento de primacía de la Literatura, destinada a prolongarse a través de los más inimaginables avatares de nuestro siglo. Otro rasgo sería su vocación de lector, donde no creemos haya de verse la cantidad de materia consumida, sino la delectación y la recurrencia. (Lo que Ramón J. Sender, tan agudo y bronco, enumera así: buen gusto, decoro, nostalgia sobre los libros.... Amor ejemplar traducido en sus glosas, en sus millares de artículos).
    Eslabón literario. Todo ello nos lleva a su contacto con el accitano al considerar la fama de los escritores del XIX, los más inmediatos en el tiempo, pero en la misma línea de los autores clásicos a los que Azorín volvió siempre. En esta lectura azoriniana hay una implicación granadina con su pequeña historia. Representa un eslabón más en la cadena literaria local, como se puede comprobar en las noticias sobre ‘La cuerda granadina’, recogidas en La Alhambra por su director Francisco de Paula Valladar (1852-1924) en los últimos años de la revista. Entre los componente de La Cuerda, Alarcón recibe, naturalmente, un trato especial y, como es costumbre en muchos de sus artículos, Valladar reproduce trabajos ajenos, en este caso de Azorín.

    El texto azorianiano es el más completo de los que su autor dedica a Alarcón, si bien hay que tener en cuenta algunas alusiones sueltas en que se considera al accitano y a su obra como un valor en sí, parangonable con otros novelistas (por ejemplo, al comparar “la realidad viva, sangrante, la realidad española con sus miserias, con sus dolores, con sus angustias” aportada por la ficción de Galdós, frente a la de Fernán Caballero o la de Alarcón, cuyas novelas son “abstractas aunque no lo parecen aparentemente”. Azorín examina la fama de un escritor tan admirado por la generación precedente. Tras una densa semblanza de su vivir variado y apasionadamente reflejado en sus obras, nota que los escritores del 98 han desconocido su tarea, pese a “venir al arte ansioso de vida”. ¿Cómo puede haberse desdeñado al autor de más honda sensación vital entre todos los del XIX? Existe una respuesta: la política lo ha oscurecido, “el ruido de la lucha” ha hecho olvidar el aspecto estético de sus obras. A partir de aquí, Azorín va a mostrar “las tres etapas ideológicas” en la obra alarconiana de manera sistemática.
    Etapas del escritor. En la primera se nos presenta un hombre “ligero, jovial atolondrado”, con una prosa llena de chanzas, extravagante. Se ve una realidad inestable, de la bohemia post-romántica del Madrid de 1850. Muy afectada y con un “hecho curioso”: Alarcón menciona a todos los autores extranjeros que frecuenta e imita, ligando a los nombres esclarecidos de Byron o Balzac, otros como Karr, Murger, Paul de Kock. ¿No será el novelista sólo trasunto de estos autores?... Poco a poco se revela la segunda etapa: un estado de espíritu más grave, que nos “convierte a la meditación”. Ha desaparecido el panorama fugaz y ha surgido “un gran pintor de España”. Pero lo más sorprendente es que la pinta con trazos ocasionales y descripciones (“sumarias, rapidísimas”). Fenómeno de los escritores de genio, de Cervantes en el Quijote... Irrumpen ya los nombres propios: “Granada está en La Comendadora, Madrid en El Capi­tán Veneno”, con esta afirmación rotunda: “No podrá un historiador escribir una historia de España honda en psicología, sin estudiar y recoger estas visiones geniales de Alarcón”, porque, el novelista “ha llegado en su intuición al alma de las cosas” (Azorín lo instala en su tiempo, haciéndolo partícipe de la sentencia de Chárlale que reza “Llamamos poeta al capaz de discernir el encanto de las cosas”).

    Todavía hay algo más en la obra alarconiana, en la tercera y definitiva etapa. Azorín, por medio de las palabras de Emilia Pardo Bazán, presenta en persona al escritor. La condesa conoció en la Biblioteca Nacional a un hombre cansado, enfermo. Vemos a un luchador que “se entrega humanamente”. En toda su vida –subraya Azorín– ha ocultado con tenacidad un fondo espiritual lúgubre. Este contraste violento entre lo aparente y lo real es toda su obra. Llegado este momento conclusivo, Azorín se exalta. Pedro Antonio de Alarcón “es el único hombre de genio, de verdadero y auténtico genio de la novela española en el siglo XIX... un artista a la manera de Goya” cuya suprema adoración en arte es Shakespeare y que ha escrito, sin discusión, “modernamente, páginas shakespearianas en la literatura española”. Se­gui­da­mente (sin nombrar la obra maestra alarconiana) ce­lebra el “poder formidable del genio de otras narraciones cortas como El Amigo de la Muerte, La mujer alta, Lo que se ve por un anteojo e insistiendo de nuevo en La Comendadora, maravillosa en su concisión y estilo. En el encomio de estos textos breves, Azorín se anticipa, certero, a la crítica más actual.
    Reconocimiento obligado. La lectura alarconiana de Azorín no se limita a esta aproximación (resumen, en cierto modo de esos años veinte, tan fecundos en la difusión-recopilación de sus artículos). Muy importante es, asimismo, otro texto (1934), relativo al centenario primero de Alarcón, 1933. Alarcón no ha sido celebrado oficialmente. Es un de­ber, por tanto, recordarlo. Sus ideas políticas han in­fluido en este total olvido. No obstante, “las ideas po­líticas. son, en un literato, lo accesorio”, según ejem­plos hispanos y extranjeros que Azorín cita. Tal vez lo más interesante ahora es destacar ese silencio histórico al que Alarcón fue condenado, “lo que más duele a un hombre que del público vive”, un silencio que se debe a que se pide una ecuanimidad imposible al crítico y al historiador literario. Pues Alarcón se sigue vendiendo: sus lectores compensan su memoria de los desdenes críticos.

    Uno de los libros de la última etapa de Azorín (París, 1945) vuelve sobre Alarcón a propósito de aquellos escritores parisienses familiares de sus comienzos. La lección alarconiana es magnífica, porque con su individualidad y sus matices apuntala esa ecuación que anhelan todos los artistas de la palabra: “Clásico, igual a vivo”.

    Andrés Soria Olmedo
    Artículo publicado en el suplemento ‘Artes y Letras’ del diario Ideal, con motivo del centenario de la muerte del escritor.
  • Precursor del periodismo moderno  Expandir
  • Era un magnífico narrador, un gran observador, política y socialmente inquieto y tenía una pluma brillante: parece lógico hablar de un Pedro Antonio de Alarcón de extraordinarias dotes como periodista. Altabella lo define como “precursor de los modernos corresponsales de guerra”, y Armando Ocano como pionero del “pe­riodismo moderno, no el del hombre muerde perro, que se cultiva sobre todo en verano, sino el del human interest”. El periodismo fue probablemente la constante más intensa en la vida de Alarcón porque a través de él quiso luchar contra un modelo de sociedad incapaz de dar respuesta a un joven ‘revolucionario’ que vivió su juventud desde la agitación y la inquietud, retrató como cronista la sociedad madrileña de mediados del siglo XIX, y desde el periodismo dio a conocer bue­na parte de sus obras. Sus facetas como po­lítico, viajero o novelista encontraron en el periodismo la mejor forma manifestación pública.
    Alarcón convulsionó la sociedad española de su tiempo con sus crónicas sobre la Guerra de África; describió des­de Sagunto el eclipse total de sol en el ve­rano de 1860; se pasó la mitad de su vida escribiendo “como un puñal da­mas­quino” contra el poder político de di­ri­gentes, co­mo el Ministerio Mira­flo­res, del que consiguió su dimisión y el re­levo por Narváez; describió como solo él sabía el accidente del tren Valladolid-San­tander, del que fue testigo, y regaló a los lectores artículos repletos de matices de sus incontables viajes por España y Europa. Su afición al periodismo, que Rafael Montesinos en­tiende como “el hábito por fundar periódicos”, le llevó por las redacciones y direcciones del Eco de Occidente, El Mu­seo Universal, El Eco Hispano-Ame­ricano, El Cri­terio, La Época, La Po­lítica, La Ilus­tra­ción, La Re­den­ción, El Im­par­cial, El He­ral­do de Ma­drid, La Dis­cusión, El Criterio, El Correo de Ultramar, Revista Eu­­ropea, La Mal­va, El Eco de Tetuán (el primer proyecto de este tipo que se puso en marcha en esta zona africana) o El Látigo, periódico en el que llegó su primera gran oportunidad.
    Para M. Catalina, El Látigo parecía más un libelo que un periódico satírico contra la monarquía de Isabel II. Lea­les a la Reina y detractores hicieron de él un campo de batalla impreso que acabó con la mayoría de los redactores y necesitó de varios directores. La oferta le lle­gó también al entonces Alarcón revolucionario, y las ganas de triunfar y una plu­ma brillante se ganó el respeto y el odio, que le valió un duelo a muerte. Que le perdonasen la vida le marcó desde en­tonces y abandonó la información política durante nueve años. Había escrito con éxito en El Oc­ci­dente la obra El final de Norma y el director, Cipriano del Mazo, lo manda como en­viado especial a París pa­ra cu­brir la Ex­po­sición de la Industria. Co­­rría el año 1855 y hace el viaje en diligencia.
    Aunque hombre atormentado, la mayor parte de su vida y novelista ro­mán­tico, en ese momento Alarcón se en­cuentra feliz como periodista. En la Nav­i­dad de 1855 escribió: (...) “Pene­tra­mos en la redacción de los periódicos y es­tamos iniciados en la alquimia que los pro­duce. Hemos visto los dedos de los cajistas tiznados con el plomo de la palabra y los dedos de los escritores tiznados con la tinta de la idea”.
    En 1857 fue nombrado cronista so­cial de La Época, el periódico más serio de su tiempo. Sus crónicas anuncian el Jar­diel Poncela de setenta años después, pero el periodista consagrado estaba a punto de forjarse: Alarcón se desplaza a Málaga y emplea parte de sus ahorros en reclutar equipo y un fotógrafo y se incorpora a la Guerra de África como soldado y corresponsal de guerra.
    A finales del siglo XIX las posibilidades de comunicación en una guerra y en el extranjero no eran tan fáciles como para los corresponsales de la CNN americana en la Guerra del Golfo. El ordenador portátil y la imagen vía satélite permiten la transmisión en directo de una guerra en la actualidad, pero el proyecto de ilustración gráfica no funcionó y Alarcón recurrió al dibujo. Y es que por entonces, 1865, la noticia del asesinato de Lincoln en un teatro de  Washington tardó doce días en llegar a Londres y una semana en cruzar Estados Unidos.
    El periodista proyectó ir de paisano y escribir todo cuanto viera, “sin á­ni­mo de matar moros”. Elogió el valor de los batallones de Cantabria, Ciudad Rodrigo y Baza, y de generales como 0’Donnell y Prim. La guerra, según sus crónicas, se cobró más de 4.000 muertos y casi 5.000 heridos. Del Diario de un testigo de la Guerra de África la tirada lle­gó a los 50.000 ejemplares y produjo unos beneficios de 2,5 millones de reales, unas 450.000 de pesetas, pero del siglo XIX. Alarcón recibió más de 20.000 cartas de lectores españoles, una respuesta social sorprendente hace un siglo y sorprendente en la actualidad. El periodista Manuel Campo Vidal reconoce en su libro Con­fi­dencias haber recibido más de mil cartas en dos años cuando presentaba el Te­le­diario de la primera cadena de TVE.
    Pionero en tantas cosas del oficio, lo fue también por sus enfrentamientos con la clase política, aunque él mismo fue parte activa de la política co­mo miembro de la Unión Liberal. Com­batió a Miraflores, la regencia de Se­rra­no y el nombramiento de Amadeo I de Sa­­boya. Siendo éste rey defendió el reinado de Alfonso XII. Inquieto y crítico, ca­da reportaje de Alarcón era siempre una invitación a la aventura, en palabras de José Asenjo Sedano. Su vida y su trabajo fueron periodismo puro que hizo posible en la los principales periódicos de la segunda mitad del siglo XIX desde que empezase a publicar sus trabajos en El Eco de Occidente, en 1852, hasta su úl­timo trabajo, titulado «Diciembre» y pu­blicado en el invierno de 1887 en El He­raldo de Madrid.

    JUAN JESÚS HERNÁNDEZ
  • Alarcón en el cine  Expandir
  • Pedro Antonio de Alarcón es uno de los novelistas españoles que más han atraído al cine, lo mismo en nuestro país que fuera de él (Argentina, México, Italia, Francia, EE UU) de forma que seis de sus novelas han sido la base de un total de 13 largometrajes, más alguna serie televisiva. El Sombrero de tres picos es la obra más cinematográfica del escritor accitano, toda vez que se ha llevado tres veces a la gran pantalla y una a la pequeña en Francia (Le Tri­cor­ne, 1972). Entre esos largometrajes figura el dirigido por Mario Camerini, uno de los mejores realizadores italianos de ante guerra (Il cappello a tre punte, 1934) y uno norteamericano-español un año después, dirigido por Harry d’Abbadie d’Arrast. En México, Juan Bustillo Oro ofrece su versión en 1944. El Niño de la Bola es otra novela muy frecuentada por el cine. Ya José Buchs, con el título de Curro Vargas, dirige un primer largometraje, en 1923, en las postrimerías del cine mudo. Pero será el mexicano Julio Bracho quien aporte en 1942, con Historia de un gran amor, la mejor versión. Es un film de larga duración, 155 minutos, protagonizado por el cantante Jorge Negrete, en sus años de más popularidad, y que muchos historiadores incluyen entre las mejores películas realizadas en el país. La fotografía, notable, es de Gabriel Figueroa, cámara tam­­bién de muchas películas mexicanas de Buñuel. Y otro gran director mexicano, Emilio ‘Indio’ Fernández, realizará su versión en 1958, titulada Una cita de amor.
    Dos versiones se rodarán de La Pródiga, una española, en 1945, con Rafael Gil de director, y otra, en Argentina, dirigida por Mario Soffici, quizá el mejor realizador argentino de la época y protagonizada nada menos que por Eva Duarte de Perón, la Evita de la leyenda, entonces con 27 años, y con Alejandro Ca­so­na en el guión. Dos veces también se ha llevado al cine El Capitán Veneno, una en España, dirigida por Luis Mar­quina y con colaboración en el guión de Wenceslao Fernández Flórez y otra en Argentina, en 1943, con dirección de Henry Martinet y protagonizada por Luis Sandrini, actor también muy popular en­tonces en Es­pa­ña. Otras dos versiones de El Es­cán­dalo, la de José Luis Sáenz de Heredia en 1943 y la mucho más floja de Javier Setó en 1964. Una sólo de El Clavo, la de Rafael Gil en 1944, con Amparo Rivelles. Un abanico generoso. Pocos escritores españoles, quizá solo Vicente Blasco Ibáñez, han tenido más presencia en la pantalla, aunque en las tres últimas décadas Alarcón parezca olvidado.

    ANTONIO CHECA
 
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