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TÉRMINO
- ALBA, CAYETANA DE
  ANEXOS
 
  • Las Dueñas  Expandir
  • Dice la canción: “Sevilla tiene un olor especial…” Pero lo mismo podría decirse de su color, distinto al del resto de ciudades españolas… Albero, blanco, almagra y limón… Cuando sale el sol, sus jardines brillan con tonos dorados, pero lo más magnífico es el anochecer andaluz. El momento en el que la luna juguetea entre las flores, entre las casas blancas, entre los árboles que dan sombra a todo el que se cobija bajo su confortante copa. Entrar en el palacio, iluminado por esa luna que destaca el albero y hace brillar la piedra de los arcos mudéjares, es un privilegio.
    Al sumergirme en las Dueñas pensé que me toparía con el fantasma de Antonio Machado, que nació en una de sus dependencias. Su padre fue bibliotecario del palacio y vivía en él junto con su familia. Y así, todos conocen el poema en el que Machado, ya en su edad madura, menciona las Dueñas:

    Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
    y un huerto claro donde madura el limonero…

    Se refiere, evidentemente, a sus recuerdos infantiles en el primer hogar que conoció. Como homenaje, don Jacobo hizo colgar en ese patio una placa en memoria de tan afamado huésped.
    En 1805 se alojó entre los muros del palacio Henry Richard Fox, más conocido como Lord Holland, quien había dedicado buena parte de su tiempo a estudiar la vida y obra de muestro lírico Lope de Vega, quien a su vez escribió en 1604 una “Égloga al duque de Alba”. El barón describe el palacio como un lugar de ensueño; un lugar que, más tarde, habría de acoger cada año a la emperatriz Eugenia de Montijo. Y es posible que en una de las alcobas Eugenia soñase con su amado Napoleón III, con una pizca de incienso y varias velas encendidas…
    Yo, sin embargo, no conseguí imaginar su figura en ningún momento. Por el contrario, fue la propia Cayetana la que me contó anécdotas del lugar, como la historia de la noche en que la llamaron a Madrid –donde estaban todos, incluido el servicio– para contarle que los vecinos habían visto luces y sombras en el interior del palacio. Se llamó a la policía y los testigos afirmaron que las luces se habían encendido y que habían visto la silueta de una mujer danzando en el interior. La policía entró y registró el lugar pero, para sorpresa de los testigos, no encontraron nada.
    Según parece, el palacio tomó nombre de un frontero convento de monjas que fue derribado en el siglo XIX. Cuenta la duquesa que las “dueñas” eran las señoras que acompañaban a las damas de alta alcurnia. Muchas de estas mujeres habían profesado en el cenobio de la colación de San Juan de la Palma. Por ese motivo el pueblo rebautizó el monasterio con ese nombre.
    La duquesa me confirma que fue en el siglo XVIII cuando pasó al patrimonio de los Fitz-James Stuart. Su última restauración importante pertenece al año 1885, aunque en la actualidad la duquesa no deja de embellecerlo.
    Lo que más enorgullece a Cayetana son las obras de arte, como la Anunciación, e Neri de Vinci, o la Mag­dalena, de Andrea Vaccaro; y lo que más le enternece es el retrato de su tía Sol, pintado por Álvarez Sotomayor; el de su padre, el duque de Alba, de Alfonso Grosso, y otro de Sorolla…
    Su condición de andaluza la lleva a disfrutar mucho más en este lugar que en Liria. Ella misma reconoce –y no lo he comprobado– estar más relajada y alegre, más en su casa, cuando se encuentra en las Due­ñas… Su relajación llega a tal punto que en un cuarto con­tiguo a su dormitorio tiene un tablao donde baila siempre que puede.
    Cayetana tiene un carácter fuerte –pese a su to­no de voz más bien bajo  débil–. Cuando cree tener ra­zón, no duda en hacerlo saber… A quien sea…
    Sus amigos la adoran: Tomás Terry, Carmen Te­llo, la duquesa de Saltillo, Curro Romero, Osborne, Pe­pe Luis Vázquez…
    Resulta fácil imaginar a todos esos personajes danzando por los pasillos de palacio –el mismo donde vistió sus primeras galas Cayetana, entonces duquesa de Montoro; el mismo que la vio casarse con Luis Mar­tínez de Irujo en una ceremonia entrañable– y engrandeciendo las páginas de nuestra historia, ahora cruel y violenta… ahora dulce y romántica… Como en un cuento de hadas.

    Concepción Calleja
    De Cayetana de Alba. Pasión andaluza.
 
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