Un verso más Dios mío y otro día y un paso más y un llanto más si cabe Pues que al verme vivir tan poco grave digáis que es porque vivo todavía
Pensar que es esa cosa la alegría que se me va del alma como un ave que me deja una pluma y no lo sabe y alimenta de alpiste mi agonía
Solo en mi cuarto me voy viendo viejo en la mentira risa ante el espejo o en el beber o en el dejar el vaso
Pero cada mañana como todos vuelvo del sueño donde estoy de codos y un verso más y un día más y un paso
Carlos Edmundo de Ory Madrid, 1944. Recogido en Metanoia (1978), edición de Rafael de Cózar . |
Carlos Edmundo de Ory asegura que ya percibía a Cádiz desde el utero materno, como si éste fuera una formidable caracola que le trajese el mar. Pero este enorme y rebelde poeta a contracanto es, en sí mismo, caracola de la magia, quizá la constante que preside toda su obra con independencia de los temas que trate, de los metros que elija y de la estética final que presida su poesía o su narrativa. Esta especie de zahorí de la belleza ha encontrado su propio prisma para enfrentarse a un mundo que cada vez recuerda, empero, a los espejos cóncavos de Valle-Inclán. Romántico y libertario, en su metaliteratura uno puede encontrar cafés peruanos donde acechen novias de César Vallejo o remotos paraderos de India con bandoleras de hoy día. Luis Eduardo Aute lo venera y Allen Ginsberg lo convidó a su carpa neoyorquina. Pero más allá del viaje y de los libros, él sigue siendo un enorme caudal de espuma intrépida, el mar que acecha desde la casa gaditana donde nació y en donde hoy residen Andy & Lucas. O, mejor, desde el vientre de la madre y la fecunda biblioteca paterna. Allí estaba Andalucía, los libros, la sangre, todo lo que ama mágicamente.
Juan José Téllez |