Manuel Pita, el pregonero, se había adelantado. Penetró en el corro que formaba la guardia alrededor del cadalso, y colocose al pie del patíbulo. Tras un redoble general de tambores, pregonó por última vez el motivo por el que se ejecutaba a la reo. Mientras tanto, la comitiva se acercaba paso a paso. El rumor de los rezos había subido de tono. El terror embargaba los ánimos de la muchedumbre, que desde muy temprano había acudido a contemplar el terrible espectáculo. Unas nubes negras habían entoldado el luminoso cielo granadino. Prestaba más terror a la tragedia un ruido sordo de truenos de la tormenta que se avecinaba. «El patíbulo estaba levantado al lado izquierdo de la Virgen, como a cuatro varas de la verja. Era un tablado de madera de cinco pies de altura, cubierto de bayetas negras: en un extremo estaba el banquillo, en dirección a la calle de San Juan de Dios, y de espaldas a la calle real; por este lado tenía la subida, cubierta asimismo de negro (esta distinción de estar enlutado el cadalso la conceden las leyes a los nobles e hijosdalgo)». De los pueblos cercanos habían llegado refuerzos de tropas. De Santa Fe vino la Caballería de Voluntarios, pues las autoridades recelaban, presintiendo un amotinamiento que impidiese la ejecución. En efecto, parece que había un complot preparado para salvar a Mariana en el trascurso del itinerario al suplicio. El anciano conde de los Andes, capitán general de Granada, estaba decidido a colaborar con el pueblo, «si éste, como se esperaba y estaba dispuesto, se lanzase, a costa de verter su sangre, a dar libertad y poner en salvo a la desventurada Mariana. Mas por un accidente desgraciado e imprevisto, fallaron para ellos ciertos elementos en los más precisos instantes en que debía darse el golpe y que no es permitido revelar. Baste decir que, reservadamente, algunas masas populares se hallaban prevenidas y armadas, ocupando ciertas avenidas para la evasión de la víctima, esperando sólo la voz de alarma para poner en práctica su proyecto, que se extendía hasta el arriesgado paso de atentar contra la persona de su inhumano verdugo. Mas la fatalidad, que perseguía a la viuda de Peralta y Valte, había decretado ya su muerte en público cadalso». Al pie del patíbulo encontró Mariana a don José Garzón. Por última vez se reconcilió con Dios, y subió al tablado ayudada del anciano sacerdote. La reo ocupó el banquillo del terrorífico instrumento, implorando la misericordia del Todopoderoso. El ejecutor de la real justicia procedió a colocarle la «gargantilla de hierro en sus bodas con la muerte». Mientras el confesor la absolvía en el nombre de Dios, el verdugo cumplió la sentencia.
Antonina Rodrigo De Mariana Pineda. Heroína de la libertad. |