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TÉRMINO
- MONTESINOS, RAFAEL
  ANEXOS
 
  • El poeta triste  Expandir
  • Rafael Montesinos es un poeta de la “primera generación de posguerra”. Y es ésta una etiqueta problemática pues, a pesar de que en sus principios participa del movimiento “juventud creadora” –el que funda la revista Garcilaso (1943)–, sus versos no siguen al pie de la letra la estética que defiende García Nieto para el grupo. El idealismo neoplatónico de los garcilacistas, ese “dolorido sentir” prefabricado e imitado del Renacimiento, nada tiene que ver con el erotismo sin remordimientos de los poemas de Montesinos. La reviviscencia del cancionero que promueven los garcilacistas tampoco la entienden igual quienes conocen la tradición cancioneril por Alberti o Lorca, que quienes –como excepcionalmente Montesinos– acuden derechos a composiciones originales de Gil Vicente (siglo XVI) y a los cantos populares andaluces. El marcado interés por el paisaje castellano de los poetas garcilacistas –más en sintonía con la “España eterna” de la Falange que con la generación del 98–, no atrae en absoluto al poeta sevillano, para el que sólo los paisajes que están relacionados con su infancia y adolescencia despiertan en su espíritu la contemplación estética. Que unos y otro coincidan en los temas, compongan villancicos, muestren predilección por los temas otoñales y afición a ingeniosos juegos de palabras muy Siglo de Oro, no significa que donde unos se estrangulan con el rosario de tópicos que forman sus versos, otro –Rafael Montesinos– no ofrezca en sus composiciones emotividad y vibración lírica. Lo que distingue a Montesinos de los garcilacistas es, justo, la autenticidad existencial desde la que escribe; y eso es lo que él mismo deja claro en una significativa soleá titulada ‘Manera de ser’, incluida en Con la pena cabal de la alegría (1996):

        Haz caso de lo que digo,
        que nunca le he puesto letra
        a copla que no he vivido.

        En 1946 la cosmovisión montesiniana ya está bien definida. Los poemarios Balada del amor primero (1944) y Canciones perversas para una niña tonta (1946) preludian la madurez de El libro de las cosas perdidas. En este último poemario, la voz lírica ya ha encontrado acomodo en la tradición andaluza del canto elegiaco, del lamento sereno por el paraíso perdido. “Se canta lo que se pierde”, una cita de Antonio Machado que abre El libro de las cosas perdidas.
        Las incredulidades (1948) y Cuaderno de las últimas nostalgias (1954) ahondan esta voluntad de escrutar el pasado por ver si cabe remontar hacia arriba el curso del tiempo, y refugiarse en una infancia y adolescencia felices. El desarraigo y una dolorosa perplejidad ante un mundo mal hecho son otros asuntos que importan a la lírica montesiniana. Luego vienen País de la esperanza (1955) y El tiempo en nuestros brazos (1958), dos libros en que la plena consciencia de la pérdida de La Arcadia se compensa con la aparición de una mujer –su esposa Marisa– que salva al poeta de la tristeza. La irrupción de un amor completo en la vida del poeta –Marisa es catorce años más joven que Rafael, es afable, es pintora y muy inteligente– infunde al tono poético un moderado optimismo. Junto al recuerdo nostálgico de la infancia y la adolescencia, ahora se incorpora el amor como otro refugio en que resistir el paso del tiempo y ocultarse de la muerte. Un amor de carne y hueso, ni ideal ni fingido.
        En 1967, Montesinos publica el libro antológico La verdad y otras dudas, donde incluye poemas inéditos de naturaleza contestataria, y en 1971 Cancionerillo de tipo tradicional, una obra de estilo arcaizante, técnicamente impecable y con salidas de buen humor.
        En Último cuerpo de campanas (1980) culmina un itinerario por el escepticismo que ya iniciara a mediados de los años cuarenta, cuando Dámaso Alonso publica Hijos de la ira (1944), una obra que no deja indiferentes a sus contemporáneos y tampoco al poeta sevillano. Este poemario es de los más tristes que escribe, y precede a otros con las mismas hechuras: De la niebla y sus nombres (1985), Con la pena cabal de la alegría (1996) y La vanidad de la ceniza (2005). En ellos varía la intensidad, pero el fondo es el mismo, e idénticos también el afán de perfección y de sinceridad. La desesperanza y el desencanto totales ante la muerte y el olvido son la sustancia única de estos libros crepusculares. El poeta siente que la muerte no es ya una probabilidad permanente, como siempre lo es, sino una realidad próxima. Por fin, en oportunas y sentenciosas palabras de José María Delgado y Carmelo Guillén Acosta: “A la sombra de Sevilla, de sus nostalgias, de sus olvidos, Montesinos llega a entender la poesía como un lugar definitivo de tristeza”.

    Alberto Guallart
 
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