Su biógrafo, el escritor Antonio Burgos, lo definió dos días después del adiós algabeño: “Vencedor del tiempo”. El que vence al tiempo debe ser, con toda probabilidad, el que permanece 42 años ininterrumpidos al pie del cañón, compartiendo patios de cuadrillas con tres generaciones de compañeros (Ordóñez-Paquirri-Rivera, verbigracia). Si encima desarrolla parte de lo mejor de su carrera en el lustro final, la victoria puede entenderse clamorosa. Curro Romero venció, en efecto, al tiempo y a las circunstancias, a las modas, a la evolución, a las manías, a los gustos, a las tendencias. Venció a todo, tal vez porque fue mejor que todos. En una entrevista que mantuvo con el que escribe en 1998, dos años antes de su adiós, Romero apareció en perfecto estado de revista y se permitió improvisar una teoría del toreo, de su toreo: “Lo mío es torear más despacio, el toreo que tiene posición, que es como me siento; me gusta obligar a los toros, cambiarle las trayectorias, no hacerlo superficial, en línea recta”. Una huida de lo banal, en definitiva. Apostilló que le gustaría que le recordaran como a un “torero inolvidable”. También puede cantar victoria en ese sentido; voz en grito.
Angel Cervantes |