Por las amplias y transitadas geografías de la generación del 27, Joaquín Romero Murube camina aún como lo solía hacer un día cualquiera de sus años de madurez por los jardines del Alcázar: vestido con un mono sencillo de jardinero, con su vara de bambú, machadianamente solitario, sevillanamente ensimismado, incluso cuando iba con amigos que no dejaban luego de comentar sus silencios. [...] Fuera de la memoria de la ciudad, del recuerdo de sus amigos –como en sus últimos años le gustaba recibir a los escritores jóvenes, aún quedan bastantes– y del aprecio de cierta clase ilustrada, en la literatura española ha quedado como tierra de nadie, un territorio que él abonó con su elegante indolencia, tachado injustamente de escritor localista, recordado sobre todo en relación con el grupo Mediodía, ese modo menor y sevillano del 27. Lo acompañan impertinencias como ese “Se lo tragó Cernuda” que escribió Max Aub para alabar luego tenuemente su prosa fina, su “literatura para sevillanos honorarios” y su saber defenderse “como pudo de tanta mediocridad como desde entonces le rodeó”. Ese perdonarle la vida literaria ha sido moneda corriente a la hora de enjuiciar su obra, aunque a ella y al personaje que la escribió se le aúpe sobre la medianía intelectual de la ciudad. [...] Para Sevilla, Romero Murube es más que un escritor, pero ese “ser más que” lo consigue también con la palabra, a través de las conferencias y del continuado ejercicio del periodismo, en artículos que unas veces tiran de la nostalgia –años de Mediodía, amistad fraternal con García Lorca, temporadas sevillanas de Paul Morand– y otras sirven como testimonio y protesta ante la destrucción de la ciudad.
Juan Lamillar De Joaquín Romero Murube. La luz y el horizonte (2005). |