|
|
ANEXOS |
| |
- Ignacio Sánchez MejÃas

|
Tenía Ignacio Sánchez Mejías una personalidad tan fuerte, tan acusada, que la cualidad que le hizo famoso entre las muchedumbres –el toreo– era en él, cuando ya se le conocía un poco a fondo, lo más secundario y accesorio (...) Sevillanismo, voluntad y deseo. Éste era el camino sin fin de la aventura vital de Ignacio. Fue torero porque en el instante sevillano en el que él nació, la gloria romántica hispalense estaba en la torería. Era lo heroico de entonces. Si Ignacio hubiera cumplido los veinte años ahora, hubiera sido cualquier otra cosa –heroica y difícil desde luego– menos torero (...) Ignacio lo era todo, menos la gracia: era el esfuerzo y el coraje, la reflexión y la lucha. Cuando ya lejos de su primera época de gloria rondaba los peligros de otras aventuras –negocios, teatros, literatura– e Ignacio parecía que se iba a perder en una mediocridad aburguesada, lo menos andaluza y sevillana posible, de pronto, inesperado y terrible, el agrio encontronazo del cuerno contra la barrera de la plaza de Manzanares. Y en medio, atravesado como una seda, el cuerpo del torero. La tragedia lo restituyó a su nativo campo de gloria. Volvió héroe y muerto a Sevilla, más sevillano que nunca, porque las valoraciones trágicas encubiertas por la gracia son el exponente más fiel de esta dificilísima ciudad. La última vez que hablamos con Ignacio Sánchez Mejías fue por teléfono. Lo oímos, y nos lo imaginamos –como siempre que hablaba por teléfono– echado en uno de aquellos divanes de otro continente con que tenía adornada su casa de Pino Montano. Tenía una voz de hombre tendido que inquietaba extraordinariamente (...) Ahora, en su pérdida para siempre, sí que hemos visto bien la muerte. Porque Ignacio era la naturalidad en lo imprevisto. Siempre con su sonrisa gachona (...) y aquel andar siempre al gusto del compañero, con los altos en el camino de quien lleva su gran procesión por dentro (...) No podía cantar ni escribir versos y de ahí aquella intemperancia que muchos no comprendían, y que era su mejor lirismo, su genialidad. (...) Su superioridad vital agobiaba y su dominio de quien lo había puesto todo muchas veces en juego definitivo, y se le importaba un bledo esto, aquello, lo otro, y la vida. Llegó a perder los horizontes interiores y así iba de perdido hacia ese abismo del desear algo más que él mismo no sabía lo que era. Un cornalón y la gangrena gaseosa. No había otra solución al problema.
Joaquín Romero Murube De Sevilla en los labios. |
- El torero amigo de los poetas

|
[Ignacio y Federico]. De mi grupo del 27, yo fui el primero que conoció al torero Ignacio Sánchez Mejías. Me lo presentó, como a todos los demás poetas, el gran escritor y el más taurino de todos los tiempos, José María de Cossío. Ignacio no era un torero de extracción popular, como Joselito y Belmonte. Hijo de un conocido médico de Sevilla, llegó hasta cursar algunos años de bachillerato. La tarde en que yo lo conocí, me confesó que le gustaba mucho la poesía. Yo le recité algunos de mis tercetos de Cal y Canto, libro aún inédito. Cuando escucho:
Caracolea el sol y entran los ríos, Empapados de toros y pinares, Embistiendo a las barcas y navíos, su comentario fue: -¡Qué bruto!
Le dije que me halagaba mucho aquella exclamación, que concordaba muy bien con el poema. Poco después conoció Ignacio a Federico, prendándose naturalmente de él. El bello amor del torero era entonces Encarnación López, la argentina, gran bailaora y algo más que una finísima cupletista. Después Ignacio, convirtiéndose en verdadero empresario de nuestro grupo, nos llevó a Sevilla, de acuerdo con el Ateneo, para celebrar el Tercer Centenario de la muerte del hasta entonces vilipendiado poeta Luís de Góngora. En el recital que dimos en su honor, Federico tuvo un éxito verdaderamente taurino. El auditorio le arrojó los sombreros y hasta las chaquetas. Y desde ese gran día puede decirse que la amistad del diestro y el poeta se hizo más entrañable.
Rafael Alberti De La arboleda perdida.
[La cogida y la muerte].
A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde. Una espuerta de cal ya prevenida a las cinco de la tarde. Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde. El viento se llevó los algodones a las cinco de la tarde. Y el óxido sembró cristal y níquel a las cinco de la tarde. Ya luchan la paloma y el leopardo a las cinco de la tarde. Y un muslo con un asta desolada a las cinco de la tarde. Comenzaron los sones del bordón a las cinco de la tarde. Las campanas de arsénico y el humo a las cinco de la tarde. En las esquinas grupos de silencio a las cinco de la tarde. ¡Y el toro, solo corazón arriba! a las cinco de la tarde. Cuando el sudor de nieve fue llegando a las cinco de la tarde, cuando la plaza se cubrió de yodo a las cinco de la tarde, la muerte puso huevos en la herida a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde.
Federico García Lorca De Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. |
|