Todo comenzó el día 21 de diciembre de 1502. Por aquel entonces el vecindario de las ciudades y villas que se repartían a lo largo de la fachada mediterránea vivía aterrado por los cruentos saqueos y raptos perpetrados por los piratas de Argel. Siguiendo las sinuosidades de la costa, “existía una fila de torres rojizas –escribe Vicente Blasco Ibáñez en Mare nostrum– que se prolongaba por el Sur hasta el Estrecho de Gibraltar y por el Norte llegaba a Francia”, siempre ocupada por vigías que escudriñaban el horizonte en busca de los temidos bergantines berberiscos. Desde un punto de esta línea defensiva, la almeriense Torre García, se avistó el día indicado un fenómeno prodigioso: una nube que surcaba las olas se adentró en la playa portando una imagen de la virgen con el niño. De esta forma la leyenda narra la aparición de la venerada Señora del Mar, patrona de Almería, a cuyos pies el pueblo se postraba para implorar su protección ante adversidades como los desembarcos piratas. Su templo, que posee el título de basílica, fue edificado como una fortaleza, un recinto amurallado casi inexpugnable para los devotos que todavía hoy siguen encomendándose a su patrona. El fervor popular erige construcciones de espacios suntuosos y alturas que se elevan sin solución de fin para albergar a sus imágenes, convertidas en referentes simbólicos de barrios, pueblos, ciudades y sectores sociales, templos que, del mismo modo que las siete basílicas mayores de Roma, sede del solio de Pedro, conformen un mundo eucarístico donde confluyan todos los peregrinos y sus oraciones. Para que una iglesia sea declarada basílica menor es preciso que tenga un valor espiritual e histórico para una comunidad de creyentes. Ambas condiciones se dan en el caso de las dos grandes basílicas de Granada: San Juan de Dios y Nuestra Señora de las Angustias. La primera, que posee este título desde 1916 por la bula Extat Granate de Benedicto XV, es una de las joyas del barroco granadino y acoge los restos del fundador de la Orden Hospitalaria, San Juan de Dios –la cruz y la granada del anagrama de la Orden son el recuerdo de la voz sobrenatural que él escuchó: “Granada será tu cruz”–. La segunda es sede canónica de la patrona de Granada, que inspira coplas populares como ésta: “Hay una madre de amores / que adora Granada entera: / La virgen de las Angustias / la que vive en la Carrera”. Al igual que la ciudad de la Alhambra, Sevilla también posee dos basílicas dedicadas a sendas imágenes de su Semana Santa. La virgen de la Esperanza Macarena, acompañada durante las más de doce horas que dura su recorrido por miles de devotos, traspasa cada madrugada del Viernes Santo el umbral de su templo, declarado basílica en 1966, un arco triunfal que recibe influencias de la capilla Pazzi de Brunelleschi y del pórtico de Juan de Oviedo para el convento de Santa Clara. Una veneración compartida el mismo día con el llamado Señor de Sevilla, Jesús del Gran Poder, que reside en la basílica del mismo nombre en la plaza de San Lorenzo. Pero, sin lugar a dudas, el gran centro de peregrinación de Andalucía es la aldea onubense del Rocío, donde se encuentra la patrona de Almonte. Los pasos de todos los romeros convergen en la ermita (santuario-basílica) de Nuestra Señora del Rocío, bendecida por Monseñor García Lahiguera, obispo de Huelva, el 26 de enero de 1964, para rendir culto a la Blanca Paloma. Una celebración, al fin y al cabo, que pretende afirmar la primacía de una comunidad local en un culto mariano extraordinariamente famoso. Esta es la intención que subyace a la construcción de los grandes templos en Andalucía, basílicas menores donde afloran las mayores devociones. Javier Vidal Vega |