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ANEXOS |
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- Maese Pérez el organista

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IV
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente a que comenzara la misa del Gallo. – Ya lo veis –decía la superiora–; vuestro temor es sobre manera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano, y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis? – Tengo... miedo –exclamó la joven con un acento profundamente conmovido. – ¡Miedo! ¿De qué? – No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa y, ufana con esta distinción, pensé arreglar sus registros y templarle, a fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál..., pero las campanadas eran tristísimas y muchas..., muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo. »La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda...: la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., lo vi, madre, no lo dudéis; vi un hombre que, en silencio, y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra a sus registros..., y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo. »Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración. »El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes fuego... Entonces quise gritar, quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre! – ¡Bah! Hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... rezad un paternoster y un avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles. Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que a daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para él objeto de tan especial devoción. La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la misa. Comenzó la misa y prosiguió sin que ocurriese nada notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano, un grito de la hija de maese Pérez. La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna. – ¡Miradle! ¡Miradle! –decía la joven, fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado, asombrada, para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna. Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando...; sonando como sólo los arcángeles podrían imitar le en sus raptos de místico alborozo...
¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara; no os lo dije yo? ¡Aquí hay busilis! Vedlo. ¡Qué!, ¿no estuvisteis anoche en la misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa… El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia… Haber dejado de asistir a Santa Inés, no haber podido presenciar el portento…, ¿y para qué?… Para oír una cencerrada, porque personas que lo oyeron dicen que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa… Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira…; aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.
Gustavo Adolfo Bécquer De Leyendas. |
- Entre el sueño y la realidad

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¡Bécquer! ¿Mi Bécquer? No; Bécquer: aquel que tenía “alegre la tristeza y triste el vino”, aquel que era un puro equilibrio entre el sueño y la realidad. Bécquer, poeta, escritor, periodista, dibujante, músico, feliz, desgraciado, soñador, melancólico... Bécquer, amado, perseguido, odiado, salpicado por el lodo del rencor político, ensalzado, hundido, “muerto en pie”, resucitado... Bécquer, leído en la adolescencia, olvidado y vuelto a leer con ojos nuevos cuando la vida alcanza su plenitud... Bécquer, “poético”; y, por lo tanto, humano, entrañable, abierto como un buen libro: un libro suyo, por ejemplo. Pero a la vida de este sevillano –niño grande y nunca escarmentado de tanta realidad como intenta rodearle– hay que acercarse “como quien llega con callada planta / junto a la cuna donde duerme un niño”. Despertarle (a veces nos ha sucedido) es demasiado cruel; porque Gustavo nunca supo si “ese mundo de visiones / vive fuera o va dentro de nosotros”.
Rafael Montesinos De Bécquer, biografía e imagen. |
- BÉCQUER, GUSTAVO ADOLFO. Cronología.

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1836 Miércoles 17 de febrero. Nace en Sevilla Gustavo Adolfo Domínguez de la Bastida Insausti Vargas Bécquer Bausá, en el número nueve de la calle Ancha de San Lorenzo (hoy Conde de Barajas). El jueves 25 de febrero es bautizado en la cercana parroquia de San Lorenzo.
1841 Muere el padre de Gustavo Adolfo, el pintor José Domínguez Becquer.
1846 Ingresa en el Colegio de Naútica de San Telmo, en Sevilla. Escribe un drama escolar junto a Narciso Campillo, Los conjurados, y una novela bufa que quedó inacabada, El bujarrón en el desierto.
1847 Muere la Madre, Joaquina Bastida Vargas. El Colegio de San Telmo es suprimido. Gustavo Adolfo y Valeriano son recogidos por sus tías María y Amparo de la Bastida en su domicilio cercano a la Alameda de Hércules. (actual calle Potro).
1848 Años de formación y lecturas poéticas en la biblioteca de la madrina, Manuela Monnehay. Con doce años escribe Oda a la muerte de Alberto Lista.
1850 Ingresa en el estudio del pintor Antonio Cabral Bejarano, y posteriormente en el taller de pintura de su tío Joaquín Domínguez.
1852 Escribe la Oda a la señorita Lenona en su partida.
1853 Publica un soneto en la revista madrileña El trono y la nobleza.
1854 La misma revista le publica un romance, La plegaria y la corona. En otoño marcha a Madrid con 75 duros.
1855 Luis García Luna, Julio Nombela y Bécquer redactan para Gabriel Hugelman, un editor francés, biografías de los diputados. La España musical y literaria le publica un poema dedicado a Manuel José Quintana, mientras la revista Albúm de señoritas y correo de la moda le edita Anacreóntica. Llega a Madrid su hermano Valeriano. 1856 Bajo el seudónimo de Adolfo García estrena en el Teatro de Variadades de Madrid la comedia La novia y el pantalón, escrita en colaboración con García Luna.
1857 Rodríguez Correa y Bécquer entran en la Dirección General de Bienes Nacionales como escribientes fuera de la plantilla. El poeta es despedido al ser descubierto haciendo dibujos sobre su expediente. Correa dimite. Aparece la primera entrega de Historia de los templos de España.
1858 Grave enfermedad de Gustavo Adolfo. Su amigo Correa le publica El caudillo de las manos rojas para sufragar los gastos de la enfermedad. Conoce a Julia y a Josefina Espín, con quienes mantuvo relaciones amorosas según algunos biógrafos.
1859 Estrena bajo seudónimo la zarzuela Las distracciones, escrita junto a García Luna y con música de Antonio Gordón. Publica la primera rima con el título Imitación a Byron (actualmente es la número XIII).
1860 Estrena, usando sobrenombre, con García Luna y con música de Reparaz, la zarzuela La cruz del valle. Publica la leyenda La cruz del diablo y Cartas literarias a una mujer.
1861 Contrae matrimonio, “por despacho real”, con Casta Esteban Navarro. Publica las leyendas La Creación, La ajorca de oro, El Monte de las ánimas, Los ojos verdes y Maese Pérez el organista.
1862 Nace en Noviercas, Soria, su primogénito Gregorio Gustavo Adolfo. Se publican las leyendas El rayo de Luna, Creed en Dios, El miserere y El Cristo de la Calavera. También varias narraciones y artículos como Tras fechas y La venta de los gatos.
1863 En colaboración con Ramón Rodríguez Correa, y esta vez bajo el seudónimo de Adolfo Rodríguez, estrena en el Teatro de la Zarzuela Clara de Rosemberg, con música de Ricci. Publica las leyendas El Gnomo, La cueva de la mora, La corza blanca y El beso. Las familias de los hermanos Bécquer viajan al Monasterio de la Veruela, a fin de que la salud del poeta mejore.
1864 Publica la leyenda La rosa de la pasión y, por entregas, las cartas Desde mi celda. Viaja como rorresponsal de El Contemporáneo hasta San Sebastián para informar de la inauguración de la línea de ferrocarril del norte de España. Es nombrado director de El Contemporáneo, el periódico donde ha publicado varias leyendas, artículos y la serie de las cartas. El ministro González Bravo le nombra censor de novelas.
1865 Dimite como director de El Contemporáneo al oponerse la línea editorial del periódico al gobierno de Narváez. Cesa Bécquer como censor de novelas. Nace su segundo hijo, Jorge Luis Isidro.
1866 Nombrado de nuevo censor de novelas. Vuelve a caer enfermo.
1868 Inicia el Libro de los gorriones. Gustavo Adolfo rompe con su mujer a raíz del nacimiento de su tercer hijo, Emilio Eusebio, sobre el que pesan dudas de paternidad. En medio de los disturbios de la Revolución de Septiembre, arde el palacio del ministro González Bravo y allí desaparece el autógrafo original de las Rimas. El nuevo ministro de Gobernación, Sagasta, destituye al poeta como censor. Bécquer marcha a Francia junto al ministro desterrado. Regresa a España y vive con Valeriano en Toledo.
1869 Rehace de memoria las Rimas con la intención de insertarlas en el Libro de los gorriones.
1870 Dirige el periódico La Ilustración de Madrid. El 23 de febrero muere Valeriano de una hepatitis aguda. Gustavo Adolfo se hace cargo de sus sobrinos. Es nombrado director del periódico El Entreacto. El 20 de diciembre quema toda su correspondencia amorosa delante de Augusto Ferrán. En la madrugada del 22 de diciembre entra en agonía y, a las diez de la mañana del día siguiente, muere de una pulmonía. Media hora después empieza en Sevilla un eclipse total de sol.
1871 Los amigos de Bécquer publican sus obras completas en dos volúmenes.
1882 El erudito sevillano José Gestoso y Pérez da los primeros pasos para trasladar los restos de los dos hermanos Bécquer a Sevilla.
1886 Un grupo de artistas encabezados por Antonio Susillo, y entre los que se hallaban Gonzalo Bilbao, Benito Mas y Prats y José García Ramos, constituyen una comisión pro-monumento a Gustavo Adolfo Bécquer en su ciudad natal. La iniciativa no prospera.
1887 Se coloca la primera piedra de un monumento proyectado por Susillo, y que consistía en una gran cruz gótica con un medallón representando el busto del poeta. El proyecto, sin embargo, no se ejecuta.
1911 Los hermanos Álvarez Quintero, con el apoyo del Ayuntamiento hispalense, impulsan un nuevo proyecto de monumento. El escultor encargado del diseño es Lorenzo Coullaut Valera. Los dramaturgos costean los trabajos del monumento con los derechos de autor de su obra La rima eterna. El nueve de diciembre es inaugurado el monumento a Bécquer en el Parque de María Luisa.
1913 El diez de abril los restos mortales de Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer llegan a la estación de Plaza de Armas. Al día siguiente son trasladados a la cripta de la capilla de la Universidad, el Panteón de Sevillanos Ilustres. Con ocasión de estos traslados, Luis Cernuda, entonces con once años de edad, se interesa por la poesía de Bécquer, lectura que le causó una honda impresión.
1934 Cernuda utiliza un verso de Gustavo Adolfo para titular su libro Donde habite el olvido. |
- Bécquer y la modernidad

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Gustavo Adolfo Bécquer representa, sin duda, el principal referente de la modernidad en la literatura española, en tanto que representante de la estética simbolista heredera del romanticismo, la cual abre las bases al proceso cuya expresión más radical representó la vanguardia. Es necesario, en todo caso, revisar la obra y el pensamiento estético del poeta sevillano, al que a menudo se invoca desde ópticas desfasadas. No tiene demasiado sentido, por ejemplo, hablar de Bécquer como culminación del romanticismo, ya que cuando el movimiento está en su periodo álgido (1833-1840) y a punto de iniciar su decadencia, Bécquer (Sevilla, 1836) no está en edad de representarlo. Tampoco podemos considerarlo un post-romántico (los pre y los post son recursos sin demasiado sentido en la periodización literaria), sino, en todo caso, como un claro anuncio de la estética modernista (el propio Cernuda alude a esa idea en sus Estudios sobre poesía contemporánea), siendo un referente para autores como José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal o José Asunción Silva, además de Juan Ramón, los Machado, etc. Pero si nos detenemos en las ideas que expone Bécquer sobre poética en sus Rimas, en las Cartas Literarias a una Mujer, en el “Prólogo” a La Soledad de Augusto Ferrán, entre otros textos suyos, nos damos cuenta de las similitudes que tiene, por ejemplo, con las líneas que encabezan Baudelaire, Rimbaud o Mallarmé, distanciados con claridad del Romanticismo. Frente al yo-romántico, cuya experiencia vital y sus sentimientos se traducen de forma más o menos fiel en el poema, Bécquer defiende al yo-artista, para quien el proceso de creación se aleja de la experiencia vital. Efectivamente para él la fuente de la poesía no es la realidad, sino una especie de “estado poético” que aquella provoca, trance que, más tarde, desde el ámbito de la memoria y cuando ya la experiencia vital se ha olvidado, intentaremos proyectar en el poema:
“(…) por lo que a mi toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que han dejado en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes Hijas de la sensación, duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria, hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno, y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca (...) y cruzan otra vez a mis odas como en una visión luminosa y magnífica. Entonces no siento ya con los nervios que se agitan (...) siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo, como el que copia de una página ya escrita ...” (Cartas literarias a una mujer. Carta II)
En esta cita, suficientemente ilustrativa, encontramos claros elementos de la modernidad: la fuente de la creación no está en la experiencia real sino en la memoria (recordemos a Marcel Proust) asistida por la imaginación, por la fantasía, coincidiendo con Poe y Baudelaire en que las razones del corazón no sirven para la creación, que es, en definitiva, una operación artificial. El lenguaje como elemento mágico y la escritura como alquimia señalan ya el formalismo de la vanguardia, cuyo promotor es Mallarmé. Otros muchos factores podríamos señalar en apoyo de esta visión de Bécquer, quien al final de su vida reconoce que ya le cuesta distinguir lo real de lo soñado, viniendo a decir que, en su caso, el yo-artista ha terminado dominando y hasta cierto punto anulando al yo-real, y que ya no distingue lo soñado de lo vivido. Los conceptos del poeta como mago, así como vidente (Rimbaud), como sacerdote, preludian el aristocratismo estético del Modernismo, pero los conceptos de oscuridad, hermetismo, dificultad y distanciamiento entre autor y lector, que la vanguardia lleva a su culminación. La teoría poética de Bécquer, más que su propia poesía, anuncian lo que Baudelaire llamó “arabesco”, es decir, los mensajes vacíos de significación referencial del arte abstracto, pero también Bécquer, arrancando de los modelos de la poesía popular (como Heine en Alemania) abre también el camino hacia la poesía como comunicación. Entre esas dos líneas: Poesía-expresión y Poesía-comunicación, se ha movido buena parte de la creación poética de la modernidad. El poeta sevillano permite entonces muy diversas lecturas y no es extraña su supervivencia hasta el presente, a pesar de que no es en esencia, como parece, un poeta fácil. Detrás del mensaje superficial, que nos lo acerca al lector adolescente, se esconden una multitud de aspectos y dimensiones simbólicas bastante más complejas, como ha señalado la crítica (Carlos Bousoño). Rafael de Cózar |
- Rima LXXVI

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En la imponente nave del templo bizantino, vi la gótica tumba a la indecisa luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho, y en las manos un libro, una mujer hermosa reposaba sobre la urna, del cincel prodigio.
Del cuerpo abandonado al dulce peso hundido, cual si de blanda pluma y raso fuera, se plegaba su lecho de granito.
De la sonrisa última el resplandor divino guardaba el rostro, como el cielo guarda del sol que muere el rayo fugitivo.
Del cabezal de piedra sentados en el filo, dos ángeles, el dedo sobre el labio, imponían silencio en el recinto.
No parecía muerta; de los arcos macizos parecía dormir en la penumbra, y que en sueños veía el paraíso.
Me acerqué de la nave al ángulo sombrío con el callado paso que llegamos junto a la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento, y aquel resplandor tibio, aquel lecho de piedra que ofrecía próximo al muro otro lugar vacío,
en el alma avivaron la sed de lo infinito, el ansia de esa vida de la muerte para la que un instante son los siglos...
Cansado del combate en que luchando vivo, alguna vez me acuerdo con envidia de aquel rincón oscuro y escondido.
De aquella muda y pálida mujer me acuerdo y digo: ¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
Gustavo Adolfo Bécquer De Rimas. |
- Rima XI

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– Yo soy ardiente, yo soy morena, yo soy el símbolo de la pasión; de ansia de goces mi alma está llena; ¿A mí me buscas? – No es a ti, no.
– Mi frente es pálida, mis trenzas de oro; puedo brindarte dichas sin fin; yo de ternura guardo un tesoro: ¿A mí me llamas? – No, no es a ti.
– Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz; soy incorpórea, soy intangible; no puedo amarte. – ¡Oh, ven, ven tú!
Gustavo Adolfo Bécquer De Rimas. |
- Las famas de Bécquer

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¿Cuál es el secreto de nuestro poeta, que sabe llegar por igual –aunque por distintos caminos– al pueblo, a la burguesía, a los poetas y a los estudiosos de su obra? No lo sé, ni creo que nadie pueda explicarlo jamás. El misterio de esas múltiples famas paralelas no tiene equivalente en toda la poesía española (a no ser en Lope de Vega y en su siglo). Esto es así desde los inicios de la muerte-vida de Gustavo. Sé que está aquí y que es más real que otras personas que creo conocer. Lo digo con las mismas palabras de su rima LXXV: “Pero sé que conozco a muchas gentes / a quienes no conozco”. Estoy seguro de que nuestro poeta se adentrará en el siglo XXI con sus famas paralelas.
Rafael Montesinos De Introducción a las Rimas. |
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