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TÉRMINO
- BELMONTE, JUAN
  ANEXOS
 
  • Rivalidad y amistad en el ruedo  Expandir
  • Joselito y Belmonte rivalizaron en la plaza pero mantuvieron una buena amistad fuera del ruedo. Ambos se admiraban como torero: José se quedaba extasiado con las formas distintas de Juan, y Juan, atrapado por el dominio absoluto de José. Hay dos versiones del primer encuentro entre estas máximas figuras del toreo. Una, plasmada por Jesús Cuesta Arana en su magnífica biografia, apunta a que Joselito, que lo encontró a la salida de Triana con un capotillo al hombro, se lo llevó a un tentadero en la finca Jatoblanco, donde torearon juntos. Una vaca le dio un puntazo a Belmonte. La versión del propio Belmonte, recogida por Chaves Nogales, apunta a que el primer encuentro fue en un tentadero al que Joselito iba como invitado y él como un aficionado más. Al salir Belmonte a torear una becerra, Joselito le aconsejó: “Por ahí no, muchacho: que te va a coger”. Sin hacerle caso Belmonte citó al animal y, en efecto, sufrió una voltereta. Se levantó y, sin mirarse, volvió a citar por el mismo lado: esta vez el animal pasó. Belmonte alzó la vista, miró a Joselito y le dijo: “Que me iba a coger ya lo sabía yo. Pero la gracia estaba en torearla allí”. La lección no debió sentar muy bien al orgulloso hijo de Fernando El Gallo. Juan Belmonte Luque
  • El toreo según Juan Belmonte  Expandir
  •         […] Salí al ruedo como el matemático que se asoma a un encerado para hacer la demostración de un teorema. Se regía entonces el toreo por aquel pintoresco axioma lagartijero de «Te pones aquí, y te quitas tú o el toro». Yo venía a demostrar que esto no era tan evidente como parecía: «Te pones aquí, y no te quitas tú ni te quita el toro si sabes torear». Había entonces una complicada matemática de los terrenos del toro y los terrenos del torero que a mi juicio era perfectamente superflua. El toro no tiene terrenos, porque  no es un ente de razón, y no hay registrador de la Propiedad que pueda delimitárselos. Todos los terrenos son del torero, el único ser inteligente que entra en el juego, y que, como es natural, se queda con todo.
        Los que me veían ir contra las que ellos consideraban leyes naturales, se llevaban las manos a la cabeza y decían: «Tiene que morir irremisiblemente. O se quita de donde se pone o lo mata el toro». Yo no me quitaba, el toro tardaba en matarme, y los entendidos, en vez de resignarse a reconocer que era posible una mecánica distinta en el juego de la lidia, que era lo más sencillo y razonable, se pusieron a dar gritos  histéricos  y a llamarme hiperbólicamente «terremoto», «cataclismo», «fenómeno» y no sé cuántas cosas disparatadas más. Para mí, lo único fenomenal era la falta de comprensión de la gente. Lo que hoy, al cabo de veinte años, sabe ver el más humilde aficionado, no les entraba entonces en el meollo a los que entendían de toros. Ésta fue, sencillamente, mi aportación al toreo.
        […] Era yo un pobre hombre que creía estar en posesión de una verdad y la decía. La decía en todas las plazas poniéndome con el capote o la muleta en las manos delante de los toros, sin ningún artificio. Yo no era un practicón, no sabía bien el oficio, no tenía los recursos de la experiencia y de añadidura estaba hasta tal punto enfermo, que apenas si podía valerme. Llegaba al redondel arrastrándome, casi sin poder andar; me abría de capa y daba mi lección lo mejor que sabía. Esto era todo. ¡Pero qué tumultos ocasionaba aquello! Nadie creía que yo torease de una manera consciente y según arte. Les resultaba más cómodo pensar que yo era un chalao, un tipo temerario, un verdadero suicida de aquellos de «más cornás da el hambre». En vez del valor reflexivo y prudente que hay que tener para torear, y que era el que en realidad tenía yo, me atribuían un valor fabuloso de héroe de la fantasía, un desprecio sobrehumano a la vida, que en realidad, no he tenido nunca. A mí no me perjudicaba aquella incomprensión. Antes bien, me beneficiaba. Esta catastrófica disposición de ánimo del público explica sobradamente que la incorporación de mi manera personal de torear al arte tradicional de los toros provocase aquel estado pasional, que, a mi juicio, ha sido uno de los momentos más intensos de la historia del toreo. Dejémonos de falsas modestias.
        […]  Viejos males mal curados habían ido agotando mis energías, hasta el punto de que sólo me sostenía el entusiasmo, la energía espiritual que me daba la carrera de triunfos emprendida. En la calle era incapaz de dar un paso. En la plaza, en cambio, la gente se levantaba de los asientos, con un nudo en la garganta al verme torear. Hago notar esto en apoyo de mi tesis de que el toreo es, ante todo, un ejercicio de orden espiritual. En una actividad predominantemente física jamás ha podido triunfar un hombre físicamente arruinado, como yo lo estaba entonces. Si en el toreo lo fundamental fuesen las facultades, y no el espíritu, yo no habría triunfado nunca.
        Años después, estando en Norteamérica, fui interviuvado por un periodista yanqui, que mientras hablábamos no hacía más que mirarme de arriba abajo y remirarme con una insistencia y una estupefacción francamente molestas. Me observaba atentamente y luego preguntaba en inglés al amigo que nos servía de intérprete: «¿Y éste es el rey de los toreros?». Volvía a mirarme de una manera impertinente, me confrontaba con un retrato mío que llevaba e insistía: «¿Está usted seguro de que es éste el rey de los toreros?». Me di cuenta de su estado de ánimo y me puse de mal humor. Me levanté dando por terminada la entrevista, y pedí al amigo que traducía la conversación: «Dígale usted a ese tío que sí, que soy el rey de los toreros… ¡Que no me mire más! Dígale también que los toreros no tienen que matar a los toros a puñetazos, y, por si es capaz de comprenderlo, dígale, además, que el toreo es un ejercicio espiritual, un verdadero arte. Y que se vaya».

    Manuel Chaves Nogales
    De Juan Belmonte matador de toros.


    (A finales de 1935, el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales da forma autobiográfica a las memorias del torero trianero).
 
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