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ANEXOS |
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- La Bética y Andalucía

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La poderosa organización política romana dividía su vasto espacio en provincias (pro vincere, para vencer), a fin de un mejor control y administración. Pero no eran territorios del tamaño de las actuales demarcaciones de igual nombre, sino especie de países con viabilidad económica y demográfica, cuyos límites, lejos de la arbitrariedad, solían ser resultado de unos hechos diferenciados con las cuencas hidrográficas como elementos básicos. En nuestro caso se conoce la identidad de un amplio territorio al sur de la Meseta, que constituyó la Turdetania, heredera en parte de Tartessos, y cuya riqueza, desarrollo y cultura han sido descritas por autores como Estrabón. Se añade a esa identidad un espacio bien definido con Sierra Morena, las cordilleras Béticas y el gran río andaluz, denominado entonces Betis, como eje articulador de ese espacio. Y, siguiendo el esquema fluvial, se aprovecha al Norte y Oeste el límite del Guadiana; si bien Sierra Morena, despoblada, boscosa y de difícil tránsito, ejercía como glacis defensivo de este culto y pacífico país; no por casualidad la Bética pasó a depender del Senado, a diferencia de la Lusitania o la Tarraconense, que, más inseguras, pertenecían al César y tenían un fuerte control militar. Porque, cosa que suele eludirse en ciertas historias, durante unos 300 años las distintas provincias de Hispania (que es el nombre de la Península y no una organización políticoadministrativa) fueron independientes unas de otras sin una administración común hasta finales del siglo III. Así, hace más de 2.000 años Roma percibió el sur peninsular como diferente; lo delimitó, organizó y administró con cada vez más contenidos políticos propios; sin contar, como puede leerse en otros recuadros, su importancia económica, política o cultural. Sobre los límites exactos ya tuvimos ocasión de escribir en el primer tomo de la Geografía de Andalucía (Ediciones Tartessos, 1987) cuyos detalles obviamos aquí para comparar a grandes rasgos la Bética con la actual Andalucía y concluir que aquélla es un claro precedente territorial de ésta. La extensa línea costera era la misma (de Ayamonte a Pulpí); el Oeste coincidía con el Guadiana o el Chanza como ahora; abarcaba el sur de Badajoz hasta el mismo río (lo que, curiosamente, en parte era también andaluz en la Edad Media: Jerez de los Caballeros, Fregenal, Azuaga...) y continuaba, como hoy, por las Sierras de Alcudia y Madrona. Después la referencia del Saltus Castulonensis (importante curso alto por la zona de la actual Linares), que podría ser Guadalimar, Guadalmena o el mismo Guadalqui-vir (Tranco de Beas) sitúa también por ese lado unos límites similares. Y más hacia el Este parece que quedaría fuera el extremo septentrional de Granada y Almería (Los Vélez), acabando en el Mediterráneo más o menos por la linde actual con Murcia, aunque con posibilidades de ir más al Norte, Nogalte, o al Sur, Almanzora. De manera que, salvo un pequeño porcentaje (aproximadamente el 2%), la actual Andalucía se integraba en la Bética y formaba el 80% de ésta. Haciael año 27 a.C. Augusto modificó los límites orientales para incluir en la Tarraconense (dependiente de él, mientras la Bética era senatorial) la rica zona minera de Castulo. De esta forma, a finales del imperio romano el mapa peninsular, el más antiguo conocido, presenta la Betica, con base en el Guadalquivir, precedente de Andalucía; Lusitania, que prefigura a Portugal con el eje del Tajo hasta casi Toledo; Gallaecia, una Galicia ampliada hasta el Duero; la Tarraconense, centrada en el valle del Ebro; y el resto más indeterminado con el nombre de Cartaginense. Gabriel Cano |
- La riqueza minera

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La riqueza minera de Hispania fue proverbial en la Antigüedad y atrajo a la Península Ibérica a los colonizadores fenicios y griegos, al igual que a los cartagineses. Recordemos que uno de los objetivos de la conquista púnica fue obtener el control de las minas de Cartagena y Sierra Morena. Estrabón nos describe la riqueza minera del Sur Peninsular de la siguiente forma: “La Turdetania y comarcas limítrofes no dejan, a los que quieren ensalzarlas por sus bondades, palabras que las reflejen adecuadamente. Pues ni el oro, ni la plata, ni el cobre, ni el hierro, en ningún lugar de la tierra se ha comprobado hasta ahora que se produzcan en tan gran cantidad ni de tan alta calidad» (Geografía, III, 2, 8). Los principales distritos mineros explotados en época romana fueron los de Riotinto y Sierra Morena. En la zona del suroeste peninsular se extrajo cobre, plomo y plata en yacimientos como los de Encinasola, Riotinto, Aznalcóllar, Sotiel-Coronada o Tharsis. En Sierra Morena destacaron por su importancia los filones de plomo argentífero existentes en todo el norte de la provincia de Córdoba (minas de Los Eneros y La Loba en Fuente Obejuna; de La Solana en Belalcázar; de Santa Bárbara en Posadas; de El Soldado en Villanueva del Duque; etc.), en Jaén (minas de El Centenillo y Fuente Espí en la comarca de Linares-La Carolina), en el sur de Ciudad Real (mina de Diógenes en el Valle de la Alcudia) y en el sureste de Badajoz (minas de Azuaga y Castuera). Igualmente son de gran importancia los yacimientos de cinabrio, que se concentraban en la comarca de Sisapo (La Bienvenida), y los de cobre, ubicados en Cerro Muriano, el bajo valle del Guadiato, Montoro y Hornachuelos (provincia de Córdoba). Por último, también fueron explotadas minas de hierro en el norte de la provincia de Sevilla, concretamente en Munigua (Mulva), y en distintas zonas del sur de la provincia de Córdoba (Lucena y Montilla). Algunos de estos distritos, como los de Castulo y Sisapo, fueron asignados administrativamente a la Hispania Citerior en época imperial. Desde inicios del siglo II a. C. el estado arrendaba la explotación de las minas a compañías privadas como la Societas Castulonensis o la Societas Sisaponensis, a cambio del pago de un canon anual, pero a inicios del siglo I a.C. las minas son vendidas a las sociedades de publicanos o a particulares. En época imperial el estado pasó a hacerse cargo de la explotación de las principales minas de Sierra Morena y del suroeste, especialmente las de oro y plata. A tal efecto se emplearon muchos esclavos, condenados a trabajos forzados y personal contratado, o bien las explotaciones se arrendaron a particulares, como queda recogido en la Ley minera de Vipasca (Aljustrel, Portugal). La necesidad de contar con recursos para mantener la política monetaria hizo que los emperadores se preocupasen por controlar directamente las minas de metales amonedables existentes en el imperio (oro, plata y cobre), colocando a su frente a procuratores encargados de la administración de los distritos mineros (procurator montis Mariani en Sierra Morena). Cuando las minas se encontraban en manos privadas recurrieron a expropiarlas, como ocurrió con las que eran propiedad de Sexto Mario en el distrito minero cordobés (Tácito, Ann., VI, 19, 1). Los romanos introdujeron novedades técnicas, conocidas en el mundo helenístico, para explotar las minas de la Bética: emplearon el tornillo hidráulico (de Arquímedes), la bomba de Ctesibio y las norias para extraer las aguas subterráneas que inundaban las galerías; utilizaron tornos y poleas para extraer el mineral y construyeron lucernarios con forma de chimenea que proporcionaban luz y ventilación a las galerías subterráneas. Los instrumentos con los que se realizaba la extracción eran el pico-martillo, el zapapico, la cuña, la punterola de hierro y los martillos de minero en piedra. Los minerales extraídos en los filones béticos se fundirían en las inmediaciones de las minas, y a continuación los metales serían transportados a lomos de animales hasta la costa o hasta los diferentes puertos fluviales existentes en el Guadalquivir, donde serían embarcados con destino a Roma o a otra parte del Imperio. Desde los últimos decenios del siglo I a.C., el Baetis debió convertirse en la principal arteria de salida de los metales de Sierra Morena central y oriental. Enrique Melchor Gil |
- La Bética y el Mediterráneo

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Los acontecimientos históricos del sur de la Península Ibérica están directamente relacionados, al menos durante toda la Antigüedad, con las dinámicas de otras comunidades del mar Mediterráneo. Efectivamente, cretenses, fenicios, egipcios, griegos, romanos o bizantinos establecieron a partir del segundo milenio a.C. estrechas relaciones, que tuvieron como consecuencia una profunda interdependencia y un substrato cultural común. La propia Bética es el resultado final de la intervención directa de Roma, basada en el desarrollo de unos pueblos indígenas influenciados por la presencia de griegos, fenicios y cartagineses. Podríamos decir que la “historia” del Mediterráneo comienza a construirse con la Creta minoica, que establece relaciones con las culturas mesopotámicas y egipcia, hasta el punto de que podríamos afirmar que se convierte en el primer punto de enlace en la difusión de los principales avances de estas civilizaciones. Algo más tarde los fenicios y los griegos se convierten en los grandes protagonistas de la creación de la cultura mediterránea, ya que durante siglos –casi todo un milenio– se expanden por todo este mar, desde la costa Fenicia hasta Gades, pasando por los contactos con el mundo griego, todas las costas europeas, la mayoría de las islas, el norte de África, Marsella o la Península Ibérica. Estos pueblos se convirtieron en transmisores pacíficos de la cultura, los conocimientos y recursos que alimentan el bienestar de todas las comunidades con las que entran en contacto. Tartessos, Gades (Cadiz), Malaka (Malaga), Sexi (Almuñecar) y Abdera, así como muchos procesos de desarrollo urbano y cultural en toda la península, son resultado de estas relaciones. Cabe destacar cómo las corrientes marítimas y los vientos favorecieron el contacto en diversas direcciones; las abundantes islas (Chipre, Creta, Cicladas, Malta, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Baleares, etc.) fueron puntos de enlace; las montañas (Alpes, Apeninos, Balcanes, Tauro, Líbano, Atlas, Pirineos, Cirenaica, Penibéticas, etc.) sirvieron de puntos de referencia para la navegación; los puertos naturales se utilizaron para establecer contactos; y los valles de los ríos (Nilo, Tiber, Po, Ródano, Ebro, Guadalquivir, Tigris, Eúfrates, etc.) fueron utilizados como vías de comunicación. Y, a partir de estos elementos geográficos, se dibujaron los mapas cartográficos y de conocimiento en los que el sur peninsular comenzó a estar representado. El resultado final será un Mediterráneo en el que conviven las experiencias y asentamientos locales, con un importante desarrollo de las ciudades como modelo demográfico y social que transmite, a su vez, la agricultura, una especialización en el trabajo, la escritura, el «estado» y un sinfín de inventos que en gran medida suponen un avance de las condiciones de vida de sus pobladores. Los cartagineses, continuadores de la acción fenicia en occidente, permanecieron en contacto con la Península Ibérica hasta finales del siglo III a.C., cuando por motivo de las Guerras Púnicas mantuvieron un fuerte enfrentamiento bélico con los romanos que, en estos momentos, tuvo como escenario el occidente mediteráneo. Efectivamente, a partir de estas fechas, Roma, con la certidumbre de tener bajo control a la Península Itálica, va a extender su expansión más allá de los límites de sus costas para alcanzar Sicilia, Córcega, Cerdeña, Libia, África, Península Ibérica, Iliria, Macedonia y Grecia. La capacidad de gestión y control de las élites romanas hizo que, en general, esta unidad se mantuviera al menos hasta el siglo III d.C., es decir, alrededor de un milenio, bajo la hegemonía política, militar y económica y la más o menos profunda homogeneización cultural e ideológica. Los primeros pasos de la romanización tras la llegada de los ejércitos y las escaramuzas bélicas fueron la creación de las provincias Citerior y Ulterior (en la que estaba incluida lo que después sería la Bética) y la consolidación de algunos asentamientos tales como Itálica, Corduba y Carteia. En las siguientes décadas se consolidó la presencia romana con la fundación de colonias y municipios, la concesión del derecho de ciudadanía a algunos grupos de población, la puesta en producción económica de tierras y recursos mineros, aplicación del derecho romano, y la asunción de la cultura y la religión romana –siendo oficial el cristianismo a partir de comienzos del siglo IV d.C.– por parte de los indígenas. En el reinado de Augusto la Bética fue fundada como provincia, lo que supuso el reconocimiento de su valía estratégica dentro de los planes del Imperio. A lo largo de la historia del Imperio romano las élites senatoriales –y particularmente los emperadores nacidos en la Bética, Trajano y Adriano– le dieron gran importancia al control de esta provincia. Sólo a partir de la decadencia de las ciudades con la crisis del siglo III y la división del Imperio a finales del siglo IV hizo decaer el esplendor alcanzado. Como cabe suponer, esta experiencia condicionó y reordeno, por su profundidad, todos los acontecimientos posteriores. El impacto de esta experiencia fue de tal magnitud que todavía hoy, dieciocho siglos después, es perceptible en muchos ámbitos sociales como son el cultural, lingüístico, jurídico y religioso. Algo más de un siglo después, el emperador bizantino Justiniano realizó un último intento de reunificar políticamente el imperio realizando importantes conquistas de la parte occidental (África, Italia, costa levantina y sur de la Península Ibérica, este de la Península Balcánica y algunas islas). Su influencia en la Hispania Bizantina fue relativamente débil pero significativa. Pero finalmente sus esfuerzos no pervivieron demasiado, el imperio bizantino se fue debilitando lentamente y, como casi siempre, las causas interiores estuvieron ligadas a las exteriores. Desde esta última perspectiva cabe relacionarla con la expansión de los árabes de Siria, Palestina y Egipto a mediados del siglo VII d.C. y poco después en el sur de Asia Menor y el norte de África, hasta alcanzar la Península Ibérica en 711. Como se puede comprobar este sinfín de contactos a lo largo de los siglos terminan conformando lo que podríamos llamar una trama mediterránea. Con ello queremos reconocer y distinguir la multiplicidad y la interdependencia de las relaciones en las que cada cultura aporta sus experiencias, de tal forma que la pertenencia a este tejido común hace que sean transmitidas, potenciadas, discriminadas o sincretizadas, tal como ocurrió con la Bética. Francisco A. Muñoz |
- Las élites municipales

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Pese a la importancia de senadores y caballeros, la mayoría de las élites dirigentes de la Bética se conformaron con desarrollar carreras políticas a nivel municipal, ocupando puestos en los senados locales y asumiendo el desempeño de magistraturas (cuestura, edilidad y duunvirato) y sacerdocios (augurado, pontificado y flaminado). Las élites de los municipios y colonias formaban parte de un grupo social privilegiado llamado ordo decurionum. Este orden estaba compuesto por todas aquellas familias que contaban con representación en alguna de las curias o senados locales existentes en las diferentes ciudades del Imperio romano. Para poder pertenecer a este grupo social se necesitaba tener un nivel de riqueza cifrado en unos cien mil sestercios, aunque la promoción al orden decurional no dependía únicamente de la riqueza, sino de otros factores como el prestigio de la familia, las actuaciones de los individuos y sus liberalidades. Durante el Alto Imperio, las familias más destacadas de las comunidades cívicas béticas, por su riqueza o por su influencia social y política, se implicaron en gran medida en el gobierno de sus ciudades y en el desarrollo de la vida municipal, buscando de esta forma alcanzar gloria y honor. Estas familias logran obtener un prestigio y una dignitas que se fue formando durante generaciones gracias al desempeño continuado de cargos públicos en sus comunidades, a la realización de actos de munificencia cívica y a la acumulación de honores concedidos por los senados locales. Mediante la realización de donaciones a la comunidad (espectáculos, obras públicas, distribuciones de dinero y alimentos, etc.), las élites municipales acrecentaban su prestigio ante sus conciudadanos y obtenían el reconocimiento público de su generosidad, que solía plasmarse en epígrafes y monumentos honoríficos. La erección de estatuas y de epígrafes en los que se concedían diversos honores a destacados ciudadanos acrecentaban la existimatio (estima) del homenajeado, la de los demás miembros de su familia y la de sus descendientes, contribuyendo a crear una memoria cívica que servía para que los miembros más destacados de cada comunidad y sus familiares se perpetuasen en los órganos de gobierno de sus ciudades, pues aquélla podía aflorar y ser utilizada en la competencia política que anualmente se desarrollaba por la obtención de las magistraturas y sacerdocios locales. De esta forma se configura un “régimen de los notables” en el que las familias más ricas y con mayor prestigio dentro de cada ciudad logran controlar el poder político durante varias generaciones, ocupando las magistraturas, los sacerdocios y los puestos existentes en las curias o senados locales. La epigrafía bética nos muestra casos de hijos que sucedieron a sus padres en el desempeño del duunvirato (T. Aemilius Pudens, padre e hijo, o L. Quintius Rufus y L. Quintius Rufinus en Munigua*) y testimonios de magistrados que llegaron a asumir hasta en cinco ocasiones el duunvirato en sus ciudades (L. Acilius Barba en Sacili Martiale). La riqueza de las élites municipales procedía de la explotación de sus tierras, aunque también participaron en otras actividades económicas que les permitieron aumentar sus ingresos, como el arrendamiento de inmuebles urbanos, la obtención de contratas para efectuar obras públicas, o la creación de talleres cerámicos y de fabricación de materiales de construcción que estarían emplazados en sus fundi. En la Bética encontramos a miembros de las élites municipales vinculados con las explotaciones mineras, con la comercialización del aceite e incluso con la producción de salazones. Pese a lo señalado, buena parte de las élites decurionales eran propietarias de fincas rústicas, lo que explica la existencia en las leyes municipales de normas que permitían suspender hasta treinta días al año las reuniones del senado, en tiempos de vendimia y recolección, para que de esta forma los decuriones pudiesen atender sus posesiones en los periodos de máxima actividad agrícola (Lex Irnitana, cap. 49. Fvéase Irni). La aparición de inscripciones funerarias en zonas rurales, pertenecientes a magistrados, sacerdotes y notables municipales, en las que se recogen los honores que les decretaron los senados locales, prueban que éstos fueron enterrados en fincas rústicas que serían de su propiedad. Este es el caso de un tal Máximo que recibió honores fúnebres concedidos por el ordo de Segida Augurina (CIL II2/5, 1297), siendo enterrado en el cortijo Madueño, donde tendría sus propiedades y donde existió una figlina dedicada a la fabricación de ánforas aceiteras. La participación en todas estas actividades económicas permitieron a numerosas familias decurionales alcanzar el censo de riqueza necesario para ingresar en el orden ecuestre, cifrado en cuatrocientos mil sestercios, y que algunos de sus miembros, tras desempeñar magistraturas y sacerdocios locales, lograsen ser nombrados caballeros. Enrique Melchor Gil |
- Las mujeres en la Bética

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La romanización* de la Península Ibérica afecta a todas las estructuras políticas, económicas, culturales, religiosas, sociales... y, por supuesto, familiares. En este sentido, el modelo patriarcal romano dominó en la profundamente romanizada Bética. Por tanto, los centros de decisión política estaban en manos de los varones ciudadanos, mientras que a las mujeres se les asignaba la esfera privada, sometidas a la tutela del padre de familia. No obstante, ya en la Roma en expansión por el Mediterráneo se estaban produciendo transformaciones sustanciales en la condición de las mujeres, con una progresiva relajación de la tutela, que nunca llegó a ser abolida, pero que en la práctica dejó de ser efectiva en época imperial. Ello permitió que las mujeres pudiesen hacer uso de su patrimonio con libertad y que influyeran de modo más patente en la vida pública, aunque fuese desde lo informal, pues jamás alcanzaron derechos políticos. Por otro lado, la romanización no fue un proceso unilateral. También la sociedad indígena dejó su impronta en las estructuras hispanorromanas. No hay que olvidar que la mayor parte de la población itálica que se instaló en Hispania era masculina, por lo que en un principio serían frecuentes los matrimonios mixtos, como demuestra el caso de Carteia*. Y tampoco que la mayor parte de la población la constituirían iberos romanizados. Y que existen indicios de que las mujeres en la sociedad ibérica gozaron de una influencia tal vez superior a la que hallamos en Roma. Quizá el aspecto más llamativo de las mujeres de la Bética romana sea precisamente su notable actividad pública, dentro de las limitaciones impuestas a su género. Esta actividad pública, que afecta especialmente a las mujeres de las élites, se manifiesta sobre todo en su implicación en la religión y en sus prácticas de evergetismo*. En el ámbito religioso, cabe destacar no sólo la importancia que adquirió el culto a determinadas diosas, hacia las que las mujeres mostraban mayor inclinación como devotas (Juno*, Diana*, Venus*, Isis*, etc.), sino también el que la Bética tenga uno de los mayores porcentajes de testimonios femeninos en dedicaciones a divinidades, y, sobre todo, el que en determinados cultos oficiales, como el culto imperial, hallemos de momento el mismo número de sacerdotisas que de sacerdotes, lo cual es un fenómeno casi excepcional en el Imperio. En realidad, dentro de la sociedad patriarcal romana, la religión era la única esfera de poder público a la que las mujeres tenían acceso oficial, y las béticas parecían tener un especial interés por estos cargos, que constituirían un reconocimiento expreso de su influencia económica y social real. En la actividad evergética las mujeres actuaron en igualdad con los ciudadanos varones, pero de nuevo llama la atención en la Bética el hecho de que, aunque haya más testimonios masculinos que femeninos, las actividades de las mujeres son por lo general más generosas. Fundaciones como la de Fabia Hadrianila*, grandes aportaciones a infraestructuras como las de Junia Rústica* o Voconia Avita*, u ofrendas religiosas de gran riqueza como las de Fabia Fabiana* y Vibia Modesta* son algunos testimonios de ello. Sin duda, con estas actuaciones las mujeres contribuían al prestigio de su familia y ayudaban la carrera política de sus familiares varones, pero sobre todo asentaban y justificaban su propia influencia económica y social. Es decir, se movían tanto por intereses familiares como personales. No obstante, es el modelo de matrona romana, casta y entregada a su familia, el que domina formalmente, como reflejan las representaciones escultóricas y la misma preferencia de las mujeres hacia diosas que estaban relacionadas con su papel reproductor. No obstante, cabe destacar que, frente a otras mujeres con parecida influencia pública pero ensalzadas en sus virtudes matronales, como ocurre en Italia, rara vez hallamos elogios de este tipo a matronas béticas, y en cambio la mayor parte de las alabanzas se refieren a sus virtudes públicas. María Dolores Mirón Pérez |
- El negocio del aceite

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La producción aceitera en la Península Ibérica fue desarrollada por los colonizadores, quienes injertaron acebuches para obtener olivos. En época republicana se importaba aceite de Italia, probablemente para abastecer a las tropas, pero la producción de la Ulterior* ya debía ser importante, pues los cartagineses habían potenciado este cultivo. En la segunda mitad del siglo I a.C., tras la colonización cesariana, el cultivo del olivo se extiende mucho más por el sur peninsular, especialmente por los valles del Baetis (Guadalquivir) y del Singilis (Genil), y poco después las exportaciones de aceite bético comenzaron a desarrollarse con fuerza. Estrabón nos lo confirma al señalar que “de Turdetania se exporta trigo, vino en cantidad y aceite; éste además, no sólo en cantidad, sino de calidad insuperable» (Geografía, III, 2, 6). Adriano incluyó el aceite en los repartos de alimentos a la plebe de Roma, lo que favoreció la extensión de tierras dedicadas a este cultivo, y emitió una ley olearia que obligaba a todo productor aceitero a vender una tercera parte de su cosecha al Estado. Dicha ley benefició a los productores de aceituna, quienes tuvieron garantizada la venta de una tercera parte de su cosecha a un precio fijado. La producción y exportación de aceite bético se mantuvo a niveles muy altos hasta el siglo III d.C. y continuó desarrollándose durante el Bajo Imperio. Las numerosas villas de la Bética en las que han aparecido pies o contrapesos de prensas aceiteras testimonian la importancia de la producción de aceite en el Sur Peninsular; al igual que las figlinae en las que se fabricaban las ánforas globulares hispánicas (Dressel 20) destinadas a contener el aceite para su exportación. Las figlinae se encontraban emplazadas en las riberas de los ríos Guadalquivir y Genil. Hasta ellas era transportado el aceite en odres y a continuación se trasvasaba a las ánforas. Posteriormente el aceite era embarcado en botes de pequeño tamaño y transportado río abajo, en dirección a Hispalis, donde las ánforas eran cargadas en las grandes naves mercantes que debían distribuirlas por los diferentes puertos del Imperio. Lucio Junio Moderato Columela*, el agrónomo gaditano, nos dice que de entre todas las plantas, el olivo es la que necesita menos gasto, que se sostiene con un cultivo ligero, y que cuando se descuida no decae y tras volver a darle cultivo vuelve a producir. Igualmente, nos indica que los olivos deben plantarse a más de once metros de distancia. El amplio espacio que quedaba entre los árboles era utilizado para cultivar cereal. Las labores del olivo eran pocas, lo que convertía a la producción de aceituna en un cultivo ideal para rentistas que residían en las ciudades gran parte del año. Los agrónomos recomendaban arar el terreno dos veces al año y en otoño cavar los pies de los olivos. Anualmente los olivos debían podarse y abonarse con estiércol o pequeñas dosis de alpechín. La recolección de la aceituna debía efectuarse a mano para no dañar los brotes tiernos. En la Bética se realizaba en octubre y la aceituna se debía molturar, siempre que fuese posible, el mismo día de la recolección, evitando así que el aceite tuviese acidez. Los capachos con la aceituna molturada eran colocados en la prensa de viga (prelum) para obtener el aceite. En las ánforas aceiteras Dressel 20 aparecen sellos impresos y tituli picti (rótulos pintados) que nos proporcionan abundante información sobre los lugares de producción del aceite exportado, sobre el nombre de los productores y comerciantes, así como sobre la difusión comercial que tiene el aceite bético. Estas ánforas aparecen por todo el Mediterráneo Occidental y en ocasiones por el Oriental (Alejandría, Rodas), pero sobre todo se encuentran en Roma (monte Testaccio) y en los puestos militares de Galia, Germania y Britania. La producción de aceite y su posterior comercialización permitió la obtención de importantes fortunas y fue la base de la prosperidad de numerosas ciudades ribereñas del Guadalquivir y del Genil. En tales actividades económicas encontramos implicados a miembros de importantes familias decurionales que ocuparon magistraturas y sacerdocios; pero también aparecen como productores miembros de destacadas familias senatoriales, como M. Fabius Iulianus Heracleo Optatianus*, L. Stertinius Quintilianus Acilius Strabo o L. Mummius Niger Q. Valerius Vegetus. E. M. G |
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