España no ha sido nunca un país feminista. La Historia nos lo prueba. La mujer española ha estado adormecida con los homenajes y galanteos de falsos caballeros andantes y la canción que elevaban a la maternidad y a la excelsitud del ángel del hogar, al que ellos se encargaban de cortarle las alas. Ha sido la misma mujer la que más obstáculos ha puesto a su liberación. Ha tenido el miedo al ridículo, que sienten todos los seres débiles; y se ha asustado de verse libre y responsable de sus actos: sentimiento propio de las personas sometidas a la esclavitud durante mucho tiempo. Hemos tenido mujeres sabias, artistas, escritoras; pero escasas feministas. Es ahora cuando la mujer comienza a interesarse por este problema y cuando acude a alistarse en la bandera ya triunfante, que no defendió en las épocas de lucha y de tiranía. Mucho tiene la mujer que hacer para lograr una igualdad completa en las leyes y sensata en las costumbres. Ambos sexos son completamente iguales en capacidad y valor. Han pasado de moda las discusiones sobre el peso y tamaño del cerebro y los estudios empíricos acerca de la diferencia de los espíritus. Ahora la poética teoría platoniana, de que los hombres eran hijos del Sol, las mujeres de la Tierra y que de su unión nacieron las andróginas de la Luna, a las cuales partió Júpiter con un hilo por la mitad y andan desde entonces buscando su complemento, toma carácter científico con la teoría de la intersexualidad: Ni mujeres en absoluto ni hombres en absoluto, el valor moral es el mismo con diferente morfología y distinción de funciones fisiológicas pero no espirituales. Por eso es absurdo que aún se discutan las vindicaciones de la mujer y se hable de feminismo. La justicia exige el reconocimiento de todos los derechos del ser humano, sin distinción de sexos, y es cosa tan evidente que se puede tener la seguridad del triunfo. Basta ver el gran movimiento favorable a su causa que ha realizado la mujer, no sólo sin que nadie la ayude, sino luchando contra todo. Todas las ideas modernas, toda la ciencia y toda la civilización liberada del oscurantismo son como ríos en cuyos cauces no existe distinción entre los humanos, por razón de sexo. Se ahorra el absurdo de aplicar dos pesos o dos medidas diferentes para un mismo ser; de establecer una pluralidad en la indivisible ley moral, y de que el hombre siga siendo el único animal de la creación que cree inferior a su compañera.
Carmen de Burgos, ‘ Colombine’ Artículo publicado en ‘Mujer’, septiembre de 1917. |