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TÉRMINO
- CABALLERO BONALD, JOSé MANUEL
  ANEXOS
 
  • Somos el tiempo que nos queda La poesía del Caballero Bonald  Expandir
  • Ahora que toda la obra poética de José Manuel Caballero Bonald se ofrece reunida en el volumen Somos el tiempo que nos queda (Barcelona: Seix Barral, 2004) podemos afirmar, sin lugar a dudas, que él es no sólo uno de los poetas más importantes de la segunda generación de posguerra, o “Generación del 50”, sino de toda la poesía hispánica del siglo XX, como también acredita el reciente reconocimiento con el Premio Reina Sofía, el más importante en lengua española para una trayectoria poética. En efecto, como ha afirmado un importante representante de la generación siguiente o del 70, Pere Gimferrer, “extrema en densidad, en rigor, en poderío sonoro, llama la atención en esta poesía, por encima quizá de cualquier rasgo estilístico, la capacidad autogenésica que en ella posee el lenguaje. Se suscita a sí mismo, se propaga a sí mismo, se destruye a sí mismo, se redescubre a sí mismo: la palabra, aquí, vive de la palabra (…). Poner en movimiento al habla es, al cabo, la tarea primigenia del poeta”.
        No era fácil, en los momentos en que inicia su andadura creativa Caballero Bonald, tener esta conciencia, y por ello su mérito es aún mayor. Era tiempo de poesía comprometida, de poesía social, de poesía política… La sombra de los grandes poetas de la primera posguerra no se podía evitar: Blas de Otero, Gabriel Celaya, Eugenio de Nora, entre otros muchos, pedían la paz y la palabra; proclamaban que la poesía es un arma cargada de futuro, un instrumento de resistencia contra la dictadura… Y Caballero Bonald, sin renunciar a todo ello, sin dejar de comprometerse con la suerte de su pueblo (y pagar, por ello, su precio), entiende que la poesía está, sobre todo, comprometida con el lenguaje y con la vida. Palabra al servicio de la vida: para pensar, para sentir… pero sobre todo, para construir –a partir del pensamiento y del sentimiento– un ámbito de belleza liberadora, tanto más intenso cuanto más comprometido. “El acto de escribir –dirá– supone para mí un trabajo de aproximación crítica al conocimiento de la realidad y también de una forma de resistencia frente al medio que me condiciona”; una aproximación que provoca el conflicto del que brota la poesía como indagación y conocimiento.
        La poesía de Caballero Bonald nace bajo el signo de la reflexión, de lo meditativo. Su primer libro, Las adivinaciones, está “a medio camino entre la erótica religiosidad juanramoniana y el ritual panteísta aleixandrino”. El tiempo se teje en su palabra en combinaciones “múltiples, armónicas, sorprendentes”, como dijera García Hortelano en su famosa antología El grupo poético de los años 50. Pero también, desde el principio, su poesía experimenta la insuficiencia del lenguaje para expresar la complejidad de la vida, y la voluntad de superar esa limitación a través de una palabra densa y rica que puede dar testimonio de la existencia. Su poesía se hace solidaria, abierta a la alteridad y a la entrega en Pliegos de cordel, obra en la que el compromiso no ahoga una rica sensualidad alimentada desde los pliegues de la memoria. En su evolución vemos la depuración, y a la vez la riqueza verbal de Descrédito del héroe, la maravilla rítmica de los poemas en prosa de Laberinto de Fortuna, la fuerza de la memoria, activa desde el presente y encarnada en la palabra de Diario de Argónida…
        Y es que nos encontramos ante un Poeta, con mayúsculas, para el que la poesía no ha sido una elección, sino una “natural inclinación: la poesía es como una ocupación violenta de la memoria y la novela un largo y pausado desarrollo de esa memoria”. Sin duda, para el tiempo que nos queda, la palabra poética de Caballero Bonald es uno de los mejores alimentos. Manuel Ángel Vásquez Medel
  • La narrativa de Caballero Bonald   Expandir
  • Independientemente de su indudable valor intrínseco, un repaso por la narrativa de José Manuel Caballero Bonald sirve para otear la evolución de las distintas tendencias de la novela española de la segunda mitad del siglo XX desde una ficción que determina la configuración de universos poéticos bien personales y complejos. Su primera novela, Dos días de setiembre, posee indudables rasgos que la aproximan al Realismo Social. Tal es el caso de componentes estructurales como la reducción de los ejes espacio-temporales, la multiplicidad de personajes maniqueístas y la variedad de acciones que poseen como eje temático central la denuncia –en este caso la explotación y el conservadurismo– de una sociedad como la vinatera en una ciudad que es el trasunto de Jerez de la Frontera. Sin embargo, a pesar de estos rasgos, hay otros elementos que hacen que este relato no sea como tantos otros que componen la nómina de novelas sociales del medio siglo, y es que, a pesar de la obvia crítica expresa en el libro, la especial concepción de la memoria como motor de la creación artística y el aprovechamiento literario de las experiencias vividas en el ámbito de la infancia, van a otorgar una interesante perspectiva al narrador de un texto que, gracias a ello, supera el objetivismo de la narrativa coetánea y abre las puertas a una nueva concepción de la novela.
        Con Ágata ojo de gato, Caballero Bonald supera definitivamente el Realismo Social y nos ofrece un espléndido relato configurado como una saga familiar ambientada en un espacio telúrico como Doñana donde se funden sugerentemente las lindes de la realidad y la ficción, la cotidianeidad y el mito. Como toda obra clásica, posee no sólo validez plena, sino varias interpretaciones que van desde la ecológica a la denuncia de una condición humana bastarda e ingrata. El interesante tratamiento de los caracteres –como la inolvidable y muy literaria figura de Manuela– y las constantes y sugerentes ceremonias de confusiones donde la experiencia vivida se convierte en motor de una creación artística heredera no sólo de las aportaciones hispanoamericanas, sino de la más honda fantasía cervantina, convierten este relato en uno de los más dignos representantes de la novela española de los setenta, sin obviar el tratamiento de una lengua literaria heredera del más noble barroco expresivo.
        Su siguiente relato, Toda la noche oyeron pasar pájaros, se configura como una nueva saga familiar situada en un espacio fácilmente identificable con Sanlúcar, que pasa a ser paradigma de una Andalucía heredera de un reformismo ilustrado que anulan las fuerzas de una reacción aniquiladora. La figura del protagonista, el bien perfilado viejo Leiston, es el muy bonaldiano ejemplo del digno perdedor ante circunstancias sociales adversas. La inspiración autobiográfica y la recurrente convivencia entre lo real y lo fantástico crea una muy atrayente atmósfera narrativa potenciada por un estilo como siempre impecable.
        La misma estructura de saga familiar posee En la casa del padre, localizada, otra vez, en un ámbito fácilmente identificable con Jerez. Aunque se trate de nuevo de la ficción de la decadencia y se insista en los rasgos propios del universo bonaldiano, se observa una disminución en la tensión entre lo real y lo fantástico en aras de una potenciación de lo primero. Bien diferente es su última novela, Campo de Agramante, donde Caballero Bonald logra una muy adecuada síntesis entre estos dos polos narrativos. Lejos ya de toda denuncia política –aunque no así de la crítica–, se perfila como un nuevo bildung donde el protagonista se mueve siempre al borde de la sinrazón fantástica en las muy reales calles de Sanlúcar. Con un uso magistral de la lengua escrita, y a partir de la inspiración en la experiencia vivida, Caballero Bonald construye ahora ya un relato donde lo irreal y lo tangible conviven en un ámbito tan inquietante como atractivo en lo que es un muy representativo colofón de la novela española del XX. José Juan Yborra Aznar
  • Aguardando el tercer naufragio  Expandir
  • ació en el número 5 de la calle de Pedro Alonso, en Jerez de la Frontera, pero creció en el número 17 de la calle Caballeros, que él pensaba que se llamaba así en honor a su familia: un padre con antecedentes republicanos pero burgués, que fue acosado de tarde en tarde por los falangistas; una abuela de origen cubano, la criolla azucarera Obdulia Ramentol y un abuelo materno, Rafael Bonald, un químico francés emigrado a Jerez para trabajar en el vino. Allí reside ahora la Fundación que lleva el nombre del escritor jerezano: “El edificio original se echó abajo, se hizo un banco y después del banco, se ha adaptado a la fundación. Lo que sigue igual, es el paisaje que yo veía de niño. Me acuerdo perfectamente, porque yo he sido muy aficionado a las azoteas, a andar por ellas, a pasar de una azotea a otra, vivir la aventura de asomarme a los sitios”.
        “La guerra, yo no la viví. Yo viví la posguerra. De la guerra, no me acuerdo para nada, salvo una vez que también lo cuento, que hubo un ajetreo en mi casa, que nos asomamos a un balcón, vimos a un hombre muerto, desangrándose en la acera, después de haber oído unos disparos. Ese es el único recuerdo de la guerra que tengo. De la posguerra, sí, el hambre, el frío, el miedo. Eso se quedó absolutamente fijo en mi memoria para siempre.
        Toda mi memoria literaria arranca de la memoria de mi infancia. Esto lo he dicho yo en multitud de ocasiones y parece que está bastante visible sobre todo en mis novelas, desde la primera hasta la última. La primera, Dos días de septiembre, porque es un recordatorio hecho en la distancia, al cabo de los años, del mundo de las viñas de Jerez. Y así sucesivamente. Ágata ojo de gato es el reflejo del coto, de Doñana. No he salido de ese territorio. Yo descubro Doñana de niño. Excursiones que se hacían desde Sanlúcar, se preparaban como si fuera un safari. Entonces, pasabas todo el día, cruzabas el río, se podían hacer correrías. Jugaba a descubridor de tesoros y descubrí Doñana. Me quedé impresionado. Ahí algo raro me ocurrió. Yo ahí descubrí como un fermento de una experiencia olvidada. Una cosa muy rara. Y siempre volvía. Me ocurría al principio que las tres o cuatro veces primeras que fui al coto, medio me perdía y siempre volvía al mismo sitio, lo que ya es una cosa bastante mágica. Entre ocho o diez años. Y luego he vuelto mucho por el Coto, cada vez que he podido me he escapado. El Coto nunca se conoce. Yo no puedo decir que yo conozca el Coto. El Coto es un mundo impenetrable en muchos aspectos. Además, los biotopos son tan diversos que puedes pasar del desierto al bosque, o las lagunas y la marisma. Incluso las estaciones son extremadamente cambiantes. En verano, es un erial. No se ve nada, ni un pájaro, ni un bicho. Y en invierno es un mundo efervescente, lleno de vida”.
        Varios miembros de su familia decidieron permanecer acostados los últimos años de su vida, como también le ocurriese al escritor Juan Carlos Onetti: “Él se murió en la cama, después de no querer levantarse durante muchos años. Yo tenía cinco Bonald, que eran tumbaditos; Caballero, ninguno. Una tía, un tío, un abuelo, un primo y una prima. Todos acostados. Además, que decidían quedarse en la cama por razones absolutamente irrisorias, que no se sentían bien, durante años y años, como mi tío Felix, que era rico, farmacéutico y también bodeguero, de una bodega maravillosa que había en Jerez, eso se perdió. La vendió de mala manera para cubrir deudas de la farmacia porque los mancebos acababan con la farmacia”.
        Mientras tanto, el niño José Manuel acudía al colegio del Pilar, regido por los marianistas, y al Instituto de la Calle Porvera, mucho antes de estudiar Náutica en Cádiz y Filosofía y Letras en Sevilla:  “Interrumpí mis estudios de Náutica, porque me puse tísico como todos los muchachos de aquella época. La última asignatura, astronomía y navegación, no la aprobé. Bueno, no me presenté”.
        El joven Caballero Bonald fue lector de tebeos –Flash Gordon, Mandrake–, pero sobre todo de novelas de Emilio Salgari, Stevenson, Melville, Joseph Conrad, Julio Verne o Jack London. Militó en el grupo Platero, le atrajo Góngora, Rafael Alberti, Rimbaud y Baudelaire. Y fue capaz de decapitar la estatua del padre Coloma y coquetear con Falange en sus años imberbes: “Le ocurría a todos los niños de aquella época, a quienes les daban a elegir entre ser pelayos, que eran requetés, o ser flechas. Fui un día a una excursión que organizó la Falange y que fue para mí de memoria terrible, porque me dio una insolación por las calles de Fuentebravía, se llama ahora, una zona de El Puerto. Nos tuvieron andando todo el día y caí redondo, medio desmayado con una insolación. Esa fue mi única experiencia de la militancia como flecha”. Pero pronto habría de comprometerse decididamente con el Partido Comunista, aunque nunca tuviera carné, tras acompañar en su disidencia a Dionisio Ridruejo, “un perdedor con mucho encanto, una persona muy sugestiva”.
        Manuel Fraga Iribarne, cuando ocupaba el ministerio de Información y Turismo, prohibió su nombre impreso, pero él siguió publicando, tanto poemas, como novelas o ensayos como Luces y sombras del flamenco, fruto de una larga pesquisa, grabadora en ristre, por la geografía del jondo: “No lo he dejado, no. Me he apartado un poco del flamenco, eso es todo –arguye ahora–. No estoy desentendido, distanciado. El flamenco de hoy, las fusiones y todo eso, yo las respeto y me parece perfectamente legítimo que se hagan esos experimentos musicales. Además, el flamenco es la libertad por definición, cada uno puede aprovechar el flamenco como quiera. Pero me queda un poco más a trasmano, sigo pensando que el flamenco es el flamenco cuyos últimos representantes viven todavía, El Agujetas, Terremoto Hijo... Todo lo que se acerca a Ketama, me gusta pero es otra cosa”.
        Su estética le aproximaba a Espronceda, a quien glosó: “Espronceda, como rebelde, como insumiso, desobediente a la sociedad y a la política de su tiempo. Espronceda fue de extrema izquierda en su tiempo. Como personaje, más que como poeta. A mí me gustaba pensar en Espronceda cuando yo estaba actuando en aquella atmósfera clandestina dentro de cierto contacto romántico”.
        Fue rompiendo amarras con el Jerez de los señoritos: “Eso era para mi un mundo único, muy dificilmente equiparable a cualquier otra sociedad española. Era una frontera clarísima de una sociedad exquisita, educada en Londres, que se compraba sus trajes y sus camisas en la City y al mismo tiempo era ignorante. Era la ignorancia y la sublimación de la educación. Las casas de estos señores de Jerez eran magníficas, con un gusto extraordinario, decoradas, pero no habían leído un libro en su vida y la cultura le sonaba a un peligro, algo peligroso que había que descartar de la vida cotidiana. Esa sociedad, que ha ido desapareciendo, yo la vivía. El señorito de verdad de Jerez era todo un personaje”.
        Pronto, se encontró con América, estableciéndose en Bogotá, la capital de Colombia: “Mis grandes maestros novelísticos han sido latinoamericanos. Me he vinculado siempre a América, porque mi padre era cubano y porque he vivido allí tiempo. Carpentier, Rulfo, Onetti, Lezama Lima, esos son mis maestros. ¿Se puede hablar de realismo en Pedro Páramo o en Paradiso de Lezama? No me gusta la definición de realismo mágico, pero sí la creación de un mundo cuya conexión con la realidad es por lo menos ambigua. Carpentier mismo acuñó el término de lo real maravilloso, en el sentido francés de meveilleux, lo exhuberante, lo extraordinario, la realidad extraordinaria que se ve en cualquier parte de América y que en el coto, quizá por eso pueda haber cierta afinidad, me parecía que podía ser un sitio exótico para el lector normal, ese mundo inesperado, desconocido, ignorado por la mayoría de la gente y yo quise ahí indagar en esa realidad y salió, naturalmente, una realidad extraordinaria. Me gusta más la realidad extraordinaria que el realismo mágico”.
        Allí, escribe su primera novela, que no escapa a la férrea impronta andaluza que rige sobre toda su obra: “En mi historia personal con Andalucía, hay una cosa importante, que es el paisaje. El paisaje de las viñas, pero también el de la sierra de Cádiz, el del Coto, que es un paisaje cultural. Más que un paisaje bello, lleno de hermosuras, no es un paisaje espectacular, no es una vista panorámica. Pero veo qué es lo que ocurrió aquí a través de la historia y sobre todo a través del descubrimiento de América, los trasiegos de Colón, la carrera de Indias, los barcos naufragando por aquí. Ahí enfrente, hay documentados 600 naufragios. Eso está lleno de oro, hundido en el fango, para siempre, imposible de recuperar”.
        En ese confín recóndito, temendo y amable, en la desembocadura del Guadalquivir, frente a Sanlúcar, Caballero Bonald afirma que las tormentas traen el ruido de las cuadernas de los barcos hundidos, chocando con los bajíos y el malandar: “He naufragado aquí en una ocasión y otra vez navegando en Colombia. La gente del mar dice que quien naufraga tres veces se hace inmortal. Así que espero que el tercer naufragio me llegue pronto”. Juan José Téllez
  • Infancia jerezana  Expandir
  •     Las fronteras de la infancia suelen coincidir con las del verano (...) En la casa de la jerezana calle Caballeros donde nací –y donde viví hasta los diecisiete años– había una escalera que conducía directamente a una ciudad solar (...) La escalera de que hablo subía hasta la azotea y desde allí se dominaba un deslumbrante paisaje de techumbres, plataformas y torretas asomadas a esa zona de Jerez que constituye el eje ideográfico de mi primera memoria (...) La azotea era el sucedáneo territorial de mis primeras inocentes libertades. Me resultaba mucho más difícil bajar a la calle que subir a la azotea...
        De niño, me gustaba mucho ojear un álbum de fotografías ya medio estragadas que había en mi casa de Jerez, algunas de ellas con aspecto de daguerrotipos trucados, donde aparecía la abuela Obdulia bajo los porches de un patio colonial o junto al trapiche de un ingenio azucarero o entre la maraña de los manglares durante una merienda playera. A mí me parecía una mujer hermosa, muy blanca de piel, con labios de mulata.

    José Manuel Caballero Bonald
    De Tiempo de guerras perdidas.
  • Versículo del Génesis  Expandir
  • Por las ventanas, por los ojos
    de cerraduras y raíces,
    por orificios y rendijas
    y por debajo de las puertas,
    entra la noche.
     
    Entra la noche como un crimen
    por las rompientes de la vida,
    recorre salas de hospitales,
    habitaciones de prostíbulos,
    templos, alcobas, celdas, chozos,
    y en los rincones de la boca
    entra también la noche.
     
    Entra la noche como un bulto
    de mar vacío y de caverna,
    se va esparciendo por los bordes
    del alcohol y del insomnio,
    muerde las manos del enfermo
    y el corazón de los cautivos,
    y en la blancura de las páginas
    entra también la noche.
     
    Entra la noche como un vértigo
    por la ciudad desprevenida,
    baja a los sótanos más tristes,
    repta detrás de los cobardes,
    ciega la cal y los cuchillos,
    y en el fragor de las palabras
    entra también la noche.
     
    Entra la noche como un grito
    por la angostura de los muros,
    propaga espantos y vigilias,
    late en lo hondo de las piedras,
    abre sus últimos boquetes
    entre los cuerpos que se aman,
    y en el papel emborronado
    entra también la noche.


    José Manuel Caballero Bonald
    De Las adivinaciones.
  • Cronología.   Expandir
  • 1926    Nace el 11 de noviembre en Jerez de la Frontera (Cádiz).

    1936-1943   Estudia en el colegio de los Marianistas de Jerez. Guerra Civil española. Pasa temporadas en la Sierra de Cádiz y en Sanlúcar de Barrameda. Primeras lecturas: E. Salgari, R. L. Stevenson, Espronceda...

    1944-1948   Estudios de Náutica en Cádiz. Primeros poemas. Entabla relación con los miembros de la revista gaditana Platero. Servicio militar en la Milicia Naval Universitaria. Afección pulmonar que le obliga a pasar una temporada en el campo de Jerez.

    1949-1952   Estudia Filosofía y Letras en Sevilla. Relación con el grupo cordobés de la revista Cántico. Prosigue sus estudios en Madrid y trabaja en la I Bienal Hispanoamericana de Arte. Primer libro de poesía, Las adivinaciones.

    1953-1959   Se publican Memorias de poco tiempo (1954) y Anteo (1956). Aparece El baile andaluz (1957). Secretario y luego subdirector de Papeles de Son Armadans. Primeras actividades clandestinas. Vive en París seis meses. Publica Las horas muertas (1959), premio Boscán y de la Crítica.

    1959-1962   Relación con los poetas del grupo del 50. En 1959 asiste en Collioure (Francia) al XX aniversario de la muerte de Antonio Machado. Enseña Literatura Española y Humanidades en la Universidad Nacional de Colombia. El grupo colombiano de la revista Mito le edita El papel del coro (1961). Viaja por Hispanoamérica. Primera novela, Dos días de septiembre (1962), premio Biblioteca Breve.

    1963-1964   Regresa a España y realiza trabajos editoriales. Detenido por motivos políticos. Publica el poemario Pliegos de cordel (1963) y el libro de viajes Cádiz, Jerez y los Puertos (1963).

    1965-1968
       Pasa una temporada en Cuba. Integra la comisión organizadora del homenaje a Antonio Machado en Baeza (1966). Publica Narrativa cubana de la Revolución (1968). Es detenido nuevamente.

    1969-1970   Publica su poesía completa, Vivir para contarlo (1969), y el Archivo del cante flamenco, que obtiene el Premio Nacional del Disco. Viajes por diversos países europeos. Su libro Dos días de septiembre, traducido al francés y al checo, es editado también en rumano

    1971-1972   Empieza a trabajar en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española, donde permanecerá hasta 1975. En 1973 es nombrado director literario de Ediciones Júcar, cargo que ocupará hasta 1975. Imparte cursos y asiste a simposios literarios.

    1973-1975   Aparece Ágata ojo de gato (1974), premio Barral (al que renuncia) y de la Crítica. Enseña Literatura Española Contemporánea en el Centro de Estudios Hispánicos del Bryn Mawr College (1974-1978). Publica Luces y sombras del flamenco (1975). Interviene en la constitución de la Junta Democrática y es procesado ante el Tribunal de Orden Público. Viaja nuevamente a Cuba.

    1976-1977   Largas temporadas en Sanlúcar de Barrameda. Aparece Descrédito del héroe (1977) y recibe otra vez el premio de la Crítica. Publica Cuixart (1977).

    1978-1979   Presidente del PEN Club español (hasta 1980). El Centro Dramático Nacional estrena su version de Abre el ojo (1959), de Rojas Zorrilla. Publica la antología Poesía, 1951-1977 (1979). Ágata ojo de gato es traducida al rumano. Viaja por Hispanoamérica. Recibe el premio Pablo Iglesias de las Letras.

    1980-1982
       Breviario del vino (1980). Toda la noche oyeron pasar pájaros (1981) merece el premio Ateneo de Sevilla. Se hace cargo de una antología poética de Góngora (1982). Participa en cursos y conferencias en distintas universidades americanas.

    1983-1984   Antología poética Selección natural (1983) y Laberinto de Fortuna (1984).

    1985-1988
       Nueva estancia en Estados Unidos. Publica Los personajes de Fajardo (1986) y De la sierra al mar de Cádiz (1988). Galardón poético Ibn-al-Jatib. Publica En la casa del padre (1988). Premio Plaza y Janés.

    1989-1992   Se publica la antología poética Doble vida (1989) y los libros Andalucía (1989), Botero: la corrida (1990) y Sevilla en tiempos de Cervantes (1992). Publica Doce poemas (1991) y España: Fiestas y ritos (1992). Primera edición de la novela Campo de Agramante (1992).

    1993-1994   Premio Andalucía de las Letras. Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. La Compañía Nacional de Teatro Clásico estrena su versión de Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina (1994). El Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda le dedica una calle.

    1995-1997   Primer tomo de sus memorias: Tiempo de guerras perdidas (1995). El imposible oficio de escribir (1997), antología poética. Se crea la Fundación Caballero Bonald. Hijo Predilecto de Andalucía. Publica el poemario Diario de Argónida (1997) y España (1997).

    1998-2000   Publica la antología poética Poesía amatoria (1999) y la selección de textos Copias del natural (1999). Hijo Predilecto de la provincia de Cádiz. Medalla de oro del Círculo de Bellas Artes y premio Julián Besteiro de las Artes y Letras. Hijo Predilecto de Jerez.

    2001-2003   Segundo volumen de sus memorias: La costumbre de vivir (2001). En 2002 publica el libro de prosas Mar adentro y el estudio José de Espronceda. En 2003 escribe los guiones de la serie documental ‘Andalucía es de cine’ y publica Antología personal.

    2004    Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cádiz. Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Publica Somos el tiempo que nos queda.
 
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