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- CABEZAS DE SAN JUAN, LAS
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  • El Pronunciamiento de Riego  Expandir
  • El 1 de enero de 1820 por las calles de la localidad sevillana de Las Cabezas desfiló triunfante el teniente coronel asturiano Rafael de Riego, al mando de una fuerza expedicionaria que tenía como destino el polvorín de las colonias americanas. Era el comienzo de un pronunciamiento constitucionalista, “el primer triunfo del liberalismo español en lucha abierta”, según escribe José Luis Comellas García-Llera en Los primeros pronunciamientos en España (1814-1820), que se extendería por toda la geografía andaluza y española, y concedería a los liberales la oportunidad de ejercer el poder no de forma teórica, como en las Cortes de Cádiz, sino práctica. La insurrección, en un periodo calificado por Juan Valera como un “continuo tejer y destejer, pronunciamientos y contrapronunciamientos, constituciones que nacen y mueren; leyes orgánicas que se mudan apenas ensayadas (…)”, se fraguó en un clima de descontento generalizado por el deficiente gobierno del país –se hablaba de la necesidad de organizar el ejército, de los vicios y entorpecimientos en la administración de la Hacienda y de la Justicia, de las trabas a la agricultura, el comercio y la industria– y la crisis económica, acuciada, entre otras muchos factores, por la cuestión agraria. Todo ello sin menoscabo de otras circunstancias: el malestar de los guerrilleros que habían combatido en la Guerra de la Independencia por el trato vejatorio que recibían de Fernando VII y, por supuesto, la desilusión de los liberales de 1814 y de aquellos que pensaron de buena fe que el Rey cumpliría las promesas hechas en su retorno a España.
        Unidos todos los elementos reseñados, se empezó a ver en el ejército expedicionario el instrumento ideal para protagonizar un levantamiento con probabilidades de éxito que diera nuevos bríos al sistema político español. La ocasión se presentó con la fuerza que se hallaba reunida en Cádiz al objeto de combatir el levantamiento independentista de Ultramar. Fernando VII, que pudo sortear los intentos del líder guerrillero Espoz y Mina y de los generales aureolados de romanticismo Díaz Porlier y Lacy, debió sobresaltarse el día en que desde Las Cabezas de San Juan, a unos 60 kilómetros de la capital gaditana, le llegó la noticia de que un numeroso ejército inmovilizado en el pueblo sevillano a la espera de embarcar con rumbo a América –un momento que no llegaba por falta de barcos– prestó oídos a las pretensiones del aguerrido Rafael de Riego, quien ya había entrado en contacto con grupos liberales de Cádiz dispuestos a poner a su disposición medios para pronunciarse. La conspiración civil en la que se implicaron personajes llamados a desempeñar cargos de responsabilidad política, como Francisco Javier Istúriz y Juan Álvarez Mendizábal, agentes de intereses gaditanos, se fundió con el pronunciamiento militar.
        Aunque la fortuna no acompañó a Riego en su deseo de tomar Cádiz, el rumor extendido de sus hazañas animó a otras tropas, también dispuestas a partir a América desde Ferrol, La Coruña o Vigo, a rebelarse. Después de tres meses de campaña, Riego consiguió una victoria sin paliativos, ante la indolencia y la escasa capacidad de reacción de Fernando VII, así como por la pasividad de la población. De esta forma, el Deseado, como fue bautizado en el momento de su entronización, no tuvo más remedio que jurar la Constitución de 1812. Símbolo del liberalismo revolucionario español, las heroicas andanzas de Rafael de Riego, ya general, terminaron cuando con ocasión de la invasión de los Cien mil hijos de San Luis fue traicionado y apresado por las tropas galas en el cortijo jiennense de Arquillas, en plena Sierra Morena, en 1893. Conducido a Madrid, fue juzgado por traición y ahorcado en la plazuela de la Cebada, de forma ignominiosa. Javier Vidal Vega
 
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