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TÉRMINO
- CáNOVAS DEL CASTILLO, ANTONIO
  ANEXOS
 
  • Cánovas y Málaga  Expandir
  • Qué hay, qué queda de Canovas del Castillo en Málaga? Fue su más insigne Hijo del siglo XIX, declarado Predilecto en 1891, pocos años antes de su muerte, y demostró siempre un gran amor por su ciudad natal. A ella dedicó, meses después de abandonarla, aquellos versos llenos de nostalgia, ‘Memorias de Málaga’, para él “...una ciudad como ninguna...”. El Puerto y el Parque, entre otras obras, se deben a él, dando un cambio a la fisonomía y a la vida de la ciudad. Sus cartas, sus donaciones, sus influencias, sus visitas confirman lo que escribiera a un amigo “como hijo de Málaga y representante de Málaga, nada de lo que ahí ocurra puede serme indiferente”. Primero como diputado por Málaga en las Cortes Constituyentes de Madrid, después como ministro, presidente del Gobierno e incluso Jefe del Estado, siempre con Málaga. Aunque obligaciones de estado le mantenían lejos de su patria chica, la frecuentaba para compartir con sus amigos y para gozar de su clima.
        Una de las instituciones malagueñas que más correspondencia recibió de Cánovas fue la Sociedad Económica de Amigos del País, centro cultural por antonomasia en la Málaga del siglo XIX. Al carecer de Universidad, la Sociedad Económica, instalada ya en la Casa del Consulado, en la Plaza de la Constitución, disponía de la mejor biblioteca de la ciudad. Y Cánovas le hizo importantes donaciones de obras y colecciones de periódicos procedentes de su biblioteca particular.
        En el Libro de Actas de la Sociedad Económica se recogen los acuerdos de la sesión del 18 de noviembre de 1885 y en ella se da cuenta de la carta de Cánovas remitiendo una larga lista de obras de su biblioteca particular porque quería donarlas. En el acta se hace notar que “así como se cuida de fomentar la biblioteca de la Sociedad, ha dado también preferencia a la continuación de las obras del puerto y dará a cuanto se relacione con la prosperidad de Málaga”. Y en la sesión del 22 de febrero de 1886, se dice que Cánovas hizo un donativo de 232 obras científicas, literarias y artísticas de varios autores y las colecciones de nueve publicaciones periódicas de igual índole. “Total, 405 volúmenes impresos de gran interés y utilidad para el pueblo de Málaga”. Como agradecimiento la Junta Directiva de la Sociedad le concedió la mayor distinción a su alcance y le otorgó el nombramiento de Socio de Mérito, a cuyo efecto se le extendió y remitió el correspondiente diploma.
        Entre los escritos que nos dejó Canovas, y que solamente existen en Málaga, figuran los artículos y poesías que publicó en La Joven Málaga, Periódico joco-serio de literatura, periódico creado por él cuando tenía solo 17 años. La colección consta de 14 números, cuya primera entrega apareció el día 6 de abril de 1845 y la última fechada en julio de 1845. Canovas se marchó poco después a Madrid. Aunque los biógrafos afirman que fue “una publicación fantasmal, desvanecida sin dejar huella en hemeroteca o archivo alguno”, puedo afirmar que existe una colección, de la que poseo fotocopia del original. Es un documento único de sumo interés, porque en La Joven Málaga aparecen los primeros escritos de quien fue un gran hombre de estado. No tendrán gran valor literario, porque fueron escritos cuando era muy joven, pero dan a conocer sus ideas y pensamientos primeros, base y principio de quien tuviera una vida polifacética, que cubrió la etapa más importante de la historia de España del siglo XIX.
        Se inicia el primer número con una introducción, “Dos palabras a nuestros lectores por vía de introducción”, un artículo largo, cargado de citas eruditas, muy retórico y algo barroco, como todo cuanto escribe Cánovas. Es su estilo, que ya aflora en este primer trabajo. Comienza con una cita del ‘Bernardo’, poema épico del ilustre obispo y poeta manchego Bernardo de Balbuena, en la que aparecen las pretensiones de un joven ambicioso: “A alcanzar con mi pluma a donde quiero fuera Homero el segundo, yo el primero”. Tras unas consideraciones relacionadas con la cita, hace alusión al entusiasmo con que inicia la publicación: “Jóvenes nosotros también, dotados sinó (sic) de iguales talentos al menos de su mismo entusiasmo, fortalecidos con la antedicha halagüeña idea, y teniendo en cuenta principalmente lo grande de nuestro intento y los brillantes resultados que puede producir...” Y termina esta introducción señalando el propósito de su proyecto, que no es solo suyo, sino del grupo de amigos que lo está poniendo en marcha: “solo es nuestro objeto hacer de este periódico un centro común de todo el saber y de todos los adelantos de la juventud Malagueña, y estimularla, si posible es con nuestro ejemplo...”
        En La Joven Málaga también fueron publicadas las primeras poesías de Canovas. Hay un soneto titulado ‘En el cementerio’, donde reflexiona sobre la muerte, y a continuación sigue otro poema, ‘Bacanal’, propio de un muchacho que aspira a “saber vivir”. Otros poemas: ‘La vuelta del Cruzado–Cuento’ , ‘Letrilla’, ‘Celos’, ‘Un festín’. Largos poemas, a veces con mas de 140 versos. Su poesía es íntima, personal, expresión de sus sentimientos, “mis poesías están hechas para el gasto de casa, es decir, para expresar las emociones íntimas de la vida....” Ninguna de éstas ha sido publicada en el tomo de las Obras Completas dedicado a su obra poética (Tomo V), seguramente porque ni el mismo Canovas las conservó.
        ¿Y Málaga, qué ha hecho por Canovas? ¿Qué deudas hay pendientes? Por ahora, solamente hay una estatua dedicada a él, ubicada al comienzo de la calle que lleva su nombre. Realizada por el escultor Martínez Labrador, fue inaugurada en el año 1975, después de haber estado varios años escondida en los almacenes municipales. Pero los restantes acuerdos del Ayuntamiento del 6 de marzo de 1891 esperan mejor ocasión, como por ejemplo la lápida conmemorativa en el Salón de Plenos. Y queda pendiente el ambicioso proyecto sobre el Guadalmedina.
        En cuanto a la Casa Natal en la calle Nuño Gómez, por fin, cien años después de su muerte, la adquirió el Ayuntamiento junto a las colindantes; pero no resistió el paso del tiempo y tuvo que ser derruida por vieja y ruinosa. Hay un proyecto noble, parece que con voluntad de que sea realidad: Edificar en dicho solar (1.000 m2, planta más primera) un Centro de Estudios Canovistas, para que los estudiosos puedan encontrar lugar adecuado y con los medios suficientes donde conocer y difundir la figura y la obra de tan ilustre malagueño.

    LUCIANO GONZÁLEZ OSSORIO
  • Cronología.   Expandir
  • 1828    Nace en Málaga, el 8 de febrero, en el seno de una familia de clase media con tradición liberal.

    1843 
       Muere su padre, Antonio Cánovas García, maestro.

    1845  
      Inicios como escritor y periodista. Funda y redacta el semanario La joven Málaga. Marcha a Madrid.

    1847 
       Inicia estudios de Derecho y Filosofía y Letras, que concluye en 1851 y que se costea trabajando en la administración del ferrocarril Madrid-Aranjuez.

    1848    Ingresa en el Ateneo de Madrid, donde será tres veces presidente, en 1870, 1882 y 1892.

    1850    Dirige el diario La Patria, conservador pero opuesto a Narváez.

    1852    Publica la novela histórica La Campana de Huesca.

    1854 
       Interviene en la Revolución de 1864 y es el principal redactor del Manifiesto de Manzana-res, pero pronto se aleja de los proguesistas. Diputado por Málaga. Aparece su Historia de la decadencia española.

    1855  
      Inicia su estancia de dos años en Roma, con un cargo oficial, agente de preces ante la Santa Sede, en ese momento única representación española.

    1857  
      Gobernador civil en Cádiz.


    1858  
      Director general de Administración y al año siguiente subsecretario de Gobernación.

    1861    Contrae matrimonio con Concepción Espinosa de los Monteros, que muere pronto de tubercolosis y sin descendencia.

    1864    Ministro de Gobernación y al año siguiente ministro de Ultramar.

    1866    Opuesto a Narváez, es desterrado y reside en Carrión de los Condes y en Palencia ciudad.

    1869
        Elegido diputado en las Constituyentes, tras la revolución Gloriosa vota a favor de la Constitución liberal de ese año aun sin estar plenamente de acuerdo con ella. Publica Bosquejo histórico de la casa de Austria.

    1873
        Jefe de la minoría parlamentaria favorable al nombramiento del futuro Alfonso XII, hijo de la destronada Isabel II, como rey.

    1874    Planifica la vuelta de la monarquía borbónica, que quiere que sea por un movimiento civil (Mani-fiesto de Sandhurst), aunque se le adelanta el general Martínez Campos con el pronunciamiento de Sagunto. No obstante, presidirá el Ministerio-Regencia.

    1876    Impulsa la Constitución de 1876, la de mayor duración hasta ahora en la historia del constitucionalismo español. Con breves interrupciones se mantiene en el poder hasta 1881.

    1884    Vuelve a liderar el gobierno en enero de 1884 y se mantiene en él hasta la muerte de Alfonso XII en noviembre de 1885.

    1885  
      Contrae nuevas nupcias con la aristócrata Joaquina de Osma.

    1889    Aparece su obra Estudios del Reinado de Felipe IV.

    1890    Regresa a la jefatura del gobierno, pero cesa a finales de 1891, con el partido conservador escindido entre canovistas y silvelistas.

    1892    Preside el I Congreso de Americanistas celebrado en La Rábida.

    1895    El 25 de marzo inicia el que sería su último periodo al frente del gobierno. Endurece su política.

    1897
        El 8 de agosto, cuando descansa en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa), es asesinado de tres disparos que le causan la muerte en el acto a manos del anarquista italiano Michele Angiolillo. Su notable biblioteca y archivo son adquiridos poco después por el coleccionista José Lazaro Galdeano.
  • El escritor Cánovas del Castillo  Expandir
  • El malagueño Antonio Cánovas del Castillo, presumiblemente, no hubiera trascendido a la historia como escritor de primera fila, pero su obra da testimonio de su alcance creativo, parejo a la práctica de un humanismo asiduo en su conducta y una pesquisa intelectual que fue pareja a su función pública. Pero su perfil político, en cualquier caso, oscureció su personalidad literaria.
        A lo largo de sus setenta años de vida, tuvo tiempo para ser miembro de la Academia de la Historia, o ejercer como periodista controvertido y literato que siempre apuntó maneras. De entre su obra, descuella una biografía de su tío, Serafín Estébanez Calderón, quien prologó su novela histórica La campana de Huesca (1852). Entró en polémica con Juan Valera por su ensayo La libertad en las artes, recogido en Estudios literarios (1868). Para el teatro escribió un juguete cómico-lírico, ocultándose bajo el pseudónimo Vascano. Su mejor literatura, sin embargo, estuvo contenida en un género que no siempre se aprecia en su valía: el de la oratoria.

    JUAN JOSÉ TÉLLEZ
  • Manifiesto de Sandhurst de Alfonso Borbón  Expandir
  • Por virtud de la espontánea y solemne abdicación de mi augusta madre, tan generosa como infortunada, soy único representante yo del derecho monárquico en España. Arranca éste de una legislación secular, confirmada por todos los precedentes históricos, y está indudablemente unida a las instituciones representativas, que nunca dejaron de funcionar legalmente durante los treinta y cinco años transcurridos desde que comenzó el reinado de mi madre hasta que, niño aún, pisé yo con todos los míos el suelo extranjero.
        Huérfana la nación ahora de todo derecho público y privada de sus libertades, natural es que vuelva los ojos a su acostumbrado derecho constitucional y a aquellas libres instituciones que ni en 1812 le impidieron defender su independencia ni acabar en 1840 otra empeñada guerra civil. Debióles además, muchos años de progreso constante, de prosperidad, de crédito y aun de alguna gloria; años que no es fácil borrar del recuerdo cuando tantos son todavía los que los han conocido.
        Por todo esto, sin duda, lo único que inspira ya confianza en España es una monarquía hereditaria y representativa, mirándola como irremplazable garantía de sus derechos e intereses desde las clases obreras hasta las más elevadas.
        En el entretanto, no sólo está hoy por tierra todo lo que en 1868 existía, sino cuanto se ha pretendido desde entonces crear. Si de hecho se halla abolida la Constitución de 1845, hállase también de hecho abolida la que en 1869 se formó sobre la base inexistente ya de la Monarquía.
        Si una Junta de Senadores y diputados, sin ninguna forma legal constituida, decretó la República, bien pronto fueron disueltas las únicas cortes convocadas con el deliberado intento de plantear aquel régimen por las bayonetas de la guarnición de Madrid. Todas las cuestiones políticas están así pendientes, y aun reservadas, por parte de los actuales gobernantes, a la libre decisión del porvenir.
        Afortunadamente la Monarquía hereditaria y constitucional posee en sus principios la necesaria flexibilidad y cuantas condiciones de acierto hacen falta para que todos los problemas que traiga su restablecimiento consigo sean resueltos de conformidad con los votos y la conveniencia de la nación.
        Por mi parte, debo al infortunio estar en contacto con los hombres y las cosas de la Europa moderna, y si en ella no alcanza España una posición digna de su historia, y de consuno independiente y simpática, culpa mía no será ni ahora ni nunca. Sea la que quiera mi propia suerte ni dejaré de ser buen español, ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal.


    Después de conseguir la abdicación de la reina Isabel II a favor de su hijo Alfonso, Cánovas del Castillo redactó un manifiesto que el príncipe envió a España el 1 de diciembre de 1874 desde el colegio inglés de Sandhurst, donde estudiaba. En el Manifiesto de Sandhurst, documento que prepara la restauración borbónica, el futuro rey promete un gobierno plenamente constitucional y la ausencia total de represalias.
  • ¿De qué raza son los conservadores?  Expandir
  •     ¿…hay alguien que crea en esta Cámara que los hombres que profesamos ideas conservadoras las profesamos por algún capricho, por alguna manía, por algún interés de raza o por algún interés de privilegio? ¿De qué raza soy yo, de que raza son los conservadores actuales? En su mayor parte somos del pueblo: amamos la libertad; la amamos porque a ella debemos cuanto somos y cuanto hemos sido, porque nada podremos ser sin la libertad; pero queremos la libertad posible, queremos la libertad que conviene a la generalidad de la nación, no la libertad absoluta que temerariamente defienden otros…
        ¿No somos todos, por regla general y con cortas excepciones, cual he dicho, hombres igualmente del estado llano, amantes del sistema liberal, que tenemos necesidad del sistema liberal, porque el sistema liberal es el complemento en que nuestra personalidad puede desarrollarse? Pero al apreciar las circunstancias del país y la libertad que puede tener, y las instituciones que le convienen, y la forma mejor de organizar tales instituciones, lealmente nos dividimos en muchos grupos diferentes.


    Antonio Cánovas del Castillo.

    De Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes 3-7-1867.
  • El sistema canovista   Expandir
  • En la práctica, el sistema canovista consiste en la alternancia de dos partidos en el poder, de acuerdo con la decisión, el arbitraje de la Corona, y no con el veredicto de las urnas, con la opinión de los ciudadanos expresada en las elecciones. Cánovas era plenamente conscien­te de que hacer de la Corona el intérprete último de la voluntad y el interés de la mayoría resultaba algo anormal en un sistema representativo. También señala los peligros que entrañaba, pero considera que era la mejor solución –la única– para asegurar la alternancia, dada la inexis­tencia de un cuerpo electoral independiente en el país –al menos, desde hacía treinta años–, como demostraba palmariamente el constante triunfo gubernamental en las elecciones. Confiaba en que, con el tiempo, el electorado se emanciparía de la agobiante presión oficial y la situación se normalizaría.
        El sistema funciona gracias a la formación de dos partidos: el conservador dirigido por el mismo Cánovas y el liberal, cuyo jefe era Sagasta, que empiezan a alternar en el poder a partir de 1881. Cánovas, que había estado al frente del gobierno entre 1875 y 1881 –salvo dos pequeños paréntesis– vuelve a recobrar el poder a comienzos de 1884 y lo retiene hasta la muerte de Alfonso XII, al finalizar el año siguiente. En aquella circunstancia –fuente de inquietudes e incertidumbres–, Cáno­vas facilita la continuidad de la monarquía abandonando voluntariamente el poder en manos de los liberales, que se convierten en los mejores guardianes de las instituciones. En la última década del siglo, Cánovas ocupa de nuevo el gobierno en dos períodos: entre 1890 y 1892 –etapa en la que sufre la disidencia de Francisco Silvela y una honda crisis en el partido conservador– y, por última vez, desde 1895 hasta su muer­te, en medio ya de la guerra iniciada en Cuba en aquel mismo año.

    CARLOS DARDÉ MORALES
  • El gran pecado de nuestra Historia  Expandir
  • En vano se busca en la Inquisición, en la amortización, en la exageración del principio monárquico, en los defectos de los reyes, en la incapacidad de sus privados o ministros, la única causa de nuestras desgracias: hay ahí muchos vanidosos sofismas de secta o escuela, numerosas preocupaciones de ignorancia, postulados de la razón, cuando más, que no responden a los desnudos hechos. Nuestras instituciones antiguas no fueron perfectas, como tampoco en parte alguna; ni han sido grandes y honrados políticos todos los que han gobernado hasta ahora, que tamaña dicha no la ha alcanzado ninguna nación jamás. Pero el pecado, el gran pecado de nuestra Historia, no es individual, sino nacional, y eso se ve en que, desdichadamente, existe aún y ha sobrevivido a tantísimas mudanzas o revoluciones. Sepámoslo de una vez: nuestra en gran parte nativa pobreza, nuestra falta de espíritu de economía, nuestro desorden administrativo, así en lo público como en lo particular, nuestra prodigalidad viciosa, la desproporción, en fin (y desdeñen por sencilla esta razón quieran los retóricos), entre nuestras fuerzas y nuestros intentos, bastarían por sí solos para explicar los fracasos del sagaz y concienzudo Felipe II; la inercia de Felipe III y de Lerma, que no tenía sino un mérito entre defectos enormes: la prudencia; las catástrofes, en fin, que padecimos con Felipe IV y su privado o primer ministro el Conde-Duque, el cual no cometió falta más grave que la de no resignarse con el tiempo a renunciar la gran posición que artificialmente mantenía España en Europa: posición que no debiera resistir al menor embate y resistió milagrosamente muchos años y muy grandes de la inestable fortuna. En harto menores intentos sucumbió con Felipe V, Alberoni; tan sólo en empresas más proporcionada a nuestro tesoro y nuestra población, Felipe V y Carlos III luego triunfaron. Pero sobrevino la revolución moderna en tanto, y a mí, que soy también de sus hijos, me cuesta dolor confesar que entonces fue cuando salimos ya del todo, no sé si para siempre, del cauce universal del progreso, porque ella no ha sido entre nosotros pasajero fenómeno, sino el estado normal de tres cuartos de siglo.

    Antonio Cánovas del Castillo.

    De Solitario II (1883).
 
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