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CáNOVAS DEL CASTILLO, ANTONIO

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(málaga, 1828-santa águeda, guipúzcoa, 1897).  Político e historiador. Nace en Málaga el 8 de febrero de 1828, siendo el primogénito de seis hermanos, uno de los cuales muere en la primera infancia. Su padre, Antonio Cánovas García, natural de Orihuela (Murcia) y maestro de profesión, forma parte del partido progresista malagueño. Su madre, Juana del Castillo Ibáñez, pertenece a una fami­lia de ilustres antecedentes, ya que su progenitor, Juan José del Castillo, mayor de la plaza de Málaga, había muerto gloriosamente en defensa de la ciudad frente a los invasores franceses, en 1810. No obstante, sus medios económicos eran escasos.

La muerte del padre, en 1843, agrava la situación de relativa escasez económica en que la familia había vivido siempre. Cánovas, que ya había realizado sus primeros estudios, obtiene la plaza de ayudante en el Colegio de San Telmo, dependiente de la Junta de Comercio. Además de este trabajo y de continuar con sus estudios, durante los dos años siguientes, publica algunos artículos y llega a fundar una revista, La Joven Málaga .

Madrid.  En noviembre de 1845, Cánovas se traslada a Madrid acogiéndose a la protección de un pariente de su madre, Serafín Estébanez Calderón, que había desempeñado destacados puestos políticos y publicado algunas obras literarias e historiográficas con el seudónimo de El Solitario. Al poco tiempo, gracias a la mediación de Estébanez, Cánovas consigue un empleo en la compañía del ferrocarril de Madrid a Aranjuez, propiedad del marqués de Salamanca. Es la única ayuda que, según el mismo Cáno­vas, recibe en su vida. Todo lo demás lo consigue gracias a su excep­cional inteligencia "unanimente reconocida" y esfuerzo. Se considera a sí mismo un "fruto temprano de la democracia española", es decir, de una sociedad abierta, sin barreras para el talento y el trabajo.

En sus primeros años madrileños, Cánovas obtiene la licenciatura en Jurisprudencia y se integra plenamente en la vida intelectual de la ca­pital. Frecuenta los cafés, escribe teatro "que nunca sale a la luz pública", y poesía "que habría de publicar más adelante", hace sus pri­meros ensayos de oratoria en la Academia de Jurisprudencia y partici­pa en la vida del Ateneo. Publica una novela, La campana de Huesca , y dos libros de historia, uno de ellos dedicado al tema que es su objeto preferente de estudio: la decadencia española en el siglo XVII. "Pero el demonio de la política [...] sedújome muy pronto", confiesa él mismo, y a la política "y su anexo, el periodismo" dedica la mayor parte de su actividad.

Moderación y pragmatismo.  Inicialmente, Cánovas forma parte de la facción puritana del partido moderado, dirigida por Joaquín Francisco Pacheco, que integraba la izquierda del partido, favorable a la alternancia con los progresistas. No puede decirse que Cánovas mantenga opiniones inmutables a lo largo de una vida política que se prolonga durante cincuenta años, entre 1847 y 1897 "de acelerado cambio económico, social y cultural en Europa y, en menor medida, en España", pero sí que siempre está en el mismo campo de la moderación y el pragmatismo, lo que hoy llamaríamos una posición de centro. Ya en su primera obra histórica escribe la máxima que resume lo fundamental de su actitud: "La política es la realización, en cada momento de la Historia, de la parte que en él es posible llevar a cabo de la aspiración ideal de una raza o de una generación entera de hom­bres".

La necesidad de ganar dinero "el empleo en la compañía de ferroca­rriles no le había durado más que tres años" y el interés por conocer con mayor profundidad la alta política llevan a Cánovas a aceptar la oferta de ordenar el archivo del general Leopoldo O"Donnell que acaba de dejar la capitanía general de Cuba. Este trabajo es el trampolín para su carrera política, que queda estrechamente vinculada a la de O"Donnell hasta la muerte del general en 1867.

Interviene activamente en la revolución de 1854, redactando el céle­bre "Manifiesto de Manzanares". El gobierno del general Espartero que resulta de la citada revolución le convierte en diputado por Málaga, funcionario del ministerio de Estado y, finalmente, le envía a Roma con un nombra­miento que le permite ganar, honradamente, un dinero que le proporciona independencia económica para el resto de su vida. En Roma, donde perma­nece dos años, puede descansar, se despierta su afición por el arte "por la escultura, en particular", y acumula conocimientos y documentos que habría de utilizar en su trabajo como historiador.

De vuelta en Madrid, hace su aprendizaje de gobierno como subsecre­tario de José Posada Herrera, ministro de la Gobernación del "gobierno largo" de la Unión Liberal (1858-1863). En 1864 es designado ministro por vez primera "de Gobernación" y, un año más tarde, de Ultramar. Por aquellos mismos años ingresa en las Reales Academias Española y de la Historia, y contrae su primer matrimonio, con Concepción Solar de Espinosa, hija de los barones del Solar de Espinosa, con arraigo en Murcia, que habría de morir en 1865. A pesar de que Cánovas tenía una apariencia física escasamente agraciada y de que era muy descuidado en el vestir, el éxito en la vida social le acompaña siempre. Resultan proverbiales su gracia e ingenio, un tanto mordaz; de él se dice que "hacía más daño con un chiste que con un discurso".

Restauración.  Ante la crisis de la monarquía de Isabel II en 1868, Cánovas se aparta de la política. No apoya a la Corte "a la que critica por su exclusivismo, arbitrariedad y prácticas represivas", ni a los que la combaten, que atentan contra lo que él consideraba un principio bási­co: la continuidad monárquica. Si cualquiera de las iniciativas que se ensayan durante los seis años que siguen a la Revolución de 1868 hubiera tenido éxito, Cánovas probablemente sería conocido por la poste­ridad como historiador, no como político. Pero no ocurre así y Cánovas, que durante esos años, en plena madurez, deslumbra a todos con sus dis­cursos en el Ateneo de Madrid y en el Congreso de los Diputados sobre los principales problemas contemporáneos, termina liderando la causa de la restauración de los Borbones en la persona del príncipe Alfonso de Borbón, el hijo de Isabel II, en quien ésta había abdicado en 1870.

La propuesta de Cánovas consistía en la restauración de la dinastía pero no en la vuelta a la situación previa a septiembre de 1868, sino en la creación de un nuevo régimen político "que no excluyera a nadie", basado en los principios de "la libertad y la concordia". No sólo formu­la el proyecto, sino que trabaja activamente en su realización creando un importante movimiento de opinión "entre las clases altas, especial­mente". Pero la restauración no se produce según el procedimiento civil que él prefería "el acuerdo de unas Cortes convocadas al efecto", sino mediante el pronunciamiento militar del general Martínez Campos en Sagunto, el 29 de diciembre de 1874, que Cánovas condena pero del que recoge sus frutos.

Los años 1875 y 1876 son los más importantes en la vida política de Cánovas, los de mayor trascendencia para la historia de España, en los que tiene la oportunidad de poner en práctica sus ideas. España "pensaba" estaba en decadencia desde hacía más de tres siglos: la empresa del imperio europeo de los monarcas de la casa de Austria "muy superior a sus medios materiales y políticos" la había agotado. La recuperación del siglo XVIII se había visto interrumpida por la Guerra de Independencia contra las tropas napoleónicas. Esta "guerra gloriosa y fatal" no sólo arruina al país, sino que introduce en él determinados gérmenes que le habían mantenido enfermo durante todo el siglo; por encima de todos, el militarismo, la falta de obediencia del Ejército al poder civil constituido. España era un país naturalmente pobre y escasamente desarrollado en comparación con los que, desde fines del siglo XVIII, estaban experimentando una gran transformación económica, pero por su territorio y población podría volver a ocupar un lugar entre las principales naciones de Europa.

El problema "de acuerdo con el diagnóstico de Cánovas" era esen­cialmente político. Y también la solución. Ésta consistía en dar estabi­lidad al sistema liberal, inaugurado en 1812, que recogía tanto el espí­ritu de la civilización moderna como la tradición española de monarquía y Cortes. Para ello, era preciso, en primer lugar, alejar a los militares de la política y, después, integrar a todos los liberales en un proyecto común. Dar la paz al país sería la mejor forma de evitar la reacción teocrática representada por el carlismo o la amenaza de una dictadura militar que liquidaría las libertades.

Cánovas interviene activamente "y con gran habilidad" tanto en la plasmación jurídica como en la puesta en práctica del sistema de la Restauración. La Constitución de 1876 es el texto que establece la legalidad común. En él sintetiza los principios fundamentales de la Constitución moderada de 1845 "la soberanía compartida de las Cortes con el Rey" y de la Constitución democrática de 1869 "los derechos individuales". En la cuestión religiosa llega a una solución intermedia: ni monopolio católico ni libertad de cultos, sino tolerancia.

Al frente del Gobierno, Cánovas influye decisivamente en la formu­lación de la política conservadora en tres grandes campos: la economía, las relaciones internacionales y las colonias. Tiene mucha menos partici­pación en asuntos internos, como el orden público o las elecciones, que abandona en manos de sus ministros de Gobernación.

Asesinato.  Cánovas hace compatible su intensa dedicación a la política con otras muchas actividades, en especial las relacionadas con sus investi­gaciones sobre la historia española del siglo XVII y la presidencia de la Real Academia de la Historia a partir de 1882. Viaja frecuentemente por Europa cuando estaba en la oposición. En 1887 se casa por segunda vez, en esta ocasión con Joaquina Osma, hija de los marqueses de la Puente y Sotomayor, trasladándose a vivir a una espléndida mansión, La Huerta, al final de la Castellana.

El 8 de agosto de 1897, Cánovas es asesinado por el anarquista italiano Michele Angiolillo, que dice vengar a los anarquistas españoles que habían sido torturados en el castillo de Montjuich, en un proceso relacionado con la represión de las prácticas terroristas que afectan especialmente a Barcelona en la última década del siglo. En aquella fecha, Cánovas se encontraba en el balneario de Santa Águeda, próximo a Mondragón (Guipúzcoa), un lugar donde se alojaba en verano cuando era presidente del Consejo de Ministros y debía permanecer cerca de la Corte, por lo que pasaba los meses estivales en San Sebastián. Su cuerpo está enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid. [ Carlos Dardé Morales ].

 

 
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