Ricardo Molina. Antes que Juan Bernier había muerto Ricardo Molina, en 1968, cuando los estudiantes de Europa eran protagonistas de lo que luego se llamó “mayo del 68”. En la revista Cántico aparece como domicilio de Dirección y Administración la calle Coronel Cascajo –o calle Lineros–, el domicilio de sus padres, en los tiempos en los que Ricardo era profesor de la Academia Hispana, que estaba en la calle Gran Capitán, en parte de lo que es ahora el edificio de Cajasur. Pero luego Ricardo se mudó al número 5 de la avenida de Granada. Ricardo, con su aire de cantaor de flamenco o de gitano señorito, fue el que llevó el peso del espíritu y la organización del grupo. Era un intelectual y a la vez un buen relaciones públicas, tanto dentro como fuera de Córdoba. Curioso, su interés por todas las manifestaciones del arte lo llevó a traducir, a escribir ensayos sobre Córdoba, y a estudiar y profundizar en el flamenco: fue el inspirador del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, que se celebró por primera vez en 1956, siendo alcalde Antonio Cruz Conde, junto con el Festival de los Patios Cordobeses, y tuvo una gran amistad con el cantaor Antonio Mairena. Ricardo Molina había nacido en Puente Genil en 1917. A su muerte había publicado cinco poemarios: El río de los ángeles (1945), Elegías de Sandua (1948), Corimbo, que fue premio Adonais en 1949, Elegía de Medina Azahara (1957) y A la luz de cada día en 1967. Publica también los libros de ensayo Mundo y formas del flamenco, Tierra y espíritu o Córdoba en sus plazas. Oh qué dulzura, qué extraña y admirable dulzura, descender abrazados, desnudos, al fondo oscuro del río,] desnudos y abrazados para siempre, y así, gozosos, líquidos, disolvernos en ondas, en claras ondas plateadas, verdes... Oh reflejar los almesos, los álamos, copiar la despierta belleza de los molinos en ruinas, sentir temblar sobre nuestras miradas transparentes cuanto se desmaya en el aire: la mañana, la luna, los pájaros, las nubes, las barcas silenciosas, las torres amarillas... Oh qué dulzura, qué extraña y admirable dulzura, sentirse acariciado lentamente por las inquietas imágenes temblorosas de los seres que viven en la orilla del río...
Juan Bernier. Juan Bernier fue la presencia de Córdoba: en la galería de Pepe Jiménez, en el bar Siroco con el pintor Rafael Aguilera, con Rogelio Luque, con Carlos Clementson, su cigarro y su copa de vino en la mano, pateándose la provincia entera para entregarnos su Catálogo Artístico y Monumental, en el patio de la Diputación leyendo su soneto a Córdoba, en su departir llano y silencioso, en su mirada penetrante y en su cuerpo entre desmadejado y huraño. Juan Bernier formó parte durante mucho tiempo del paisaje de Córdoba, y el Ateneo cordobés tomó su nombre para fundar un premio de poesía ya en vida del maestro, y la galería de Pepe Jiménez se llama ahora Studio 52 Juan Bernier. En Juan Bernier hay una poesía sensual, y a la vez comprometida; es poesía social en el sentido en que toda buena poesía debe serlo, si se engarza a su tiempo. Poesía de latido ancho como el mundo, y donde caben Dios y la carne, el humanismo con el placer y el gozo. Juan Bernier había nacido en 1911 y murió en 1989. También estuvo sin publicar durante 18 años, desde 1959 en que apareció Una voz cualquiera, hasta 1977 con Poesía en seis tiempos, al que le siguieron En el pozo del yo (1982) y Los muertos en 1986. Su primer libro, Aquí en la tierra, había aparecido como tercer número extraordinario de la revista Cántico, en 1948. Del Diario de Juan Bernier, ahora en posesión de su sobrino Juan Antonio Bernier, se han publicado algunos fragmentos.
Que no te complique a ti, me dicen todos, porque tu nombre en cualquier vaso de vino escurre como una] gota de hiel amarga. Tu nombre, ¡oh Dios, Padre mío!, está siempre en mis labios,] en los labios rojos de un hombre a quien llaman borracho,] que tiene siempre sed de vino dorado y otra sed acuciante y ] no satisfecha de exprimir el jugo de una interrogación viva.
Pablo García Baena.
Ella eligió, como siempre, aquel canapé rojo que oprimía su cuerpo con turbios terciopelos de deseos no dichos] y su espalda desnuda, azul bajo el reflejo de lámparas azules,] era un mármol cercado de ensangrentadas dalias. (...) Ella tenía en sus labios el sabor corrompido de las hojas caídas] y subía por sus venas ardientes, como savia, la humedad del jardín, los muros derribados coronados de yedra] y el selvático canto del árbol elevando en la tarde sumisa su arpa sollozante.]
Era ‘Ágatha’, cambiando el ambiente de la sala por otro, suntuoso, y modernista y triste. Aquel poema se había publicado 30 años antes, abriendo el número 1 de la revista Cántico, en un octubre de 1947. Pablo tenía entonces, cuando lo conocí, 54 años. Vivía en Torremolinos, adonde se fue en 1965, y allí trabajaba en una tienda de antigüedades, leía, escribía y creaba tapices reposteros. Pero no publicaba; si exceptuamos Almoneda. Doce viejos sonetos de ocasión, aparecido en 1971, llevaba 20 años sin publicar, cosa que sucedió al año siguiente, en 1978, con Antes que el tiempo acabe. Al año siguiente a Pablo se le otorga el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y su ciudad le concede la Medalla de Oro. Es la consagración oficial de un poeta “de los más altos del siglo XX español, de su propio yo”, según Guillermo Carnero, e indirectamente también de la consagración del Grupo Cántico. Estamos en 1984. Pablo había vivido los últimos años del franquismo en Málaga, llena de viajeros, mezcolanza de formas de vida y de cultura, y abierta al mar Mediterráneo.
Julio Aumente. A Julio Aumente lo conocí en Córdoba, algún día en un recital o quizás el día de la presentación de Cántico en Diputación. Una vez vino para formar parte del jurado del premio Ricardo Molina. Lo acompañaba un joven al que nos presentó como italiano y príncipe de la casa Colonna Orsini. Era un muchacho moreno y nervioso, delgado, que volvió al final de nuestra reunión con un alfanje comprado en las tiendas de la Judería y que a Julio Aumente no le hizo mucha gracia. La ironía de que hacen gala todos los miembros de Cántico es en Julio Aumente mucho más punzante y tantas veces casi sarcástica. Pero hay algo por lo que Julio Aumente da cualquier cosa: por tener a su lado la belleza. Por ese tiempo debió de publicar De los príncipes:
Un cuerpo que se entrega no es difícil hallarlo. Eso eras tú, un hermoso cuerpo divino y vivo. Una breve cintura, un racimo dorado En tus ojos brillando entre los ríos de Agosto.
Pero es fácil que un cuerpo fulja como una gema si con amor se mira, con verdadero amor. Amor y no esa débil pasión que muere a un tiempo con el último goce de los cuerpos vencidos.
Para mí la palabra, para tí la caricia; para mí la sonrisa y el arco de tus cejas. para mí el fruncimiento de tu labio rosado, superior, tibio, altivo, carnal, condescendiente.
Pero el amor no muere porque nunca ha nacido en ti, que languideces al tocar de los dedos. Tú buscas el secreto, la dulzura, el peligro del momento robado al filo de las noches.
La amistad para ti, o el amor, eran sólo nombres a que invocar en las horas perdidas.
Vivió en Córdoba hasta 1961, en que se estableció en Madrid. Su inquietud le hizo dedicarse también a la pintura, de manera autodidacta. Fue el último del grupo en publicar y su primer libro, El aire que no vuelve, apareció en 1955. Después vinieron Los silencios (1958) y Por la pendiente oscura y La Antesala, ambos en 1983.
Mario López. Era académico numerario de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes. Fue allí, en la Academia, donde se publica su estudio La poesía cordobesa contemporánea, además del volumen Córdoba en la poesía. Y es que Mario López alentó siempre y atendió amorosamente la obra de los jóvenes poetas que empezaban. Mario vivía en Bujalance, era un abogado que siempre ejerció de agricultor, y su vida como su poesía carece de conflicto, va del canto a la descripción. El conflicto existencial que late en la obra de los demás poetas del grupo no existe en Mario. Alguien lo presentó a Ricardo Molina estando una vez en Córdoba, y este lo invitó a participar en la revista. Lo que hace importante a la poesía de Mario es su innata sabiduría poética, que eleva a categoría de universal lo que de otra manera no habría pasado de folclorista y cancioneril. Pero en Mario, como en todos, está presente el latido vital, junto con la sinceridad y el uso intuitivo y sabio del lenguaje, del ritmo y de la forma. Su localismo se transforma en universal y su aparente sencillez en humanismo y diafanidad clásicas. Sus primeros títulos fueron Garganta y corazón del Sur (1951) y Universo de pueblo (1960). Mario López, que murió en la primavera del 2003, no buscó la fama; en verdad ninguno de ellos la buscó. Excepto Ricardo Molina, ninguno de ellos dedicó tiempo a las relaciones sociales ni literarias en los primeros tiempos de Cántico.
Donde la vida es lenta y amable. Donde quedan tantas pequeñas cosas amadas que, en silencio, desde su humilde sitio han de llamarnos siempre, sea propicio o no el tiempo para evocar los campos nativos: la entrañable topografía del termino municipal, los carros que la cruzan al alba, sus caminos con niebla perfumada, los cielos ahumados por penachos de ocultos caseríos. Queman leña de olivo. Las hogueras lejanas, todavía más bellas, las encienden gitanos trashumantes, pastores que van de paso, arrieros que hacen lugar al pienso de las caballerías..
Vicente Núñez estaba en la primavera granadina, en el II Encuentro de Poetas Andaluces, en 1983. Y estaba sobre todo en Aguilar, crecido y locuaz en las distancias cortas de las tertulias, con la copa de Montilla y el cigarro, y aquella inolvidable voz de barítono herido y apuesto. También Vicente vivió el bello tiempo de los homenajes. Después de 23 años sin publicar recibió, por Ocaso en Poley, el Premio de la Crítica y a partir de entonces se convirtió en un poeta de culto a quien visitaban damas de la política, profesoras, jóvenes admiradores y poetas de todas partes. Pero murió un año antes que Mario López, en junio de 2002. Antes de Ocaso en Poley había publicado Elegía a un amigo muerto (1954), Los días terrestres (1957) y Poemas ancestrales (1980), y posteriormente Cinco epístolas a los ipagrenses (1984), Teselas para un mosaico (1985) e Himnos a los árboles (1989). Sus versos de Ocaso en Poley son de una especial hermosura:
Si la tarde no altera la divina hermosura de tus oscuros ojos fijos en el declive de la luz que sucumbe. Si no empaña mi alma la secreta delicia de tus rocas hundidas. Si nadie nos advierte. Si en nosotros se apaga toda estéril memoria que amengüe o que diluya este amor que nos salva más allá de los astros, no hablemos ya, bien mío. Y arrástrame hacia el hondo] corazón de tus brazos latiendo bajo el cielo.
Miguel del Moral. Tenía ojos de siena, manos sabias y una sonrisa burlona en el bigote. De Miguel del Moral recuerdo, vivas, las tertulias de los domingos en su casa-estudio de la calle de la Hoguera, siempre con el cuadro en el caballete o con las manos de un San Juan a medio restaurar, aquellos domingos con Rafael Benítez o con Pablo García Baena, si estaba por Córdoba, y lo recuerdo cuando luego subíamos juntos la cuesta de la calle Blanco Belmonte, hasta la casa en la que vivía, frente a la Academia Británica. Miguel del Moral admiraba a los poetas y los poetas lo admiraban a él. Siempre tenía un libro a mano que quería leer, que leía, que nos mostraba y del que quería nuestra opinión. Y su balcón se abría a la visión de Córdoba, y el timbre que le avisaba era una campana que resonaba en la escalera. La pintura de Miguel del Moral era como la puesta a punto de Velázquez. La belleza de las muchachas y de los adolescentes están en sus cuadros, la belleza de Córdoba, con sus caras casi descarnadas en los pómulos altos y los labios carnosos y encendidos, caras triangulares de vértice impar hacia la boca. Un algo entre Velázquez y El Greco, pero también unas formas que sabían del cubismo, una pintura sabia y poderosa, que cobraba vida lenta y armoniosamente, siempre sin prisa.
Ginés Liebana. El poeta de los ángeles, desde la Biblia a Rilke, continuó la tradición y se convirtió en el pintor de los mensajeros. A Ginés lo veo nervioso, risueño, inquieto siempre, joven siempre, reinando en los círculos de Madrid y a la vez en los de Córdoba. Si Miguel del Moral era hacia dentro, Ginés Liébana es hacia fuera, buscando con la mirada y creando tesis tanto como formas y colores. La pintura de Liébana es detallista y simbólica, colorista y vital, en movimiento y éxtasis. Sus ángeles han crecido en posturas y detalles, en alas y vestiduras. Y sus retratos son mágicos, penetran en la luz. Desde hace algún tiempo también Ginés escribe. Lo recuerdo en los recuerdos de Josefina Liébana, una de las mujeres que más tuvo que ver en el nacimiento y la gestación de Cántico. Porque Josefina es mayor que Ginés, le gustaba leer y le gustaba la poesía, y siempre hizo un poco de hermana mayor de su hermano, pero también de Pablo, amigo y compañero de Ginés. Josefina leía poesía o hacía que la leyeran para ella los dos amigos, y así fue contribuyendo a formar el gusto literario de los dos amigos.
Juana Castro |