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TÉRMINO
- CARAMBOLO, EL
  ANEXOS
 
  • El tesoro de El Carambolo  Expandir
  • Cuando el 30 de septiembre de 1958 se descubre un conjunto de joyas de oro en las instalaciones de la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla, situadas en la colina de El Carambolo (Camas, Sevilla), inmediatamente se llevaron a cabo excavaciones que permitieron reconocer la existencia allí de un importante yacimiento tartésico y marcaron el inicio de una nueva etapa de investigación que, en pocos años, permitiría superar la especie de callejón sin salida en que se habían sumido las investigaciones de enfoque filológico o artístico sobre Tartessos* y los restos materiales adscritos a esta mítica cultura. Tanto el estudio exhaustivo del tesoro como los resultados de las excavaciones fueron publicados en la obra de Juan de Mata Carriazo Arroquia* Tartesos y El Carambolo. Investigaciones arqueológicas sobre la Protohistoria de la Baja Andalucía (1973). Está compuesto de veintiuna piezas de cuatro tipos diferentes (un collar, dos brazales, dos pectorales y dieciséis placas) con un peso total de casi tres kilos de oro de 24 quilates (2.950 gr.). Se considera obra de la orfebrería protohistórica peninsular, siendo las técnicas locales con alguna influencia oriental, casi reducidas al uso de gránulos y al tema de la roseta. El repertorio de motivos ornamentales es muy reducido: esferas lisas o con el polo rehundido, cápsulas con rosetas troqueladas de once hojas, circulitos lisos, arquitos imbricados, púas, gránulos y sogueados. Con ellos se organizan combinaciones sencillas a base de filas alternas de dos motivos mayores a veces enmarcadas por otras con los de menor tamaño; sólo se observan composiciones florales en los falsos chatones de los colgantes del collar. La joya más destacada es el collar, formado por una cadena doble trenzada, ramatada con una argolla en un extremo y con un pasador en el otro. La cadena sustenta un elemento bitroncocónico decorado con pétalos florales del que cuelgan ocho cadenillas de las que, a su vez, penden siete piezas que recuerdan los anillos signatarios, faltando la octava. Estos falsos anillos muestran decoraciones florales en su parte superior, mientras que en el resto de las superficies aparecen motivos geométricos; todos realizados con filetes soldados a la chapa de oro delimitando espacios tal vez rellenos de pasta vítrea, ya que se han conservado restos de color verdoso en dos de ellos. También presentan filas de gránulos o pequeñas agrupaciones de éstos en losanje y racimo. Por su parte, los brazaletes están decorados con líneas de semiesferas alterando con otras de rosetas inscritas en circunferencias. Los dos pectorales tienen una forma que recuerda la piel de un bóvido extendida o la de los lingotes primitivos; son cuadriláteros de lados cóncavos que se rematan en los cuatro extremos con pares de tubos parecidos a bellotas; están decorados con esferillas, celdillas circulares o semicirculares y rosetas inscritas en una circunferencia. Por último, las placas rectangulares se agrupan en dos series de a ocho. La más ricamente ornada la integran cuatro anchas y otras cuatro más estrechas cuyos motivos son semejantes a los de los brazaletes: filas de simiesferas alternando con otras de rosetas rodeadas de doble filete, separadas todas ellas por filas de pequeños conos agudos a su vez delimitados por dobles sogueados. Las otras ocho, todas de igual tamaño, tienen en el sentido del eje mayor cuatro hileras de semiesferas con el polo hundido alternadas por otras cinco con celdillas circulares. Todas las placas están perforadas en el sentido de la dimensión menor, de manera que se podían montar formando un cinturón y una diadema articulados pasando hilos por las perforaciones. El tesoro se ha fechado en los momentos finales de Tartessos, hacia la primera mitad del siglo VI a.C. y propuesto que pertenecería a un personaje masculino real o sacerdotal, que lucía las joyas en su cabeza, brazos, pecho y cintura. También se ha sugerido que los pectorales, cuya forma se ha relacionado con la del altar con forma de piel de toro supuestamente fenicio recientemente descubierto en el cercano Cerro de San Juan (Coria del Río), adornarían estatuas de toros. En un momento de finales del siglo VI o comienzos del V, cuando Tartessos había desaparecido como organización social, el tesoro es cuidadosamente colocado en el interior de un vaso de cerámica hecho a mano y enterrado en lo que se ha supuesto que habría sido una fosa ritual para la evacuación de ofrendas, en el área que Carrizo denominó “fondo de cabaña” de sus excavaciones en El Carambolo.

    Gabriel Martínez Fernández
 
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