Manuela Carrasco Salazar es trianera, hija del bailaor El Sordo y esposa del guitarrista Joaquín Amador. Lleva el flamenco por las venas desde que nació, sin más paliativo que el descanso purificador del sueño, aunque ella confiesa que incluso sueña en flamenco. Algunos la definen como la eterna diosa, en referencia al espectáculo que presentara con ese mismo nombre en una Bienal de Flamenco, donde es siempre punto de referencia. Manuela, que no entiende el flamenco más que con la pureza de su rancio abolengo, es fuego puro en escena. Su soleá no tiene imitadores, simplemente porque siempre es única y se pierde en el limbo del destino una vez que la bailaora ha terminado. Por eso, cada vez que baila, Manuela crea una nueva soleá, que es la de siempre pero que nunca la misma, porque la soleá de la bailaora es una e irrepetible cada vez. Si causó sensación desde niña por su fuerza y su temperamento, su gesto flamenco recuerda siempre a las viejas bailaoras, aquéllas que marcaron el camino para tanta herencia flamenca. Nunca se ha apartado de la pureza del flamenco, “no sabría hacerlo”, comenta quien ha nacido con el arte en las venas. Hoy, que el flamenco está en su mejor momento, Manuela Carrasco es un diamante pulido que no sólo debe mostrar su brillo por todo el mundo, sino en el que nos debemos mirar como espejo auténtico de lo que es el flamenco de raza. Admiradora de Carmen Amaya y de Farruco, afirma que aprende día a día de todo lo que ve y luego lo transforma a su peculiar estilo. Su figura, vestida de blanco, emerge por alegrías en escena. Sus brazos rompen el aire, sus manos acarician el cante. Manuela camina con la majestuosidad de la diosa, de lo que es en el flamenco, “aunque yo, cuando acabo de bailar, siempre pienso que podía haberlo hecho mejor”... Su estirpe está en los anales de la historia del flamenco, y nadie pretende superar a la diosa. El molde de Manuela se partió en el mismo momento en que ella pisó un escenario. Es la diosa..., y en el flamenco, los dioses son intocables.
Marta Carrasco |