Cuando el prior Pedro Moreno de la Cova cerró la puerta principal de la Cartuja de Jerez, sabía que en ese instante –un día de marzo de 2002– se convertía en el último cartujo de cuantos a lo largo de los siglos habitaron las cartujas de Andalucía. “Nosotros somos peregrinos en la tierra y estamos de paso… Lo que más duele es deshacer una comunidad; la vida religiosa de una familia. Ahora cada uno se dispersa y entrará en una nueva familia”, nos decía en su despedida el padre Pedro, originario de Palma del Río (Córdoba). Los cartujos tienen, además de los votos de obediencia, castidad y pobreza un cuarto que llaman de estabilidad, que significa que donde se entra se muere, salvo excepciones, como ésta que obliga a los últimos monjes de San Bruno a dispersarse a las cartujas de Burgos, Zaragoza, Évora, Brasil… y dos de ellos a Corea del Sur, como es el caso del prior de Jerez. Allá donde fueren mantendrán su ritmo implacable de vida. Silencio, estudio, oración y trabajo. Tienen actos comunitarios en la iglesia tres veces al día: la misa de las ocho; la hora de vísperas, a las cuatro de la tarde; y los maitines y laudes, a las doce y media de la noche. Sólo los domingos comen juntos en el refectorio y después tienen una hora de recreo. La dieta es rigurosa. No comen carne y en determinados periodos del año sólo se alimentan una vez al día, a las doce de la mañana, y cada uno en su celda. Los lunes por la tarde salen tres horas de paseo por los alrededores del monasterio. Así, un día y otro. Donde vayan harán lo mismo, sólo que bajo otro cielo protector. Como los pájaros que se asoman a sus claustros góticos y sobrevuelan el campanario, hasta donde subimos por última vez acompañando al padre Pedro en el día del adiós, los cartujos andaluces han ido emprendiendo uno a uno su último vuelo sobre la niebla de la marisma hasta ver cómo desaparecen de su mirada los muros del silencio, la tierra húmeda que cultivaron en sus huertos y la última brisa del mar cercano impregnando sus hábitos blancos. Al dar el último cerrojazo, dentro quedó la memoria. En el claustro grande, quedan las cruces que permanecerán siempre sobre esta tierra de naranjos que, a su vez, es cementerio, donde están enterrados los trece monjes que desde 1948 dejaron su vida en representación de los cinco siglos de historia que contempla el paso de los cartujos por Jerez de la Frontera.
Antonio Ramos Espejo |