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ANEXOS |
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- Cronología.

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1484 Nace en Sevilla.
1493 Presencia en Sevilla el regreso de Colón del primer viaje. Su padre y un tío suyo acompañan a Colón en su segundo viaje a América.
1495-1502 Realiza sus estudios de Humanidades en la Escuela Catedralicia de San Miguel (escuela de los seises) y en la Academia Latina de Sevilla.
1498 Recibe de su padre el sorprendente regalo de un esclavo.
1500 Toma parte en las milicias concejiles sevillanas que participan en la sublevación de las Alpujarras granadinas.
1502 El 13 de febrero, acompañado de su padre, se hace a la mar en la expedición de Nicolás de Obando. Llega a la isla de La Española el 15 de abril.
1506 Regresa a España. En octubre recibe las órdenes sagradas en Sevilla.
1507 Es ordenado sacerdote.
1508 Diego Colón le concede un repartimiento de indios en Cibao (isla Española).
1510 Llegan los dominicos a La Española.
1511 El 21 de diciembre, fray Antonio Montesinos, en La Española, denuncia los abusos que los españoles cometen con los indios.
1512 Se convierte en predicador y evangelizador en Concepción de la Vega. Es capellán en la expedición de Diego Velázquez a Cuba.
1513 Expedición de Pánfilo Narváez a Cuba. Participa en la pacificación de los indios de Caonao.
1514 En la fiesta de Pentecostés se sitúa su ‘Conversión al Evangelio y a la defensa de los indios’. En un sermón predicado en Sancti Spiritus renuncia a su condición de encomendero y a los repartimientos de indios.
1515 Es recibido por Fernando el Católico en Plasencia. Entrega en Madrid al cardenal Cisneros su Memorial latino. Prepara tres Memoriales acerca de los agravios infligidos a los indios y los remedios para evitarlos.
1516 Es nombrado comisario para el Plan de reforma de las Indias.
1517 Por Real cédula de 17 de septiembre recibe el título de procurador y protector de los indios en los territorios americanos. En Valladolid redacta un Memorial de reforma.
1518 Fracasa el plan de colaboración entre campesinos españoles y la población india.
1520-1540 Estancia ininterrumpida de dos décadas en Las Antillas.
1520 Experiencia de Cumaná y destrucción de la ciudad por los caribes.
1522 Ingresa en el convento de los dominicos de La Española.
1526 Funda el convento de Puerto Plata (La Española).
1527 Comienza a escribir tres de sus obras más importantes: De unico vocationis modo, Historia general de las Indias y Apologética historia.
1530 Es apresado por orden de la Audiencia de los confines. 1534 Consigue pacificar la rebelión encabezada por el indio Enriquillo.
1538-1540 Experiencia de la Verapaz.
1540-1544 De nuevo en España. Toma parte activa en la polémica indiana.
1541 Aparece la Brevísima relación de la destrucción de las Indias.
1542 Publica las Leyes nuevas.
1543 Es nombrado obispo de Ciudad Real de Chiapas (Nueva España).
1544 El 30 de marzo es consagrado obispo en el convento de San Pablo (actual iglesia de la Magdalena) de Sevilla.
1545 El 12 de marzo llega a su diócesis. Escribe los Avisos y reglas para los confesores de españoles que son en cargo a los indios. Estancia en la región de la Verapaz.
1547 Regreso definitivo a España.
1550 Renuncia a la mitra. Escribe Treinta proposiciones muy jurídicas.
1550-1551 Participa en las Juntas de Valladolid. Disputas con Ginés de Sepúlveda, autor del Democrates alter, donde justifica el régimen de las encomiendas.
1552 Se establece en Sevilla. Publica los Ocho tratados.
1553 Imprime en Sevilla su Tratado comprobatorio y Principia quaedam, base de su pensamiento político.
1554-1565 Reside en Madrid. Escribe Doce dudas y De thesauris.
1566 Muere el 18 de julio en el convento de Atocha de Madrid, donde está enterrado.
2002 El 2 de octubre el cardenal Amigo Vallejo incoa en la parroquia de la Magdalena de Sevilla el proceso de canonización de fray Bartolomé de las Casas. |
- Defensor de los derechos humanos

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Dos aportaciones muy valiosas ha hecho fray Bartolomé de las Casas a la causa de los derechos humanos, que es la causa del hombre: su entrega total, desde su conversión hasta la muerte, más de medio siglo luchando por causa de la justicia. Ha librado este combate en los dos frentes. Más allá del océano, defendiendo a los indios desvalidos, seres sin derechos, frente a la opresión y tiranía de los conquistadores que los oprimían. Más acá del océano, frente al poder real, ante la Corona, ante las autoridades, como voz de los sin voz, como abogado y promotor del hombre. Es de tan alto valor moral esta lucha de fray Bartolomé de las Casas a favor de los derechos de los indios, que quizás no encontramos otro ejemplo igual en la historia, tan coherente, tan ejemplar. Así lo ha reconocido la Unesco en el 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1963. La segunda aportación ha sido teórica, como despertador de la conciencia humana, como lector profundo de los signos de los tiempos, como hombre que busca la verdad y sabe de su fuerza, trabaja por la justicia y está convencido de la rectitud de su causa. Esta aportación es muy singular. Porque Las Casas no ha sido un pensador original, ni puede decirse padre de una teoría sobre los derechos humanos. En su contorno ha habido otras grandes figuras eminentes, amigos unos, y enemigos los otros, como Vitoria, Soto, Cano, Carranza, Juan de la Peña, Sepúlveda. Todos ellos con sus obras ayudaron a clarificar ese momento de la vida española y mundial del hombre. Pero ninguno de ellos ha dejado una huella en la historia tan profunda como Las Casas, ninguno está hoy tan próximo a nosotros, ninguno ha intuido tan certeramente los derechos de los indios y ha hecho suya esta causa como lo hizo las Casas. En este campo él perdió en vida muchas batallas, pero en el proceso de la historia ha ganado la guerra. De algún modo, estas dos grandes aportaciones a los derechos humanos se pueden leer en la contemplación del único retrato que tenemos de su fisonomía o perfil humano. Porque quiero adivinar que ambas han sido un resultado del ejercicio de su misión de fraile predicador, del hombre que ha sido llamado para anunciar el Evangelio con la fuerza de la palabra y del espíritu. En ese cuadro está vestido con el hábito de dominico, con la cruz episcopal, con la pluma en la mano trazando signos sobre el papel, con el gesto de profeta concentrado, con un perfil aguileño que esconde la gran ternura de su corazón de apóstol, capaz de extender sus brazos y su capa para acoger a todos los indios en quienes él supo ver al Cristo doliente de la hora de la pasión y de la muerte. Su obra escrita, cuya edición crítica ocupa doce volúmenes, nos ayuda todavía a situarnos en este momento ante este hombre singular desde la perspectiva de los derechos humanos, evocando sus raíces sevillanas y su doble pertenencia a Andalucía, para tener una síntesis de esas aportaciones en los momentos esenciales y poder así valorar mejor su puesto en la historia de los derechos humanos desde la perspectiva cristiana.
Antonio Larios Ramos |
- El jardín de los suplicios

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Luego reanuda la incansable, la increíble letanía de las crueldades y matanzas... Como en el infierno de los cuadros religiosos, la invención cruel yuxtapone las imágenes del horror: Entraban en los pueblos, ni dejaban niños, ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombro por medio, o le cortaban la cabeza de un piquete o le descubrían las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo e burlando, e cayendo en el agua decían: bullís, cuerpo de tal; otras criaturas metían a espada con la madre juntamente, e todos cuantos delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, e de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redemptor de los doce apóstoles, poniéndoles leña e fuego, los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca, pegándolos fuego así los quemaban. Otros, y todos los que querían toma a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: “Andad con cartas”, conviene a saber, llevar las nuevas a las gentes que estaban huidas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas. |
- Los perros

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Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amestraron lebreles, perros bravísimos, que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí, que por un cristiano que los indios matasen, habían los cristianos de matar cien indios.
Bartolomé de las Casas De Brevísima relación de la destrucción de las Indias. |
- Discurso ante el rey

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Muy alto y muy poderoso rey e señor: yo soy de los más antiguos que a las Indias pasaron y ha muchos años que estoy allá, en los cuales ha visto por mis ojos, no leído en historias que pudieran ser mentirosas, sino palpado, porque así lo diga, por mis manos, cometer en aquellas gentes mansas y pacíficas las mayores crueldades y más inhumanas que jamás nunca en generaciones por hombres crueles ni bárbaros irracionales se cometieron, y éstas sin ninguna causa ni razón, sino solamente por la cudicia, sed y hambre de oro insaciable de los nuestros. Éstas han cometido por dos maneras: la una, por las guerras injustas y crudelísimas que contra aquellos indios que estaban sin perjuicio de nadie en sus casas seguros y tierras, donde no tienen número las gentes, pueblos y naciones que han muerto; la otra, después de haber muerto a los señores naturales y principales personas, poniéndolos en servidumbre, repartiéndolos entre sí de ciento en ciento y de cincuenta en cincuenta, echándolos en las minas donde al cabo, con los increíbles trabajos que en sacar el oro padecen, todos mueren. Dejo todas aquellas gentes, dondequiera hay españoles, pereciendo por estas dos maneras; y uno de los que a estas tiranías ayudaron ha sido mi padre mismo, aunque ya está fuera de ello. Viendo todo eso, yo me moví, no porque yo fuese mejor cristiano que otro, sino por una compasión natural y lastimosa que tuve de ver padecer tan grandes agravios e injusticias a gentes que nunca nos las merecieron, y así vine a estos reinos a dar noticia al Rey Católico, vuestro abuelo; hallé a Su Alteza en Plasencia, dile cuenta de lo que digo; recibióme con benignidad y prometió para en Sevilla, donde iba, el remedio.
Bartolomé de las Casas De ‘Discurso en Molins de Rey ante el rey y la corte, el 12 de diciembre de 1519’. |
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