La cerámica andaluza presenta una enorme riqueza que se refleja tanto en el elevado número de alfares existentes en todas las provincias, como en la diversidad de técnicas y producciones. Por lo tanto, es muy difícil hablar de caracteres generales que definan o agrupen la producción cerámica andaluza, ya que ésta abarca todos los campos; desde la producción meramente popular de piezas para agua, como cántaros, botijos, dornillos o bebederos para aves a la producción de piezas decorativas pintadas de tradición muy antigua, conocidas nacional e internacionalmente. Dentro de ésta podemos citar la cerámica de Fajalauza (Granada), Triana (Sevilla) o Andújar (Jaén). A pesar de todo se pueden advertir ciertos rasgos generales que pueden juzgarse como pervivencias de un pasado común. Por ejemplo, la influencia árabe que queda aún patente en la existencia de paralelos de la actual alfarería con la del pasado; de entre ellos hay que destacar la perduración del tipo de torno árabe hundido en el suelo, encontrado en algunos alfares de Sevilla, Almería y Córdoba, así como algunas de las piezas que se realizan en la actualidad, como el cántaro de Lebrija o Morón (Sevilla), que tienen semejanzas asombrosas con la cerámica de uso doméstico que realizan los árabes en España. Estos indicios no aparecen concentrados en un área determinada, sino diseminados por toda la geografía andaluza, como perduraciones aisladas dentro de un contexto que ha recibido múltiples influencias de otras tantas zonas. La cerámica popular sigue teniendo aquí mayor vigencia que en el resto de la Península, estando todavía en uso una gran parte de los cántaros, dornillos, macetas o lebrillos fabricados y que constituyen el porcentaje más elevado de la producción en la mayoría de los centros. Sin embargo, la alfarería, como muchos otros oficios artesanales, se ha visto resentida por el cambio económico y social que ha conllevado el desarrollo e industrialización del país, con la aparición de nuevos materiales sustitutivos del barro cocido, por lo cual el número de alfareros se está viendo notablemente reducido en los últimos años, con el agravante de la ausencia de una nueva generación de aprendices. Asimismo, la pérdida de vigencia de muchas de las piezas provoca un cambio en los tipos de producción, que en algunas áreas se orienta hacia un público exterior, progresando tanto la función decorativa de muchas de las vasijas como la adopción de otras fuera de toda tradición local, pero de más fácil absorción por el mercado de cerámica actual. José María Gómez |