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CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- AMIGO VALLEJO, CARLOS
  ANEXOS
 
  • Sevilla, sede cardenalicia  Expandir
  • El término canónico Cardenal (Cardinalis en latín) deriva de la expresión cardo-inis (quicio, gozne). Su origen canónico resulta de aplicar tal concepto a los clérigos incardinados en las siete antiguas iglesias de Roma.
        Pero su aplicación al orden dignatario que hoy tiene en la Iglesia es relativamente tardío, pues se va configurando entre los siglos XIII y XVII con sucesivos privilegios concedidos por los Papas Inocencio IV (1254), Bonifacio VIII (1294-1303), Pablo II (1464), Gregorio XIV (1591) y Urbano VIII (1630).
        En la actualidad, el Colegio Cardenalicio sirve a los Papas como el más alto grupo consultivo para resolver y abordar las cuestiones eclesiales. Gozan los cardenales de la suprema precedencia tras el Papa; tienen el privilegio de vestir trajes talares de color púrpura; reciben el título de Eminencia y, tras el fallecimiento del Sumo Pontífice, eligen al nuevo Papa en Cónclave (puerta cerrada). En 1905, Pio X permitió a los cardenales que no son obispos –puede ser cardenal incluso un seglar católico, pues se trata de un honor no de orden sagrado– llevar cruz pectoral. Su número no es clausus.
        Tradicionalmente se venían honrando con el título de cardenales a los arzobispos de Toledo, Sevilla y Tarragona, por ser las Sedes Metropolitanas más antiguas –el Metropolitano es cabeza de una Provincia Eclesiástica–. En las sucesivas ediciones del Anuario Pontificio se fija antigüedad de Sedes Metropolitanas a las de Toledo y Sevilla en el siglo IV; a Tarragona en el siglo V. Las demás Sedes Metropolitanas españolas son de tiempos posteriores: Santiago de Compostela (siglo XII), Zaragoza (siglo XIV), Valencia y Granada (siglo XV), Burgos (siglo XVI), Valladolid (siglo XIX), Oviedo, Pamplona, Madrid, Barcelona y Mérida-Badajoz (siglo XX).
        Ha de tenerse claro que ninguna sede tiene derecho fijo y adquirido a que sus obispos sean cardenales, pues este honor es de libre disposición del Papa. Pero se explica que, en España, las sedes de Toledo, Sevilla y Tarragona se consideraran tradicionalmente como sedes cardenalicias por esa destacada antigüedad que tienen como Sedes Metropolitanas. Al pasar los obispados de Madrid-Alcalá y Barcelona a la categoría de Sedes Metropolitanas (ambas en el año 1964), dadas las especiales relevancias que como ciudades tienen, se dio el nuevo fenómeno de lo que podríamos llamar metafóricamente chupar púrpura y, como el número de cardenales españoles no suele pasar de seis o siete –incluidos los que trabajan en la Curia Romana–, Toledo, Sevilla y Tarragona empiezan a tener aplazamientos en conseguir tal honor para sus arzobispos.
        Como, según lo dicho, el Colegio Cardenalicio no se conforma hasta el siglo XIII, grandes arzobispos de Sevilla, como San Leandro, San Isidoro, Don Remondo –primer y notable arzobispo hispalense tras la recristianización de Sevilla por Fernando III el Santo en el año 1248– no fueron cardenales.
        Pero en pleno Medievo, la sede de Sevilla entró en ese privilegiado grupo de “sedes tradicionalmente cardenalicias”.
        No todos los Metropolitanos de Sevilla fueron nombrados cardenales en esta sede, ya que algunos traían el título, como Rodrigo de Borja, Agustín Spínola o Pedro Segura.
        Se observan vacíos entre los siglos XIV y XV, debido a los sucesos del Destierro de los Papas en Avignon y el sucesivo Cisma de Occidente. Tiempos convulsos.
        Salvo error u omisión, ha habido 36 arzobispos cardenales en la Metropolitana de Sevilla desde el siglo XIII hasta nuestros días.

    Francisco Gil Delgado
  • Religiosidad popular  Expandir
  •     Cuando el 22 de mayo de 1982 fray Carlos Amigo Vallejo es nombrado arzobispo de Sevilla, el prelado pucelano se sumerge en las vivencias de la ciudad y, desdeñando las críticas que provienen de un conocimiento superficial y, en no pocos casos, del prejuicio, del desprecio y de actitudes intolerantes y perfeccionistas, encuentra, según escribe en su obra Fe cristiana y religiosidad popular, un “dinámico retablo en el que los misterios y las imágenes adquieren un peculiar movimiento y se introducen en los acontecimientos familiares”. Aquel acercamiento causó una honda impresión en Amigo Vallejo, quien no dudaría en afirmar que estas expresiones populares aúnan valores humanos y sociales, valores incuestionablemente religiosos y cristianos en una identificación con las propias raíces religiosas y culturales, con una profundidad que trasciende el simple hecho cultural y folclórico. Entre los más significativos el cardenal arzobispo de Sevilla reconoce un lenguaje propio que expresa, con su peculiar vocabulario, gestos y normas de comportamiento, convicciones profundas y creencias mantenidas a lo largo de los siglos, una indiscutible capacidad de comunicación “que llega a los ámbitos más distintos y es fuerza de convocatoria y de participación social del pueblo sencillo”, que, inmerso en esta dimensión festiva, obtiene la respuesta a los grandes interrogantes de la existencia –vida, muerte, amor, sufrimiento, alegría– y desarrolla un especial sentido de libertad en la identificación con lo más genuino y propio, realizado “por uno mismo y en su propio barrio”. Asimismo, estas celebraciones también son profusas en valores cristianos y expresiones de la fe con un lenguaje íntegro –palabras, gestos, música, imágenes– de evidente intencionalidad religiosa.
        Pero Carlos Amigo Vallejo, franciscano de gran prudencia y templanza, no olvida las formas negativas de las celebraciones populares y escudriña, con minuciosidad y mirada crítica, todo aquello que desfigura la verdadera religiosidad y ofrece una piedad equívoca, interesada, presuntuosa, contradictoria, ajena a los valores propuestos por el Evangelio o, cuando menos, rayando en la ambigüedad. Esos aspectos negativos de la religiosidad popular quedan al descubierto cuando se pretende reducirlo todo –canto, rezo, procesión o imagen– a una simple cultura popular:

    Javier Vidal Vega
 
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