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ANEXOS |
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- La construcción de un mito. El Trienio Bolchevique en AndalucÃa

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Uno de los mitos que mayor éxito y permanencia han tenido entre los estudiosos del movimiento obrero andaluz es el relativo a la presencia de un movimiento revolucionario en Andalucía en los años 1918-1920, bajo el impacto de la revolución rusa del año anterior y que se encuentra en el origen de la denominación Trienio Bolchevista, acuñada por Juan Díaz del Moral en su famoso libro Agitaciones campesinas andaluzas. Antecedentes para una reforma agraria, publicado en 1921. Y, en efecto, desde finales de 1917 las noticias sobre la revolución rusa provocaron una honda conmoción en la opinión pública española ya que, al ser percibida como modelo universal, renovó el mito revolucionario de forma que amplios sectores sociales compartieron la convicción de que España reunía las condiciones necesarias para una experiencia similar: un país de base agraria, con un escaso y frágil tejido industrial, muy polarizado social e ideológicamente e inmerso en una aguda crisis económica como resultado de las turbulencias provocadas por la I Guerra Mundial. Así pues, para los dirigentes anarquistas y socialistas la revolución bolchevique se convirtió en el paradigma que se debía seguir, en tanto que para los propietarios, industriales y las propias autoridades el peligro revolucionario –que muchos creían inminente– suponía una amenaza real a sus personas, bienes y propiedades e incluso para la propia existencia de España. Los militantes cenetistas y socialistas, especialmente de los sectores más radicalizados, abrazaron con entusiasmo la revolución; un entusiasmo no exento de ingenuidad, contradicciones, tópicos y cierta ambigüedad ante la complejidad de las transformaciones y la confusión de las noticias sobre lo que realmente estaba aconteciendo en Rusia. En mítines, manifestaciones y conferencias las alusiones a los “gloriosos” hechos de octubre y las previsiones acerca de su pronta repetición en España fueron constantes; numerosos dirigentes y militantes sindicales se autocalificaron como “bolchevikistas”, alguno hubo que rusificó su nombre (Salvador Cordón pasó a ser Salvador Kordonieff) e incluso expresiones como “salud y pronta revolución social” se hicieron habituales en muchas ciudades y pueblos. Sin embargo, esa adhesión sentimental hacia “nuestros hermanos rusos” no implicaba en modo alguno el inicio de preparativos para desencadenar una revolución, sino que más bien ha de considerarse como un instrumento de movilización de los trabajadores, a los que se podía ofertar por primera vez el ejemplo de una alternativa triunfante, un modelo real sobre el que construir una nueva sociedad. Sin embargo, las causas del espectacular aumento de la conflictividad sociolaboral de estos años –322 huelgas en la provincia de Córdoba, 153 en Málaga, 107 en Granada, 201 en Sevilla capital o 51 en Jerez, a las que hay que añadir la práctica de boicots y sabotajes–, radicaban en la situación de la propia Andalucía y de España y, es más, puede descartarse que asumieran una finalidad revolucionaria. Los trabajadores andaluces no reivindicaron un orden social radicalmente nuevo, puesto que sus demandas tenían un carácter reformista; es decir, pretendían conseguir mejoras concretas e inmediatas en sus condiciones de trabajo y nivel de vida, generalmente a través de la firma de convenios colectivos en los que se estipulaba la concesión de aumentos salariales, la reducción de la jornada laboral, la abolición del trabajo a destajo, entre otras, así como el establecimiento de un nuevo marco de relaciones laborales mediante el reconocimiento de la capacidad negociadora de la sociedad obrera, la contratación de obreros asociados, etc.. Pese a ello el miedo cundió como la pólvora en los círculos patronales, estimulado por el discurso incendiario de los dirigentes obreros, el aumento espectacular en el número de organizaciones obreras y en el de la conflictividad, pero esos rasgos no eran nuevos y ya se habían producido en anteriores oleadas reivindicativas, como la registrada a comienzos de siglo. La verdadera razón del pánico que se extendió entre las derechas no consistía tanto en la revolución bolchevique, aunque el fantasma del “bolchevikismo” y de los bolcheviques –trasunto fiel del anarquismo y los anarquistas– fuera utilizado profusamente con fines propagandísticos y movilizadores, sino en la propia situación política, en la desconfianza hacia el decrépito régimen de la Restauración a la hora de articular soluciones y atajar la grave crisis que atenazaba al país. La creciente crispación en las relaciones laborales y la energía represora de las autoridades generó la adopción de tácticas terroristas por parte de grupos de acción anarcosindicalistas, especialmente en Sevilla y Málaga, pero esas prácticas terroristas no se concebían como instrumento revolucionario, sino que se producían en el marco de conflictos localizados y vinculadas al fracaso de las tácticas reformistas, pese a que en esas fechas aparecieran panfletos y manifiestos firmados por El Soviet de Andalucía, El Comité Rojo o denominaciones similares que respondían más a la adopción mimética de un discurso revolucionario nuevo que a la existencia de una organización con este carácter. Podría decirse, en suma, que la revolución bolchevique simplemente actuó a modo de espejismo para unos y de pesadilla para otros en el contexto de acusada crisis política, social y económica que vivió España en esos años.
Ángeles González |
- Cantera de dirigentes obreros

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Hoy la mayoría de los militantes ácratas de estas décadas permanecen en el olvido y, en muchos casos, bajo la infamia. Incluso de las figuras que han pasado a la mitología de toda la sociedad española, como Fermín Salvochea* , no existen biografías completas, ni mucho menos la recopilación de su obra. Por tanto, es fácil imaginar qué sucede con los militantes de pequeñas poblaciones. La simple enumeración de algunas decenas de ellos es el mejor factor que nos puede llevar a comprender hasta que punto las ideas libertarias fueron, durante estas décadas, un elemento consubstancial de la sociedad, economía y cultura andaluza. Muchos de ellos eran campesinos o trabajadores urbanos. Pero también encontramos a artesanos y antiguos burgueses, la mayoría procedentes del republicanismo. Tenemos a Agustín Pina y a los hermanos Juan y Francisco del Águila Aguilera o José Vizcaíno Zapata en Almería; José Aguayo Cuesta o Juan Chacón Uceda en Jaén y Fernando Claro, Higinio Noja Ruiz o Isabelo Romero en Huelva. De la provincia de Cádiz habría al menos que recordar a José Crespo Sánchez, Manuel García Liaño y Juan Rueda López en el Campo de Gibraltar; Tomás Torrejón, José Bonat Ortega, Antonio Carrero Armario, Diego Rodríguez Barbosa, Clemente Galé Campos o José Jarana en la capital y costa atlántica; José Fernández Lamela, José Guerrero Bocanegra, Juan Ruiz Ruiz y Honorio Marín en la Campiña y zona vitivinícola jerezana; José Gómez, José Romero o Francisco López Vera en la Sierra y José Olmo en la comarca de La Janda. En Córdoba, otro de los baluartes ácratas andaluces, se pueden citar a Pedro Algaba y Salvador Cordón Avellán en Castro del Río; Juan Gallego Crespo o Alfonso Nieves Núñez en Bujalance; Bartolomé Montilla Rull en la capital; Antonio Pérez Rosa en Fernán Núñez; Manuel Manzano del Real en Espejo; Manuel Pérez Pérez en Montoro; José Rodríguez Moreno en Montilla y Aquilino Medina en Pueblo Nuevo del Terrible. De las comarcas sevillanas se pueden citar a Miguel Rubio, los hermanos Juan, Julián y Miguel Arcas, Fernando Uclés, Manuel Viejo Vital, Francisco González Sola, Antonio Martínez de León, Miguel Mendiola Osuna, Antonio Ojeda, Carlos Zimmermann y Rafael Peña García en la capital; Eduardo Domarco en Aznalcóllar o Antonio González Tagua, Abelardo Saavedra del Toro, Bartolomé Lorda Urbano o José Margalef Margalef en Morón de la Frontera. En Granada, en la capital de la provincia, nos encontramos a Antonio Cañete Rodríguez, José Alcántara García, Antonio Morales Guzmán, José Zarco, Francisco Titos López o Francisco Santamaría Fuentes. Así como José López Monchón en Maracena, Francisco Pereira Ruiz en Lanjarón o Antonio Terrón Ballesteros en Motril. En Málaga tenemos a Cipriano Damiano González, Enrique López Alarcón, Miguel Pino, Juan Santana Calero y Victoriano Mairena en la capital; Diego Gómez García en Teba; Francisco Hiraldo Aguilar, José Hiraldo Sánchez y la familia López Calle en la serranía de Ronda y Miguel Martos Cobos en Mollina. Además de la presencia en Melilla de militantes tan destacados como Celedonio Díaz, José García Viñas o Paulino Díez Martín. El prestigio de muchos de ellos traspasó las fronteras andaluzas. Los nombres de Fermín Salvochea Álvarez, Pedro Vallina Martínez* y Manuel Pérez Fernández* son sinónimos de anarquismo. Como el de José Sánchez Rosa* representa al maestro ácrata que difundía sus ideas por campos y ciudades. En los primeros balbuceos del internacionalismo obrero, la fascinante figura de Nicolás Alonso Marselau* representó a los trabajadores ibéricos en los congresos de La Haya, Bruselas y Saint Imier, y Trinidad Soriano* , delegada de los obreros sevillanos al congreso de la FRE de 1872 en Zaragoza, redactó el dictamen sobre la “enseñanza integral”. Tras la fundación de la CNT, Francisco Jordán* , Progreso Alfarache Arrabal* y Manuel Rivas* alcanzaron el puesto de secretario nacional. También ocuparon altos cargos en las organizaciones campesinas nacionales Antonio Rosado López* , Diego Martínez Domínguez* o Sebastián Oliva* . Los gaditanos Vicente Ballester Tinoco* y Miguel Pérez Cordón* fueron habituales firmas en la prensa cenetista nacional. Ambos pertenecieron a la redacción del periódico CNT y escribieron novelas en la colección de la familia Urales. El anarquismo madrileño no es comprensible sin las figuras del sevillano Melchor Rodríguez García* , aprendiz de torero, destacado miembro de la FAI y director general de Prisiones, bajo el ministerio de García Oliver, desde donde procuró terminar con “sacas” y “paseos”, o del madrileño de nacimiento pero cordobés de adopción, Mauro Bajatierra Morán* anarquista individualista quien, en 1939, prefirió morir antes que ser sometido por los vencedores. Frecuente fue la presencia, defendiendo a los presos ácratas, en los más diversos puntos del estado, al abogado granadino Benito Pabón y Suárez de Urbina* . Durante el verano de 1936, la más vesánica represión se abatió sobre estos hombres y mujeres. Miles fueron asesinados y otros tantos encarcelados, vejados y reducidos a la condición de esclavos de los vencedores en campos de concentración y batallones de trabajo. De los que consiguieron escapar al exilio muchos no regresaron nunca. Otros decidieron continuar la lucha en campos y ciudades. En Andalucía, la guerrilla actuó significativamente hasta, al menos, 1950. Ácratas fueron los miembros del grupo de “Los Jubiles”* de Bujalance por las sierras cordobesas de Montoro, Almodóvar y Hornachelos; los hermanos Quero Robles y Antonio Raya González* en Granada; Bernabé López Calle* , jefe en 1949 de la Agrupación Fermín Galán que actuaba en las provincias de Málaga y Cádiz. Todavía a finales de febrero de 1952, la Guardia Civil abatió en Ubrique (Cádiz) a un guerrillero anarquista: Antonio Núñez Pérez.
Jóse Luis Gutiérrez |
- La cultura anarquista

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Como es sabido, el anarquismo no se reduce a una corriente de pensamiento y un movimiento político y social, sino que se expresó repetidamente a través de múltiples manifestaciones culturales que, aunque hundiendo sus raíces en algunas de las iniciativas auspiciadas por el republicanismo desde los años cuarenta-cincuenta del siglo XIX, se articularon sobre nuevos presupuestos teóricos y tácticos en torno a los años 1869-1870, cuando el cambio de actitud observado por los obreros frente al federalismo les permitió dotarse de unos símbolos, unos mitos y un lenguaje específicamente de clase. Concebida por los anarquistas españoles como medio activo de expresión y de propaganda, esta cultura se concretó en la creación de las prolíficas “Bibliotecas”, en su doble acepción de espacios de lectura y proyectos editoriales; en la publicación de almanaques y calendarios; en la celebración de certámenes y veladas sociológico-literarias; en el espacio y atención dedicados a la crítica literaria y teatral; en el papel conferido a la prensa en cuanto medio de difusión de folletines, poemas, cuentos....; en la elaboración de una estética propia o en la creación de los círculos y centros instructivos, configurados todos ellos como espacios básicos en el proyecto educativo y cultural de las clases obreras. Para los anarquistas andaluces, como para los de otras latitudes, había que superar el estrecho marco de la sección de oficio con la creación de centros instructivos y recreativos donde los obreros asociados pudiesen asistir con sus familias y se impregnasen de las ideas de libertad, igualdad y justicia, al tiempo que disponer de gabinetes de lectura, bibliotecas y salas que favoreciesen “la conversación entre compañeros y el honesto solaz que proporciona el arte en fiestas y veladas artísticas y literarias”. Fue siguiendo estos objetivos como el sindicalismo militante impulsó en Andalucía la creación de un persistente tejido asociativo formado por círculos y centros que formalmente mantenían una clara vinculación orgánica con las sociedades obreras que acogían. Al mismo tiempo, este proceso se vio acompañado por una difusa corriente más preocupada por el debate teórico y por la cultura, y abierta tanto a intelectuales “anarquizantes” como al librepensamiento. Una corriente “más publicista y de agitación” que se volcó en la fundación de periódicos y revistas y en la creación de círculos y centros de estudios sociales, de ateneos, de sociedades de librepensamiento y de escuelas laicas, concebidos como espacios idóneos para el debate y el intercambio de ideas. Buenos ejemplos de una y otra tipología son el Centro La Esperanza Obrera, en el que compartían local a finales de 1891 las jerezanas sociedades de panaderos y hortelanos, y cuyo secretario, José Barrera Moreno, fue condenado a cadena perpetua tras los sucesos del 8 de enero de 1892; la Sociedad Obrera Femenina La Igualdad, que a principios de siglo tenía su local social en la gaditana Plaza Pinto, número 18; el Círculo de Estudios Sociales de La Línea, en el que participaban nueve sociedades de resistencia de la localidad que estuvieron representadas en el Congreso celebrado en octubre de 1901 con el fin de reconstruir el viejo movimiento sindical a partir de la Federación Regional Española de Sociedades de Resistencia (FSORE) y que contó entre sus animadores con el tipógrafo Ernesto Álvarez, quien junto con su compañera se hizo cargo de la escuela laica que sostenía el círculo; el Centro Instructivo Obrero Hispalense, creado en Sevilla a finales de 1902 y en cuyos locales de la calle Feria se celebró durante los días 15 a 18 de mayo de 1904 el IV Congreso de la FSORE, al que asistieron, entre otras sociedades, los círculos de Aznalcóllar y Carmona; abiertos también a una amplia base social y participando de aquella misma cultura política estaba el Círculo librepensador Guillén Martínez (1886) que, constituido en Cádiz en unos momentos en los que la Federación Local estaba prácticamente desarticulada, estaba concebido como “una especie de campo neutral” a donde concurrían todos los que creían en la necesidad de “emancipar las conciencias y difundir la luz”. Como lo estaba la malagueña Liga Anticlerical: un “bloque de hombres libres y sociedades” que abogaban por la extinción completa y absoluta de todas las órdenes religiosas, por la independencia del matrimonio civil, la libertad de culto, la secularización de los cementerios y la separación de la Iglesia y el Estado, y que fue fundada a finales de octubre de 1906, es decir, cinco años antes de que lo hiciera en Madrid La Liga Anticlerical Española. Actos. Aunque con un calendario y una liturgia festiva ciertamente exigua, los medios anarquistas –como los republicanos y los socialistas– conocieron una activa vida socio-política y cultural, particularmente con motivo de la celebración de algunas de las efemérides que jalonaban la todavía joven historia obrera. Continuando con la tradición iniciada durante el Sexenio Democrático, la primera de las fechas que se incorporaron al ritual obrero fue la del 18 de marzo, aniversario de la Commune de París. Superponiéndose a ella en los primeros momentos, y casi desplazándola del imaginario obrero después, estaría el 11 de noviembre, día en que se conmemoraba la ejecución de los “mártires de Chicago” en 1887 y que terminó convirtiéndose en la celebración más importante del calendario anarquista. Mucho menor entusiasmo despertó entre los anarquistas la celebración del 1º de mayo, concebido desde sus mismos orígenes como un día de lucha y no como una jornada festiva. En los actos y veladas celebrados con motivo de tales efemérides se alternaban los discursos políticos y la lectura de trabajos literarios con los brindis por la emancipación social, cerrándose habitualmente a los sones de algunos de los himnos que componían el repertorio habitual: desde La Marsellesa hasta La Internacional, pasando por el Himno a los Mártires de la Comuna, El canto de los proletarios o el Himno revolucionario anarquista, que fue premiado en el Segundo Certamen socialista de 1889. Pero a diferencia de lo que estaba ocurriendo en ciudades como Barcelona, Reus o La Coruña, la sociabilidad y los rituales obreros encontraron menos oportunidades entre los militantes andaluces, limitándose en casi todos los casos los actos a los discursos y exposiciones doctrinales y a la colación de algún refrigerio con el que se concluía el acto brindando por la redención del proletariado. Una parquedad y una austeridad que no eran nada ajenas ni a las duras condiciones de vida que soportaban las clases obreras andaluzas ni a la represión, ejercida incluso de manera preventiva. Tal ocurrió expresamente con los actos organizados en Antequera en 1884, cuando se celebró el 18 de marzo con “discursos entusiastas y brindis apologéticos (...) a pesar de la represión”, según subrayaba el corresponsal de La Revista Social. Como ocurrió en Sevilla en marzo del año siguiente, cuando se concluyó la misma conmemoración brindando “por los que sufren por la santa causa de la emancipación del proletariado”, o en los celebrados por las sociedades gaditanas en enero de 1903, en los que participó activamente el Centro de Estudios Sociales de Los Barrios, y que tenía como fin pedir la liberación de los encarcelados por “la infame trama” de La Mano Negra, por los sucesos de Jerez de 1892 y por los de Alcalá del Valle. Y es que, como enfatizaban los obreros granadinos, lo definitorio de los actos debían ser la austeridad y la sencillez: “Ni discursos floridos, ni aplausos aduladores, ni suntuosos banquetes, ni nada de lo que abunda en las reuniones burguesas, podía haber allí donde nos congregábamos un grupo de obreros para conmemorar una fecha tan justamente célebre como es el 18 de marzo de 1871”. Con todo, en algunos casos no faltaron los banquetes, la decoración, ni la música. Tal ocurrió en Cádiz en 1886, cuando se conmemoró el 18 de marzo con “un modesto banquete” en el que se leyó el artículo publicado por el órgano local, El Socialista, con el título “18 de marzo de 1871. ¡¡Gloria a las víctimas!!” O en El Puerto de Santa María, donde se reunieron los anarquistas en un local decorado con guirnaldas de naranjo y palmas e inscripciones que decían: “A los comuneros franceses, los anarquistas del Puerto de Santa María. 18 de marzo. A las víctimas de la Commune, 1871-1886. Y en las extremidades Europa, América, África, Asia y Oceanía”. O en Chiclana, donde se terminó la sesión con cánticos populares “y propios” del objeto que se conmemoraba. También en Sevilla la velada del 11 de noviembre de 1890 reunió la Banda de Triana y un orfeón. En tanto que en Mollina la velada “de propaganda” celebrada el 31 de mayo de 1904 se abrió con los cantos de “un coro revolucionario” formado por los niños de la Escuela Racionalista que en el Centro Obrero de la localidad regentaba “el compañero Emilio Goicoechea”. Más llamativo fue, si cabe, el acto celebrado por los anarquistas granadinos en abril de 1888, en el que los asistentes entonaron el Trágala. Tampoco faltaron otras iniciativas destinadas a facilitar la labor de propaganda de los militantes. En unos casos, con la publicación de libros y folletos de teóricos del anarquismo. En otros, con la creación de pequeños grupos de teatro para representar obras de carácter radical e instructivo. En esta línea de actuación, en Sevilla el centro obrero puso en marcha una Biblioteca Económica que publicó a comienzos de 1904 el folleto de Sánchez Rosa Las dos fuerzas, al que seguiría al año siguiente un opúsculo editado por el Centro de Estudios Sociales de Linares sobre la Historia del 1ººººªºªªª de mayo como efemérides celebrada por el mundo obrero. Por lo que se refiere al teatro, éste era concebido igualmente como instrumento de propaganda al servicio de la causa obrera, tratando de reflejar las piezas representadas el estado moral de la sociedad. Entre los anarquistas andaluces algunas experiencias conocida son las protagonizadas por el Grupo Redención, de La Línea, que en 1904 representó las obras tituladas Los Plebeyos, Aurora y Las Hormigas Rojas, y por el grupo sevillano ‘Los amantes del arte libre’, que se propuso representar obras de carácter radical e instructivo por todos los pueblos de la provincia, poniendo en escena en 1905 a autores como Ibsen, Tolstoi, Gorki o Dicenta. Cultura anarquista. Consecuentes con el deseo que les animaba de transformar las costumbres y los valores imperantes, los anarquistas convirtieron los principales “ritos de paso” en actos políticos, en cuya celebración en el centro obrero confluían todos los sectores opuestos a la hegemonía ideológica del catolicismo. También constituía un verdadero acto de fe política la opción por unos determinados nombres en el acto de la inscripción, siendo frecuentes los nombres relativos a los elementos de la naturaleza y a figuras relevantes de la ciencia y el movimiento libertario. En aquellos años, sin embargo, los “modelos” imperante fueron los de los “mártires de Chicago”, en particular Parsons y Engel. A ellos se sumaban los Germinal, Darwin, Progreso, Universo...., y, ya entre las niñas, los de Acracia, Palmira, Redención.... Con la adopción de tales nombres se quebraba la letanía del santoral en ciudades como Lora del Río, Los Barrios, Nerja, etc., dando pie en algún caso a irónicas reflexiones en la prensa obrera. Tal ocurrió en Arriate con la hija de Juan Lobato y Teresa Becerra, que recibió el nombre de Redención, y de la que el corresponsal decía: “La pequeña goza de buena salud, y en la animación y alegría que resplandece en su semblante, parece, y es indudable, que agradece a sus padres el no haberlas llevado a ese antro fantástico donde sólo impera la superstición, el engaño, la mentira”. En su deseo por romper con los prejuicios tradicionales, los anarquistas también apostaron decididamente por la igualdad de los sexos. Como deja ver la publicística premiada en los Certámenes sociológicos celebrados en 1885 y 1889, las relaciones de pareja aparecen presididas por nuevos principios, por nuevos valores, en los que el respeto mutuo, la libertad y la igualdad y ocupan un lugar central. En la misma medida son numerosas las noticias sobre la participación de la mujer en las veladas y actos organizados en los círculos y centros ácratas. Así, y aun cuando sólo muy excepcionalmente se den nombres, como eran los casos de Teresa Claramunt y Soledad Gustavo o el de las militantes cordobesas Antonia Villatoro, Pura Antón y Rafaela Salazar, encarceladas durante la oleada represiva que siguió a los sucesos de Alcalá del Valle, las referencias a su participación son casi continuadas. Con la presencia de “aproximadamente un centenar de compañeros y compañeras, entre ellas la hija de Tomás González Morago, que presidió la sesión”, celebraron los obreros granadinos el aniversario del 18 de marzo. Con la asistencia de más de cuatrocientos trabajadores, “entre ellos numerosas compañeras”, se celebró la velada en honor de los mártires de Chicago en Sevilla aquel mismo año.... Y es que no en vano para los anarquistas la cultura se definía por su carácter transformador, por su vocación universalista, por su didactismo y su búsqueda de una identidad a través de nuevas categorías valorativas y de una nueva moral. De la misma forma que servía para expresar una concepción del mundo diferente a la enunciada por la cultura burguesa, provocando con ello una dualidad de visiones que no pueden ser entendidas sino dentro de las relaciones de enfrentamiento y complementariedad que existen entre ambas.
Manuel Morales Muñoz |
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