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ANEXOS |
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- De los andaluces

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Sería preciso adentrarse en las viejas crónicas para evocar los viajes de los andaluces por el anchuroso globo, sus peregrinaciones a los lugares más apartados en busca de palabras o consejos luminosos, sabiduría que proviene de sus pasos en la tierra, de las miradas que solazan el espíritu del viajero. Pero, qué duda cabe, la expedición más dolorosa es aquella que se emprende sabiendo que no habrá retorno, que jamás se regresará a la lumbre del hogar. Es una historia bien conocida, basta con recorrer las costas del vecino continente africano o perderse en las intrincadas callejuelas de un pueblecito magrebí para revivir la tragedia de aquellos que partieron al exilio y que, en la lejanía, todavía cultivan la nostalgia y fantasean acerca de su pasado en al-Ándalus. “La realidad es que hoy –señala Julio Caro Baroja– en las viejas ciudades del norte de África, musulmanes tradicionalistas y severos se enorgullecen de su origen andaluz”. Ciudades como Fez (Marruecos), en cuyo seno se encuentra la medina o aduar de los andaluces, un barrio que cuenta con la madraza Sajaría y la Djamaa Andaluz, la segunda mezquita en importancia de la ciudad. Ante sus muros es probable que alguna vez se haya interpretado la música de Fez, llamada Andalus porque su estilo se desarrolló en España durante el califato de Córdoba y fue traído a esta ciudad cuando los moriscos se vieron obligados a abandonar Andalucía. Con respecto a esta circunstancia escribe Amin Maalouf: “Ahora teníamos que encontrar un techo que nos cobijara, lo que no resultaba fácil desde que los emigrados andaluces, que habían llegado a Fez en oleadas sucesivas, se habían apropiado de todas las casas disponibles. Cuando había desembarcado Boabdil, tres años antes, lo acompañaban [...] setecientas personas, que ahora tenían su propio barrio donde la vida seguía rigiéndose por los usos de la Alhambra, sólo que sin el orgullo”. Pero antes de su establecimiento en estos núcleos urbanos, numerosos contingentes de moriscos arribaron a las costas del norte de África, expulsados por decreto del rey Felipe III en 1609. La playa de los andaluces –así denominados por los lugareños–, en la argelina ciudad de Orán y próxima al fuerte español de Santa Cruz (siglo XVI), asistió a uno de estos desembarcos. Con casi toda seguridad su último destino sería la ya mencionada medina de Fez o el barrio de los andaluces de la capital tunecina, ubicado entre la Puerta del Zoco (Bab Suwiqa) y la mezquita del olivo, dando lugar a asentamientos en los que se constata que hay Andalucía más allá de Andalucía, hay Andalucía donde haya andaluces. |
- Andaluces

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Hermosas damas, si la pasión ciega no os arma de desdén, no os arma de ira, ¿quién con piedad al andaluz mira, y quién al andaluz su favor niega?
En el terreno, ¿quién humilde ruega, fiel adora, idólatra suspira? ¿Quién en la plaza los bohordos tira, mata los toros, y las cañas juega?
En los saraos, ¿quién lleva las más veces los dulcísimos ojos de la sala, sino galanes del Andalucía?
A ellos les dan siempre los jueces, en la sortija, el premio de la gala; en el torneo, de la valentía.
Luis de Góngora |
- El andaluz

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Sombra hecha de luz, Que templando repele, Es fuego con nieve El andaluz.
Enigma al trasluz, Pues va entre gente solo, Es amor con odio El andaluz.
Oh hermano mío, tú. Dios, que te crea, Será quien comprenda Al andaluz.
Luis Cernuda De La Realidad y el Deseo. |
- El pueblo andaluz

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Más que a su Naturaleza, Andalucía debe su originalidad a su pueblo. Los contrastes andaluces están en los individuos mucho más que en la tierra: modernismo junto a rutina milenaria, desigualdades sociales y económicas, mezcla de lo tráfico y lo cómico. En el pueblo andaluz encontramos también la quintaesencia de un tipo humano muy especial, que hay que mirar con interés, si no con amor. Pero si el tipo andaluz es bien definido, no es fácil de definir. Una serie de imponderables separa siempre al extranjero de la realidad andaluza, y, por lo demás, en esto radica precisamente la fascinación que en toda época ha ejercido el andaluz, lo mismo sobre los fenicios, de los que se conservan en Cádiz curiosas tumbas, que sobre los turistas norteamericanos de los viajes organizados. Lord Byron, en su Don Juan, nos ha dado de este encanto una explicación para el exterior, colorista, impresionista: Andalucía es una especie de paraíso musulmán, de materiales delicias, las mujeres y las naranjas, frutas vegetales y frutas humanas; en suma, la tierra de la seducción. Analizando mejor, se advierte que, en realidad, el fondo del problema está en el individuo. En él se puede descubrir a la vez el producto del medio y el de la historia, también el de sus reacciones personales, en las que se comporta, fundamentalmente, como un individualista. El medio geográfico envuelve al andaluz, que vive, como el gallego céltico y más que él, en función de lo que le rodea. Pues mientras el celta teme a su medio que es hostil, el andaluz ama al suyo. Ama a su tierra y a su sol con una adoración pagana. Por lo demás, esto puede decirse de todos los meridionales: recuérdese el Numa Roumestan de Alfonso Daudet, y Tartarín, que se sentía ”desterrado” en Beaucaire… En consecuencia, el andaluz está contento de ser andaluz, de haber nacido en Andalucía, Como los catalanes por los gabachos, siente cierto desprecio por los no andaluces, o más bien por las otras tierras que no son Andalucía. No se trata en él de un desprecio racial por los individuos, sino de una especie de lástima, de compasión por los que han tenido la desgracia de no haber nacido en Andalucía. Pues el andaluz está orgulloso de su tierra, de sus fabulosas riquezas, de su milenaria fama.
Jean Sermet De La España del Sur. |
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