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TÉRMINO
- ANDALUCISMO HISTóRICO
  ANEXOS
 
  • El programa político  Expandir
  • Mucho se ha hablado de la ambigüedad del programa político de los andalucistas históricos.  Ambigüedad respecto a la consideración que tenían de Andalucía, que osciló desde las primeras definiciones regionalistas hasta las más decididamente nacionalistas, para pasar más adelante –en los momentos decisivos, una vez abierto el proceso autonómico durante la Segunda República– de nuevo a postulados regionalistas. En la práctica su propuesta política era la de un regionalismo no excluyente y dispuesto a convivir dentro del Estado español, cuando en el contexto estatal e internacional predominaba un nacio­nalismo etnicista, estatalista, que sólo entendía la soberanía como independen­cia, que tenía la cuestión irlandesa como modelo. Carecieron también de un programa de transformacio­nes institucionales, en las que plasmar las aspiracio­nes de autogobierno, suficientemente diferenciado del republicanismo federal como para no aparecer públicamente confundido con él. Esa confusión, más allá de coincidencias meramente tácticas, y la negativa explícita a constituir una organización política que fuese polo de referencia y vehículo de expresión del andalucismo político, restó capacidad de incidencia entre la exigua clase media urbana, lugar donde más acogida podía tener un discurso anticaciquil, federalis­ta, republicano y moderadamente reformista en lo social.
        Efectivamente, el Andalucismo Histórico nació como una opción “regionalista”, más volcada hacia los aspectos culturales e identitarios, con escaso contenido político y un profundo sentido regeneracionista que nunca abandonaría. Su indiferencia inicial hacia la forma de Estado y de gobierno evolucionaría rápidamente hacia el republicanismo, enlazando así con la tradición federalista decimonónica. Sus planteamientos políticos se fundamentarían en un anticentralismo de base municipalista y federalista, en el rechazo a cualquier veleidad separatista y la afirmación de la solidaridad interregional, entendiendo el regionalismo como un medio de alcanzar la regeneración nacional.
        No obstante, desde 1919 y quizá influido por la atmósfera favorable, el Andalucismo Histórico evolucionaría hacia posiciones más nacionalistas, que afloraron, bien es verdad, sólo puntualmente en 1919 y 1920. Esta evolución debe entenderse en el contexto de la posguerra europea y la afirmación del principio de las nacionalidades y la esperanza que despertó entre los movimientos nacionalistas y regionalistas europeos. En el Estado español tendría su correlato en las afirmaciones inequívocamente nacionalistas del catalanismo, vasquismo y galleguismo, de tanta influencia en el Andalucismo Histórico. La primera afirmación nacionalista se produjo en la Asamblea de Ronda (1918) con la reivindicación de la Constitución de Antequera y tuvo su expresión más acabada en el Manifiesto de Córdoba (1 de Enero de 1919), donde se reivindicaba el Estado Libre de Andalucía y la convocatoria de Cortes constituyentes en las que, representadas todas las regiones, se pudiera pactar la Federación Española. Al contrario de lo ocurrido en 1883, la fórmula confederalista servía ahora para afirmar jurídicamente la soberanía de Andalucía desde la conciencia de su carácter diferencial y específico.
        Ahora bien, el andalucismo era nacionalista sólo en la medida en que era confederalista: subordinó “este concepto nacionalista al federativo”, según las propias palabras de Blas Infante. La consideración, por encima de todo, prioritaria del ideal confederalista ibérico, integrador de las distintas nacionalidades hispanas, dejaba en un segundo plano las aspiraciones estrictamente nacionalistas de Andalucía, tal y como se entendían entonces. En ese sentido, su nacionalismo únicamente se fundamentaba en la afirmación que se hacía de la soberanía de Andalucía, no en su independencia como era característico del nacionalismo etnicista; nacionalismo del que Blas Infante procuró distanciar siempre al Andalucismo.

    Manuel Gonzáles de Molina
  • El andalucismo hoy  Expandir
  • El andalucismo hoy, ex- puesto de forma sumaria, acoge dos realidades diferentes: una implica una determinada concepción sobre el ser y existir de Andalucía como pueblo en la historia, sobre su identidad y su proyecto de futuro, por lo que viene a ser básicamente una teoría con cierta implantación social; la otra es una praxis concreta que promueve una acción política con el fin de difundir esa idea. Así pues, el andalucismo actual contiene un doble significado: expresa, por una parte, una conciencia de autoidentificación andaluza asumida por algunos segmentos de la sociedad, y, por otra, una concreta opción ideológica articulada políticamente. El andalucismo de hoy, en su variante sociológica, tiene una presencia difusa y no muy arraigada, ya que en la sociedad andaluza predomina el sentimiento sobre la conciencia; en cuanto a la militante, su trayectoria se ha desplegado desde un inicial compromiso, hasta su configuración como partido.
        Con respecto al andalucismo sociológico, las encuestas señalan que la penetración andalucista en el tejido social alcanza a una reducida minoría de la población, aunque una inmensa mayoría afirma sentirse orgullosa de “ser andaluza”. Es la total preeminencia del ”sentimiento” de pertenencia a la región, que no cuaja en la asunción de una “conciencia andalucista”. A este respecto, el estudio sobre Valores sociales en la cultura andaluza destaca tres notas sustantivas: una es que el grado de andalucismo desciende según aumenta el nivel educativo; otra segunda, que quienes tienen un mayor estatus social son menos andalucistas, mostrando así el andalucismo un sesgo popular; finalmente, que hay una cierta asociación entre decantación andalucista y posiciones ideológicas de izquierda. Todo ello conduce a una conclusión de profundo significado social: “la vigencia del andalucismo está soportada en mayor medida no por los andaluces que ocupan las posiciones de poder educativo, político y económico, sino más bien por los que carecen de estos tres poderes”.
        En lo que se refiere al andalucismo militante, con su arranque a mediados de los años sesenta, en torno a la figura de Alejandro Rojas Marcos, su proceso de despliegue va desde el compromiso a la alianza, para desembocar por último en su configuración como partido. Su comienzo formal se puede situar el 11 de mayo de 1970, cuando, según escritura constitucional otorgada en Sevilla, nacía “Cepe, sociedad anónima” (Cp., S.A., que significaba “Compromiso político, S.A”.), que, mediante la fórmula de organización empresarial, encubría la actividad política de un colectivo. Este núcleo primigenio “descubrió” a Blas Infante a finales de los sesenta y asumió los símbolos andaluces en 1972-73. Del “compromiso” inicial se pasó prontamente a la “alianza” política: en noviembre de 1973 aparecía el Manifiesto fundacional de Alianza Socialista de Andalucía (ASA), en el que se afirmaba que “andaluces de distintos sectores nos unimos en una alianza de grupos de compromiso político sobre la base del regionalismo solidario”, y, tras fijar unos “principios” (Democracia, Personalismo, Socialismo), consideraba que “es el compromiso político el único instrumento válido” en el que todos los andaluces “tienen hoy un sitio, una tarea, un derecho y una obligación, lejos del miedo, del egoísmo y del dogma”. Colofón lógico de este proceso era la transformación de ASA, en su primer congreso (Málaga-Sevilla, julio-diciembre de 1976), en PSA (Partido Socialista de Andalucía), que afirmaba: «Definimos el regionalismo como un movimiento popular hacia la autonomía, que es expresión de una toma de conciencia colectiva, y que se propone la reconstrucción histórica, cultural e idiosincrática de Andalucía (...) y la paralela reconstrucción económica y social de nuestra región”.
        En la larga travesía del andalucismo militante hasta hoy, del PSA al PA, hay que destacar especialmente tres cuestiones: una es, pese a las fuertes críticas oscurecedoras, su innegable papel en la lucha por alcanzar la autonomía máxima (ya explicitada en su momento fundacional como partido); otra segunda, su fluctuante, y hasta contradictoria, evolución ideológica, que le ha llevado de ser el partido que afirmase “la obediencia andaluza” frente a las formaciones estatales, a coaligarse con el partido estatal hegemónico en las dos últimas legislaturas (1996-2000 y 2000-2004); por último, su recurrente escisionismo interno, que ha culminado en la ruptura final encabezada por Pedro Pacheco, de imprevisibles consecuencias electorales, con la paradójica recuperación por el grupo escindido de la denominación Partido Socialista de Andalucía (PSA). En suma, en el andalucismo militante ha habido un complejo trayecto que ha ido desde la inicial asunción del “ideal andaluz” blasinfantiano a un “pragmatismo acomodaticio” que le ha permitido “estar” en el gobierno de Andalucía, pero sin impregnarlo de una decidida impronta andalucista.

    Juan Antonio Lacomba
  • Los soportes del andalucismo  Expandir
  • Definido como un concepto utilizado para referirse en general a una preocupación por la identidad de Andalucía y, de forma más concreta, a los movimientos que reivindican la existencia de un pueblo, de una cultura y de una conciencia andaluza, las primeras manifestaciones políticas del andalucismo se sitúan comúnmente en los primeros años ochenta del siglo XIX. Unas manifestaciones que para la historiografía nacionalista aparecerían ligadas al federalismo republicano con la llamada  “Constitución de Antequera” aprobada en 1883. Sin embargo, a este respecto conviene recordar que tanto en el caso del andalucismo como en el de aquellos otros movimientos que ven el punto de partida de sus aspiraciones regionalistas o nacionalistas como resultado de los intentos de reorganización territorial alentados por el republicanismo federal, la mayoría de tales propuestas se hicieron siempre con el objetivo de vertebrar unos u otros territorios sobre presupuestos teóricos, administrativos y políticos que permitiesen garantizar los derechos y libertades democráticos frente al modelo impuesto por el sistema de la Restauración, pero nunca como afirmación de unas señas de identidad nacional perdidas. De cualquier forma, y al margen de las diferencias interpretativas, de lo que no parece caber ninguna duda es de que el andalucismo es un fenómeno netamente contemporáneo, ligado al desarrollo del Estado liberal, a las transformaciones derivadas del capitalismo y a las exigencias de algunos núcleos de las nuevas clases medias.
        Será en el mismo contexto en el que se emprendió la iniciativa republicana de 1883, aunque sin relación ninguna con ella, en la que tenga lugar un movimiento desde el que se llevó a cabo una seria aproximación a la realidad sociocultural de Andalucía, posibilitando lo que Isidoro Moreno ha calificado como “el primer descubrimiento consciente de la identidad andaluza”. Un movimiento detrás del cual se hallaban miembros de la pequeña burguesía vinculados al ejercicio de profesiones liberales: profesores universitarios, notarios, historiadores... Krausistas unos, positivistas otros y regeneracionistas todos ellos, son los Antonio Machado Núñez y Antonio Machado Álvarez; los Joaquín y Alejandro Guichot; Manuel Sales y Ferré, Luis Montoto....; animadores de ateneos y sociedades culturales, de revistas y bibliotecas y autores de toda una serie de trabajos en los que se definirán los elementos constitutivos de la identidad andaluza: de su folclore, de sus rasgos antropológicos, de sus formas de vida.
        Participantes activos en la creación de la Sociedad Antropológica Sevillana (1871), ­­en el denominado “movimiento folklorista”, con las sociedades El Folklore Andaluz (1881), que contaba con un órgano de prensa del mismo nombre (1881-1883), y El Folklore Bético-Extremeño (1883), y en la creación de la Biblioteca de Tradiciones Populares (1884), serán igualmente los animadores del Ateneo de Sevilla: institución creada por Manuel Sales Ferré, que tendría en los años siguientes un protagonismo fundamental en el desarrollo del Andalucismo Histórico, y de la que saldrá la primera y única por muchos años Historia General de Andalucía, debida a Joaquín Guichot y publicada entre 1869 y 1872. Se trataba, pues, de un movimiento importante, como vemos, pero con marcadas limitaciones, dado su escasa proyección social y política.
        Las perspectivas regeneracionistas, el impulso regionalista que se dio en otras partes de España desde finales del siglo XIX, la actividad cultural desplegada en torno al Ateneo de Sevilla y los Juegos Florales, las discusiones sobre la reorganización territorial del Estado desarrolladas a partir de la aprobación de la Ley de Mancomunidades y la difusión del georgismo como solución para el problema de la tierra influyeron en el desarrollo de una nueva reflexión sobre la cultura andaluza y el regionalismo. A mediados de junio de 1906, coincidiendo con la formación de Solidaridad Catalana, hay un intento fallido por constituir una Solidaridad Republicana de la Región Andaluza. El siguiente paso lo iba a dar el Ateneo de Sevilla con la organización en 1907 y 1909 de los Primeros y Segundos Juegos Florales, respectivamente, suscitando las cuestiones adoptadas como tema central en uno y otro certamen un amplio debate intelectual. Si en el primero de ellos el tema propuesto fue ‘¿Hasta qué punto es compatible el regionalismo con la unidad de la Patria?’, en el de 1909 se definirían las que habrían de ser las bases del regionalismo andaluz.
       
        Los problemas.
    De esta manera se abría el camino para la discusión de algunos de los problemas más acuciantes a los que se enfrentó el andalucismo en los años siguientes, entre ellos el de la esencia de Andalucía (el ser de Andalucía); el del regionalismo y la articulación territorial de la región; la cuestión agraria, etc. Unos debates en los que participaron ateneístas como José María Izquierdo, Ángel Ganivet, Alejandro Guichot, Méndez Bejarano, Castejón, Cortines Murube, Isidro de las Cagigas..., y que teniendo por escenario las mismas tribunas del Ateneo de Sevilla y las páginas de Bética, convertida desde su fundación en 1913 en la plataforma inicial de todo este regionalismo cultural, culminarían en 1915 con la publicación de la obra de Blas Infante El Ideal Andaluz. Precisamente el mismo año en que nacía Bética, y como consecuencia de la aprobación de la Ley de Mancomunidades (1913) y la constitución de la Mancomunidad de Cataluña en 1914, se acentuaron las discusiones en torno a la existencia de una Andalucía diferenciada y a la posibilidad de un regionalismo andaluz, reconociéndose a Andalucía como una región con una personalidad bien definida que podría vivir de forma independiente, aunque eso sí, sin cuestionar en ningún momento la unidad de España y sí solo la uniformidad artificial de la misma.
        Pero lo más significativo en estos momentos será la relación que se establece entre cuestión regional y problemática de Andalucía. El 27 de mayo de 1913 se celebraba en Ronda el Primer Congreso Georgista, cuyas doctrinas, sobre todas las referidas al impuesto sobre el valor del suelo, serán aceptadas por los andalucistas. El escenario escogido no podía ser más adecuado, toda vez que el georgismo respondía perfectamente a algunos de los presupuestos teóricos de los que partía el andalucismo, concretamente sus reflexiones sobre el tema de la tierra, que sería una preocupación esencial del regionalismo andaluz. A partir de estos momentos, y teniendo como punto de partida la toma de conciencia sobre la opresión generalizada que sufría el campesinado andaluz durante la Restauración y el regeneracionismo costista y el agrarismo georgista, el andalucismo denunciará reiteradamente la miseria de los jornaleros y el caciquismo. De esta manera regeneracionismo y georgismo irán impregnando sólidamente el ideario económico y el proyecto político andalucista. Es del georgismo de donde provienen las soluciones que desde el principio aportan al tema, y que pasan por la abolición de la propiedad privada, distinguiendo entre propiedad y posesión, y por la imposición de una tasa contributiva única sobre el valor social del suelo. Ésta sería la línea de actuación propuesta por los andalucistas. Ésta sería la reforma agraria que permitiría la mejora de las condiciones de vida y de trabajo y el nacimiento de una amplia clase media rural.
        Así lo expresó reiteradamente el mismo Blas Infante, ofreciendo su análisis de los males y los posibles remedios para el campo andaluz en toda una serie de artículos de prensa y conferencias: desde su intervención en el Congreso Georgista de 1913 hasta los artículos publicados en El Sol en 1919, pasando por los recogidos en Bética en 1914 y en Andalucía en 1916 y 1917. Como lo expresaron algunos de sus colaboradores, particularmente el ingeniero agrónomo Pascual Carrión, hombre estrechamente vinculado a los andalucistas y uno de los redactores de su programa agrario, que esbozó un apretado panorama sobre las tierras incultas y la concentración de la propiedad en Andalucía en una serie de trabajos aparecidos en 1919. Unos artículos en todos los cuales Andalucía aparece marcada por el latifundismo y las hirientes desigualdades sociales, y cuya visión también difundirán en novelas y escritos autores como Vicente Blasco Ibáñez ­­­-La bodega (1905)- o el propio Azorín, cuya serie de artículos La Andalucía trágica aparecieron en 1905 en las páginas de El Imparcial.
        Una visión bien lejana del carácter apologético y de la idealización de la vida agraria que caracterizaban al nacionalismo vasco. En Andalucía, la existencia de los grandes latifundios y la miseria del campesinado conllevaba el enfrentamiento de clases. En estas condiciones, el hambre del campesinado, el caciquismo y la forma de propiedad agraria se presentan como símbolos de la explotación de toda Andalucía, en una situación que sólo podría superarse mediante la acción de unas minorías que impulsasen el desarrollo económico, cultural y político. Como muy metafóricamente resumiera R. Ochoa desde las páginas de Andalucía en su número de junio de 1916, “la cuestión agraria es la carne de nuestro programa”. Era la misma idea que por el mismo tiempo expresaba otro andalucista, Dionisio Pérez, para quien aquellos factores constituían la base para entender “cómo somos regionalistas en Andalucía”.
       
        La esencia. A partir de aquí surgirá el debate sobre “la esencia” de Andalucía, que Blas Infante sintetizará en las páginas de El Ideal andaluz (1915). Partiendo de la toma de conciencia sobre la situación de subdesarrollo y miseria que vivía la región, los intelectuales ateneístas empeñaron todo su esfuerzo por buscar en la historia los momentos en que Andalucía había destacado por su esplendor. De esta manera, y al igual que ocurrirá con los restantes nacionalismos y regionalismos, también en el andalucismo estará presente la componente historicista como medio de legitimación del presente. En este caso, la imagen que se pretende recuperar es la de al-Ándalus, que representaría a los ojos de los andalucistas todo el esplendor y riqueza cultural de los andaluces. Una imagen que permite dibujar un ciclo histórico en el que la interpretación de la decadencia se debería, en una primera fase, a la conquista castellana en los siglos XIV y XV, y ya en la Restauración, al caciquismo y a la centralización impuesta por el liberalismo burgués.
        En la misma medida y a falta de una lengua propia que sirviese como soporte último de la identidad andaluza, los andalucistas buscarán las raíces del movimiento en la cultura popular: en la literatura y en el cante flamenco. No es casual que el marco de referencia de Blas Infante sea el cante, al que dedica un estudio específico titulado Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo, que utilizará para apoyar su proyecto político. A este respecto Infante dirá: “la copla flamenca es más certera que la ley electoral, en orden al hallazgo de los verdaderos representantes del pueblo andaluz”. Y es que para Infante el flamenco sería el reflejo de la esencia espiritual de Andalucía, remontándose sus orígenes históricos a los moriscos expulsados de sus tierras en el siglo XV. En tanto que producto de la historia, el flamenco o felag enkum, el lamento por el desarraigo, sería una expresión de la capacidad creadora que poseía la colectividad andaluza.
        Una vez determinado el ser y la esencia del pueblo andaluz, que gozaría de otra serie de rasgos psicologistas y metafísicos como el genio andaluz, y una personalidad y espiritualidad propias, había llegado el momento de liberar Andalucía, pero no de España, sino de la pobreza y del atraso, o lo que es lo mismo del caciquismo y el latifundismo. Un objetivo que dividirá al andalucismo en dos corrientes diferenciadas: los llamados andalucistas históricos, que con Blas Infante a la cabeza pretendía transformar la realidad andaluza; y la corriente culturalista, cercana ideológicamente al conservadurismo y más preocupada por recuperar la identidad andaluza desde el plano estrictamente folclórico y estético.
        Con la ruptura producida las perspectivas de un regionalismo político de índole progresista se clarificaron a partir de la publicación de El Ideal Andaluz, convertido en el auténtico programa del andalucismo. También contribuyó a ello la sustitución de Bética como órgano de prensa del andalucismo por la revista Andalucía (Sevilla, 1916-1917, y Córdoba, 1917-1920). Como contribuyó la creación de los Centros Andaluces, en un intento por articular orgánicamente el movimiento político, y la celebración de las Asambleas Regionalistas de Ronda (1918) y de Córdoba (1919). Se abría, pues, una nueva etapa en la que además los andalucistas participarán junto con los republicanos en las elecciones municipales, aunque con resultados dispares, si bien hay que destacar la presencia de algunos de sus candidatos en los Ayuntamientos de Jaén y Córdoba. Una etapa, en fin, que la historiografía andalucista califica como nacionalista.
       
        Órganos.
    En junio de 1916 nacía la revista Andalucía como “órgano de relación entre los correligionarios del Centro Andaluz”, representando el “andalucismo político” frente al “andalucismo culturalista” de Bética. En una primera etapa sevillana, desde aquel mes de junio hasta diciembre de 1917, estuvo dirigida por A. Ariza; en tanto que desde enero de 1918 y hasta su desaparición en marzo de 1920 vivió su etapa cordobesa, siendo su director el periodista E. García Nielfa. Una segunda etapa durante la que sus temas habituales girarán en torno a la cuestión regionalista: estudios históricos, sociales, agrarios y educativos de Andalucía; así como en torno a los proyectos de organización del sistema regional. De marcada tendencia político federalista, defendió la socialización de la tierra según los postulados georgistas, la organización federal (confederal) de las regiones y la autonomía de los municipios. Todo muy acorde con el programa andalucista.
        También en 1916 nacía en Sevilla el primer Centro Andaluz, configurado como una plataforma “antipartidista” cuyo fin primordial era la defensa de la autonomía administrativa y económica; siguiéndole casi de inmediato otros tantos en todas las capitales andaluzas, con la única excepción de Huelva, donde el poder del caciquismo se dejaba notar con mayor crudeza. Fuera de Andalucía también contaron con sus respectivos Centros Andaluces Madrid, Barcelona y algunas capitales iberoamericanas, llegándose a fundar en Buenos Aires una Liga Regionalista Andaluza.
        Meses más tarde, en el marco abierto por la crisis de 1917 y después de haberse impedido su celebración en distintas ocasiones, los días 13 y 14 de enero de 1918 se celebraba en Ronda la I Asamblea Regionalista, en la que se debatirán y fijarán las directrices políticas e ideológicas a seguir por el andalucismo. Resultado de ello se elaborará un programa político inspirado en el proyecto de Constitución Federal para Andalucía presentado en Antequera en 1883 y cuyas líneas fundamentales pasaban por el reconocimiento de la autonomía plena para Andalucía, que contaría con poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Igualmente, en la Asamblea de Ronda se adoptaron ya los símbolos más emblemáticos del andalucismo: la bandera (verde, blanca y verde), el himno y el escudo, sobre el que se colocó el lema “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”.
        Fue el punto de partida para la expresión del andalucismo más radical, al marcar el congreso de Ronda el arranque de un regionalismo federalizante. Buena prueba de la nueva situación fue el apoyo prestado por los andalucistas a las clases obreras en sus enfrentamientos con el sistema de la Restauración. Primero, en 1917, al prestar su apoyo a la convocatoria de huelga general. Después, en el llamado “trienio bolchevique” (1918-1920), cuando ante la cuestión sobre qué posición a adoptar, Pascual Carrión responderá: ”Inclinémonos siempre a la izquierda, junto a los trabajadores”. Al igual que habían hecho el catalanismo de izquierdas y el nacionalismo canario en su intento por implicar a las clases obreras en el proceso de construcción nacional, el andalucismo iniciaría un acercamiento al proletariado, aunque sin éxito.
        El mismo año de 1918, y a modo de reafirmación de la nueva estrategia seguida por el andalucismo, Blas Infante escribirá que la España centralista, caciquil y oligárquica había “muerto”. Una línea de actuación que se mantendría en el Manifiesto andalucista publicado el día 1 de enero de 1919 como texto de discusión para la segunda Asamblea Regionalista a celebrar en Córdoba en marzo siguiente, y en el que sus autores, entre otros el mismo Infante, se proclamaban “separatistas de ese Estado que conculca sin freno los sagrados fueros de la libertad”. En este sentido, la Asamblea de Córdoba supuso un avance cualitativo en los planteamientos del andalucismo histórico, que se vio refrendado con la elaboración de un programa de acción sobre el problema de la tierra y la cuestión social basado en el ideario georgista, y con la aprobación del “municipalismo” y el pactismo federalista, como fórmula de articulación territorial. 
        Pero tras esta radicalización el movimiento pareció tocar techo. El miedo de un sector del andalucismo a la crisis social, la clausura del Centro Andaluz de Córdoba por parte de las autoridades y, ya en 1923, la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, hicieron entrar al movimiento en un período de letargo. Una etapa de atonía de la que pareció querer salir en 1930 con motivo de la conferencia que ofreció Blas Infante el 9 de enero de ese año en la Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga, y que tituló ‘La continuidad de Andalucía’. Fue como un presagio de la nueva etapa abierta al año siguiente con la creación de la Junta Liberalista de Andalucía y la redacción, en 1932, de las “Bases para el Proyecto de Estatuto”.

    Manuel Morales Muñoz
 
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