(…) Vimos a nuestros batidores ascender en una sola fila, con ese paso lento, pero firme y sin tregua, propio únicamente de los montañeses, luego coronaron la cima del cono, agitaron todos juntos sus carabinas con un gran griterío, soltaron sus perros y bajaron. La perspectiva de la región era admirable, estábamos en plena Sierra Morena, olas de vegetación rizaban todo el paisaje. La vista se extendía bastante lejos con leves ondulaciones del terreno, y recortes del cielo en el horizonte. Nos habían ubicado a cierta distancia uno del otro, con la recomendación expresa de no hacer ningún ruido, de no tirar a las perdices, ni a los conejos, caza inútil, y sobre todo de disparar siempre hacia delante, siendo los cazadores que teníamos a nuestros lados y perdidos por los bosquecillos presas de demasiado alta montería, incluso para unos nobles extranjeros. (…) Nada tan bello como este comienzo de cacería tan novedosa. Con nuestros cuchillos, habíamos tonsurado para nosotros el sitio que debíamos ocupar, y con el ramaje cortado nos habíamos hecho un lecho sobre el cual esperábamos, tendidos en las poses más indolentes, que nos llegara alguna señal. Nos inundaban aromas desconocidos. El horizonte ancho que antes he intentado describirle, despoblado de hombres, se adormecía dentro de un rayo de sol de diez leguas. Ese inmenso reposo era espléndido de contemplar. Esos maquis milenarios por entre los que andábamos al azar, sin que nada fuese a conservar allí la huella de nuestros pasos; esa soledad eterna que turbábamos un poco más que la liebre que la atraviesa, un poco menos que el jabalí que la habita, que nos dejaba cavarnos un refugio de algunas horas y de algunos pies dentro de su espesura, y que, una vez que hubiésemos partido, iba a cerrarse de nuevo y no se acordaría de nosotros; esa montaña que, tantas veces turbada por gritos de muerte, llevaba en medio de sus árboles y albergaba bajo su sombra las pruebas de los asesinatos de los que ella misma era cómplice, y de los que, después de haber apagado todos los gritos, había recubierto los recuerdos con su silencio eterno y su impiadosa serenidad, todo eso tenía para mí un carácter imponente. Alejandro Dumas De ‘De París a Cádiz’. |