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ANEXOS |
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- Un escritor errante

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Fue un escritor prematuramente errante. Nacido en La Carolina, durante su infancia, reside en su ciudad natal, en Linares y en Madrid, pero en 1921 se traslada a Málaga, donde cursa primera y segunda enseñanza en el Colegio Alemán, donde convivirá con profesores y estudiantes de diferentes ideologías y creencias religiosas, lo que le influirá decisivamente en su trayectoria vital y literaria. Poco después, inicia estudios en la Escuela de Comercio, pero pronto ingresará en el cuerpo de auxiliares del Estado: “Gracias a cierta distancia de mí mismo puedo deducir hoy que las hipótesis genéricas, el influjo de tempranas enfermedades, la ambigüedad de la clase social en que mimbraran niñez y adolescencia, el cuño de los ambientes, el asistir y compartir unas mutaciones históricas y, en última instancia, una concepción del mundo y del hombre me inclinaron por la gravedad y el pesimiso, y a la par por la ternura y por la pena ante nuestra común condición humana”. En 1932, se traslada inicialmente a Madrid y en 1935 a Barcelona, como funcionario de la Administración, aunque durante la Guerra Civil española se dedicará plenamente al periodismo, hasta su exilio a Francia, a fines de enero de 1939. Es en esa fecha cuando le internan en el campo de concentración de Saint Cyprien y, posteriormente, embarca a bordo del ‘Sinaia’, el célebre barco que traslada, desde las costas francesas hasta México a un numeroso grupo de transterrados españoles: “En España, antes de su exilio -acota Juan de Dios Ruíz Copete- la actividad literaria de Andújar se había limitado a sus colaboraciones periodísticas, generalmente de contenido político en Lérica y en Las Noticias, de Barcelona, portavoz este último de la UGT en Cataluña». En junio de 1939, Andújar se establecerá en México Distrito Federal, donde ejerce como corresponsal de francés y alemán en una empresa importadora, al tiempo que desempeña tareas publicitarias. Pero, entre sus ocupaciones, figurarán la gerencia de una librería o del Fondo de Cultura Económica de México, lo que le permite viajar por numerosos países iberoamericanos. En 1946, junto a José Ramón Arana, de quien se distanciaría posteriormente, funda en México la revista literaria Las Españas. Entre 1956 y 1957 residirá en Chile y, a principios de 1967, regresa a España, donde asume diversos trabajos relacionados con Alianza Editorial, hasta su jubilación en 1979. Autor de una profusa obra literaria, que incluirá relatos —Partiendo de la angustia, 1944; La sombra del madero, 1966; Los lugares vacíos, 1971; La franja luminosa, 1973—, novela —Cristal herido, 1945; o su trilogía Vísperas, que incluye Llanura, 1947, El vencido, 1949, El destino de Lázaro, 1959; entre otros títulos como Historia de una historia, 1973, Cita de fantasmas o La voz y la sangre, 1984, Mágica fecha, 1989, o Un caballero de barba azafranada, 1992—, poesía —La propia imagen, 1961; Campana y cadena, 1965; Fechas de un retorno, 1979—, teatro —El primer juicio final, Los aniversarios y El sueño robado, en 1961; En la espalda, una X, 1973, Aquel visitante, 1974—, o crónicas y ensayos —Saint Ciprien Plage, campo de concentración, 1942, su primer libro publicado, de corte autobiográfico; o Narrativa del exilio español y literatura latinoamericana, en 1974—. Influido por el 98, algunos de cuyos postulados seguían siendo válidos a su juicio, la literatura de Andújar pasa por ser, en palabras de Rafael Conte, “compleja, barroca, quizá hasta excesivamente forzada en ocasiones”. A pesar de la calidad y del rigor de su literatura, no sólo no recibió reconocimientos oficiales, sino que su perfil como escritor apenas fue destacado en estudios y antologías de su tiempo: “Mi serie novelesca —explica el propio Andújar— abarca temáticamente conflictos y esperanzas, sucesos del común y particulares aventuras e infortunios, desde finales del pasado siglo, en las Españas, hasta los procesos, siempre a descifrar, que contornean esta década de los ochenta”. “Los últimos años de su vida —refiere Juan de Dios Ruíz Copete— residió en San Lorenzo de El Escorial, dedicado a escribir pero distante del mundo literario”. Allí, contó al menos con el respaldo de la Corporación local y una tertulia literaria que él presidía, en el café Crochet: ”Sólo fue homenajeado —relata Ruíz Copete— por su pueblo natal, La Carolina, que le nombró Hijo Predilecto y después por la Junta de Andalucía. No le fue concedido ninguno de los premios oficiales importantes. Sólo, en 1987, fue nominado para el Premio Nacional de las Letras, que finalmente no le fue otorgado”.
Juan José Téllez |
- Adiós un 14 de abril

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El hombre es, siempre, el protagonista de la historia. Pero no todo hombre con protagonismo activo o, al menos, con un mismo grado de activismo. El que lo asume lo hace, en general, por impetu biológico al servicio de una idea. Quiere decirse que el protagonismo es una conducta consecuencia de una motivación. Manuel Andújar fue un republicano fiel a este régimen y por fidelidad a sus ideas un exiliado de su patria. En esa amputación ha estado la clave más determinante de su vida y su obra. Pemán dijo que el exilio era, a veces, una terquedad política; pero también una entereza con aires de vocación. En el caso de Andújar ni una cosa ni otra y prueba de ello es que retornó en cuanto le fue posible. Cosa distinta es que se encontrara con un clima propicio, un adecuado territorio emocional que, en efecto, no encontró. Esto hizo que Andújar persistiera en su actitud de exiliado interior, a lo que coadyuvaban no sólo determinadas circunstancias sino también, y sobre todo, su carácter. Retirado, tras su jubilación de sus tareas laborales, al pueblo madrileño de San Lorenzo de El Escorial, allí vivió, reducida ya su actividad a culminar su obra en el estricto ámbito de la familia, con la serenidad del hombre a quien la vida sometió a un devenir lleno de episodios dramáticos y el amable esparcimiento de una tertulia literaria. Murió un 14 de abril –«qué fecha más simbólica», recuerda Rafael Conte en Abc, «para un demócrata de los años más duros, para un republicano comprometido»– no ya sin el reconocimiento literario que su obra merece, pues no le fue otorgado ninguno de los premios oficiales que se conceden –a veces con cuánta descarada injusticia partidista– con cargo a los presupuestos del Estado o a los de los entes autonómicos, sino desasistido económicamente por una administración y una sanidad públicas que, como recuerda Conte en el citado artículo, «fue creada por el sistema en el que Andújar creyó y por el que combatió toda su vida». Tan lacerante fue la indiferencia de la Administración Pública que dio lugar a alguna que otra reacción de protestas –pocas, por cierto– como la de la Asociación Colegial de Escritores de España, que tituló el reproche con este acusador y significativo título: «El indigno adiós a Manuel Andújar”.
Juan de Dios Ruiz-Copete |
- Pervivencia del humanismo

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Manuel Andújar era, sin duda, el prototipo del hombre machadianamente bueno, en el buen sentido de la palabra, ese tipo de caballero auténtico con quien la admiración literaria pronto llegaba a ser complementada por la devoción personal, por la valoración humana. Frecuenté a Manuel Andújar y mantuve una amistad estrecha con él entre 1980 y 1994, relación que se inició poco antes de la elaboración por mi parte de una antología, Narradores Andaluces, en la que le incluía junto a autores como Francisco Ayala, Manuel Halcón, José Antonio Muñoz Rojas, Carlos Edmundo de Ory, José Manuel Caballero Bonald, Fernando Quiñones o Alfonso Grosso, entre otros, libro en que afrontaba ese género del relato que a ambos nos apasionó desde siempre también por su dificultad. Andújar era un hombre de cultura profunda, de estilo barroco, al modo andaluz, y con un conocimiento del idioma difícilmente superable. Pertenece al grupo de los principales narradores del exilio, Ramón Sender, Arturo Barea, Max Aub, y significa la recuperación, frente a la predominancia lírica del 27, de la narrativa, género que terminará imponiéndose también en la literatura del interior, al tiempo que paralelamente representa, junto a estos autores, la literaria crónica (trilogías) de la historia de su tiempo y, en concreto, la experiencia vital de la Guerra Civil, en su caso con la serie Vísperas. Su exilio, su marcha a México, supondría allí una labor fundamental en la difusión de la literatura española, como luego, a su vuelta y a través de su trabajo en Alianza Editorial, la difusión progresiva de los autores exiliados. Cantes de ida y vuelta, la voz de un escritor, novelista, dramaturgo y ensayista con alma de poeta que, como le ha sucedido a otros andaluces, desde Ayala a Quiñones, parecen especialmente dotados para el relato breve, esa instantánea de impacto que tantos merodean y pocos logran redondear. Así me decía Andújar: “En el conjunto de mi obra, y es una tendencia creciente, el relato representa, junto a mi ciclo Lares y penares, uno de los principales polos de atracción y consagración. El haberlos vertebrado en secciones enunciativas en mis tres libros de este género, revelaría unidades y singularidades temáticas”. Desde el documento a la ficción, entre el realismo y el mundo onírico, la alegoría, el símbolo, se desarrolla su fuente principal, muy ligada al ámbito andaluz, pero también con el referente siempre de su valor más destacado, el referente humano, la vida y la memoria. Y con este nexo común de amistad y de coincidencia literaria, Manuel solía recalar en Sevilla con relativa frecuencia, acompañado de su mujer, quien también adoraba el papelón de pescaíto frito frente al puente de Triana, salpicado de manzanilla o vino fino, mientras rozábamos las madrugadas contándome él las historias de allá, las vivencias del exilio y el choque entre la imagen de la España que dejaron y la que algunos, como él, encontraron a su regreso, la frustraciones por el fracaso del sueño de la república y, sobre todo, sus preocupaciones por su Andalucía de acá, pues este tema era también uno de sus predilectos. Para Andújar el mestizaje era la clave de nuestra condición y se sentía, a pesar de su larga trayectoria en la ausencia, profundamente andaluz, dolido también por la continuidad de nuestras carencias. Otras muchas veces nos vimos en los encuentros de escritores de la Asociación Colegial, compartiendo amistad con su secretario general, Andrés Sorel, el cual también ha destacado siempre esa especial humanidad de Andújar, que obligaba a quererlo. Manuel Andújar obtuvo el Premio Andalucía de las Letras, y tuvo también en sus últimos años otros reconocimientos personales, pero a él le preocupaba sobre todo la difusión de la cultura en su tierra, de la lectura, esa otra labor que a la larga puede llevarnos a que se reconozca, más que al autor, a sus textos. Era Andújar un defensor de la cultura como brida, como bocado para frenar los impulsos de la violencia, de la locura, de la tiranía. Y además, la amabilidad, la elegancia, el respeto a la persona, que le impedía, contra lo que es infrecuente entre los escritores, hablar mal de nadie. Manuel, que era un gran conversador, sabía escuchar, incluso al joven amigo imberbe que yo era cuando lo conocí, y matizar luego y abrir nuevas vías que te ayudaran a encontrar las tuyas. Su ausencia es aún una cicatriz en mi memoria.
Rafael de Cózar |
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