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CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- FERNáN CABALLERO
  ANEXOS
 
  • Clemencia  Expandir
  •     En cuanto a Clemencia, la sobrina de la marquesa, que a los diez y seis años salía del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda, era de aquellas criaturas a las que, como al mes de mayo, regala la naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y todos sus encantos.
        De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño inglés, su dorado cabello la cubría toda cuando estaba suelto, como un manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenían un señorío tan dulce y grave que parecían haber sido colocados por la nobleza en la cara de la inocencia. Su hermosa boca tenía sonrisas de ángel, como las que en la cuna tienen los niños para sus madres. [...]
        Cuando Clemencia vino a casa de su tía, como su belleza era tan notable, tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla; por ocho días no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de la monjita de Cortegana; en fin, fue uno de esos gritos unánimes y espontáneos de admiración que arranca la verdad casi por sorpresa a un mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y dada de mala gana.
        En cambio, la acogida que recibió en casa de su tía fue poco cordial. Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era tan opuesto a ser exigente, que lejos de notar esta falta de cordialidad, no hubo en su corazón sino gratitud y contento. [...]
        Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que había inspirado, había sido una benévola bienvenida en obsequio a su tía, y que cada cosa había vuelto a su lugar.
        Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias, no con resignación y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita a los abrojos sus espinas, esto es, a los procederes hostiles sus malas causas.
        Si alguna vez un desabrimiento o una dureza la hacían llorar, bastaba una palabra o una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y traer la sonrisa a sus labios. Esto lo hallaba a veces en su tía, que a pesar de su displicente carácter; era en el fondo bondadosa, y al ver llorar a su sobrina, el día que estaba de mal humor se impacientaba; pero el día que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entonces le dirigía la palabra con agrado, o la obsequiaba con algún regalito, lo que hacía rebosar de gratitud el corazón de aquella niña, porque la gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de agua, que sólo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.


    Fernán Caballero

    De Clemencia.
  • Elia  Expandir
  •     Habiéndose sentado las cuñadas en el canapé, dijo la marquesa:
        –Querida Isabel, ayer quisiste que te diese mi parecer acerca de tu propósito de sacar a Elia del convento.
        –Sí –contestó la Asistenta, que al punto recordó con disgusto la escena del día anterior–, recuerdo muy bien tu respuesta desabrida, hermana.
        –No era razón de hablar con libertad y despacio de una cosa grave, y creo que el paso que vas a dar necesita meditarse. Ante todas cosas, Isabel, ¿cómo vas a colocarla?
        –A mi lado –contestó la Asistenta.
        –Pero ¿sobre qué pie? ¿Con qué título?
        –Con el de mi hija.
        –¿Y sabes acaso si las gentes la concederán ni el puesto ni el nombre que no son suyos?
        –¿Quién podrá disputarle lo que yo le otorgue?
        –Aquellos que saben que no está en tu poder, ni aun en el de Dios, el hacer que lo que ha sido no haya sido; aquellos que saben que la legitimidad, esa santa y noble procedencia que creó la nobleza, no admite injertos sobre su poderoso tronco, que sólo nutre sus ramas, cuanto menos una parásita.
        –iVálgame Dios, Inés! –contestó la Asistenta–. ¿Acaso para tratar, apreciar y querer a esa niña angelical tendrán antes que mirar su fe de bautismo y sus pergaminos? ¿Le preguntas, por ventura, a la rosa, cuya vista y perfume re encantan, si se crió en una maceta de china de La Granja o en un tiesto de barro de Triana?
        –No sé considerar las personas en el mundo como flores en florero –repuso la marquesa–. Es preciso considerar la cosa más seriamente; no se puede dejar el porvenir como una veleta al soplo del acaso. El verdadero cariño no es ciego; es previsor. ¿Qué felicidad sólida tienes que ofrecer a esa niña en el sigla en compensación de la que goza en el convento, en el que desea quedarse?
        –Ninguna.
        –¿Pues qué te mueve a sacada?
        –El amor que la tengo.
        –Es un amor mal entendido, Isabel.

    [....]

        Era Elia de mediana estatura y perfectamente formada. En su cara fresca y sonrosada brillaban unos ojos negros que, de no haber sido tan perfectos y rasgados y de una expresión tan dulce, hubieran parecido desproporcionados al lado de sus diminutas facciones; pero era su mayor atractivo la mezcla de viveza y de candor, de alegría y de bondad, de gracia y de sencillez que se manifestaba en toda ella en cuanto hacía y en cuanto decía. Vestía un jubón de estameña negra, de manga larga y ajustada, unas enaguas de lo mismo plegadas alrededor de la cintura, llevaba al cuello un pañuelo blanco de muselina tupida prendido debajo de la barbilla con un alfiler, calzaba zapatos de cordobán con hebillas de plata, y su pelo, partido desde la frente hasta la nuca, formaba dos trenzas que colgaban por sus espaldas hasta casi llegar al suelo.
        –Hija de mi alma –repitió la Asistenta al notar que Elia lloraba–, ¿por qué lloras? ¿No vienes aquí con gusto? ¿No quieres ya a tu madre?
        –iQué señora! –dijo María–. Esto es que las monjas, con sus despedidas y sus lloros la han enternecido. ¡Pues no había de venir con gusto! ... iVaya!
        –¿Quieres volverte al convento? –preguntó la Asistenta.
        –No, señora –contestó Elia–; no quiero separarme de usted nunca. Pero... iré a ver a las madres a menudo, ¿no es verdad?


    Fernán Caballero

    De Elia.
  • La Andalucía de Fernán Caballero  Expandir
  • Con la aparición de su primera novela –La Gaviota– en 1849, Fernán Caballero da entrada al Realismo en la literatura española. Año clave, pues, para las letras españolas y para la autora que, a partir de entonces, romperá con anteriores prevenciones –personales, familiares y sociales– e iniciará la publicación de una extensa obra ambientada, en su práctica totalidad, en Andalucía. El recorrido literario por parajes, aldeas, pueblos y ciudades andaluzas que la escritora ofrece está animado por un tenaz y, en su momento, novedoso propósito: rescatar y elevar a categoría literaria la singularidad de Andalucía.
        A mediados del siglo XIX, cuando Fernán Caballero inicia su andadura literaria, aún perdura en el imaginario colectivo el fulgor resplandeciente y distorsionado de la imagen de la Andalucía romántica, tierra exótica, castiza y primitiva a salvo del proceso de homogeneización que iba uniformando a Europa. Aunque ya los escritores costumbristas se propusieron, a partir de 1830, derrumbar el mito, sus pretensiones de objetividad acabaron claudicando ante la solidez de sus cimientos. Quedaba, pues, en manos del primer realismo la tarea de configurar –acaso “reinventar”– la auténtica esencia de Andalucía, y por extensión de España, despojándola de toda su carga de recurso a los tópicos.
        A ello, a dar una “idea exacta y genuina”, consagra su obra y sus desvelos Fernán Caballero. Su intención fue poderosa; sus logros irregulares. Y es que la España a la que se proponía desentrañar el alma, sufría los rigores derivados de la transformación de la sociedad estamental del Antiguo Régimen en una nueva sociedad burguesa. Los parámetros tradicionales de la realidad, por tanto, se desdibujaban, y trono y altar se tambaleaban ante las acometidas de la política liberal. La autora no dudó en tomar partido por la tradición y, con ello, su proyecto literario se vio atravesado, y encorsetado, por una desmedida y arrebatada cruzada personal contra el progreso. Así, a pesar de sus decididos propósitos de objetividad y de pretenderse mera observadora de la realidad que la envuelve, su Andalucía literaria no estaría exenta de poéticas estilizaciones y productivos clichés destinados a encubrir los aspectos conflictivos de la realidad. De esta forma, la escritora dibuja, con mirada complaciente, un universo andaluz plano e ingenuamente amable, surcado por personajes monolíticos representantes, bien de las tradicionales virtudes, bien de los nuevos desvaríos.
        Aún así, su obra ofrece indudables alicientes. Entre ellos, el de introducirnos en los círculos, urbano y rural, en que se desenvuelve la vida de la aristocracia andaluza que Fernán Caballero, debido a circunstancias personales, tan bien conocía. En obras como Clemencia (entendida por la crítica como velada autobiografía de su autora) o Elia se encuentran algunos de los más acertados, y escasos en la literatura de su época, retratos de la sobria y altiva nobleza andaluza y de sus modos. Impagable es esta aproximación a un mundo que otros escritores evitaron, bien por desconocimiento propio, bien por la consigna literaria decimonónica de hacer de la novela retrato de la clase media.
        Asimismo, en el capítulo de sus más acertados logros, figura el hecho de protagonizar uno de los primeros acercamientos conscientes y sistemáticos a la etnografía andaluza. La formación romántica de la autora la decidió a rastrear en el pueblo llano la autenticidad que perseguía y las técnicas costumbristas la ayudaron a insertarla en el conjunto de su obra. De este modo, su narrativa aparece salpicada de lo que se convertiría en una recopilación, sin precedentes, de todas aquellas manifestaciones de la tradición popular andaluza –gracias, chistes, chascarrillos, refranes, cuentos populares...– hasta entonces diseminadas y sin lugar propio en los tradicionales cauces literarios.
        Así pues, su firme intención de convertir a Andalucía en materia literaria de pleno derecho y su reivindicación del regionalismo hacen que, sin duda, la pluma de Fernán Caballero, a pesar de estar trabada por su compromiso ideológico, contribuyera en su momento a perfilar los resbaladizos contornos de la, tantas veces revisitada, Andalucía literaria.

    Eva María Flores Ruiz
  • Marisalada  Expandir
  •     –Vamos, Marisalada; vamos, levántate, hija.
    Marisalada no se movió.
        –Vamos, criatura –repitió la buena mujer–; verás cómo te va a curar como por ensalmo.
        Diciendo estas palabras, cogió por un brazo a la niña, procurando levantarla.
        –iNo me da la gana! –dijo la enferma, desprendiéndose de la mano que la retenía con una fuerte sacudida.
        –Tan suavita es la hija como el padre; quien lo hereda no lo hurta –murmuró Momo, que se había asomado a la puerta.
        –Como está mala, está mal templada –dijo su padre, tratando de disculparla.
        Marisalada tuvo un golpe de tos. El pescador se retorció las manos de angustia.
        –Un resfriado –dijo la Tía María–: vamos, que eso no es cosa del otro jueves. Pero también, tío Pedro de mis pecados, ¿quién consiente en que esa niña, con el frío que hace, ande descalza de pies y piernas por esas rocas y esos ventisqueros?
        –iQuería!... –respondió el tío Pedro.
        –¿Y por qué no se le dan alimentos sanos, buenos caldos, leche, huevos? Y lo que come no son más que mariscos:
        –iNo quiere! –respondió con desaliento el padre.
        –Morirá de mal mandada –opinó Momo, que se había apoyado cruzado de brazos en el quicio de la puerta.
        –¿Quieres meterte la lengua en la faltriquera? –le dijo impaciente su abuela; y volviéndose a Stein–: Don Federico, procure usted examinarla sin que tenga que moverse, pues no lo hará aunque la maten.
        Stein empezó por preguntar al padre algunos pormenores sobre la enfermedad de su hija; acercándose después a la paciente, que estaba amodorrada, observó que sus pulmones se hallaban oprimidos en la estrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de la opresión. El caso era grave. Tenía una gran debilidad por la falta de alimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba en camino de la consunción.
        –¿Y todavía le da por cantar? –preguntó la anciana durante el examen.
        –Cantará crucificada como los murciélagos –dijo Momo, sacando la cabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suaves palabras y no las oyese su abuela.
        –Lo primero que hay que hacer –dijo Stein– es impedir que esta niña se exponga a la intemperie.
        –¿Lo estás oyendo? –dijo a la niña su angustiado padre.
        –Es preciso –continuó Stein– que gaste calzado y ropa de abrigo.
        –iSi no quiere! –exclamó el pescador, levantándose precipitadamente y abriendo un arca de cedro, de la que sacó cantidad de prendas de vestir–. Nada le falta; cuanto tengo y puedo juntar es para ella. María, hija, ¿te pondrás estas ropas? ¡Hazlo, por Dios, Mariquilla, ya ves que lo manda el médico!
        La muchacha, que se había despabilado con el ruido que había hecho su padre, lanzó una mirada díscola a Stein, diciendo con voz áspera:
        –¿Quién me gobierna a mí?


    Fernán Caballero
    De La Gaviota.
 
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