Rafael El Gallo ha ejecutado todas las suertes del toreo... Y las ha ejecutado, no sólo a la perfección, sino impregnándolas de un sello personalísimo, una gracia y un donaire, no ya insuperables, sino incopiables, inigualables. Su carácter le impidió ser la primera figura de su época. En la plaza y fuera de la plaza le faltó consistencia, persistencia en su labor. No ya en una tarde o en una faena, en un minuto; más aún, en muy pocos segundos pasó de las sublimidades de hacer arte, frase que se empleó para él muchas veces, y el arte más puro, afiligranado y bello, con las arrogancias del mayor valor, al ridículo de la huida más descarada y descompuesta; huidas que llegaron a tomar el nombre característico de espantadas y que fueron como privativas del Gallo... Atribuían unos tan radicales desigualdades a las complejidades del carácter de Rafael, en el que colaboraban multitud de supersticiones y rarezas. Creían otros que obedecían a un supremo y superior conocimiento del toro, que le permitía ver y notar, antes que nadie, sus intenciones... En el toreo a una mano no tuvo rival; sus largas, sus largas afaroladas, sus revoleras, sus serpentinas, creación suya, derivación natural y hasta diremos lógica de sus improvisaciones y alegrías, encendían el entusiasmo y le proporcionaban ovaciones sin cuento...”
José María de Cossío De Los toros. |