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TÉRMINO
- GARCÍA LORCA, FEDERICO
  ANEXOS
 
  • CRONOLOGÍA  Expandir
  • 1898     Nace Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca en Fuente Vaqueros el 5 de junio, hijo de Francisco García Rodríguez y Vicenta Lorca Romero. El día 11 es bautizado en la iglesia parroquial.

    1900-1907    El 29 de julio de 1900 nace Luis García Lorca, que muere el 30 de mayo de 1902. Un mes después, el 21 de junio nace Francisco. La familia traslada el domicilio de la calle Trinidad a la calle Iglesia, donde ve la luz en 1903 María de la Concepción (Conchita). Federico aprende las primeras letras con su madre, maestra, y en la escuela del pueblo con Antonio Rodríguez Espinosa. Hasta 1907 la familia vive en Fuente Vaqueros.

    1908    La familia se establece en el vecino pueblo de Asquerosa (llamado después Valderrubio), donde don Federico tiene sus propiedades en el cortijo  de Daimuz. En el mismo año, Federico se traslada a Almería al internado de la escuela de su primer maestro, Antonio Rodríguez Espinosa.

    1909    La familia fija su domicilio en Granada, sin abandonar la casa de labranza de Valderrubio. Federico comienza los estudios de Bachillerato en el Colegio del Sagrado Corazón.

    1910    Nace Isabel García Lorca en Granada.

    1914    Estudios universitarios: Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad de Granada.

    1915    Estudios de piano y guitarra. Inicia su amistad con don Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Granada, desde 1911, y amigo de su padre.

    1916    Viaje de estudios con el profesor Martín Domínguez Berrueta por tierras de Castilla y Andalucía (conoce a Antonio Machado).

    1918    Publica su primer libro: Impresiones y paisajes.

    1919    Se traslada a la Residencia de Estudiantes de Madrid, por recomendación de don Fernando de los Ríos. Entabla amistad con Luis Buñuel, Salvador Dalí, Pepín Bello, Emilio Prados, José Moreno Villa... Escribe El maleficio de la mariposa, que estrena al año siguiente con La Argentinita.

    1921    Publica su primer libro de versos: Libro de Poemas, editado en Madrid.

    1922    Lee su conferencia sobre ‘El cante jondo’ en el Centro Artístico de Granada (13 y 14 de junio). El día 22 se celebra el Concurso de Cante Jondo, que promueve junto a Manuel de Falla, con cartel anunciador de Manuel Ángeles Ortiz.

    1924    Conoce a Rafael Alberti en la residencia de Estudiantes.

    1925    Fecha la terminación de Mariana Pineda en Granada. En la primavera viaja a Cadaqués, invitado por Salvador Dalí. Conoce a Ana María Dalí. Lee a la familia Dalí su drama Mariana Pineda. Obtiene la licenciatura en Derecho por la Universidad de Granada. La familia adquiere la Huerta de San Vicente, situada en las afueras de Granada, que utiliza como residencia veraniega.

    1926    Pronuncia la conferencia ‘La imagen poética de don Luis de Góngora’.

    1927    Nace la Generación del 27, en Sevilla, donde acude junto a otros poetas a la cita del Ateneo. Encuentro promovido por el torero y dramaturgo Ignacio Sánchez Mejías.

    1928    Publica Mariana Pineda y Romancero gitano.

    1929    En mayo, recibe un homenaje en su pueblo, con motivo del estreno en Granada de Mariana Pineda. Viaja a Nueva York, con don Fernando de los Ríos. Se instala en la residencia de estudiantes de la Universidad de Columbia.

    1930    Continúa en Nueva York. Comienza a escribir La zapatera prodigiosa. Viaja a Cuba. Trabaja en dos nuevas obras: Así que pasen cinco años y El público. Regresa a España en otoño. En diciembre estrena en Madrid La zapatera prodigiosa, por la compañía de Margarita Xirgu.

    1931    Lectura de Poeta en Nueva York en la Residencia de Estudiantes. Publica Poema del cante jondo.

    1932    Crea y dirige, junto a Juan Ugarte, el grupo teatral universitario La Barraca, con el apoyo del ministro de Instrucción Pública, don Fernando de los Ríos. Lectura de Bodas de sangre en casa de Carlos Morla.

    1933    Estrena Bodas de sangre en el teatro Infanta Beatriz, por la compañía de Josefina Díaz Artigas. Viaja a Argentina, Uruguay y Brasil.

    1934    Continúa por América del Sur. En marzo regresa a España. Asiste en Fuente Vaqueros a la inauguración de la Biblioteca Municipal, se rotula con su nombre la calle de su casa natal y pronuncia el discurso ‘Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros’. Don Fernando de los Ríos es nombrado hijo adoptivo del pueblo. El 11 de agosto muere Ignacio Sánchez Mejías en la plaza de toros de Manzanares. En septiembre, escribe el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. El 29 de diciembre estrena Yerma en el Teatro Español de Madrid, por la compañía de Margarita Xirgu.

    1935    Firma el 9 de febrero el manifiesto antifascista de intelectuales. En septiembre, estreno de Yerma en Barcelona por la compañía de Margarita Xirgu, que, en noviembre, representa también Bodas de sangre y estrena en diciembre Doña Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores.

    1936    El 14 de febrero el Frente Popular gana las elecciones. El 19 de junio termina La casa de Bernarda Alba. Trabaja en las obras Así que pasen cinco años y Los sueños de mi prima Aurelia. La noche del 13 sube al tren que lo conducirá a Granada con la intención de celebrar la onomástica de su padre, el día 18, en Granada. Se instala en la Huerta de San Vicente. El día 17 se produce el alzamiento militar contra el Gobierno de la Republica. El 18, en Sevilla, Queipo de LLano se hace con el mando de la región sur y anuncia su adhesión al golpe militar. La guarnición de Granada se suma el día 20. El 16 de agosto, es fusilado el alcalde socialista de Granada, Manuel Fernández-Montesinos, cuñado de García Lorca. Federico se refugia en casa de los Rosales; es descubierto y conducido al Gobierno Civil. La madrugada del 19 de agosto es fusilado en los límites de Víznar y Alfacar.

    1938    Comienzan a publicarse las Obras Completas, con prólogo y selección de Guillermo de Torre en Buenos Aires (Editorial Losada, siete tomos), entre 1938 y 1942.

    1940  
      Es redactada la partida de defunción cuatro años después de su muerte: “...falleció en el mes de agosto de 1936 a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra, siendo encontrado el cadáver el día veinte (sic) del mismo mes en la carretera de Víznar a Alfacar...” El 29 de agosto la familia García Lorca llega a Nueva York para vivir en el exilio. Allí se encuentran ya Isabel y Francisco García Lorca.

    1942    Contraen matrimonio Francisco García Lorca y Laura de los Ríos.

    1945    Margarita Xirgu estrena el 8 de marzo La casa de Bernarda Alba en el Teatro Avenida de Buenos Aires, con decorados de Salvador Dalí. El 30 de septiembre muere don Federico García Rodríguez en Nueva York.

    1951    En agosto, la familia García Lorca regresa del exilio, instalándose en Madrid.

    1954    Se publican las Obras Completas de García Lorca en España (Aguilar, edición de Arturo del Hoyo, con prólogo de Jorge Guillén y epílogo de Vicente Aleixandre. De la cronología se suprimen las referencias a la muerte del autor).

    1975    José Luis Vila-San-Juan publica García Lorca, asesinado: toda la verdad, que obtiene el premio Espejo de España, de la editorial Planeta, en un jurado en el que figura Manuel Fraga Iribarne. Las obras de los autores extranjeros siguen prohibidas. En otoño, se crea en Granada una comisión popular, clandestina, para promover un homenaje a Federico García Lorca. Muere Franco el 20 de noviembre. Juan Carlos I es proclamado Rey de España.

    1976     La Comisión de los 33 se presenta públicamente y anuncia, a través de un comunicado, que tiene la intención de celebrar el homenaje el día del nacimiento del poeta, el 5 de junio en Fuente Vaqueros. En mayo muere en Madrid Francisco García Lorca. La autoridad gubernativa –Fraga Iribarne es el ministro del Interior– limita a media hora, cronometrada por un delegado gubernativo, el acto del 5 a las 5. En la víspera del homenaje, tiene lugar en el Hospital Real de la Universidad de Granada lo que se ha registrado como el primer mitin de la clandestinidad. Miles de granadinos acuden a la cita de Fuente Vaqueros. El acto se celebra bajo un estricto control de las fuerzas del orden público. Intervienen: José García Ladrón de Guevara, Antonio Rivas, José Agustín Goytisolo, Nuria Espert, Aurora Bautista, Manuel Fernández Montesinos y Blas de Otero.

    1986    Fiesta del 5 a las 5 e el décimo aniversario del homenaje de 1976. Isabel García Lorca abre la casa donde nació su hermano en la calle Trinidad (ahora calle Federico García Lorca), que se convierte en Casa Museo, dirigida por Juan de Loxa. Cincuentenario de la muerte de Federico. Desde la Casa Museo, todos los años, se recordara también al poeta en el lugar de la muerte.

    1998    El 16 de enero los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, inauguran los actos del Centenario de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros, y firman en el libro de visitas de la casa donde nació el poeta. También se acercan a la Huerta de San Vicente, lugar de donde 62 años antes Lorca había salido para encontrase con la muerte. El 5 de junio se conmemora el acto central del centenario de su nacimiento.
  • La mujer en la vida y la obra de Lorca  Expandir
  • En la galería de las heroínas y protagonistas líricas o dramáticas en la obra de Federico García Lorca, se percibe una especial sensibilidad que va desde los matices más delicados a las más violentas pasiones, ya sean maternales, sexuales o encuadradas en la frustración amorosa o social. Su personaje más representativo es siempre la mujer. Mujeres de carne y hueso que vivieron cerca de él o en sus tierras vecinales; tipos raciales de un auténtico andalucismo que podemos reconocer por doquier. No solamente se interesa por la mujer como potencial dramático, sino como ser oprimido, discriminado por toda la sociedad. En un tiempo en que el feminismo era combatido, ridiculizado o ignorado, García Lorca expresa su denuncia por la frustración del mundo femenino, poniendo en evidencia las ordenanzas humanas y las leyes divinas. Condena la represión inmoral que coarta la libertad de la mujer, obligándola a someterse a la falsa moral trenzada por estadistas y eclesiásticos, que también se erigían en celadores de la honra femenina.
        La denuncia de esta injusticia es la médula de su temática: la mujer sacrificada en aras de unos viejos prejuicios sociales y seudo-morales vigentes en otros siglos. La tragedia de la espera y la angustia de la monja gitana, de Juana la Loca, de Soledad Montoya, de Yerma, de Doña Rosita la soltera… nos demuestra el conocimiento de Lorca de la insatisfacción femenina.
        Él tuvo una niñez rodeado por mujeres; su madre, sus hermanas, sus tías, sus primas, sus criadas que, en aquellos tiempos en Andalucía, eran prolongación de la propia familia. El poeta no se iba a desligar nunca de ese mundo, incluso su erotismo cambia de signo. Lorca en su primera juventud tuvo atracciones amorosas; Estrella, la gitanilla de Asquerosa (Valderrubio); María Luisa Egea, a quien dedica poemas: “A Mª L. Bellísima, espléndida, genial. Con toda mi devoción”, con lo cual mantuvo un efusivo epistolario; Emilia Llanos, a la que en una dedicatoria llama “divina tangará del siglo XX” y en otra: “A mi queridísima amiga Emilia. Recuerdos cariñosos de su siempre admirador rendido. Federico”.
        Cuando Lorca conoce a Ana María Dalí, en 1925, siente entusiasmo, atracción por la bella y jovencísima ampurdanesa. En una carta a sus padres escribe: “Los días de Cadaqués serán inolvidables para mí por la cantidad de extraordinarias sugestiones que he tenido, acompañado de Dalí y Ana María, su hermana que es, sin duda, la muchacha más guapa que yo he visto en mi vida”. Y a su regreso escribe a Ana María: “Llevo ya varios días en Granada y cada momento tengo necesidad de hacer un retrato tuyo a mis hermanas que constantemente me preguntan por ti. Lo he pasado tan bien en Cadaqués que me parece un sueño bueno que he tenido…” Pero Lorca estaba ya ganado para el amor “oscuro”. El poeta continuará atraído por otras mujeres, amores serenos, carentes de sexualidad. Pero ni por la fuerte pulsión del teatro y el compromiso social, como fue el caso de la actriz Margarita Xirgu.
        Pero la pasión filial que Lorca sintió por su madre fue inextinguible. En sus primeros escritos aparece ya la mujer de la que heredó la sensibilidad y la inteligencia, como reconoce el poeta: “Mi infancia es aprender letras y música con mi madre”, su influencia fue absoluta, en su doble condición de madre y maestra. En sus cartas y declaraciones, las alusiones cariñosas y admirativas son constantes, a su calidez humana y espiritual, pero ninguna como la semblanza de Federico, al escritor gallego Carlos Martínez-Barbeito, en 1932, en La Coruña: “Mi madre, a quien adoro; es también maestra. Dejó la escuela por las galas de labradora andaluza pero siempre ha sido un ejemplo de vocación pedagógica, pues ha enseñado a leer a cientos de campesinos, y ha leído en alta voz por las noches para todos, y no ha desmayado un momento en este amoroso afán por la cultura. Ella me ha formado a mí poéticamente y yo le debo todo lo que soy y lo que seré”.
        “Uno de los más tiernos recuerdos de mi infancia es la lectura de Hernani de Víctor Hugo en la gran cocina del cortijo de Daimuz para gañanes, criados y la familia del administrador. Mi madre leía admirablemente y yo veía con asombro llorar a las criadas aunque, claro es, no me enteraba de nada… ¿de nada?... sí me enteraba del ambiente poético aunque no de las pasiones humanas del drama. Pero aquel grito de Doña sol, doña Sol, que se oye en el último acto ha ejercido indudable influencia en mi aspecto actual de autor dramático”.
        Además del valor biográfico del escrito, del gran amor de Lorca por su madre, se percibe el clima entrañable que era capaz de generar doña Vicenta en su hogar. Un hogar en el que no solo se compartía el pan y la sal, sino el inestimable pan de cultura, ofrecido generosamente a las gentes que trabajaban sus tierras, merced al espíritu pedagógico y altruista de la extraordinaria mujer, que fue la madre de García Lorca. No obstante, doña Vicenta, siempre vigilante con los estudios de su hijo, fue exigente y hasta dura a la hora de retenerlo en Granada, al considerar que no hacía “nada práctico” en sus “actuaciones literarias” en sus estancias en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Como se refleja en el epistolario de García Lorca, verdadera autobiografía del poeta.

    Antonina Rodrigo
  • Para buscar mi infancia, Dios mío: ¿quién teme a Federico García Lorca?  Expandir
  • Pobre la niñez de Federico García Lorca en su pueblo natal, Fuente Vaqueros, nadie nos ha podido hablar con mayor rigor que su propio hermano, Francisco, permitiéndonos conocer las íntimas circunstancias familiares que fueron modelando a los hijos de don Federico y de doña Vicenta, todos ellos nacidos en La Fuente, excepto Isabel, que vino al mundo en Granada. En las dos casas que la familia tuvo en este pueblo vieron la luz por vez primera Federico, Luis –fallecido en 1902, cuando contaba solamente dos años–, Francisco y Conchita. Más de cuarenta primos cuentan que tenía Federico en Fuente Vaqueros, lo que motivó una relación más intensa con el pueblo natal, aunque sus padres hubieran trasladado su residencia, primero a Valderrubio y posteriormente a Granada, sin olvidar otro episodio de infancia, el tiempo pasado por el niño en Almería, en 1908, junto a varios primos y parientes y bajo la tutela de don Antonio Rodríguez Espinosa, su primer maestro.
        Escribe Francisco García Lorca en Federico y su mundo: “Quedan entre los papeles de mi hermano unos pequeños fragmentos autobiográficos, que deben figurar, por su letra sin hacer, grande y clara, entre sus primeros escritos. Desde una adolescencia tardía, que tanto se prolonga en Federico, rememora el escritor naciente su vida de infancia en Fuente Vaqueros: [...] En este pueblo tuve mi primer ensueño de lejanía. En este pueblo yo seré tierra y flores [...] Sus calles, sus gentes, sus costumbres, su poesía y su maldad serán como el andamio donde anidarán mis ideas de niño fundidas en el crisol de la pubertad. Se trata, pues, no de una simple rememoración del pasado, sino del intento de sustituirse en su propia alma de niño, de referir, dice: las lejanas modulaciones de mi otro corazón. Ya este propósito valoraría, por sí el tempranísimo texto. Una nota original, en el sentido estricto, que caracterizaría luego el arte de Federico en algunas de sus modalidades más típicas.
        De todos modos, he aquí cómo en la parte inicial, no exenta de elaboraciones literarias, prosigue nuestro autor con la descripción de Fuente Vaqueros bajo el título ‘El pueblo quieto’: [...] El caserío es pequeño y blanco, y está todo besado de humedad. El agua de los ríos al evaporarse lo cubre de gasas frías en las mañanas, tan de plata y níquel, cuando sale el sol, desde lejos parece una gran piedra preciosa”.
        Biógrafos del poeta como Ian Gibson, Marcelle Auclair, Claude Couffon..., han estudiado suficientemente estos primeros años de vida de Lorca, pareciéndome asombroso que aún puedan descubrirse datos y anécdotas que no están en los escritos, pero que pueden completar el paisaje humano que tanto influyó en ciertos momentos de la obra del creador. No olvidemos que Los sueños de mi prima Aurelia, de 1936, recientemente publicada por la extraordinaria hispanista Marie Laffranque, obra de la que solamente se conserva un fragmento, es un regreso, con Federico-niño incorporado como personaje a las fantasías vividas, junto a sus primas, en aquellos días felices:

    Niño: Prima, qué guapa eres.
    Aurelia: Más guapo eres tú.
    Niño: Tú tienes cintura y pechos y pelo rizado con flores. Yo no tengo nada de eso.
    Aurelia: Pero es que yo soy mujer.
    Niño: Eso será.
    Aurelia: Tú, en cambio, tienes lunares, como lunas chiquitas de musgo tierno. ¿Por qué no me los das?
    Niño: ¡Quítamelos!
    Aurelia: Éste que tienes aquí, me lo pongo aquí. Y éste, aquí.
    Niño: Si yo fuera grande sería tu novio, ¿verdad?

        Vivir cerca de los vecinos de Fuente Vaqueros, desde que la casa de la antigua calle Trinidad, número 4, ha sido convertida en museo, ha hecho posible que, día a día, me haya tocado la suerte de conocer preciosas historias que con cierta prudencia, he preferido someter a discretas comprobaciones o a una especie de cuarentena que confirme la autenticidad de algunas de ellas, por lo que pudiera existir de leyenda en la “emoción verdadera” de quienes las pusieron en sus labios.
        Otras veces, el documento es incuestionable, por curioso que nos parezca, como en el caso del hallazgo de una fotografía, propiedad de doña Carmen Pérez González, que la cedió para una exposición en los colegios y ahora para la Casa-Museo, realizada el mismo día que aquélla tan conocida en la que Federico, hacia 1899 o 1900, es retratado luciendo un sombrerito de paja, junto al maestro y los niños de la escuela. La particularidad de este nuevo documento gráfico es que el futuro poeta, esta vez sin sombrero, ha sido colocado en el centro del grupo de niñas, acompañadas por la maestra, que ya no era doña Vicenta Lorca. Lo cierto, como indica Antonio Gallego Morell, es que la madre de Federico “hablaría con el entonces maestro del pueblo para que autorizase la asistencia a las clases, aún antes de hacerlo de forma oficial”. Sin embargo, la fotografía con las niñas y la maestra invita a una interpretación  más amplia, en la que es preciso anotar el enorme aprecio que este pueblo sintió siempre por la familia García, materializándolo entonces con un exquisito trato hacia el hijo pequeño, “un niño rico en el pueblo, un mandón”, según opinión exagerada del propio Lorca.
        El poeta recordaría sus primeros años de colegio en el extraordinario texto ‘Mi pueblo’: “Al lado estaba la escuela de niñas y muchas veces, cuando en la clase reinaba el silencio por estar todos escribiendo, se oía cantar a las niñas con voces muy suaves y finas y entonces toda la habitación se llenaba de cuchicheos y de risitas mal reprimidas. [...] Carlos, que era ya muy mayor, se acercaba a mi oído y me decía: ’Mira que si pusieran a todas las niñas desnudas y nosotros todos desnudos ...¿te gustaría, Quico?’. Y yo, tembloroso y aturdido, decía: ‘Sí, sí que me gustaría mucho’, y todos hacían comentarios hasta que el profesor dando en la palmeta muy fuerte sobre la mesa imponía silencio y entre el ras de las plumas sobre el papel y el suspirar fatigoso del maestro se oía a las niñas cantar con voces de vírgenes: ‘Habiendo abrazado Santa Elena la religión cristiana...’ ¡Horas de tedio y fastidio que pasé en la escuela de mi pueblo! ¡Qué alegres érais comparadas con las que me quedan! Los niños compañeros míos sentían dentro de sí los misterios de la carne y ellos abrieron mis ojos a las verdades y a los desengaños. Yo los quería a todos con todo mi corazón y cuando los dejé para marchar hacia esta vida mis ojos preñados de lágrimas dieron un tierno adiós a la escuela. El hijo del amo –decían– se va estudiar, y yo sentí dentro de mí al oír esto una desilusión grande ”.
        La fascinación que el arte fotográfico ejerció sobre García Lorca –pocos acontecimientos de su vida, tan breve y tan intensa, quedaron sin ser captados por una cámara– surgió, como hemos podido comprobar en todas sus biografías ilustradas, en una edad tan temprana: al cumplir un año, sobre un caballo de cartón, sujeto desde atrás por unos brazos; o con seis años, realizada por el fotógrafo profesional de Almería, Victoriano Lucas; o esa otra, de tamaño carné, que al ampliarla nos ofrece el nombre del laboratorio donde fue revelada: sucesor de Casso, posiblemente –no es seguro– el establecimiento librero de Reyes Católicos, junto a Plaza Nueva, donde Manuel de Falla acostumbraba a recoger su correspondencia.
        Siempre los retornos de Lorca a Fuente Vaqueros. “Quiero morirme siendo manantial”, “los pueblos que no tienen fuente son insociables, tímidos, apocados. [...] El pueblo sin fuente es cerrado, como oscurecido, y cada casa es un mundo aparte que se defiende del vecino. Fuente se llama este pueblo”, afirmaciones públicas que recogía Marie Laffran­que en el Bulletin Hispanique (1953) y salidas de los labios de Federico el 21 de mayo de 1929 con motivo del agasajo que se le ofrece.
        Su pueblo natal hubiera significado para el creador la continuidad del surtidor de su vida, aunque pueda parecer una ficción: “Si se hubiese refugidado aquí en aquellos días dramáticos, a nuestro paisano no lo fusilan”. Es una opinión generalizada, acaso un sueño entre muchas de las personas que le conocieron y con las que varios años he convivido. Pero yo quiero terminar con la pregunta que se desprende de la lectura del poema ‘Infancia y muerte’: para volver a mi infancia, Dios mío... y lanzar al aire una especie de alegato, con respuesta secreta a quienes se detengan en estas líneas: ¿quién teme a Federico García Lorca? Yo sí respondo con la mano en el corazón: yo temo a Federico García Lorca, yo temo a Federico García Lorca, yo temo a Federico García Lorca.
        He aquí algunos de los rostros e incógnitas que regresan a su casa natal por mí habitada tanto tiempo y que, entre recuerdos, el artista nos ayuda a descifrar: “Quiero volver a la infancia, y de la infancia, a la sombra”. Sombra que para mí es luz y reto.
  • Muerte en Fuente Grande  Expandir
  • La detención. No cabe ninguna duda (…) de que la detención de García Lorca, practicada la tarde del 16 de agosto de 1936, constituyó una operación oficial de considerable envergadura. La calle de Angulo no solamente fue rodeada, sino que varios hombres armados se apostaron en las torres de las casas vecinas para impedir una posible fuga del poeta por aquel inverosímil camino. Está claro que el Gobierno Civil había tomado la determinación tajante de que Federico García Lorca no se le pudiera escapar.
        Quien se presentó en casa de los Rosales con una orden de detención contra el poeta fue, como todo el mundo sabe, y como el mismo encargado ha reconocido, el exdiputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso. (…)
        Ruiz Alonso nos contó que, al darse cuenta de que Lorca era huésped nada menos que de los hermanos Rosales, cambió de rumbo y se dirigió al cuartel de la Falange. Esto no concuerda, en absoluto, con la versión que nos han proporcionado, independientemente, los hermanos Rosales (Miguel, José Luis y Esperanza). Según ellos, Ruiz Alonso se presentó primero en el domicilio familiar de los Rosales, acompañado por otros dos miembros de Acción Popular, Luís García Alix Fernández y Juan Luís Trescastro. Esperanza Rosales decía recordar que Ruiz Alonso vestía un mono azul que llevaba el emblema falangista.
        En el domicilio de los Rosales no se encontraba en aquel momento ninguno de los hombres de la familia: ni el padre, Miguel Rosales Vallecillos, ni Antonio, José, Miguel, Gerardo o Luís. La señora Rosales, consternada y temiendo que a Federico lo matasen allí mismo, en la calle, insistió en que no dejaría salir de su casa al poeta  sin que antes estuvieran presentes su marido o uno de sus hijos. Ruiz Alonso asintió, y durante un buen rato Esperanza Camacho trató de localizar por teléfono a alguno de ellos. Pudo dar al fin con Miguel, que estaba de servicio en el cuartel de la Falange,  y le explicó lo que estaba sucediendo. También habló con su marido.
        Al igual que Marcelle Auclair opinamos que no se ha subrayado lo suficiente el valor mostrado entonces ante Ruiz Alonso por la señora Rosales, que además estaba enferma.  El único pensamiento de Esperanza Camacho era impedir que llevaran a Federico sin seguridad alguna, antes de que llegara cualquiera de los varones de la familia.
        Aunque Esperanza Rosales cree recordar que Ruiz Alonso permaneció en la casa esperando la llegada de Miguel, parece ser que el exdiputado de la CEDA se trasladó en seguida al cuartel de Falange para entrevistarse allí con él. Miguel Rosales nos aseguró que Ruiz Alonso le mostró en el cuartel una orden para la detención del poeta que llevaba el sello del Gobierno Civil, e insistió en que luego se dirigió con Ruiz Alonso a la calle de Angulo. Negó que el exdiputado se quedara solo en el cuartel a la espera de la decisión de la familia sobre la detención y entrega de Federico.
        Según Miguel Rosales, iban en el coche, además de Ruiz Alonso, Luis García Alix y Juan Luis Trescastro,  otros dos hombres a quienes él no conocía. Creemos que se trataba de Sánchez Rubio y Antonio Godoy Abellán, que, según José Rosales, también acompañaban a Ruiz Alonso en esos momentos. El coche (Miguel decía que era un Oakland descapotable) pertenecía a Trescastro y había sido requisado al iniciarse la sublevación. En el camino Miguel preguntó a Ruiz Alonso sobre las acusaciones contra García Lorca contenidas en la denuncia. Ruiz Alonso contestaría que el poeta era “un enlace con Rusia” y añadiría: “Ha hecho más daño con la pluma que otros con la pistola” (…)
        A la mañana siguiente, lunes 17 de agosto, José Rosales se presentó en la Comandancia Militar y consiguió una orden de libertad para Lorca, con la que se dirigió inmediatamente al Gobierno Civil. En el edificio de la calle Duquesa el comandante Valdés le dijo que el poeta ya no se encontraba allí y que se lo habían llevado aquella madrugada. “Ahora vamos a ocuparnos de tu hermanito Luís”, habría añadido. José Rosales aceptó que Federico ya no se encontraba en el Gobierno Civil (no sabemos cómo reaccionó al enterarse de la traición de Valdés), y hasta su muerte, en agosto de 1978, nunca pudo ser convencido de lo contrario. Sin embargo, lo cierto es que Lorca se encontraba todavía en el Gobierno Civil aquella mañana.
        Cuando el poeta fue sacado de la casa de la Calle de Angulo, la señora Rosales, como hemos dicho, llamó en seguida a su  familia, que se había trasladado al domicilio del ya fusilado Manuel Fernández-Montesinos en la calle de San Antón. A la mañana siguiente Angelina, la niñera de los Montesinos, fue enviada por la madre de Federico al Gobierno Civil con comida, tabaco y ropa. (…)
        Parece casi seguro que García Lorca estuvo dos días y medio en el Gobierno civil, desde la tarde del 16 de agosto hasta la noche del 18 al 19.
        ¿Por qué le mintió Valdés a José Rosales? ¿Por qué no dio la orden de ejecutar inmediatamente al poeta, una vez que lo tenía en sus manos?
        Todo indica que Valdés dudó sobre qué hacer porque se daba cuenta de la fama de Lorca. No resulta aceptable la tesis de que no estuviera al tanto de la misma. Tengamos en cuenta que el personaje llevaba viviendo en Granada desde 1931 y que, forzosamente, por ignorante e inculto que fuera, tenía que tener noticias del escritor granadino más famoso del momento. Un escritor, además, de quien se hablaba con frecuencia en las páginas de la prensa granadina. Nos sorprendería muchísimo, por tanto, que Valdés no supiera quién era Federico García Lorca. Es probable, incluso,  que el comandante, fanático enemigo de los “rojos”, hubiera visto alguna manifestación antifascista del poeta y estuviera al tanto de otras actividades suyas de cariz político bajo el Frente Popular.
        La orden. Para mediados de agosto de 1936  Valdés ya había ordenado muchos asesinatos, muchos “paseos”. Sabemos, a través de José Rosales y de otros numerosísimos testigos, que “a Valdés le importaba la vida de un cristiano poquísimo”. En 1966 un cura granadino, José Linares Palma, muy proclive al Movimiento, nos dijo: “Valdés habría fusilado a Jesús y a Su Madre si se le hubieran puesto por delante”. Si el comandante vaciló en el caso de Federico no fue por motivos de caridad cristiana, sino porque debió presentir que, dada la celebridad del poeta, su muerte podía ser dañosa para la causa nacionalista.
        Parece seguro que Valdés, antes de dar la orden de acabar con el poeta, se puso en contacto con el general Queipo de Llano, jefe supremo de los sublevados de Andalucía, ya fuera por radio o por teléfono (...)
        Queremos dejar sentado que la primera noticia de los “falsos asesinatos” de Benavente, los hermanos Quintero y Muñoz Seca que hayamos podido localizar salió  el 19 de agosto de 1936 en El Correo de Andalucía.  periódico controlado por Queipo de Llano. El que estas supuestas víctimas de las “hordas rojas” fueran todas dramaturgos, al igual que García Lorca, es una coincidencia que, a nuestro parecer, no puede haber sido fortuita. Nos parece, por tanto, legítimo sostener la hipótesis de que en la noche transcurrida del 18 al 19 de agosto, una vez dada la orden de matar a García Lorca, se fabricara en Sevilla la falsa noticia de la muerte de  estos autores teatrales con  la intención de contrarrestar cualquier protesta que surgiera por la del poeta granadino. Y esta falsa noticia se publicó en la mañana del 19 de agosto de 1936, a las pocas horas de la muerte del gran poeta, y se volvió a repetir al día siguiente en el mismo periódico.
        Ahora bien, participara Queipo de Llano o no en la decisión de asesinar a Lorca (y pensamos que sí, aunque no existe documentación contundente al respecto), hay que seguir considerando a José Valdés Guzmán como el principal culpable de la muerte del poeta. Es evidente que, a pesar de la denuncia o denuncias que operaran contra él, puestas por Ramón Ruiz Alonso u  otros –cuestión que examinaremos en un capítulo posterior–, Valdés hubiera podido salvarle si lo hubiera deseado Pero Valdés no era hombre de salvar a nadie, y mucho menos a un poeta “rojo”.
        ¿Hubo un enfrentamiento o entrevista entre Lorca y Valdés aquella noche antes de que sacaran al poeta del Gobierno Civil llevaran a Víznar? No lo sabemos y, a lo mejor no lo sabremos nunca, pues Valdés se llevó sus secretos a la tumba el 5 de marzo de 1939, víctima del cáncer que desde hacía años le roía  el cuerpo y de una herida recibida, después de que abandonara su puesto de gobernador civil de Granada, en una acción de guerra.
        Un amigo de Federico, R.R.J., presenció por casualidad la salida del poeta del Gobierno Civil: “Yo vivía en la calle de Horno de Haza, cerca de la Comisaría de Policía y frente al Gobierno Civil, en la calle Duquesa. Entonces, durante las primeras semanas del Movimiento, íbamos yo y un amigo cada noche a la Comisaría a oír el último parte de Queipo de Llano, que daban desde Sevilla a las tres de la madrugada. Jugábamos a las cartas con los policías de guardia hasta oír el parte. Aquella madrugada salí de la Comisaría a las tres y cuarto por ahí y me encontré con que de pronto me llaman por mi nombre. Me vuelvo: “¡Federico!” Me echó un brazo por encima. Iba con la mano derecha cogida de unas esposas con un maestro de la Zubia con el pelo blanco. “Pero, ¿dónde vas, Federico?” “No sé.” Salía del Gobierno Civil. Iba con  guardias y falangistas de la “Escuadra Negra”, entre ellos uno que era guardia civil, a quien habían expulsado de la Guardia Civil y que se metió en la “Escuadra Negra”. No recuerdo cómo se llamaba. A mí me pusieron el fusil en el pecho. Y yo les grité: “¡Criminales! ¡Vais a matar a un genio! ¡A un genio! ¡Criminales!” Me detuvieron en el acto y me metieron en el Gobierno Civil. Yo estuve allí encerrado dos horas y luego me soltaron”.
        Pocos minutos después de este encuentro los esbirros de Valdés subieron a sus dos víctimas al coche que les llevaría camino de la muerte.
        La muerte. Al pie de la Sierra de Alfacar, a unos nueve kilómetros al noroeste de Granada, nos encontramos con dos pequeños pueblos casi lindantes: Alfacar y Víznar. El primero, cuyo nombre procede de una voz árabe que significa “alfarero”, goza de fama en la ciudad por el sabor y la calidad de su pan moreno. Víznar,  topónimo preárabe de etimología dudosa, destaca por un noble monumento: el palacio del arzobispo Moscoso y Peralta, edificado a fines del siglo XVIII cuando este eclesiástico volvió de América.
        En julio de 1936, al producirse la sublevación, los nacionalistas granadinos se hicieron muy pronto fuertes en Víznar y ocuparon el citado palacio. Se habían dado cuenta de la vulnerabilidad del lugar y sus alrededores y querían a toda costa resistir desde allí posibles incursiones republicanas procedentes de la zona montañosa situada al norte de la capital, zona que, de hecho, se mantendría en manos de las fuerzas republicanas durante casi toda la guerra.(…)
        De haber sido tan sólo un puesto militar, Víznar apenas sería recordado hoy en relación con la Guerra Civil.  Debe su fama mundial al hecho de haber sido  lugar de fusilamientos, calvario de muchos cientos de “rojos”. Por este motivo, y durante décadas, los vecinos de Víznar, amenazados por la Guardia Civil, no querían hablar de la guerra con gente de fuera, máxime si se trataba de extranjeros.
        Desde Víznar, Nestares estaba en permanente contacto telefónico con Valdés. Casi  todos los días y todas las noches llegaban coches y camiones desde el  Gobierno Civil o los pueblos colindantes con tandas de víctimas. Los fusilados de Víznar no procedían de la cárcel de Granada:  eran los “desaparecidos”, los muertos “no oficiosos”, de quienes las llamadas “autoridades” decían no tener noticias.
        Los coches que venían directamente desde la capital tenían que pasar por delante del palacio de arzobispo Moscoso y Peralta, donde solían detenerse para la entrega o intercambio de papeles justificativos con Nestares o sus ayudantes. Luego seguían el camino que llevaba cuesta arriba  hasta la Colonia (…)
        Los condenados a muerte llegaban en general por la noche y eran encerrados en la planta baja de “La Colonia”. Si lo deseaban podían confesarse con el cura párroco de Víznar, José Crovetto Bustamante (cuyo nombre figuraba a menudo aquellos días en las páginas de Ideal). Al amanecer los asesinos sacaban a los encerrados “de paseo”, dejando abandonados sus cadáveres en el campo hasta la llegada, un poco después, de los enterradores. (…)
        El poeta no murió solo. Le acompañaron en el último trance otras tres víctimas de la represión nacionalista de Granada. Cuando, en 1966, conocimos a Manuel Castilla, en enterrador forzoso de aquella mañana, éste se acordaba de los nombres dos de ellos: los banderilleros Joaquín Arcollas Cabezas y Francisco Galadí Mergal. Ambos eran conocidos en la ciudad tanto por su actuación en el ruedo como por ser enardecidos anarquistas. [El tercer acompañante era Dióscoro Galindo González, maestro de Pulianas] (…)
        Por qué lo mataron. García Lorca fue asesinado por un sistema cuyo objetivo principal era aterrorizar a la población granadina y aplastar toda posible resistencia al Movimiento. Vista la muerte del poeta dentro del contexto general de la represión, el caso no fue más excepcional que el de los cinco catedráticos de la Universidad fusilados (Vila Hernández, García Labella, Yoldi Bereau, García Duarte, Palanco Romero), o el de los numerosos concejales, abogados, médicos y maestros sacrificados. Los sublevados estaban decididos a matar a todos los partidarios del Frente Popular, a todos los “rojos” granadinos reales o imaginados. Entre ellos destacaba, evidentemente, García Lorca, tanto por su postura política, definida una y otra vez  en declaraciones a la prensa o en actos públicos, como por su amistad con republicanos e izquierdistas de renombre. Hubiera sido difícil, nos atreveríamos a decir  que imposible, que el poeta se salvara de aquel  holocausto.
        Casi todos los investigadores de la muerte del poeta han llegado a la conclusión de que Ramón Ruiz Alonso no sólo detuvo a Lorca sino que también le denunció. No se han puesto de acuerdo, sin embargo, acerca de los posibles motivos que condujeron al exdiputado de la CEDA a obrar del modo en que lo hizo.(…)
        García Lorca, cuyas ideas liberales y frentepopulistas eran bien conocidas de los medios granadinos, así como la opinión que le merecía la derecha local (“la peor burguesía de España”), no podía esperar, por tanto, la menor piedad de quienes habían declarado la Guerra Santa a los enemigos de la España tradicional.
        Si a Ruiz Alonso y sus correligionarios de Acción Popular, en resumen, les atribuimos una gran responsabilidad por la muerte de García Lorca (aunque no participasen directamente en el asesinato), no vamos a dejarnos seducir por las protestaciones de inocencia de  los falangistas granadinos de ayer y de hoy que han querido zafarse de toda complicidad en dicha muerte, o incluso, en muchas ocasiones, de complicidad en la represión de Granada. Hay varios hechos incontrovertibles: José Valdés Guzmán era “camisa vieja” de la Falange; los falangistas participaron activamente en la conspiración contra la República; y muchos de ellos tomaron parte en fusilamientos y “paseos”. Y fue Valdés quien dio la orden de matar al poeta, utilizando tal vez a Queipo de Llano para cubrirse las espaldas.
        “Por sus actos los conoceréis”. Para nosotros, poca o ninguna diferencia se puede establecer, por lo que toca a la brutal represión iniciada en la ciudad y su provincia aquel julio, entre falangistas, militares y los pertenecientes a otras organizaciones. En todos los grupos había asesinos y delatores, y todos contribuyeron a manchar con sangre, y para siempre, el nombre de Granada, “su Granada”.
       
    Ian Gibson
    De El asesinato de García Lorca (texto revisado para esta edición).
  • Extranjeros en el barranco  Expandir
  • Después de la Guerra Civil, fueron investigadores extranjeros –historiadores, periodistas, escritores...- los que colaboraron a desvelar los enigmas que el régimen franquista pretendía ocultar bajo una férrea ley de silencio. A Gerald Brenan, historiador inglés, hace dos grandes aportaciones: su Laberinto español se convierte en la primera contribución de interés para interpretar las causas del conflicto fratricida y en La faz de España, obra en la que descubre que Federico García Lorca no fue fusilado en las tapias del cementerio de Granada sino una zona limítrofe entre Víznar y Alfacar, en el llamado barranco de la muerte. Aún sin especificar, los datos apuntados por Brenan en 1950, aunque trabajo de campo lo realizó en 1949, marcaron la pauta –sobre el lugar, el nombre de Ruiz Alonso, de la CEDA, y la falange-para que otros viajeros siguieran esa línea de investigación, que culminaría con los definitivos trabajos del irlandés Ian Gibson.
        En 1948 el hispanista francés, Claude Couffon, es el primero de los extranjeros investigadores que llega al barranco de la muerte. Sin embargo,  no publica sus investigaciones hasta 1951. Año después, llega Marcelle Auclair al lugar del crimen. El resultado de la investigación de la escritora francesa, amiga de garcía Lorca e Ignacio Sánchez Mejías, es la obra Vida y muerte de García Lorca (París, 1968).
        Marguerite Yourcenar deja plasmadas las impresiones que en le causa el lugar de la muerte de Federico en una carta remitida a Isabel García en 1960, de la que da constancia la hermana del poeta en su libro de memorias Recuerdos míos:
        “…Lo que yo querría sobre todo expresarle es que, al aban­donar aquel lugar que nos designaron (y estas reflexiones son válidas aunque sólo fuera aproximadamente exacto), yo me volví para contemplar aquella montaña desnuda, aquel suelo árido, aquellos pinos jóvenes creciendo vigorosos en la soledad, aquellos grandes plegamientos perpendiculares del barranco por donde debieron de discurrir antaño los torrentes de la prehistoria, Sierra Nevada perfilándose ma­jestuosa en el horizonte; y me dije a mí misma que un lu­gar como aquél hace vergonzante toda la pacotilla de már­mol y de granito que puebla nuestros cementerios, y que cabe envidiar a su hermano por haber comenzado su muer­te en aquel paisaje de eternidad. Créame que al escribir esto, no trato de minimizar el horror de su prematuro fin, ni lo tremendamente angustioso que sería (al menos para mí) tra­tar de reconstruir aquella escena que sucedió allí, en un de­terminado instante del tiempo, y cuyos pormenores no lle­garemos a conocer jamás. Pero es cierto que no cabe imagi­nar más hermosa sepultura para un poeta”.
        Después de los primeros estudios que aparecen en escena y aportan luz en la inmensa oscuridad de la posguerra, la clandestinidad y la censura, irrumpe Ian Gibson  para aportar la investigación definitiva desde que llega a Granada en 1965 hasta que publica su primeras obras –La represión nacionalista en Granada y la muerte de García Lorca y El asesinato de García Lorca, en diversas ediciones-, y la biografía completa del poeta granadino. Gibson aporta con rigor los datos del lugar de  la muerte, la tumba donde se encuentran los restos del poeta junto a un olivo, muy cerca de la carretera entre Víznar y Alcafar, y señala de forma certera a los instigadores y responsables de la detención y muerte del poeta (->véase ‘Muerte en Fuente Grande’, páginas 3.689-3.691).
        Una parte del barranco de la muerte se ha convertido en Parque Federico García Lorca. Desde hace años, Juan de Loxa, director de la Casa Museo de Fuente Vaqueros, además de recordar el nacimiento del poeta con “El cinco a las cinco”, también organiza una ofrenda floral cada año en este lugar de los fusilamientos, donde han llorado la muerte de Federico y la de todos los fusilados que habitan la gran fosa común Rafael Alberti, Ian Gibson, Paco Rabal... El lugar exacto donde están los restos del poeta, de sus acompañantes (Arcollas, Galadí y Galindo) y cuantos allí se encuentran es una incógnita. Solo los nuevos avances científicos, si las familias lo creen conveniente y aceptan dar ese paso, podrían, tal vez, despejar las dudas.

    Antonio Ramos Espejo
  • Federico en la memoria (Antología comentada)  Expandir
  •     Federico García Lorca no sólo es uno de los dos o tres poetas y dramaturgos españoles de bibliografía más amplia en cuanto al estudio de su obra, vida y muerte, sino también una de las figuras más cantadas por los poetas de todo el mundo.
        Versos dedicados a Federico forman parte de las distintas antologías de poesía existentes en diferentes idiomas sobre la Guerra Civil española. Poetas de la categoría de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Pedro Garfias, Juan Gil-Albert, Juan Rejano, Eduardo Blanco Amor, Miguel Hernández o Gabriel Celaya, el chileno Pablo Neruda, la argentina Alfonsina Storni, el mexicano Alfonso Reyes o el cubano Nicolás Guillén, todos ellos contemporáneos de Lorca y casi todos amigos personales suyos, entre los que figuran varios premios Nobel y Cervantes, dan crédito más que suficiente a nuestra afirmación del principio. A esa lista hay que añadir, además, un buen número de poetas, narradores y ensayistas de generaciones posteriores, todos ellos de prestigio y reconocida fama literaria allende nuestras fronteras. Pero no sólo escritores, sino también cantantes y grupos de distintas épocas y estilos; ni, tampoco, sólo españoles o hispanoamericanos, sino también franceses, portugueses, brasileños, británicos, alemanes, italianos, griegos, rusos, canadienses, estadounidenses, palestinos, marroquíes o centroafricanos avalan con sus creaciones literarias la extensa lista de poemas y prosas poéticas dedicadas a García Lorca desde que su fama de artista excepcional y de persona extraordinariamente maravillosa se extendiera por el mundo de las Letras y los escenarios teatrales, al principio de los años veinte del pasado siglo, hasta nuestros días. No pocos de los más destacados nombres del panorama literario actual, principalmente referido a Granada o especialmente ligados a la cultura literaria de la ciudad granadina completan, por fin, la casi interminable relación de escritores que han tenido alguna vez a García Lorca como fuente de inspiración, dedicando a su memoria parte de sus mejores versos.
        Algunas de las más importantes dedicatorias poéticas a Federico le fueron hechas todavía en vida, desde los tres famosos Sonetos de Alberti en 1924 (“Sal tú, bebiendo campos y ciudades, / en largo ciervo de agua convertido, / hacia el mar de las albas claridades, / del martín-pescador mecido nido; / que yo saldré a esperarte amortecido, / hecho junco, a las altas soledades, / herido por el aire y requerido / por tu voz, sola entre las tempestades...”) hasta la magnífica Oda de Neruda en 1935 (“Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, / lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos”), pasando por la entrañable Caricatura lírica de Juan Ramón en 1928 (“De cinco razas: cobre, aceituno, blanco, amarillo, negro, como los anillos de cinco metales para el rayo, achaparrado en piña humana prieta, pechudo, Federico García Lorca se vuelve una vez y otra de lo que corre. No quiere dejar el caño de sus musarañas...”).
        Sin embargo, no cabe duda de que fue su oscura, brutal e injusta muerte lo que terminaría proporcionando a la literatura del siglo XX una de sus fuentes más copiosas, ricas e influyentes, y no ya sólo en lengua castellana o en el entorno de la cultura hispano-americana, sino incluso a nivel mundial. El homenaje lírico al poeta ejecutado en el barranco de Víznar en la madrugada del 18 ó del 19 de agosto de 1936 (que todavía está por esclarecer este detalle) se ha extendido prácticamente a la totalidad de las llamadas lenguas cultas del planeta, llegando incluso hasta algunas de las aún consideradas como bárbaras. Poemas dedicados a Federico han visto la luz con la más variada gama de caracteres tipográficos. Y esto ¿por qué?, cabría preguntarse. Pues, sencillamente, porque la muerte de García Lorca fue en su día acogida como símbolo de la resistencia republicana y frentepopulista frente al franquismo arrollador en nuestro país y, por extensión, como símbolo de la lucha poético-cultural contra el fascismo en expansión por todo el mundo.
        “Se le vio caminando entre fusiles, / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas, de la madrugada. / Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. / El pelotón de verdugos / no osó mirarle la cara...”, escribió, tan pronto tuvo noticias de su muerte, el maestro Antonio Machado, en un poema que pronto recorrería las imprentas de la España fiel a la República y que apenas tardaría unos meses en ser traducido a diferentes idiomas y publicado en numerosos países donde la causa republicana gozaba de la simpatía general. “Que fue en Granada el crimen / sabed –¡pobre Granada!–, en su Granada...”, recalcó quien para Lorca y sus compañeros de generación era el único poeta de la época tratado unánime y reverencialmente como Don Antonio. Y el eco de sus versos se extendió rápidamente a otros poetas, nacionales y extranjeros, amigos de la causa republicana o simplemente antifascistas: “Caiga tu alegre sangre de granado, / como un derrumbamiento de martillos feroces, / sobre quien te detuvo mortalmente. / Salivazos y hoces / caigan sobre la mancha de su frente...”, escribió, por ejemplo, Miguel Hernández, sin sospechar que al cabo de unos años su muerte formaría, junto a las de Lorca y Machado, el trinomio por excelencia de la referida lucha poética contra el fascismo. Un trinomio que Rafael Alberti consagraría definitivamente en su ‘Égloga fúnebre a tres voces y un toro para la muerte lenta de un poeta, dedicada en 1942 a la memoria del poeta de Orihuela y en donde las voces son las de don Antonio, Federico y el propio Miguel Hernández, mientras el toro no es otro que la misma España, a la que cuando “era el verano, / un alba en fiesta de limón, / un mal viento la hizo mil pedazos”.
        La lista de buenos –algunos, superiores– poemas escritos en memoria u homenaje a Federico García Lorca podría ser interminable, pero nos conformaremos con dar aquí sólo una pequeña muestra de los más significativos:

    “Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria
    ese horror en los ojos de último fogonazo
    ante la propia sangre que dobló tu memoria,
    toda flor y clarísimo corazón sin balazo.
    Mas si mi muerte ha muerto, quedándome la tuya,
    si acaso le esperaba más bella y larga vida,
    haré por merecerla, hasta que restituya
    a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida.”
    [Rafael Alberti]

    “Así como en la roca nunca vemos
    La clara flor abrirse,
    Entre un pueblo hosco y duro
    No brilla hermosamente
    El fresco y alto ornato de la vida.
    Por eso te mataron, porque eras
    Verdor en nuestra tierra árida
    Y azul en nuestro oscuro aire”.
    [Luis Cernuda]

    “Entre todos los muertos de elegía,
    sin olvidar el eco de ninguno,
    por haber resonado más en el alma mía,
    la mano de mi llanto escoge uno.
    Federico García
    hasta ayer se llamó: polvo se llama.
    Ayer tuvo un espacio bajo el día
    que hoy el hoyo le da bajo la grama.
    ¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
    …Tú, el más firme edificio, destruido,
    tú, el gavilán más alto, desplomado,
    tú, el más grande rugido,
    callado, y más callado, y más callado.”
    [Miguel Hernández]

    “¡Ay, fuente de las lágrimas,
    ay, campos de Alfacar, tierras de Víznar!
    El viento de la noche,
    ¿por qué os lleva la arena, y no la sangre?
    ¿por qué entrecorta el agua cual mi canto?
    No le digáis al alba vuestro luto,
    no le quebréis al día su esperanza
    de nardo y verde sobre;
    pero en la noche aguda,
    sesgada por el dalle de los vientos
    que no olvidan, llorad, llorad conmigo.
    Llora tú, fuente grande,
    ay, fuente de las lágrimas.
    Y sed ya para siempre mar salobre,
    ¡oh campos de Alfacar, tierras de Víznar!”
    [Dámaso Alonso]

    …Hasta el sumo dicente se ha callado.
    Inmortal en nosotros, pero muerto.
    No hay brisa melancólica entre olivos.
    Desesperado viento sobre el muerto.
    Desesperado el hombre junto al muerto.
    [Jorgue Guillén]

    “Bastaba con decir Federico, pues Federico era, por antonomasia, Federico el Único, el Federico asesinado en Granada, y no había otro igual…”
    [Alejo Carpentier]


    “Hay dos Federicos: el de la verdad y el de la leyenda. Y los dos son uno solo. Hay tres Federicos: el de la poesía, el de la vida y el de la muerte. Y los tres son un solo ser. Hay cien Federicos y cantan todos ellos. Hay Federicos para todo el mundo. La poesía, su vida y su muerte se han repartido por la tierra. Su canto y su sangre se multiplican en cada ser humano. Su breve vida crece y crece. Su corazón destrozado estaba repleto de semillas: no sabrán los que lo asesinaron que lo estaban sembrando, que echaría raíces, que seguiría cantando y floreciendo en todas partes, y en todos los idiomas, cada vez más sonoro, cada vez más viviente”.
    [Pablo Neruda]

        Sirvan estas pinceladas para demostrar que la muerte de Lorca tuvo, sin duda, el efecto contrario al que los facinerosos asesinos pensaban obtener con ella. Porque, como escribió en 1937 su gran amigo Pablo Neruda, “los poetas de América Española y los poetas de España no olvidaremos ni perdonaremos nunca el asesinato de quien consideramos el más grande entre nosotros, el ángel de este momento en nuestra lengua. Y perdonadme que de todos los dolores de España os recuerde sólo la vida y la muerte de un poeta. Es que nosotros no podremos nunca olvidar ese crimen, ni perdonarlo. No lo olvidaremos ni perdonaremos nunca, nunca”. O como escribió, también en plena Guerra Civil, otro de sus mejores amigos, su ‘compadre’ Rafael Alberti, “el impudor de tus verdugos parece ignorar que tu nombre y tu poesía andan ya, y de modo perenne, en los labios de nuestro pueblo combatiente, de todos los antifascistas españoles. Cada romance tuyo se repite, suena como una tremenda acusación contra tus asesinos. Tenemos memoria. La tenemos. ¡No lo olvidéis!” Y Luis Cernuda, que no tuvo reparo en confesar una relación más íntima con Federico, tal vez amorosa, fue aún más lejos que los anteriores, al hacer extensivo a todo el pueblo español el sentimiento por la muerte del amigo y compañero de generación literaria, calificándola certeramente como ‘crimen político’: “El gran nombre de Federico García Lorca no designa ya un cuerpo vivo, sino una sombra; su libre genio, su vasto aliento popular ha sido inconcebible causa para un monstruoso crimen político en esta tierra de envidiosos Caínes. Su existencia deja de ser realidad estremecida para transformarse en fábula y leyenda. El pueblo español no lo olvidará ya nunca”. Pero de todos los poetas del 27 que escribieron sobre la muerte de su compañero granadino antes de que se consumara la victoria militar franquista, fue sin duda Manuel Altolaguirre el que más universalizó y fundió la figura de Federico con el símbolo de la lucha contra el fascismo en defensa de la cultura y la dignidad humana: “Estamos aquí, en esta guerra”, afirmó antes de una representación de Mariana Pineda en la que iba a participar como actor, “para recordar a la más inocente de sus víctimas. Yo he llorado su muerte como algo pequeño e imposible, casi sin creerla, pero al mismo tiempo me sentí lleno de una ira inmensa, de una cólera santa contra esa sociedad que nos ofende desde el otro campo y que nos escupe con noticias de catástrofes, flores de diminuto llanto, estrellas de profundo brillo, como esta muerte que ha encontrado para siempre un lugar en la noche. Y, sin embargo, no podemos en esta oportunidad sentirnos tristes. Este acto es una representación en memoria de nuestro Federico, en su memoria... Además, no estamos solos; el mismo poeta siente desde su tumba la fervorosa solidaridad internacional que nos asiste. El pueblo español no está solo en esta guerra para la defensa de la cultura y de la dignidad humana; la memoria de García Lorca no está abandonada a los corazones de sus amigos, al corazón de su pueblo. Han llegado de todas partes, han acudido aquí para sentir la vida heroica, para honrar la muerte heroica, camaradas escritores de todo el mundo. Para ellos nuestra gratitud, la gratitud de nuestro pueblo, la gratitud también de nuestro Federico que, desde una tierra española en la que debió sentirse desterrado, desde su Granada, nos pide venganza, diciéndonos con la mirada fija y penetrante de los muertos, que nuestra defensa de la cultura debemos transformarla en ofensiva contra la barbarie de los asesinos de España”.


    Eduardo Castro
    Autor de la antología Versos para Federico (Murcia, 1986; Granada, 1998).
  • Antología comentada de Federico García Lorca  Expandir
  • No 1
    Canción de jinete

    Córdoba.
    Lejana y sola.

    Jaca negra, luna grande,
    y aceitunas en mi alforja.
    Aunque sepa los caminos
    yo nunca llegaré a Córdoba. 
    Por el llano, por el viento,
    jaca negra, luna roja.
    La muerte me está mirando
    desde las torres de Córdoba. 

    ¡Ay qué camino tan largo!
    ¡Ay mi jaca valerosa!
    ¡Ay que la muerte me espera,
    antes de llegar a Córdoba!

    Córdoba. Lejana y sola.

    De Canciones (1927).


    No 2
    Romance sonámbulo

    A Gloria Giner
    y a Fernando de los Ríos

    Verde que te quiero verde.
    Verde viento. Verdes ramas.
    El barco sobre la mar
    y el caballo en la montaña.
    Con la sombra en la cintura
    ella sueña en su baranda,
    verde carne, pelo verde,
    con ojos de fría plata.
    Verde que te quiero verde.
    Bajo la luna gitana,
    las cosas le están mirando
    y ella no puede mirarlas.

    Verde que te quiero verde.
    Grandes estrellas de escarcha,
    vienen con el pez de sombra
    que abre el camino del alba.
    La higuera frota su viento
    con la lija de sus ramas,
    y el monte, gato garduño,
    eriza sus pitas agrias.
    ¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...?
    Ella sigue en su baranda,
    verde carne, pelo verde,
    soñando en la mar amarga.

    Compadre, quiero cambiar
    mi caballo por su casa,
    mi montura por su espejo,
    mi cuchillo por su manta.
    Compadre, vengo sangrando,
    desde los montes de Cabra.
    Si yo pudiera, mocito,
    ese trato se cerraba.
    Pero yo ya no soy yo,
    ni mi casa es ya mi casa.
    Compadre, quiero morir
    decentemente en mi cama.
    De acero, si puede ser,
    con las sábanas de holanda.
    ¿No ves la herida que tengo
    desde el pecho a la garganta?
    Trescientas rosas morenas
    lleva tu pechera blanca.
    Tu sangre rezuma y huele
    alrededor de tu faja.
    Pero yo ya no soy yo,
    ni mi casa es ya mi casa.
    Dejadme subir al menos
    hasta las altas barandas,
    dejadme subir, dejadme,
    hasta las verdes barandas.
    Barandales de la luna
    por donde retumba el agua.

    Ya suben los dos compadres
    hacia las altas barandas.
    Dejando un rastro de sangre.
    Dejando un rastro de lágrimas.
    Temblaban en los tejados
    farolillos de hojalata.
    Mil panderos de cristal,
    herían la madrugada.

    Verde que te quiero verde,
    verde viento, verdes ramas.
    Los dos compadres subieron.
    El largo viento, dejaba
    en la boca un raro gusto
    de hiel, de menta y de albahaca.
    ¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
    ¿Dónde está mi niña amarga?
    ¡Cuántas veces te esperó!
    ¡Cuántas veces te esperara,
    cara fresca, negro pelo,
    en esta verde baranda!

    Sobre el rostro del aljibe
    se mecía la gitana.
    Verde carne, pelo verde,
    con ojos de fría plata.
    Un carámbano de luna
    la sostiene sobre el agua.
    La noche se puso íntima
    como una pequeña plaza.
    Guardias civiles borrachos,
    en la puerta golpeaban.
    Verde que te quiero verde.
    Verde viento. Verdes ramas.
    El barco sobre la mar.
    Y el caballo en la montaña.

    De Romancero gitano (1928).


    No 3
    La aurora

    La aurora de Nueva York tiene
    cuatro columnas de cieno
    y un huracán de negras palomas
    que chapotean las aguas podridas.
    La aurora de Nueva York gime
    por las inmensas escaleras
    buscando entre las aristas
    nardos de angustia dibujada.
    La aurora llega y nadie la recibe en su boca
    porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
    A veces las monedas en enjambres furiosos
    taladran y devoran abandonados niños.
    Los primeros que salen comprenden con sus huesos
    que no habrá paraíso ni amores deshojados;
    saben que van al cieno de números y leyes,
    a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
    La luz es sepultada por cadenas y ruidos
    en impúdico reto de ciencia sin raíces.
    Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
    como recién salidas de un naufragio de sangre.

    De Poeta en Nueva York


    No 4

    Casida 7
    Casida de la rosa


    La rosa
    no buscaba la aurora:
    casi eterna en su ramo,
    buscaba otra cosa.

    La rosa,
    no buscaba ni ciencia ni sombra:
    confín de carne y sueño,
    buscaba otra cosa.

    La rosa,
    no buscaba la rosa.
    Inmóvil por el cielo
    buscaba otra cosa.

    De Diván del Tamarit.


    No 5
    Charla sobre teatro.

        Queridos amigos: […] Yo no hablo esta noche como autor ni como poeta, ni como estudiante sencillo del rico panorama de la vida del hombre, sino como ardiente apasionado del teatro de acción social. El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera. El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y del sentimiento del hombre.
        Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo; como el teatro que no recoge el latido social, el latido, histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama matar el tiempo. No me refiero a nadie ni quiero herir a nadie; no hablo de la realidad viva, sino del problema planteado sin solución.
    Yo oigo todos los días, queridos amigos, hablar de la crisis del teatro, y siempre pienso que el mal no está delante de nuestros ojos, sino en lo más oscuro de su esencia; no es un mal de flor actual, o sea de obra, sino de profunda raíz, que es, en suma, un mal de organización. Mientras que actores y autores estén en manos de empresas absolutamente comerciales, libres y sin control literario ni estatal de ninguna especie, empresas ayunas de todo criterio y sin garantía de ninguna clase, actores, autores y el teatro entero se hundirá cada día más, sin salvación posible.
        El delicioso teatro ligero de revistas, vodevil y comedia bufa, géneros de los que soy aficionado espectador, podría defenderse y aun salvarse; pero el teatro en verso, el género histórico y la llamada zarzuela hispánica sufrirán cada día más reveses, porque son géneros que exigen mucho y donde caben las innovaciones verdaderas, y no hay autoridad ni espíritu de sacrificio para imponerlas a un público al que hay que domar con altura y contradecirlo y atacarlo en muchas ocasiones. El teatro se debe imponer al público y no el público al teatro. Para eso, autores y actores deben revestirse, a costa de sangre, de gran autoridad, porque el público de teatro es como los niños en las escuelas: adora al maestro grave y austero que exige y hace justicia, y llena de crueles agujas las sillas donde se sientan los maestros tímidos y adulones, que ni enseñan ni dejan enseñar.
        Al público se le puede enseñar, conste que digo público, no pueblo; se le puede enseñar, porque yo he visto patear a Debussy y a Ravel hace años, y he asistido después a las clamorosas ovaciones que un público popular hacía a las obras antes rechazadas. Estos autores fueron impuestos por un alto criterio de autoridad superior al del público corriente, como Wedekind en Alemania y Pirandello en Italia, y tantos otros.
        Hay necesidad de hacer esto para bien del teatro y para gloria y jerarquía de los intérpretes. Hay que mantener actitudes dignas, en la seguridad de que serán recompensadas con creces. Lo contrario es temblar de miedo detrás de las bambalinas y matar las fantasías, la imaginación y la gracia del teatro, que es siempre, siempre, un arte, y será siempre un arte excelso, aunque haya habido una época en que se llamaba arte a todo lo que nos gustaba, para rebajar la atmósfera, para destruir la poesía y hacer de la escena un puerto de arrebatacapas.
    Arte por encima de todo. Arte nobilísimo. y vo­sotros, queridos actores, artistas por encima de todo. Artistas de pies a cabeza, puesto que por amor y vocación habéis subido al mundo fingido y doloroso de las tablas. Artistas por ocupación y preocupación. Desde el teatro más modesto al más encumbrado se debe escribir la palabra “Arte” en salas y camerinos, porque si no vamos a tener que poner la palabra “Comercio” o alguna otra que no me atrevo a decir. Y jerarquía, disciplina y sacrificio y amor.
    No quiero daros una lección, porque me encuentro en condiciones de recibirlas. Mis palabras las dicta el entusiasmo y la seguridad. No soy un iluso. He pensado mucho, y con frialdad, lo que pienso, y, como buen andaluz, poseo el secreto de la frialdad porque tengo sangre antigua. Yo sé que la verdad no la tiene el que dice “hoy, hoy, hoy” comiendo su pan junto a la lumbre, sino el que serenamente mira a lo lejos la primera luz en la alborada del campo.
        Yo sé que no tiene razón el que dice: “Ahora mismo, ahora, ahora” con los ojos puestos en las pequeñas fauces de la taquilla, sino el que dice “Mañana, mañana, mañana” y siente llegar la nueva vida que se cierne sobre el mundo.

    De Conferencia pronunciada por Lorca en el Teatro Español en febrero de 1935.




        Es casi imposible asomar los intensos y extensos veinte años de trabajo poético y dramático de Federico García Lorca a través de estas muestras tan breves. Pero por lo pronto los poemas son autosufiencientes, además de ser partes de conjuntos mayores y se comentan solos. De hecho, esa apertura a la interpretación (más o menos razonable, siempre sentida como identificación de lo más íntimo) sigue siendo uno de los rasgos distintivos de la obra de Federico García Lorca, capaz de diferenciarlo de todos los demás artistas andaluces, españoles e hispánicos. Por eso decir que ese jinete solitario  (no 1) que se acerca a su objetivo pero será arrebatado por la muerte nos representa a todos (as) con la misma fuerza que lo hacía Jorge Manrique muchos siglos antes (“nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en el mar/ que es el morir”) y Martin Heidegger prácticamente al mismo tiempo que Federico (sólo que en Alemania: el ser es ser para la muerte), es decir una obviedad y decir una verdad: García Lorca da en la tecla de lo elemental humano. Lo elemental, lo primero y primordial es el despliegue de un drama, cuyos fragmentos se adivinan en la historia que sucede al verso de “máxima precisión equívoca” (según Francisco García Lorca): “Verde que te quiero verde” (no 2): la niña que se ahoga, los compadres que suben y se enfrentan, que quisieran morir “decentemente en la cama” y sin embargo acaban tronchados en el campo. El drama en el mundo lorquiano es el drama del “ansia sin objeto”. Por eso en Poeta en Nueva York, el amanecer en la gran ciudad, frente a una tradición que arranca desde Homero, es decir desde el principio de la civilización occidental, cuando se presentaba con sus dedos de rosa prometiendo el consuelo de la renovación del mundo, es –en la megalópolis de Federico– la renovación de una pesadilla (no 4). Sin embargo, el signo último, y en cierto modo definitivo, de toda la poesía y la obra de Federico García Lorca puede encerrarse en la Casida nº 7, “De la rosa”, de Diván del Tamarit (que como Poeta en Nueva York, se publicó póstumo en 1940). Es el doble signo de la elegía y de la esperanza, del llanto por lo que pasó (en santísimas composiciones) y sobre todo de la apertura hacia el futuro. La rosa lorquiana no es símbolo de la belleza fugaz, como en el Siglo de Oro, ni siquiera está “tranquilamente futura” como la de Jorge Guillén, sino en la inquietud de buscar perpetuamente “otra cosa”.
        Para dar cuenta de ese deseo de “otra cosa” no era suficiente el yo individual de la lírica: hacía falta el despliegue en varias voces que implica el teatro, una  “poesía que se levanta del libro y se hace humana”, como se dice en esta charla (noº 5) que es un manifiesto fundamental y claro de confianza en las virtudes clásicas –“docere et delectare”, enseñar y entretener– del teatro, y en su potencia para intervenir y modificar el presente.
    Es muy difícil que el dispositivo de lucidez y esperanza en que se basa la obra de Federico García Lorca deje de funcionar por el momento.

    Andrés Soria Olmedo

    Autor de Sólo un caballo azul y una madrugada
 
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