Dice que vio un cielo maravilloso y no sabía si seguir extasiado contemplando aquella instantánea del infinito o llevarse de nuevo aquel fruto que había caído en sus manos. Tenía ocho años, se encontraba en una calle de Sevilla y, por primera vez, probaba el sabor agridulce de una naranja. “Esa es la sensación más fuerte que guardo de España. Yo nunca había visto una naranja y me pareció una cosa sensacional”, me dice Ian Gibson, que es ya tan andaluz como irlandés. Se ha vuelto a enamorar de Sevilla y algo busca de nuevo en sus calles para emprender otra aventura literaria después de lanzar este Viento del Sur, en el que cuenta el peregrinaje del niño sometido a una férrea disciplina religiosa hasta que logra liberarse y encontrar, precisamente en el granadino Valle de Lecrín, el huerto de naranjas que le perseguía como un sueño. Pero la naranja es el postre, el final de un recorrido. Antes hay que curtirse y protegerse de las adversidades que se avecinan antes de quedar arrollados por los dogmáticos y fundamentalistas de toda condición, contra los matones y contra los que imponen la ley a cañonazos. Porque fueron matones, los peores matones, los que acabaron con la vida de Federico García Lorca, el mayor de los genios, según él, que ha dedicado su vida a hacer de la biografía del poeta granadino un alegato contra la intransigencia, contra el puritanismo, contra el fanatismo, contra los constructores de rascacielos sobre los que el Poeta en Nueva York había presagiado ya su ruina en 1929. La razón de su vida, su compromiso, es reconocerse ciudadano de un pueblo que, como bien dice, es también judío y árabe. Y lo dice y lo repite para que en este momento no suframos la enfermedad de la maldita amnesia. Esta tergiversación de la memoria histórica que retrató a Silvio Berlusconi cuando dijo que hay que “ser consciente de la civilización occidental y de su supremacía sobre el mundo islámico” sin pensar en el sonrojo que habría de pasar poco tiempo después, esta semana pasada, al pisar la Alhambra junto a José María Aznar. No me gustan, diría Ian Gibson, estas compañías de nuestro presidente con este político que “tiene maneras de conquistador de Abisinia”, como lo ha retratado Vázquez Montalbán. Se empieza con un guiño y se acaba imitando la reconquista de Estepona con los cruzados del GIL. Gibson lanza su Viento al Sur todavía en un momento de coraje. Después esperará momentos de serenidad para refugiarse en la paz en el alma de Antonio Machado, el poeta que vio delfines en el Guadalquivir y fue víctima también de aquella guerra más nuestra. Entonces volverá a ser feliz como un niño con su naranja bajo un cielo libre de toda sospecha.
Antonio Ramos Espejo El Correo de Andalucía (19/XI/2001). |