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CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- GROSSO, ALFONSO
  ANEXOS
 
  • Carboneo  Expandir
  •     Apagó el boliche. Es su obligación. Terminar y apagar es todo una. El «forestal» acecha donde menos se piensa. El «forestal» conoce tan bien como el carbonero la trocha, los canchales escalonados por donde sube el ganado cabrío; todo el camino, toda la andadura; cada brezal, y cada mata de helecho. El «forestal» tiene buenos botines, buenas polainas, buen pantalón, buena puntería.
        Se cerciora de que en la carbonada no queda siquiera ni una chispita de candela, ni un rescoldo. Luego, se deja caer sobre la ladera un rato a descansar, y a liar un pitillo y a no pensar en nada. Las dos sacas de carbón están ya cargadas, bien dispuestas sobre las angarillas, sobre el baste del muleto.
        A su derecha crece el pinar; el pinar; el pinar joven, el pinar nuevo; el pinar que cada año roba al monte una parcela de brezo, una cresta, un carrascal. El pinar que avanza y hace cada día más difícil el carboneo; el modesto, el duro carboneo de la raíz de brezo, de la raíz nudosa que se agarra a la arenisca serrana como una mandrágora.
        El «Patronato» tiene guardias jóvenes, fuertes, con buenas espaldas y buenos pulmones para subir, y buenas piernas y buen traje. No se engaña al «forestal». El «forestal» es como una «pajarita riera» que salta de un lado a otro, que huele la carbonada a media legua, que monta en un santiamén el cerrojo de la carabina, que sabe interrogar –como la Civil–, que tiene desparpajo y alegría en los ojos y conoce el oficio. Casi le hubiera gustado ser «forestal», de conocer las cuatro reglas y tener veinte años menos. Pero con sus cincuenta y cinco a las espaldas, ni fuerzas para sacar carbón tiene ya.
        Ahora no piensa en esto, no piensa en nada. Da largas chupadas a su cigarro, ensalivado, ensalivado, mugriento de carboncilla, y mira para el valle, para el hilo platino del río, para las casas –para su casa– que se amontonan en la otra vertiente de la sierra, a la izquierda de los pequeños huertos de cerezos, de los escasos, de los pobres huertines que no dan ni para vivir –para echar fuera– un par de semanas del año siguiera.
        Buena jornada, no se puede quejar. Calcula que, por poco que valga la carbonada, sacará los diez duros. Desayunó un buen trozo de pan y unas ciruelas y tuvo hasta la suerte de atinar –horas después del mediodía– con un cantillo a un lagarto de a vara, que despellejó y asó luego bajo la ceniza del boliche. No hubiera cambiado el bocado por un trozo de tasajo. Ha conservado la piel –verde, hermosa, veteada de ramalazos cárdenos, de ramalazos de añil– en el zurrón para que le crean. Más de la vara tenía.
        Más de la vara tiene la piel. No vio otro mayor. Simón Cruz, en la taberna, al caer la tarde, entre dos luces, no le porfiará el tamaño como otras veces. Como Santo Tomás, ver para creer; así es Simón.
        Aunque parece que el caserío lo tiene allí a dos pasos, a un tiro de honda, han de pasar tres largas horas antes de llegar hasta él –una y otra vuelta a la serranía–. Antes verá el sol caer rodando por la vertiente, y el río, que es ahora como una astilla de «cuadrante», será luego como el rastro del animal que se pega a la tierra haciendo eses, del animal que no se nombra, del animal que lleva en la lengua el mismo veneno que tiene la luna en menguante, el rayo que mata a los niños.
        Se encuentra bien allí, tendido, perezoso; pero sabe que la ida no está hecha para el sesteo, que le quedan casi dos leguas para andar, y se levanta y toma el muleto por el ronzal, y hasta ganas de cantar siente, si supiera, mientras toma el caminito de macho cabrío.
        En el cruce, el «alto» le sorprende, porque a los «jurados» el terreno no les cae de jurisdicción. Saliendo del coto, si el «forestal» encuentra al carbonero por el camino de herradura, el «forestal» saluda como un paisano. Se sorprende, pero obedece. Está acostumbrado a obedecer. El «forestal» se acerca sonriente, con la carabina terciada.
    –¿De vuelta?
    –De vuelta, de vuelta.
    –¿Qué tal la jornada?
    –Para no llorar.
    –¿Brezo?
    –Brezo.
    –¿No habrás hurgado en la Pinada? ¿No habrás quebrado los retoños? ¿No habremos quemado varetones?
    Sabe que no, que no se quema. Sabe que se respeta el «Patrimonio».
    –¿A qué hora saliste a la carbonada?
    –Al alba, como siempre.
    –¿Como te llamas?
    –Frasco, Francisco, Francisco el de Bretones.
        El «forestal» toca la culata de la escopeta y se quita el sombrero. El «forestal» se rasca tras la oreja y tuerce la boca. Al «forestal» se le encasquillan las palabras.
        Dice: «Anda corre, Francisco; este mediodía se te ahogó un hijo en la presa. Vete. Yo te bajo el muleto. He subido a buscarte de parte del cura».
        Los chicos bajaron a la presa por mor de los franceses. Se corrió la noticia. En el último pupitre se concertó la novillada para el mediodía. Los franceses habían acampado a orillas de la presa; los franceses habían llegado en un pequeño automóvil; los franceses no habían subido siquiera al pueblo. Los franceses habían instalado su tienda de campaña cerca de los juncos. Tres colleras; tres mujeres, tres hombres.
        Desde la víspera vivaqueaban la orilla de calzón corto; fumando, leyendo un libro bajo el sotillo de los álamos, zambulléndose, escuchando la radio portátil.
        Había que bajar a verlos. Se aprovecharía la tarde para darse un chapuzón en la vadina. Bajaron los tres chicos luego del almuerzo: Alejo, Matías y Frasco. Al llegar a la orilla del sotillo, los franceses habían ya desaparecido. Removieron la fogata campamental, todavía humeante; hurgaron en las latas de conserva vacías; lucharon por el papel de estaño de los paquetes de cigarrillos, por las hojas de «couché» de las revistas a todo color. Luego se desprendieron del calzón sujeto con una tiranta, de la blusilla descolorida, de las alpargatas. El agua estaba demasiado fría. Se salpicaron. Acabaron por vencer el escalofrío. Nadaron. El Lagarto tomaba el sol soñoliento y desprevenido sobre el canchal pulimentado, al otro lado de la presa. Era un lagarto grande, de seis palmos, de más de una vara; un lagarto perezoso y verdiazul con vetas rojizas.
        Frasco lo presintió. Acababa de salir; acababa de sacar la cabeza del agua después de un buceo y se le pusieron de punta los pelos de gusto, de placer. Nadó indiferente hasta la orilla, como haciéndose el tonto, sin mirarle siquiera. Salió del agua y dio un recorte al canchal. A menos de un metro el lagarto tomaba el sol, quieto, feliz, indiferente.
        Todavía queda que buscar el guijarro, el cantillo, el arma para asestar el golpe. Entonces es cuando suenan los gritos de Alejo y Matías; los gritos que rompen la quietud, la siesta reptil. Un gol en la propia portería, una traición. El hombre avisa al animal que el hombre le acecha. El lagarto hace un sesgo, rodea el junco y entra en una grieta de la piedra ancha como una herida de asta, en una grieta profunda como una garganta de cordero, en una grieta a nivel de agua. Frasco no se da por vencido. Se chapuza y mete el brazo –el pequeño brazo- en la hurera, profunda como un corazón. La recorre de arriba abajo, de derecha a izquierda, fieramente. De pronto siente como un estremecimiento, como una desazón, como un latigazo. El dolor llega luego. Se siente incapaz de mantenerse a flote. Un hilillo de sangre recorre el brazo; un hilillo de sangre clarita, como un geranio. Entonces le llega una luz alta, azul –una luz como el faro de los camiones al subir al puerto– desvaída. Después, el banco de la escuela y la fotografía iluminada que preside la tarima del maestro y la bandera en un rincón sobre su pedestal de hojalata, y el mapa, y la carpeta de hule, y los tinteros de porcelana, y las lumillas «La corona», y los tomos de las enciclopedias, y el armario donde se guardan las tizas, y los lápices, y los cuadernos, y las pizarras. Después, otra vez la luz azul; luego, nada. Parece como si todo el chorro de agua de la cascada montañera le hubiera caído en la garganta, como si se hubiera tragado de un golpe cien huesos de cerezas.
        El lagarto se asomó a la grieta y miró al agua. El lagarto no vio los círculos concéntricos, ni las burbujas, ni la mano que se asomó tres veces a la superficie. El lagarto, cachazudo y perezoso –inconsciente de su triunfo-, cruzó el chacal pulimentado y trepó por la ladera, entre los brezales.
        Alejo y Matías, desde la otra orilla, rompieron con sus gritos guturales, entrecortados, la quietud de la siesta. «Frasco... Frasco... Frasco».
        Frasco soñaban aún, en una postrera palpitación, con una cordillera terrosa sobre la raya de Portugal del mapa ibérico, hundido en la lama gris.
        Simón Cruz aventa la ceniza de su cigarro.
        Cruzadas las piernas, sentado en la banqueta de castaño, dibuja un palote –una raya con un tizón– cada vez que un carbonero entra en la casa y deja un saco en el corral; uno más en la pira amontonada para una nueva remesa a Salamanca.
        Cuando Francisco el de Bretones entra, Simón Cruz se levanta y echa una mano a los hombros del carbonero:
    –Sentí la desgracia, mandé a la mujer al velatorio.
    –Cumplido quedaste.
    –Cosas que han de pasar, que están escritas.
    –¡Cosas!
    –De no ser por el trajín del negocio te hubiera acompañado a darle tierra.
    –Cumpliste.
    –¿Cuantos sacos traes?
    –La docena. Como ayer no subí, perdí una pareja.
    –Más perdiste.
    –¡Más!
        Francisco el de Bretones tiene a punto de la lengua una sonrisa, una sonrisa descolorida, una sonrisa un poco turbia. Parece que Francisco el de Bretones haya bebido un vado de más. Francisco el de Bretones saca de la camisa –de dentro de la camisa– una tira de pellejo húmedo, una tira de pellejo fláccido, verdoso entreverado de azules y violetas.
    –Lo acerté el día de la desgracia.
        Simón Cruz casi no puede creer lo que ve.
    –¿Lo acertaste?
    –Del primero.
        A Simón Cruz se le sube la envidia cazadora a las sienes.
        En buena ley ha de admitir que no vio un lagarto parecido en todos los años de su vida.
    –Tres duros te doy por la pelleja.
    –¿Tres duros?
    –Cuatro.
    –Ni por diez. Es un recordatorio. No se da todos los días un cantazo como éste.
    –No se da, no

    Alfonso Grosso
    Germinal y otros relatos.
  • El Artista  Expandir
  • Inesperadamente, el Artista atraviesa la calzada y prosigue caminando en línea recta por el acerado de los números impares, a buen paso, hasta alcanzar la imprecisa línea equinoccial de las casas solariegas, la parroquia, los viejos palacios y la recóndita capilla evangélica que prologan -al final de la calle- la rotonda de la plaza de los duques de Montpensier; cruzándose con el tranvía de jardinera amarilla y toldos flamantes (un Thompson Houston que exactamente cada media hora hace tintinear con el eco de su campanil de bronce los centenarios frascos de porcelana en los anaqueles de la botica de don Cástulo, el pavo real de plata de la consola del recibidor, las arañas de cristal de Murano, los péndulos de los relojes -a los que arranca inéditos bemoles- los abanicos de las vitrinas, las flores de lis de los jarros y las pastorcillas de Sevres de los chinero s) el landó de los Ximénez de Andrade, el break de los Lissén, el charré de los Daoiz, el cascabeleo de las colleras de mulillas del cochecito leré que, lleno de niños, recorre las tardecitas de verano las calles del barrio, y el Oldsmobile último modelo de la joven Laura, viuda del indiano Ignacio Valparda (antiguo socio de Patiño, experto en estaño, en nitrato y en guano, en aceite de copra y en golpes de fortuna y rebenques) recién llegada a la ciudad tras un largo periplo americano de bacanales presidenciales tras anteriores consentidos adulterios con bizarros hijos de Marte.
    El Artista -siempre tan sensible- experimenta una honda y dulcísima felicidad cuando, a través de la biselada de la ventanilla, tras el perfil del chófer, con la gorra enfundada de piqué blanco, la breve sombra fantasmal de un pañolito de encaje y los dedos enjoyados y marfileños de la viuda del indiano, dejan en el aire calmo de la atardecida un vago adiós criollo de agudos y de trémolos (cargados de prometedores augurio s carnales que no descartan la posibilidad de ser alguna vez inmortalizados en un retrato) que él contesta con falaz sonrisa y alado ademán de mano genovesa tras dar un levísimo toque de cortesía a su panamá antes de volver a cruzar la calle para perderse con su paso alfonsino, jesuítico y galante, en la diagonal de las farolas de gas recién encendidas a la altura de las comisas, casi a la altura de los rodapiés de los balcones, justamente en el florido borde de las copas de las acacias y de los paraísos, allí donde las cales de las fachadas se convierten en grecas gualdas, en anaranjadas grecas de estrellas de Sión, campánulas, cigüeñas, alcaravanes y flores de nieve, al quedar transfiguradas en azulejos bajo el herraje de las celosías, el garabato de las balconadas y los alerones de cinc pintados de verde de los canales de desagüe.

    Alfonso Grosso
    De Florido Mayo
  • Andaluz y barroco, valga la redundancia  Expandir
  • Fue un hombre autodestruido, nada hay más terrible de olvidarse de que uno es, que es lo que le ocurrió a Grosso, que fue además un novelista muy injustamente preterido hoy”, afirma José Manuel Caballero Bonald en torno a la cara y la cruz de Alfonso Grosso, esencialmente andaluz y barroco, valga la redundancia.
        Grosso solía relatar cómo, junto a otros escritores españoles, fue invitado a una cena por Alejo Carpentier, quien defendió el barroquismo del realismo americano como inevitable: “El imaginario del lector es europeo –aseguraba Carpentier–. A Georges Simenon le basta con escribir la frase ‘llueve sobre París’ para imaginar a la lluvia que cae sobre las gárgolas de Notre Dame y la Torre Eiffel. Pero, ¿cómo describir sin recurrir al barroquismo y a la minuciosidad la realidad de América, tan diferente y desconocida desde Alaska a la Tierra de Fuego?”
        También era diferente y desconocida la realidad esencial de Andalucía, por lo que el barroco no sólo era un estilo artístico consustancial a esta tierra, sino la mejor arma para defender a una tierra tan preterida como finalmente lo estuvo la propia literatura de Grosso.
        Quienes le conocieron, aseguran que fue el propio autor sevillano el que trabajó en contra de sí mismo: el alcohol y una cierta virulencia –lo que Julio de la Rosa denomina como una “felina predisposición a la polémica”– le granjeó no pocos enemigos. Pero Grosso fue, sobre todo y por encima de cualquier anécdota o tragedia personal, un literato de raza: “Ciertamente, todo el edificio barroco de un escritor que pasó del realismo social al experimentalismo, y que desembocó en la novela de oficio –también transitó del Partido Comunista a la órbita del andalucismo y remató en amables cercanías al PSOE– no se explicaría sin ese esfuerzo estilístico descomunal que supuso escribir una veintena de novelas, de las que apenas quedan cuatro o cinco, en un recuento favorable –La zanja, Inés just coming, Guarnición de silla, Florido mayo...–”, escribe lucidamente a tal propósito Antonio Rodríguez Almodóvar.

    Juan José Téllez
 
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