Leopoldo de Luis era un hombre bueno, un poeta importante, un ensayista muy fino, padre de Jorge Urrutia, poeta muy fino, ensayista emérito, filólogo y editor sensible de textos canónicos. Los silencios y el ostracismo que han perseguido a Leopoldo de Luis, desde que yo tengo uso de razón, dan una idea penosa, dolorida y trágica de España / Caína. Hace muchos años, en Palma de Mallorca, con motivo de la concesión de un premio internacional de poesía, convocado por Carlos Barral, fue Luis Rosales quien me descubrió su persona, su obra, su calvario. En aquel certamen, Félix de Azúa y yo defendíamos la concesión del premio a Lezama Lima. Quiero recordar que ganó Roberto Juarroz, defendido por Octavio Paz. Luis avanzó algunos nombres españoles: pero el ansia frenética de novedad, el desprecio olímpico hacia cuanto ignorábamos, y la voluntaria o involuntaria maldad cainita de los allí reunidos nos impedía mirar hacia atrás sin ira. Han pasado no sé cuantos años. Luis comienza a ser muy tímidamente recuperado. Muy a pesar de las engañosas apariencias, Leopoldo ha muerto sin el reconocimiento que él merecía. Los silencios y el ostracismo con el que ha sido saludada su obra dejan al descubierto una penosa ignorancia cainita, de una ferocidad pavorosa. Hace años, la gente de letras se mataba verbalmente por razones de estilo y escuela: ahora se matan y tiran a degüello por una marca de detergente o la bolsa que se roba a los caídos en la tierra baldía de las ideas muertas.
Juan Pedro Quiñonero |
Con los míos estoy. He aquí mis cartas, descubro claramente el juego: miro la realidad y a este costado se me inclina la voz por donde muero,
por donde el corazón ligeramente me vence cada día con su peso y una pequeña herida hacia la tierra me va sangrando el verso.
Entre estas manos con que escribo cabe acumulado todo lo que tengo, todo lo que sostiene el breve mundo querido que defiendo.
Cada mañana pongo a flote el barco que se fue a pique en la tiniebla, el lienzo de las velas coloco... (Cada día el barco queda un poco más adentro.)
Soporto humanamente, como cada uno, mi propio muerto, y procuro que no me toque nadie el hedor de este triste compañero.
No me resigno a que las cosas vayan por la tierra peor que por el cielo. Para cumplir con mi verdad escribo. (Perdón si soy modesto.)
Leopoldo de Luis |