Su nombre está ligado a lo más selecto de la pintura de la primera parte del siglo XX. Está en posesión de un lenguaje muy particular donde la forma plástica condiciona un engranaje representativo lleno de encanto visual, modernidad, valentía y acusada personalidad. Había nacido en Gibraltar en 1873, aunque desde 1916 y hasta su muerte reside en la ciudad hispalense, por lo que a todos los efectos historiográficos es considerado pintor de Sevilla y protagonista indiscutible de la mejor pintura sevillana del primer tercio del siglo pasado. Tuvo una formación autodidacta y con 19 años marcha becado a la Academia de Bellas Artes de Roma, meta de todos los artistas del momento. Pasó por una breve etapa argentina, donde comienza a obtener éxitos de crítica y público. Muere en Sevilla en 1971. Gustavo Bacarisas Podestá fue un pintor que, a pesar de vivir en un momento muy determinado, en el que la pintura estaba tremendamente condicionada por los grandes nombres del realismo sevillano –José Jiménez Aranda, José Villegas Cordero, José García Ramos, Gonzalo Bilbao, entre otros–, supo plantear un desarrollo creativo novedoso con unos desenlaces plásticos diametralmente opuestos a los que venían siendo norma habitual y a los que se tenía auténtica veneración en una ciudad que promulgaba los valores eternos de la tradición. Partiendo de los mismos planteamientos representativos, con las escenas costumbristas como principales ejes de una figuración de marcados tintes populares, la pintura de Gustavo Bacarisas adopta unas nuevas posiciones estéticas basadas en un expresionismo colorista que llega, incluso a hacerse extremo, hasta los límites de un fauvismo particularísimo, esencial y capaz de estructurar una realidad menos constreñida que la que tanto gustaba a la sociedad del momento. La obra del pintor gibraltareño marca claramente las distancias en una época donde el mundo del Arte vivía momentos de indiscutible expectación, de cambios trascendentes y de situaciones contradictorias. Así, su pintura es una isla diferente en medio de un archipiélago de monótonos paisajes donde las circunstancias de un pasado esplendoroso imponía unos modos difícilmente superables. Por eso Gustavo Bacarisas dejó constancia de una personalidad indiscutible, muy diferente de aquellos asuntos iguales que marcaban la existencia de la pintura de la época. Escenas costumbristas donde las protagonistas dejan entrever marcados rictus de cierta tristeza y melancolía y que se nos ofrecen ataviadas con mantones que recrean esa pasional forma de interpretar el elemento floral que caracteriza la pintura de Gustavo Bacarisas, paisajes impresionistas con elementos urbanos de París y Londres o de pueblos castellanos o andaluces, carteles anunciadores de ferias y fiestas, con acentuados planteamientos modernistas e, incluso, retratos, conforman su amplio abanico de posibilidades pictóricas.
Bernardo Palomo